Por Gentileza de Eduardo Giménez
González, traductor. Desgraciadamente no he podido incluir los pies de página
con la información de la novela que nos ofrecía Eduardo, por problemas
técnicos.
"En 1985 un autor llamado Jim
Hatfield escribió y publicó ilegalmente una novela completa de James
Bond titulada "The Killing Zone". No era una parodia, sino una
verdadera
novela de James Bond. En los 80, John Gardner era el autor oficial de
Glidrose, quien llegó a escribir 16 diferentes aventuras de James Bond.
La sección de reconocimientos de The Killing Zone menciona a Glidrose
como si fuera una novela oficial de James Bond pero
esto es meramente un
descaro por parte del autor. Glidrose no tuvo nada
que ver con este
libro. Ni encargaron ni sancionaron su existencia.
Recientemente, un coleccionista encontró un ejemplar de este libro
pirata y al final el texto de la novela apareció en internet."
Eduardo Giménez
González
LA NUEVA NOVELA PROTAGONIZADA POR JAMES BOND
THE KILLING ZONE - LA ZONA MORTAL
JIM HATFIELD
¡JAMES BOND 007 HA VUELTO!
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En este nuevo thriller de espionaje de alto voltaje, el
Agente Secreto 007 debe "liquidar" al despiadado factótum billonario
Klaus Doberman. Pero James Bond tiene sus manos ocupadas mientras se enfrenta a
una deliciosa dama asesina que ofrece amor letal estilo ruso y a un sádico
oriental de ojos rasgados que es un ninja escurridizo y mortífero. Ayudado por
su sexual confederada Lotta Head y su viejo compañero de la CIA Felix Leiter,
007 se mide contra Klaus Doberman en su fortaleza fuertemente armada en lo alto
de la mexicana Sierra Madre... en el más escalofriante duelo a muerte en la
gran saga Bond.
____________________
¡JAMES BOND HA VUELTO!
Millones de lectores e incontables espectadores en todo el
mundo han conocido al agente del Servicio Secreto Británico James Bond 007, el
superheroe con un apetito enorme para las cosas buenas de la vida: comida,
mujeres e intriga internacional. Esta vez la misión de Bond es más
impresionante. Sus armas son más potentes. Sus enemigos son más diabólicos. Sus
mujeres son más complacientes. ¡Y James Bond es mejor que nunca!
____________________
Todos los personajes de este libro son ficticios, y
cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
THE KILLING ZONE: A James Bond Adventure
LA ZONA MORTAL: Una Aventura de James Bond
UN LIBRO CHARTER, Londres
Copyright 1985 por Glidrose Publications Limited y Jim
Hatfield. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede
reproducirse en ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico
incluyendo almacenaje de información y sistemas de recuperación sin el permiso
por escrito del editor, excepto un revisor que puede citar breves pasajes en
una revisión.
0-425-06534-0
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Para mis padres con amor y a la memoria de Ian
Lancaster Fleming.
Y sólo usted y yo.
"I write for warm-blooded heterosexuals in
railway trains, aeroplanes and beds."
"Escribo para heterosexuales de sangre
caliente en trenes, aviones y camas."
- Ian Fleming
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RECONOCIMIENTOS
Debo profunda gratitud a tanta gente por su ayuda con The
Killing Zone que necesitaría numerosas páginas simplemente para enumerarlos a
todos. Los siguientes son preeminentes: Norma Rodríguez, una de mis mejores
amigas desde hace muchos años, viajó conmigo, no sólo una vez, sino tres veces
a los lugares de vacaciones mejicanos de Puerto Vallarta y Acapulco. Su
inapreciable dominio del idioma español y dedicada asistencia en la
investigación proporcionó mucho del material cultural con que he urdido las
vidas de la gente de este libro.
Obviamente, The Killing Zone no podría haberse escrito si no
hubiera sido por Larry Burk y Kay Burrow de CFC por permitirme tiempo sin
restricciones lejos de la compañía para describir las vistas, sonidos, y
texturas de México.
También me gustaría expresarles mi gratitud personal y a
todos en el CFC por su amabilidad y fe en el eventual valor final de este
libro. Tengo con todos ellos una gran deuda por compartir y curar mis
frustraciones a lo largo de los dieciséis meses de investigación y escritura
para esta novela.
Por su ayuda, buen consejo y general "Padrinazgo",
una nota especial de gracias y apreciación para Sam Wolfson. Aunque no adopté
todas sus sugerencias después de una cuidadosa lectura del manuscrito, la
contribución de Corrie Harrison para un texto más claro y más preciso ha sido
imprescindible.
Los agradecimientos especiales no estarían completos sin la
referencia a Rhonda Traylor y Marie Van Wey, las más adorables y competentes
mecanógrafas que un autor pudiera querer o necesitar jamás; Dale McFarland
compuso el borrador final del manuscrito para su publicación con atención ejemplar
y cuidado minucioso.
Dana Conley, mi secretaria capaz y eficiente, batió la marca
con su laureable asistencia en la investigación, que me evitó el embarazo de
pedir un plazo de entrega diferido.
Jake Jatras y John Donovan de la revista Soldier of Fortune
están en mi particular debe por su interminable búsqueda para poner las armas
más adecuadas en posesión de James Bond.
Debo agradecer también a los hombres del Cotton Exchange
Breakfast Club: Jack Allen, George Drewery, Alton Gardner, John Duncan, Les
Lewis y John Garner, por sus inapreciables opiniones, consejos y compañerismo
al amanecer. The Killing Zone existe en su plenitud porque estos hombres
sufrieron y mantuvieron al autor durante la agonía de la composición.
Quisiera, especialmente, agradecer a la junta de directores
de Glidrose Publications Limited, los propietarios del copyright literario de
James Bond, por invitarme a seguir los de alguna manera intimidantes pasos de
Ian Fleming. En particular, mis gracias a Ms Janet Dailey de Bronson, Missouri,
la autora mas vendida de todos los tiempos, por actuar como intermediaria.
Un gran reconocimiento debe ir también a mi agente
literario, Irving Weintraub, sin cuya paciencia y mano orientadora este libro
no podría haberse escrito.
Y finalmente, mis más profundas gracias a "tres mujeres
sabias" de Dixon Travel -Linda Tabell, Connie Carlson y Adriane
Strauss- quienes siempre tenían tiempo, sin importar lo ocupadas que
estuvieran, para enviarme a algún viaje aventurero a los confines de la tierra.
Todos los demás que me ayudaron a transformar a 007 desde el
autómata de cartón-piedra de las películas al espía británico con licencia para
matar que
vive y respira, tienen derecho a mis cordiales gracias, y si he omitido sus
nombres, por favor discúlpenme.
Jim Hatfield
Puerto Vallarta, 1986
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NOTA DEL AUTOR: En un esfuerzo para acomodar la familiaridad
de cada lector con la particular fraseología de su país, tanto la pronunciación
británica y americana como las formas de medida se han usado alternativamente
en esta edición binacional; por ejemplo,
The blue-grey colour of his eyes sparkled (British)
El color azul-grisáceo de sus ojos relumbraba (británico)
The yacht was fifty yards away and closing (American)
El yate estaba a cincuenta metros de distancia y acercándose (americano)
J.H.
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-1-
De repente, un cadáver
Bill Tanner, el Jefe de Personal del Servicio Secreto de su
Majestad, marchaba impacientemente de acá para allá sobre la adoquinada acera
en el exterior del Consulado Británico en Puerto Vallarta, México. Miraba calle
arriba y calle abajo. Estaba virtualmente desierta de los anteriores sonidos e
imágenes de los trabajadores apresurándose hacia sus hogares para cenar; la
quietud era de algún modo ominosa. Era como estar en un vacío, el mismo aire
conteniendo el aliento.
Tanner estudiaba el cielo oscurecido mientras una natural
brisa oceánica comenzaba a levantarse. Una mirada rápida a su reloj reveló que
su conductor llevaba ahora veintisiete minutos de retraso.
Débilmente, comenzó a oír sonidos. Fue distante al
principio, casi subliminal, creciendo gradualmente en intensidad hasta que
comprendió que eran pasos.
- ¿"Señor" Tanner? -un fuerte y marcado acento
le sorprendió desde atrás.
Tanner se giró. Un mejicano, alto como un alce, vestido con
un ajado uniforme azul de agente de la Policía Estatal le miraba a través de
sus gafas de sol espejadas.
Tanner se retiró apartándose de la intimidante figura del
policía, pero el mejicano agarró su brazo, deteniendo su retroceso con una
presa de acero.
- ¿Qué demonios cree usted que está haciendo? Soy
diplomático -arguyó Tanner mientras sentía los dedos morder dolorosamente en
sus bíceps.
El mejicano indicó con la cabeza hacia una limusina blanca
Mercedes-Benz 1000SEL próxima.
- Alguien está ansioso por conocerle, "Señor"
Tanner.
- Dígale que concierte una cita como todos los demás
-contestó severamente, soltándose del gran y doloroso agarrón del hombre.
Tanner no vio llegar la rodilla. Pero la sintió, y una
fracción de segundo después él a su vez golpeaba contra el lateral de la
limusina. Mientras caía, la rodilla fue lanzada de nuevo, esta vez hacia el
centro de su vientre. Se evitó que cayera sobre sus manos y rodillas por una
llave como de tornillo alrededor de su cuello. Simultáneamente, un revés hizo
contacto con su sien, tan fuerte que no pudo creer el dolor que recorrió su
cráneo. Sintió sus rodillas como de goma mientras perdían toda sensibilidad y
movimiento. Mientras caía, una muy pulida bota le pilló en plena boca.
La adrenalina es producida por las glándulas suprarrenales,
dos pequeños cuerpos situados sobre la superficie superior de los riñones.
Debido a las circunstancias que provocan su liberación en la circulación, y a
su efecto sobre el cuerpo, es a veces conocida como la droga del miedo, la
lucha y el vuelo . Ahora, a la vista de sangre goteando desde las comisuras de
su boca, las suprarrenales de Tanner volvieron a su trabajo primordial,
bombeando su secreción en la corriente sanguínea y así aceleraron la
respiración para llenar la sangre de oxígeno, aceleraron la acción del corazón
para mejorar el abastecimiento de sangre a los músculos, cerraron los capilares
cerca de la piel para minimizar la pérdida de sangre en caso de herida, incluso
provocaron que el pelo de su cuero cabelludo se erizara al momento. Y mientras
Tanner todavía estaba paralizado, desde algún lugar le llegó, quizás de la
propia adrenalina, una extraña exultación. Supo instantáneamente que no se
había vuelto blando por los demasiados años en un puesto administrativo, que si
era necesario sería la misma eficiente máquina de combate. Rápidamente giró
sobre su propia cadera, conectando sólidamente con las piernas de su asaltante.
El mejicano cayó, y Tanner se puso de pie abalanzándose, abalanzándose hacia
las puertas de hierro del recinto del consulado...
Los brazos de Tanner fueron
agarrados desde atrás y tirados hacia atrás; no había creído que el mejicano
pudiera recuperarse y reanudar la persecución tan rápidamente. Antes de que la
llave Nelson estuviera completa, Tanner había lanzado hacia atrás su talón y
hecho contacto, provocando que un brazo quedara libre. Un codazo que falló por
poco la ingle llevó la parte superior del cuerpo de Tanner hacia adelante.
Antes de que pudiera recuperarse, diez dedos que parecían pernos de acero se
habían hundido en los ganglios en la base de su cuello, dejando a Tanner
inconsciente inmediatamente.
Cuando despertó, estaba en la trasera de la limusina
viajando con el gigantesco agente de policía sentado a su izquierda y un chino
musculoso con un negro yukata a su derecha. Sentado directamente frente a
ellos en el asiento del observador estaba un alemán melenudo con un parche
negro sobre su ojo derecho, a quien Tanner inmediatamente reconoció como Klaus
Doberman, un muy buscado billonario jefe supremo de la droga.
El alemán golpeó sus nudillos contra la placa de cristal que
les separaba del asiento delantero, y el conductor giró el automóvil hacia un
aislado y estrecho camino polvoriento. Tanner sintió de repente un dolor
ardiente en sus entrañas y sintió su cuello como si se hubiera convertido en un
estrecho arroyo de lodo frío.
- ¿Adónde me lleva, Doberman? -preguntó, forzando sus ojos a
enfocar al alemán a través de un velo de visión borrosa.
La limusina se detuvo abruptamente. Doberman apenas podía
contener su regocijo.
- A que se encuentre con su Dios, Mr Tanner -replicó,
apartando un mechón de pelo blanco de su ojo bueno.
En ese momento la boca del chino se escindió abriéndose
mientras extraía un revólver Smith & Wesson calibre 38 del interior de sus
ropas negras y la apuntaba a la sien de Tanner.
Tanner sonrió sardónicamente.
- Le diré a mi Dios que deje abiertas las puertas perladas
ya que usted se nos unirá pronto.
Doberman frunció el ceño y asintió al chino cuya sonrisa
redujo los ojos almendrados a tajos... tajos que relucieron. Entonces él apretó
el gatillo, salpicando de hecho el parabrisas trasero con la cabeza del
Teniente-Coronel William "Bill" Tanner, segundo miembro mas elevado
en el organigrama del Servicio Secreto Británico e, incidentalmente, el mejor
amigo del Comandante James Bond.
____________________
-2-
Bienvenido de nuevo, Mr Bond
Las primeras luces de las
Islas Vírgenes brillaban en la oscuridad bajo el Vuelo TWA 123B. Los
frenos hidráulicos rezongaron, el tren de aterrizaje tocó tierra; Saint Thomas
estaba justo enfrente.
Poco antes, Sir Miles Messervy, conocido únicamente como M,
Jefe del Servicio Secreto Británico, había estado reclinado, aparentemente
relajado y en calma en un asiento de pasillo sobre el lado de estribor en el
área de primera clase.
De hecho, el ex-Almirante estaba lejos de estar relajado.
Alguien que observara cuidadosamente habría visto la tensión tras los ojos
fastidiosamente grises de marinero. Su mente estaba a plena marcha mientras
revivía los frustrantes sucesos del pasado año que eventualmente condujeron a
la dimisión de James Bond del servicio.
Durante este período el Servicio Secreto estuvo bajo el
fuego de los políticos y se hablaba descaradamente sobre purgas en seguridad.
La sección Doble Cero había recibido frecuentes criticas por ser una fuente de
provocación al enemigo, y M estaba cansado de defenderla. Los rumores de
disolver la sección, naturalmente irritaban a M y preocupaban a Bond: sin su
clasificación Doble Cero, era dudoso que deseara permanecer en el Servicio
Secreto. Entonces como culmen de esto llegó la gran reestructuración en el
cuartel general de Regent's Park justo después de Año Nuevo. Para Bond, en el
fondo un auténtico conservador, la reorganización fue mucho más perturbadora de
lo que le gustaba admitir.
La oficina de M fue trasladada del sexto al séptimo piso, y
Bond, para su horror, se encontró divorciado de la oficina que compartía con
008 y 0011, y relegado al pequeño y pintado de gris gallinero del lugar. En las
circunstancias, el traslado parecía ominoso.
Entonces vino la llamada Masacre de los Idus de Marzo, en la
que un gran número de operativos y agentes leales fueron forzados a
"renunciar" o fueron directamente despedidos, literalmente de la
noche la mañana. Finalmente, como Bond había temido, M le dio la noticia de que
la sección élite Doble Cero -que indicaba licencia para matar en el
cumplimiento del deber- había sido abolida. Para Bond, quien disfrutaba del
peligroso estilo de vida asociado con el status de Doble Cero, esa fue la
maldita gota que colmó el vaso. Así, el Comandante James Bond, el Agente 007
del Servicio Secreto de su Majestad, renunció y se trasladó en al Caribe .
* * * * * *
El aire nocturno era cálido y
aromático. Bajar de la aeronave fue como el comienzo de un sueño para M. Había
palmeras junto al edificio del aeropuerto, hibiscos y azaleas en flor. Por
primera vez, M realmente envidiaba a Bond. Uno realmente no podía culparle por
instalarse por fin en la vida suave. Se había ganado cada parte del lujo que
tenía.
En inmigración M presentó su pasaporte. El oficial expresó
cumplidos, luego hizo una señal a alguien detrás de él. Una atractiva joven
negra se acercó a M, sonriendo, dijo que esperaba que él hubiese tenido un buen
viaje y ¿querría él venir por aquí? En el exterior en la explanada del aeropuerto
un gran, e igualmente de piel oscura, chofer estaba terminando de meter el
equipaje de M en el maletero de un viejo modelo de Cadillac color rojo vivo.
Este saludó cansinamente, abrió la puerta trasera para M, y luego le condujo
fácilmente por la carretera que bordeaba las claras, brillantes e iluminadas
por la luna aguas del Caribe. M intentó entablar conversación, sin mucho éxito.
M preguntó finalmente cuando llegarían.
- Ya lo verá -respondió el hombre negro-. Pronto estaremos
allí.
M gruñó despectivamente.
El motor ronroneó al atravesar una carretera elevada. Hubo
un vislumbre de palmeras, de luces que resplandecían desde el océano.
Condujeron atravesando altas puertas, a lo largo del paseo de grava, y allí
ante ellos, destellando a la luz de los focos se erguía el hotel; al viejo
estilo colonial, paredes rosadas, contraventanas con persianas blancas, pilares
junto a la puerta. La piscina también estaba iluminada. La gente nadaba, otros
estaban en la terraza. Un portero con chistera y chaleco color avispa llevó el
claramente magro equipaje de M al ascensor.
El baño de M ya emitía vapor con gran fruición, las bebidas
esperaban sobre la mesa y un discreto sirviente le preguntó si había comido o
le gustaría algo del restaurante.
- No, gracias -le dijo M.
- ¿Puedo prepararle un vodka Martini, señor?
- ¡Mata-ratas! -respondió M bruscamente-. Yo prepararé mi
propia bebida, buen hombre -entonces procedió a servirse un whisky con soda-.
Gracias igualmente -agregó indecisamente.
- El Comandante Bond me pidió, señor, que le diera la mejor
bienvenida y le dijera que considerara este lugar como su propia casa. Cuando
usted esté listo, señor, digamos en media hora, por favor llámeme y le llevaré
con el Comandante Bond.
M se bañó placenteramente, vistiendo después un traje de
verano gris oscuro, camisa almidonada, corbata de lazo azul obscura con
lunares, más bien floja. Después de otro whisky con soda, encendió su pipa con
una cerilla y tocó la campanilla. El sirviente apareció de inmediato, condujo a
M por un pasillo, y después abrió una puerta que conducía a un ascensor
privado. Antes de subir, el hombre tomó un teléfono rojo en el interior del
ascensor.
- Aquí Augustus, señor. Subo a su invitado ahora.
M oyó una débil respuesta en el teléfono. El ascensor subió
lentamente.
Al llegar arriba hubo una ligera demora, mientras las
puertas eran evidentemente abiertas por un mando a distancia desde el otro
lado. Cuando lo hicieron, M caminó directo hacia una sala enorme, la mayor
parte en sombras. A lo largo de tres paredes, ventanas de cristal blindado
daban al oscuro mar nocturno. Las luces estaban bajas, las contraventanas
abiertas y M parecía suspendido sobre las aguas del Caribe. A lo lejos a la
derecha las luces resplandecían a lo largo de la costa de la Bahía de Magen.
Desde las sombras ligeramente
misteriosas de la cuarta pared de la suite surgió una figura que M reconoció
inmediatamente. La suya era una cara oscura, bien definida, con una cicatriz de
siete centímetros de aparecía blanca en la mejilla derecha bajo la bronceada
piel. Los ojos eran amplios bajo rectas y más bien largas cejas negras. El pelo
oscuro, con reflejos grises en las sienes ahora, todavía caía en una densa coma
negra sobre la frente. La más bien larga nariz recta bajaba hasta un corto
labio superior bajo el cual había una amplia y finamente dibujada pero cruel
boca. La línea de la mandíbula era recta y firme. Estaba físicamente en forma,
ojos brillantes, sin ninguna señal de tensión o cautela, positivamente
despreocupado. Vestía pantalones blancos de algodón y una camisa de algodón Sea
Island azul oscura que mostraba la anchura de los hombros y la solidez del
pecho. No había indicio de una panza o ensanchamiento de caderas. James Bond
avanzó para estrechar la mano de M en un gesto del más profundo respeto.
- El mismo apretón de manos, cálido y seco, James -dijo M
animadamente. Se había ido la irritabilidad que le había caracterizado en años
previos.
Bond rió y sacó un objeto familiar de una pitillera
metálica.
- El primero hoy -dijo-. Espero que usted no espere Morlands
Specials. Oficialmente lo he dejado, pero uno no puede ser demasiado estricto
sobre estas cosas. Son lo último en bajos en nicotina y absolutamente
repugnantes.
- Miss Moneypenny le envía un beso cariñoso.
- Lástima que no trajera a Penny con usted.
- Ustedes dos flirtearían constantemente.
Bond rió sinceramente, luego preguntó:
- ¿Cómo le va a Bill sin mí como compañero de golf? Estoy
seguro que se habrá vuelto gordo y perezoso por los dry martinis y el pan
blanco .
Hubo una pausa incómoda, y M repentinamente miró torpemente
hacia sus pies.
- Por eso estoy aquí, James. Lo lamento, pero Bill ha
desaparecido, creemos que ha muerto, mientras estaba en un servicio oficial en
México.
La cara de Bond se puso blanca de repente y un aire de
tensión le rodeó. Tenía la mirada de alguien que había sufrido y que temía el
regreso del dolor.
La metamorfosis hubiera continuado, pero en ese momento apareció
Augustus.
- ¿Están listos los caballeros para la cena, Comandante?
-preguntó cortésmente. Bond asintió-. ¿La mesa habitual, señor?
Bond gruñó asintiendo. M contuvo un impulso de sonreír.
- Discúlpeme, señor -dijo Bond a su antiguo patrón-. Ahora
soy una criatura rutinaria. Algo peligroso en nuestra profesión, pero ahora que
me he retirado siento que no hace ningún daño.
La mesa habitual resultó ser la mejor del hotel;
suficientemente cerca de la piscina para que Bond pudiera observar estrechamente
las mujeres escasamente vestidas. Como
siempre, la vista de carne femenina claramente le relajaba. Con la mayoría de
las mujeres sus modales era una mezcla de taciturnidad y pasión. Las
prolongadas aproximaciones para una seducción le aburrían casi tanto como el
subsiguiente caos del desenredamiento.
- ¿Algo para extinguir la sed, señor? -preguntó Bond a M,
sus ojos azul-grisáceos seguían los bien formados traseros de las mujeres que
llegaban desde la playa para cenar.
M reencendió su pipa y asintió.
Bond dio la orden a Augustus con la voz precisa y
entrecortada del hombre que sabe exactamente lo que quiere y está acostumbrado
a conseguirlo.
- El Almirante tomará media botella de Mouton Rothschild de
veinte años y yo tomaré una pequeña garrafa de vodka Stolichnaya que descanse
en un cubo de hielo picado.
Después de que llegaran las bebidas, M tuvo una oportunidad
de observar a Bond más cuidadosamente. Estaba, le parecía, más alto y
ligeramente más delgado de lo que lo recordaba un año antes; los brazos bajo
las mangas cortas, nervudos más que musculosos. ¿Qué pensaría cualquiera de él
en una primera impresión? ¿Un administrador colonial aquí en permiso
convaleciente? ¿Un playboy maduro entre matrimonios? Sólo la cara podría hacer
que uno se preguntara sobre ese bronceado rostro escocés cuya dureza parecía
estar fuera de lugar entre los frondosos alrededores; una dureza hecha con
muros nuevos construidos alrededor de sí mismo tras sus traumáticas pruebas en
los pasados años. La muerte de su esposa, Tracy; la lucha con Blofeld en Japón;
el año subsiguiente de amnesia; la ordalía del lavado de cerebro en Rusia; el
intento de asesinato contra M; y la lucha contra la muerte por bala envenenada
de Scaramanga que casi eliminó al agente para siempre : todo había tenido
secuelas para Bond. Él estaba en un nuevo ciclo de su vida.
La boca sardónica de Bond se relajó, los crueles ojos se
suavizaron y pidió a M que le explicara la tragedia relativa a la desaparición
de Bill Tanner.
M se recostó en su silla, masajeó su cuello, luego se sirvió
él mismo otra bebida. Entonces comenzó a hablar muy serenamente; uno podía
detectar una mente ordenada, la declamación lógica de la bien entrenada
inteligencia militar. Bond escuchaba intensamente.
- Durante su ausencia, James -comenzó M, sus ojos gris más
claros y más brillantes de lo que Bond los recordaba-, la guerra de la droga ha
pasado a la ofensiva y el Servicio Secreto se ha volcado para responder al
desafío. La operación "Blancanieves" se extiende desde los
campos de coca de Perú, Bolivia y Ecuador a las refinerías en la jungla de
Colombia y Brasil. Sus avanzadas son pistas de aterrizaje y muelles remotos en
México y aquí mismo en el Caribe; sus puertas de entrada se esparcen por el Sur
y el Sudoeste Americano. Con ganancias que llegan a billones de dólares, los
señores de la cocaína compiten con los gobiernos del tercer mundo en riqueza y
poder. Los traficantes intentaron volar el Consulado Británico en Guadalajara
el noviembre pasado, y nuestros aliados temen que estén socavando los frágiles
sistemas políticos de Bolivia, Perú, México, Jamaica y las Bahamas. No hay
fuerza desestabilizadora mayor para el gobierno democrático que el poder del
narcotráfico.
Bond notó que la dominante voz de M estaba en calma. Sólo la
manera en que empuñaba su pipa revelaba un poco la tensión que sentía.
- Hasta hace poco -continuó-,
muchos países latinoamericanos se encogían de hombros ante sus traficantes de
droga, parcialmente porque consideraban los narcóticos como problema de otros
países, y parcialmente porque estaban más preocupados por la guerrilla y
terroristas izquierdistas. Esa actitud está dando paso a una sensación de
alarma. Apenas hay un área de actividad política o de la vida institucional que
de alguna manera no haya sido afectada por la corrupción de la droga. Los
señores de la droga han jurado matar a los oficiales colombianos desde el
presidente para abajo y hemos averiguado recientemente que han ofrecido un
millón de dólares a quien secuestrara a nuestro propio Primer Ministro o a
otros miembros del Gabinete. Evidentemente, los jefes quieren cambiar al Primer
Ministro por seis colombianos acusados de narcotráfico ahora bajo custodia en
Londres.
M rellenó distraídamente y reencendió su pipa, que se había
apagado.
- El imperio crece como una hierba venenosa. Tan grandes son
sus ganancias que cada victoria local contra los señores de la cocaína sólo
parece abrir mercados en otras áreas. En muchas áreas rurales, los reyes de la
droga son vistos como Robin Hoods, repartiendo riqueza en países que son
desesperadamente pobres. Los ricos de la nieve han corrompido a funcionarios y
han producido extrañas alianzas. El neo-nazi señor de la droga Klaus Doberman,
ha ofrecido compartir su suerte con la guerrilla izquierdista M-19 , mientras
los campesinos cultivadores de coca del Perú están atados a la guerrilla
maoísta Sendero Luminoso . Además, hemos averiguado que los gobiernos de
Nicaragua y Cuba hacen guiños a los traficantes de droga que les traen la muy
necesitada moneda occidental.
Bond encendió otro cigarrillo, medio llenó su vaso con hielo
y agregó tres dedos de vodka. Luego se lo bebió de dos largos tragos, sintiendo
su amistosa mordedura en el fondo de su garganta y en su estómago.
- ¿Dónde encaja Bill en todo esto? -preguntó a M a través de
un velo de humo de cigarrillo y pipa.
- Los nuevos traficantes de cocaína seleccionaron la costera
ciudad turística de Puerto Vallarta como cuartel general. Linda con la
cordillera de Sierra Madre que recorre todo el país, con el Océano Pacífico
para acceder a otros países por barco y tiene dos carreteras importantes
conectadas con los Estados Unidos. Su economía en auge y el mercado de bienes
raíces la hacen relativamente conveniente para el blanqueo de dinero. Lo más
importante, sin embargo, es su proximidad a los campos de marihuana y
adormidera del noroeste de México; y las familias que han desarrollado
experiencia en el cultivo de la droga para explotarlos. Para actuar contra esas
familias, organizamos la Operación "Blancanieves", la investigación a
la que Bill fue asignado. Los traficantes de droga sufrieron pérdidas
extraordinarias. Debido a "Blancanieves" y otras operaciones, un solo
círculo perdió unos veintiséis millones de dólares y tres mil kilos de cocaína.
Se malograron unos seiscientos millones de dólares en Miami una semana antes de
que Bill fuera secuestrado y los agentes disolvieron un círculo de
contrabandistas en Ciudad de México que estaban embarcando cocaína en rollos de
película de la sección internacional de la oficina de prensa. Pero también ha
habido pérdidas en nuestro lado. 008 fue encontrado flotando boca abajo en el
lado americano del Río Grande; tres semanas después, el cuerpo de 0011 fue
encontrado decapitado y embutido en un barril de acero en una refinería de
cocaína abandonada en la selva en "Tranquilandia" , Colombia; 003,
uno de los agentes veteranos más experimentados, fue arrastrado por un
automóvil en las afuera de Acapulco. Todavía vive -por el momento al menos-
pero sus días útiles al Servicio Secreto, o a cualquier otro, han terminado.
Bond aspiró el humo del cigarrillo en sus pulmones y lo
expulsó lentamente a través de su nariz.
- ¿Tenemos alguna pista del paradero de Bill?
M negó con su cabeza.
- Nuestras fuentes nos han informado que Bill clavó el
último clavo en el ataúd cuando Klaus Doberman perdió veinte millones de
dólares por la explosión de "Blancanieves" de un enorme almacén de
marihuana en Chihuahua. Relatos de testigos afirman que, al día siguiente,
Doberman acordó organizar el secuestro de Bill usando asesinos fingiendo ser
agentes de la Policía Estatal. Dos días después, Bill fue secuestrado del
Consulado Británico en Puerto Vallarta y nadie le ha visto o recibido noticias
de él desde entonces. Desdichadamente, sólo podemos extraer nuestras propias
conclusiones.
Los estrechos ojos de Bond bizquearon con un indicio de
rabia.
- ¿Quién es ese cabrón de Klaus Doberman?
Los ojos de M dejaron de enfocar a Bond. Durante un momento
se pusieron en blanco, mirando en su interior. Luego lentamente buscó dentro de
la chaqueta de su traje y extrajo un delgado archivo con la usual estrella roja
del alto secreto. Puso el archivo directamente frente a él y lo empujó suavemente
sobre la mesa hacia Bond.
Las rojas letras sin florituras decían: SÓLO PARA SUS OJOS.
Bond no dijo nada. Asintió y rompió el sello y comenzó a
leer.
____________________
-3-
Dossier de un nuevo enemigo
A: Servicios Especiales, Agente 007.
DE: M.
ASUNTO: Klaus Doberman es el "narcotraficante número
uno" : un melenudo contrabandista de cocaína tuerto que ha comprado un
imperio en las Bahamas. Es un "Robin Hood" para sus vecinos en Centro
y Sudamérica, donde ha construido viviendas para los pobres. Fuentes informadas
dicen que ha pasado de repartir pequeñas pacas de cocaína a acumular una
fortuna de dos billones de dólares. Es un creído aventurero que alardea
de sus billones, compra todo: desde bancos y hoteles a equipos de fútbol y toros
de lidia.
DESCRIPCIÓN: Unos treinta y cinco años de edad. Metro
noventa de altura. Delgado y en forma. Ojos azules, ojo derecho ciego por un
accidente de equitación a la edad de doce años; pelo blanco-rubio, largo hasta
los hombros, lo lleva a veces estilo cola de caballo. Demacrado, cara sombría.
Orejas muy pegadas a la cabeza. Ambidextro. Manos muy pequeñas con manicura
inmaculada. Características distintivas: lleva parche negro sobre el ojo
derecho en todo momento. Es un insaciable e indiscriminado homosexual que
invariablemente tiene intercambio sexual cada día.
ANTECEDENTES DETALLADOS: Doberman ha llegado a ser jefe
supremo de la cocaína en Colombia y casi tan rico y poderoso como el propio
gobierno Colombiano. Desde una fortaleza fuertemente armada en lo profundo de
la Cordillera de los Andes, refina cocaína por dos billones de dólares al año y
la mete de contrabando en los Estados Unidos y el resto del mundo. Para
proteger sus extensos intereses Doberman ha formado su propio cártel, compra
tantos adversarios como puede, asesinando a algunos de los que no puede.
Doberman empezó de la nada. Hijo de un oficial alemán de las
SS que huyó a Colombia, dejó el hogar a la edad de dieciocho años, dirigiéndose
hacia los Estados Unidos. En 1973 fue arrestado en Detroit por contrabando de
automóviles robados hacia Sudamérica. Huyó estando bajo fianza, pero fue
arrestado nuevamente en Miami por posesión de cien kilos de marihuana. Cumplió
casi dos años en la Institución Correccional Danbury, luego en 1975 volvió en
avión a Bogotá.
En 1979, averiguamos que Doberman había comprado Cayo Norman
en las Bahamas. Apareció como presidente de Air Montes, una corporación de las
Bahamas; pero estamos convencidos de que su auténtico negocio es transportar
marihuana y cocaína desde Colombia a los Estados Unidos. Construyó una pista de
aterrizaje de un kilómetro protegida por radar y guardaespaldas con perros de
ataque. También dirige una flota de aeronaves; algunas compradas, según un
informante, a través de un asociado del Primer Ministro de las Bahamas. La
alegación no ha sido probada, y el Primer Ministro ha negado cualquier relación
con Doberman. Mientras está en las Bahamas, él vive en una extensa villa. Posee
un yate, diecinueve automóviles y cuatro motocicletas. Otro informante afirma
que Doberman pasa su tiempo allí con el financiero prófugo Robert Vescoe ,
rondando por Cayo Norman disparando con armas automáticas a lagartos y cocos.
En 1981, se sospechó que fue la fuente de 550 kilos de
cocaína incautados en Nueva Iberia, Luisiana. Cuando aduaneros de Miami
hicieron la mayor incautación de cocaína de la historia en EE.UU.: 1.900 kilos
encontrados en un embarque de prendas vaqueras en un avión desde Colombia; se
sospechó de Doberman una vez más. En 1982, él y otros cinco hombres fueron
arrestados en Cartagena por vender 3.225 kilos de pasta de cocaína. Nunca
fueron condenados: dos de los policías que les aprehendieron fueron asesinados,
y el registro del arresto desapareció del edificio de los tribunales. Por esa
época, compró una granja en La Tebaida, en las afueras de la ciudad colombiana
de Armenia. Compró un periódico local, el "Quinidia Libre", que usa
para hacer estridentes ataques contra funcionarios de los Estados Unidos,
británicos y colombianos. También se da gusto con fiestas salvajes y hombres
jóvenes. En su lugar de recreo privado, el "Hotel Posada Alemana" ,
ha construido una "discoteca" dedicada a John Lennon ; su
centro de mesa es una estatua de Lennon, desnudo excepto por un casco y una guitarra,
con un agujero de bala sobre el corazón. Hombres jóvenes acuden a su lado,
atraídos por su aspecto de estrella de cine y su carisma.
Doberman tiene otra rara obsesión: Adolf Hitler .
Recientemente llamó a Hitler "el mayor guerrero de la historia";
también declaró que todos los judíos asesinados por su padre y otros nazis
durante la segunda guerra mundial "murieron sólo trabajando en los campos
y las fábricas". Para fomentar sus puntos de vista ha formado un partido
político fanáticamente nacionalista, La Orden. Cientos de personas van a los
mitineros "Sábados Patrióticos" de Doberman; atraídos, según algunos
informes, por quinientos mil pesos en billetes entregados en la puerta.
Doberman es también responsable de respaldar a un grupo derechista paramilitar
llamado La Legión de la Muerte, acusado de matar a docenas de izquierdistas y
dirigentes sindicales; también se dice que cierto número de antiguos policías y
oficiales militares están entre sus filas.
Después de que la pasada primavera el Presidente Colombiano
jurara comenzar a imponer un tratado de extradición firmado hacía dos años con
Estados Unidos e Inglaterra, Doberman se ha metido bajo tierra. Durante dos
años el Presidente Colombiano había ignorado el tratado de extradición basándose
en que violaba la soberanía nacional. Pero Doberman cometió la grave
equivocación de hacer asesinar al Ministro Colombiano de Justicia a causa de su
cruzada pública contra el contrabando de droga. En abril, asesinos contratados
dirigidos por un pistolero chino llamado Fuji Chen, ametrallaron mortalmente al
Ministro de Justicia en una calle de Bogotá. Doberman nunca reclamó la
responsabilidad, pero se cree universalmente que financió el asesinato. El
asesinato ultrajó a muchos colombianos que habían visto a Doberman como un
atractivo héroe batallando contra las enraizadas élites del país. Más
importante, enfureció al Presidente Colombiano, quien ante la tumba del
Ministro de Justicia, juró respetar el tratado. Declaró un estado de sitio y
apareció en televisión para proclamar "una guerra sin cuartel" contra
Doberman.
Doberman se ha vuelto cada vez más rico durante los pasados
años; ostensiblemente por los negocios de "desarrollo turístico". Ha
adquirido extensas propiedades de tierra, construido un enorme complejo de
fútbol y creado un zoológico personal. Su rancho en la alta montaña en Puerto
Vallarta incluye una pequeña pista de aterrizaje para embarcar cocaína, junto
con varias piscinas de natación, una flota de lanchas a motor y una plaza de
toros. Cría valiosos toros de lidia y fue acusado de entrar 120 de contrabando
desde España. Forzado a retirarse de Colombia, ha comenzado a pasar más tiempo
en su rancho en Puerto Vallarta, México, donde ha adquirido influencia
política. Ha donado un millón de dólares a los dos principales partidos
políticos y "posee" muchos de los funcionarios, jueces y policías de
México.
En Mayo, policías y soldados hicieron una redada en un
escondrijo en Los Llanos, en las planicies orientales de Colombia, y
encontraron evidencia de que Doberman había estado allí; también encontraron
bulldozers, barracones y laboratorios capaces de procesar de seis a diez
toneladas de cocaína por mes. Doberman fue visto de nuevo el 28 de Mayo, por un
piloto de la droga que trabajaba clandestinamente para el C.I.A. en
Colombia. El agente dijo que vio a Doberman y su equipo cargar más de tres mil
kilos de cocaína en un avión con destino a Nicaragua. Cuando esa aeronave se
estrelló, Doberman proporcionó un avión Titan, según el agente. El piloto voló
con el avión a Managua y entregó la cocaína a un asistente del Ministro del
Interior de Nicaragua.
El mes pasado, Doberman invitó descaradamente a un equipo de
televisión de la British Broadcasting para entrevistarle a bordo su yate
privado anclado en la bahía de Puerto Vallarta. Estuvo rodeado por
guardaespaldas cargados con ametralladoras y parecía escalofriantemente frío y
confiado, con una camiseta negra sin mangas. No negó ser el principal
traficante de droga de Colombia, pero intenta retratarse como un revolucionario
con una visión. Se refiere a la cocaína como una "bomba atómica
latinoamericana" que impone respecto a los imperialistas. Hizo una vaga -e
ideológicamente ambigua- amenaza para unir fuerzas o con oficiales militares descontentos
o con la guerrilla colombiana marxista, el movimiento M-19. También alardeó de
escapar de una reciente redada del gobierno a través del interior.
PLAN PROPUESTO DE ACCION: En conclusión, aún cuando la vida
se haya vuelto un poco más dura para Klaus Doberman, las probabilidades en
contra de encerrarle siguen siendo abrumadoras. Sólo podemos conceder que como
máximo podemos esperar mantener a Doberman hostigado e impedirle agrandar su
imperio. Pero mientras pueda vender coca por valor de billones de dólares en el
extranjero -y mientras el mercado doméstico de la cocaína se siga expandiendo-
tendrá el dinero y la influencia que necesita para esquivar los ataques del
gobierno, los cuales muy seguramente serán una larga, costosa y probablemente
muy sangrienta guerra.
Por lo tanto, como Jefe del Servicio Secreto Británico,
recomiendo fuertemente que Klaus Doberman sea inmediatamente
"terminado" con extrema predisposición. (Firmado "M")
James Bond cerró el archivo y lo devolvió a través de la
mesa hacia M, quien inmediatamente lo retornó al bolsillo interior de su
chaqueta.
- 007, estoy en un punto muerto, y usted es la única
esperanza de nuestro país para neutralizar la amenaza de Doberman.
Bond se sintió adulado y cálidamente agradeció que M hubiera
recurrido a él en este asunto. Pero se encogió de hombros.
- Doberman es un malo hijo-de-perra sin ninguna duda. Pero
la Sección Doble Cero ha sido disuelta y Londres sabe muy bien que me he
retirado.
Durante años, la más importante función de Bond en el
Servicio Secreto Británico fue desempeñar el papel de ejecutor para el
gobierno. El privilegio de llevar un número Doble Cero significaba que Bond
tenía que matar gente en el cumplimiento del deber. Era algo que él había
aceptado y que se esperaba que realizara sin lamentos. Muchas veces una misión
no involucraba otra cosa que la eliminación de un operativo enemigo. A él nunca
le había gustado matar gente y cuando lo hacía, efectuaba la desagradable tarea
lo mejor que podía sin volver a pensar en ello; pero ni siquiera Bond era
inmune a las repercusiones de esta carga sobre su psiquis. Afortunadamente,
Bond tenía un fuerte sentido del patriotismo y su lealtad a Inglaterra era una
fuerte fuerza motivadora en su actitud hacia su profesión.
M rellenó su pipa con tabaco fresco, la encendió con una
cerilla y se inclinó hacia adelante en la silla de bambú, mirando
inflexiblemente hacia los ojos de Bond.
- En lo que a mí concierne, 007, usted sigue siendo 007. El
Primer Ministro me ha otorgado la total responsabilidad por sus acciones, y
usted, como siempre, aceptará órdenes y misiones sólo de mí. Hay veces en que
nuestra Reina y la Nación necesitan un especialista y ahora es el momento. Esos
malditos políticos tontos en el Parlamento pueden abolir la Sección Doble Cero,
pero simplemente hemos cambiado su nombre. Ahora será la sección de Servicios
Especiales y esta será usted. ¿Comprende, 007? Doberman no puede hacer
esto a nuestros agentes y vivir para fanfarronear sobre ello.
Bond se sentía de un humor eufórico. Para él, M era el
Servicio, y el Servicio era la vida de Bond. Más importante, Bond quería a M
como a un padre.
- Cazaré a este hombre Doberman y lo destruiré. Si encuentra
que puede salirse con la suya decidirá que los ingleses son tan blandos como
otros parecen pensar que somos. Este es un caso de la justicia sumaria: ojo por
ojo .
M continuó mirando a Bond. No dio ánimo adicional, no hizo
comentarios adicionales. Cómo lo haría Bond quedó sin decir. Eso siempre
quedaba sin decir.
Por la telepatía que define a los camareros más finos de los
mejores hoteles, Augustus estaba esperando el pedido justo cuando parecía que
ellos habían completado su negocio.
Una vez más, Bond hizo el pedido:
- Siempre tomo langosta preparada con jugo de lima y coco, y
ensalada de aguacate. ¿Le cuadra, señor?
M aprobó asintiendo.
- Lo habitual, para dos, Augustus. Y tráenos tu mejor
botella de Dom Perignon y guarnición de caviar Beluga. Tenemos algo que
celebrar.
Bond estaba tan determinado como siempre, pero con una
fortaleza renovada.
M sonrió abiertamente con una rara sonrisa que pareció
iluminar los ojos profundamente grises y dijo con un suspiro de alivio:
- Bien, eso es. El cabrón ha vuelto.
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-4-
Ocúltate y ve a morir
Las aguas azul turquesa agitaban blancas manos enguantadas
mientras se revolcaban en las arenas de la costa de Puerto Vallarta.
Voluminosas nubes jugueteaban por el cielo dirigiéndose hacia Sierra Madre. A
bordo de su velero en Bahía Banderas, Klaus Doberman meditaba en un lugar que
era verdaderamente una imagen de tarjeta postal.
El yate a motor, el Buenaventura, era cuarenta metros de
lujo, construido para Doberman con fondos del cártel, por los constructores
italianos Picchoitti y Viareggio. Con un casco de aleación de magnesio y
aluminio, dos motores diesel Baudoin de setecientos cincuenta caballos de
fuerza, generadores Kohler, estabilizadores Naid, el Buenaventura podía mover
setenta toneladas a una velocidad de crucero continua de dieciséis nudos. La
soberbia electrónica incluía: Sat-Com con Télex, piloto automático, ordenador
de a bordo para asistir al mantenimiento de la nave y transmisión de datos a y
desde cualquier parte del mundo.
Desde el puente del yate, Doberman observó como miembros del
cártel llegaban llamados para una reunión de emergencia a las siete en punto de
la noche. Los hombres, pues todos ellos eran hombres, venían de toda Centro y
Sudamérica, transportados desde la costa por pequeñas motoras. Llegaron
individualmente y en parejas, a intervalos durante el atardecer y la noche.
Cada hombre tenía su momento asignado para llegar a estas reuniones: a tantos
minutos, durante dos horas, antes de la hora cero.
Cenaron magníficamente en una mesa elaboradamente dispuesta.
Fuentes de porcelana Limoges rosa y blanca servían piezas de "filet
mignon" envueltas en tocino, "pommes au beurre" y
zanahorias "julienne" . Luego, después de los licores y el café, los
doce hombres que constituían el cártel fueron al espacioso salón de la cubierta
principal.
La gran sala estaba decorada en azul claro. Pesadas cortinas
a juego cubrían los ojos de buey que daban al Océano Pacífico. Las cortinas
estaban echadas para cuando los hombres caminaron, despreocupada o sigilosamente,
cada uno según su carácter, hasta la pulida mesa de roble que ocupaba la mayor
parte del centro de la sala. Estaba dispuesta para doce personas, completa con
registros, bebidas, bolígrafos, papel, ceniceros, y agendas.
Doberman ocupó el asiento al final de la mesa, mientras los
otros se sentaron en asientos todos marcados con tarjetas numeradas, que eran
sus únicos nombres. No se intercambiaron saludos. Doberman les había ordenado
que no derrocharan aliento. No se sentaron hasta que su líder hubo tomado
asiento en su silla y aún así se sentaron con expresiones del más intenso
interés.
Y ahora Klaus Doberman miró lentamente a las caras de sus
once hombres, y buscó unos ojos que no se encontraron directamente con los
suyos. El siempre presente parche negro cubría su ojo derecho, pero su ojo
izquierdo era una profunda piscina azul rodeada -totalmente rodeada, como los
de Mussolini- por un blanco muy claro. El efecto de muñeca provocado por esta
inusual simetría era intensificado por unas largas pestañas sedosas que debían
haber pertenecido a una mujer. La mirada de los suaves ojos de muñeca estaba
totalmente relajada y rara vez tenían ninguna expresión más fuerte que una leve
curiosidad en el objeto de su atención. Para los inocentes exudaban confianza,
un maravilloso capullo de confianza en los que el observado podía relajarse,
sabiendo que estaba en manos confortables, confiables. Pero desnudaban al
culpable y le hacían sentirse tan transparente como un acuario.
Doberman completó su inspección de las caras. Como había
anticipado, sólo un único par de ojos habían evitado el contacto. Había sabido
que tenía razón. Los informes que había recogido eran enteramente
circunstanciales, pero su único ojo bueno y su intuición habían sido el sello. Lentamente
llevó su mano derecha bajo la mesa donde permaneció plana sobre su muslo.
- Me agrada mucho informarles a todos de la súbita, aunque
oportuna defunción del Teniente-Coronel Bill Tanner del Servicio Secreto
Británico -comenzó Doberman con una suave, sonora, y muy bellamente modulada
voz-. Sus servicios a su Reina y su Nación seguramente no serán echados de
menos por nadie de esta mesa -Doberman miró ligeramente alrededor de la mesa.
El mismo par de ojos seguía evasivo. Continuó con un narrativo tono de voz-:
Ahora procederemos con el área de nuestros informes financieros. ¿Número 7?
El caballero de Ecuador se puso de pie. Era un hombre alto y
oscuro con rasgos inmensamente atractivos y una voz ronca, profunda, que había
encantado a muchas jovencitas en sus tiempos.
- Hemos invertido extensamente en Centro y Sudamérica
-dijo-, para promocionar la insurgencia y la revolución. Afortunadamente,
nuestro desembolso de capital ha sido generosamente compensado por la
fabricación y resultante venta del derivado de cocaína, el basuco. Notarán que
hemos financiado tanto a terroristas como fuerzas gubernamentales sobre una
base igual. En materia de negocios, somos estrictamente imparciales . Incluso
con la destrucción de la fábrica de Chihuahua y las diez mil toneladas de
marihuana que contenía, nuestras cuentas en bancos suizos, en Londres y Nueva
York tienen balances, respectivamente, de cuatrocientos millones de dólares;
cincuenta millones de libras esterlinas; y novecientos millones de dólares. El
total, según nuestros cálculos, será suficiente para nuestros propósitos
actuales, y si las operaciones triunfan según el presupuesto -como el
"Señor" Doberman predijo- podemos esperar doblar la cantidad en un
año. Este ingreso, como cada uno de ustedes es consciente, ha sido distribuido
según nuestros estatutos: diez por ciento para gastos generales y activo
circulante, diez por ciento para el "Señor" Doberman, y el remanente
en partes iguales del cuatro por ciento para los miembros -mostró su sonrisa
más enccantadora, y preguntó amigablemente-: ¿Alguna pregunta?
La compañía reunida se recostó en sus asientos, satisfecha.
Cada hombre había hecho su propio cálculo, conocido sólo por su mente.
La mano de Doberman bajó sobre la mesa.
- Entonces que así sea -su ojo izquierdo se movió a lo largo
de la mesa y lanzó una mirada de disgusto al Número 12. Eran sus ojos los que
habían sido evasivos durante la reunión. Doberman dijo suavemente-: Levántese,
Número 12.
La cabeza de la principal familia de la droga en
Guadalajara, un hombre orgulloso, grueso, con ojos aburridos, y vestido con un
bien cortado traje Gianni Versace de tres piezas, se puso lentamente de pie.
Sus grandes y rudas manos colgaban relajadas junto a las costuras de sus
pantalones. El hombre quedó encarando a Doberman al extremo de la mesa.
Doberman se dirigió a la compañía.
- Nosotros somos una organización grande y poderosa. No me
concierne la moral o la ética, pero los miembros deben ser conscientes de lo
que deseo, y lo que recomiendo fuertemente es que este cártel se conduzca sí
mismo de un modo superior. No hay más disciplina entre nosotros que la
auto-disciplina. Somos una dedicada hermandad cuya fortaleza yace enteramente
en la fortaleza de cada miembro. Ustedes son conscientes de mis puntos de vista
en esta materia, y en las ocasiones en que ha sido necesaria una limpieza,
ustedes han aprobado mis acciones -la voz de Doberman había alcanzado un
tono áspero-. La neutralización de nuestro almacén en Chihuahua es injustificable.
Particularmente ya que usted era responsable de las medidas de seguridad,
Número 12. Es aconsejable que su negligencia y consciente desatención por la
seguridad de la operación Chihuahua no queden impunes. He decidido la acción
apropiada.
Doberman observó el sudor brillando sobre la cara del Número
12. Bajo la mesa, la mano derecha de Doberman abandonó su muslo, encontrando el
mecanismo que buscaba, y pulsó el interruptor.
El Número 12 sintió como el color desaparecía de su cara
cuando el suelo de caoba bajo él se abrió y se tragó su cuerpo como en un
repentino terremoto.
Las luces de la sala bajaron y una gran pantalla de
proyección se deslizó sigilosamente desde el techo y quedó suspendida en el
aire al extremo opuesto de la mesa. Instantáneamente, la imagen del Número 12
apareció sobre la pantalla mientras este comenzaba a nadar en el océano con las
espasmódicas, cabeza-sobre-el-agua, brazadas del no enseñado. Sus ojos se
agitaban salvajemente, mientras desesperadamente buscaba una vía de escape de
algo no definido, pero obviamente terrible.
Doberman resplandecía, las manos se juntaron en una palmada
que sonó como un tiro de pistola.
- Este área del Pacífico, entre Los Arcos y Quimixto, es
bien conocida por sus grandes bancos de barracudas. Con su fiera y agresiva
naturaleza y largas y poderosas mandíbulas, muchos pescadores mejicanos las
temen más que al tiburón. Siempre he querido ver una barracuda comiéndose un
hombre completo.
A cien metros de distancia, las dos barracudas sintieron un
cambio en el ritmo del océano. No vieron al Número 12, ni siquiera le olieron.
Recorriendo la longitud de sus cuerpos había una serie de finos canales,
rellenos con mucus y punteados con terminaciones nerviosas, y estos nervios
detectaron vibraciones y las enviaron a sus cerebros. Las barracudas giraron
hacia el hombre.
El Número 12 continuó nadando alejándose del Buenaventura,
deteniéndose de vez en cuando para comprobar su posición mediante las casas de
la playa. La marea estaba baja, pero él estaba cansado, así que descansó
durante un momento, manteniéndose a flote verticalmente, y luego se dirigió
hacia la costa.
Las vibraciones eran más fuertes ahora, y las barracudas
reconocieron la presa. Los barridos de sus colas aceleraron, avanzando sus
cuerpos, de metro ochenta y dos metros cuarenta respectivamente, hacia adelante
con una velocidad que agitó a las otras pequeñas vidas del océano.
Las barracudas se acercaron al Número 12 y le sobrepasaron,
tres metros por un lado y dos metros bajo la superficie. Él dejó de nadar al
sentir una ola de presión. Al no sentir nada más, reanudó sus tambaleantes
brazadas.
Las barracudas le olieron ahora, y las vibraciones
-erráticas y bruscas- indicaban agotamiento. Ellas comenzaron a moverse en
círculos acercándose a la superficie. Sus colas, agitándose de un lado a otro,
cortaron la vítrea superficie con un silbido.
Por primera vez, el Número 12 sintió miedo, aunque no supo
por qué. Supuso que estaba a cincuenta metros de la costa. Podía ver la línea
de espuma blanca donde las olas rompían sobre la playa. Un calor estremecedor
generado junto a sus extremidades, le urgió a nadar más rápido.
Las barracudas estaban a unos doce metros del hombre, a un
lado, cuando giraron repentinamente a la izquierda, se sumergieron enteramente
bajo la superficie, y, con dos rápidos empujones de sus colas se abalanzaron
sobre su presa. El Número 12 fue abrumado por una oleada de náusea y mareo
cuando una de las barracudas seccionó su pierna derecha limpiamente con dientes
tan afilados y cortantes como una navaja.
Sus dedos palparon y encontraron un trozo de hueso y jirones
de carne. Supo que la cálida y palpitante corriente sobre sus dedos en el agua
fría era su propia sangre. Y el dolor y el pánico le golpearon a la vez.
La otra barracuda, con sus extensas y enérgicas mandíbulas,
mordieron cerrándose alrededor de la cabeza del hombre que gritaba, aplastando
el cráneo y la carne y el cerebro en una gelatina.
Todo el proceso llevó menos de quince minutos, durante el
cual el grupo de doce hombres permaneció fascinado, hipnotizado. Las dos
barracudas drenaron la dispersa nube de sangre, abriendo y cerrando sus bocas,
buscando algún ocasional pedazo del cadáver.
- Una lección interesante para todos nosotros.
Las manos de Doberman se juntaron nuevamente, y la pantalla
subió hasta su escondite en el techo, las luces volvieron a brillar. Algunos de
los hombres alrededor de la mesa asintieron su comprensión. Como de costumbre,
el razonamiento de Doberman tenía buen sentido, aunque algunos temblaban
visiblemente ante lo que habían presenciado. Doberman siempre ejercía su
autoridad, imponiendo justicia, a plena vista de los miembros. Ahora ignoraron
lo que acababa de suceder, sentados en sus sillas. Era tiempo de regresar a los
negocios...
La voz suave, equilibrada, de Doberman rompió el silencio.
Miró hacia la mesa hacia cada hombre.
- Nuestras fuentes en Londres me han informado de que el
Servicio Secreto Británico ha enviado a su mejor agente a investigar la
desaparición del "Señor" Tanner -los hombres alrededor de la mesa
esperaban, un aire de expectativa permeaba la sala-. Su nombre es Comandante
James Bond.
Las caras alrededor de la mesa se endurecieron mientras el
nombre agitaba sus memorias; todos se volvieron hacia Doberman.
Por fin fue el Número 3 quien habló:
- Usted quiere que proponga un contrato para Bond. Tengo
hombres que... -Doberman le cortó en seco.
- Se ha intentado antes. No. No contratos; no especialistas.
Este Comandante Bond tiene una debilidad por las mujeres y el vino, y se ha
ideado una trampa de acuerdo con nuestro mejor equipo. Como las barracudas,
golpearemos cuando sea el momento adecuado -hubo murmullos de inexorable
aprobación alrededor de la mesa ante Doberman, este miró su reloj Omega de oro,
incrustado con diamantes, y habló nuevamente-. De hecho, nuestra carnada
debería estar llegando ahora. Pronto, caballeros, el Comandante Bond será una
especie muy extinguida.
____________________
-5-
La Mujer del Spyder Blanco
James Bond vió aproximarse a los dos hombres. Eran altos,
delgados, mejicanos de piel oscura con camisas blancas, abiertas para mostrar
los musculosos pechos velludos, y pantalones caquis. Un hombre era más alto con
una cabeza completamente afeitada, llevaba un único pendiente de oro
atravesando su lóbulo izquierdo; el otro -como tantos hombres en Puerto
Vallarta- tenía el pelo negro con mechones grises y un denso bigote negro. Eran
los mismos hombres que le habían seguido desde su hotel el día antes,
calibrándole.
Bond se detuvo, clavando al hombre calvo con una mirada que
decía: "No".
El hombre se detuvo, respondiendo a su mirada decididamente.
Bond notó que la hermética e impresionante postura no había
temblado. Este era un hombre con buenos nervios.
Bond arrojó trescientos pesos en la mesa del restaurante
para pagar su almuerzo, y volvió la espalda a los dos hombres; quienesquiera
que fueran. Salió hacia la calle abarrotada de tiendas frente al Vallarta Bar
and Grill, frente a la playa. Él miró a su alrededor con aversión, parpadeando
a la luz del sol y girando hacia su negro Porsche Gemballa en la fila de
automóviles aparcados a través de la calle.
Los sintió detrás de él. Supuso que tratarían de
trastornarle ahora siguiéndole estrechamente. Intencionadamente les ignoró.
Bond abrió el Porsche personalizado y se sentó tras el
volante. Con el coste del combustible subiendo alto, y la inevitabilidad de que
continuaría hacerlo, había permitido que su viejo y querido Mark II Bentley
Continental siguiera a su predecesor, el Bentley de 4,5 litros. Hubo algunos
gestos de desaprobación por su elección de un automóvil extranjero, cuando toda
la presión iba hacia la compra de uno británico, pero Bond se encogió de hombros
señalando el hecho de que era una firma británica la especialista que efectuaba
la particularmente compleja y sofisticada personalización; tales como el
salpicadero electrónico y el climatizador, el monitor de TV con atlas de ruta,
el teléfono móvil, la caja de seguridad empotrada, el refrigerador, el sistema
de sonido Clarion de seiscientos vatios, con control de seis vías y veinticinco
altavoces, y varias otras piezas de la poderosa magia del microchip.
La compañía Multinational Control System (MCS), agregó
algunos de sus propios refinamientos estándar. Había ciertos dispositivos de
seguridad que uno no podía dejar de notar; tales como los cristales antibalas
metalizados, parachoques reforzados de acero, llantas Pirelli P-7 de alto
rendimiento, auto sellables incluso después de impactos de bala, y espejos
laterales que disparaban dardos eléctricamente. Tenía otras modificaciones muy
avanzadas, tales como sistemas lanzadores gemelos de misiles buscadores de
calor instalados detrás de los faros , pantalla de humo, rociador de aceite,
sistema de navegación por satélite, minas en la parte trasera y sistema
antirrobo Chapman. El mayor Boothroyd del departamento Q habría aprobado, y
probablemente envidiado, la elección de Bond de tan especializado automóvil.
Pero a causa de la desbandada de la sección Doble Cero y las severas
restricciones financieras del departamento Q, Boothroyd había renunciado del
Servicio Secreto Británico y aceptado una oferta de la C.I.A.
Con una velocidad punta de doscientos ochenta y cinco
kilómetros por hora, el Porsche ahora se adaptaba a los propósitos de Bond. El
motor turbo de cuatrocientos caballos de fuerza podía lograr fácilmente pasar
de cero a sesenta en 4,7 segundos.
El hombre calvo abrió la puerta del conductor del automóvil
de Bond y se inclinó para hablar, sonriendo. Bond, a su vez, golpeó con la
esquina de la puerta de automóvil en la mandíbula del hombre, rompiéndole
varios dientes. Este cayó hacia atrás, agarrándose la boca, mientras la sangre
corría entre sus dedos.
Bond salió fuera del automóvil en un simple movimiento
rápido, girándose para encarar a los otros...
Pero los dos hombres ahora se habían convertido en seis.
Habían hecho una señal a cuatro socios mientras Bond estaba vuelto de espaldas.
Bond se encogió de hombros.
Los otros cinco hombres estaban a sólo diez metros de él.
Ellos se precipitaron sobre él, y les llevó sólo tres segundos llegar a su
alcance.
En esos tres segundos, James Bond tomó nota de varios
aspectos de la situación: primero, los hombres no buscaban sus armas, y de
cualquier manera llevaban ropas demasiado finas para esconderlas, aunque
pudiera ser un cuchillo en funda de muslo; segundo, había un espacio de metro y
medio entre los automóviles, a través de los cuales los hombres podían llegar:
sólo dos podían acceder hasta él a la vez, a menos que llegaran desde atrás;
tercero, había un hombre al otro lado de la calle que corría hacia una cabina
de teléfonos de una forma que era idéntica en todo el mundo, esa manera oficial
y de auto importancia porque estaba llamando a la policía; cuarto, había un
remo de aluminio fijado con una cuerda elástica al techo del VW a su
derecha, junto a un bote hinchable; y quinto, tendría tiempo suficiente para
conseguir tomar el remo y usarlo.
Así que no había necesidad de ir por la confiable Ruger
Super Blackhawk Magnum calibre 44 en un compartimento trucado bajo el asiento
delantero del Porsche .
Soltó la cuerda elástica, reclinándose, deslizó el remo
fuera del techo, preparándose, en un segundo y medio, algo borroso para los
hombres que le abordaban.
Y mientras descargaba el remo sobre el hombre en vanguardia,
se dijo: "No les mates. La "policía" estará en
camino."
Golpeó dos veces con el canto del remo, optando caritativamente
por los vientres en el lugar de las gargantas; dos hombres se retorcieron; pero
uno detrás de ellos se las arregló para conseguir sujetar el remo. Bond esperó
hasta que el hombre tubo una firme presa, entonces estiró del remo para que el
criminal cayera de cara. Bond volteó el remo y golpeó a los tres en sus sienes
con él, esgrimiéndolo como un martillo de mango largo, crack crack crack en
rápida sucesión. Se desplomaron, aturdidos. Los restantes dos dudaron,
agachándose, prevenidos contra Bond ahora. Bond oyó el canto de sirenas
aproximándose... y notó a una joven sentada en un abierto Lancia Flaminia
Zagato Spyder aparcado en doble fila al otro lado de la calle. Ella
estaba observando la pelea con un aire de diversión culpable. Cuando ella vio que
él la miraba, sonrió e inclinó su cabeza. Estaba bronceada con el pelo rubio
que colgaba recto y liso hasta un rizo final hacia dentro bajo la barbilla.
Había algo agradablemente inocente en ella a pesar de su obvio placer al
observar la pelea. Le llevó a Bond menos de dos segundos captar todo esto.
Decidió que quería continuar divirtiéndola, comenzó a devolver el remo al techo
del automóvil donde había estado; tarareó como un turista preparándose para un
viaje a la playa, dando deliberadamente su espalda a los dos hombres agachados
a unos metros detrás y a la izquierda, a punto de saltar sobre él; pero sin
nunca realmente ignorarles. Bond era demasiado profesional para ser
sobreconfiado.
Sujetó el remo en su lugar bajo la cuerda elástica.
Silbando, deseó tener un cigarrillo, principalmente para hacerle parecer aun
más absurdamente relajado si estaba encendiendo un cigarrillo cuando los
agachados criminales saltaban sobre él.
Ellos saltaron; y él estaba listo: los observaba por el
rabillo del ojo. Pilló al primero con su codo, enviándole al montón, atizando
al hombre directamente entre los ojos; un estremecimiento desagradable recorrió
los huesos de su codo, pero nada se rompió; excepto el puente de la nariz de su
asaltante.
El hombre cayó sobre los tres que Bond había aturdido antes,
quienes estaban poniéndose de rodillas, derribándoles una vez más; quedando
inconsciente. El último se abalanzó hacia los riñones de Bond; Bond había
girado cuando golpeó al otro con su codo, así que el golpe enviado a sus
riñones cayó sobre sus tensados y correosos músculos abdominales: apenas lo
sintió. Pilló al golpeador de riñones en la barbilla con un directo básico
"round house" ; el hombre se tambaleó hacia atrás. Bond quedó
sorprendido: debería haber caído. Bond esperó. El hombre se tambaleó, frunció
el ceño sobre su espeso bigote negro, parpadeó dos veces... y cayó. Volcó hacia
atrás, sobre los otros, quienes una vez más intentaban levantarse, volviéndoles
a derribar. El hombre cuyos dientes Bond había destrozado había escapado.
Los nervios cantaban con la adrenalina, Bond miró a su
alrededor buscando a la policía. Vio el coche patrulla VW azul, sus luces como
de máquina del millón destellando calle abajo. Había cuatro oficiales
uniformados en él, buscándole. No le habían visto ocuparse de sus atacantes:
demasiados automóviles bloqueaban su visión. Justo cuando ellos se acercaban,
cuando Bond estaba seguro de que habían visto a los hombres aturdidos gimiendo
entre los automóviles, la rubia del convertible blanco se puso de pie y dejó
caer la parte superior del bikini. Ella la dejó caer de los hermosos y firmes
pechos. Con los hombros echados hacia atrás, los pechos avanzando con cada
movimiento, saludó a la policía. Ella tenía toda su atención, así que cuando
llegaron, ellos no vieron ni a Bond ni a sus víctimas. Los ojos de los cuatro
policías estaban fijos sobre sus impecables y prominentes pechos.
- ¡Por ahí! -gritó ella en español-. Calle abajo, allí... al
final de la calle... ¡en el mercado! ¡Un hombre golpeó a otro con un remo! ¡Fue
pavoroso! ¡Rápido! ¡Cójanlos! -les indicó ella lejos de Bond.
- "¡Muchas gracias, Señorita! " -gritaron al
unísono.
Apartando sus ojos de ella, volvieron a conducir, aullando
la sirena.
Bond suspiró aliviado. La policía local era una
complicación. Prefería trabajar evitándoles. Fue al Spyder blanco y dijo:
- Muy amable por su parte, conseguir librarme de la
"policía" . Me ha ahorrado un montón de problemas.
- Fue un placer, "Señor" -su inglés era claro, con
un leve acento-. Usted estaba sobrepasado en número, y se defendió con
gracia... ah, fue impresionante. Les hizo parecer como tontos.
Bond se encogió de hombros.
- Me desafiaron en mi propio deporte. Probablemente sean
buenos toreando, y la vez que yo lo intenté casi acabo con un cuerno
permanentemente instalado saliendo de mi estómago.
Él sonrió. Ella rió. Una risa dulce, honesta.
- Todos son iguales al final, eso es cierto. Ya sabe,
alguien puede haber anotado la matrícula del coche. Puedo llevarle y usted
puede enviar por su automóvil cuando le sea más seguro.
- Como yo, el automóvil puede ocuparse de si mismo. Pero
gracias.
Ella pareció dudar. Entonces, mientras ella volvía a
colocarse la parte superior de su bikini -tomándose su tiempo, notó Bond,
aunque él intentaba no mirar- ella dijo:
- Si está en problemas y necesita un lugar retirado donde
permanecer, hay un hotel en Careyes llamado Posada La Brisa. Lo recomiendo.
Y ella se alejó conduciendo, con el sexual estampido de los
tubos de escape gemelos del automóvil buscando desesperadamente seducir a Bond
para que le persiguiera de cerca.
Él regresó al Porsche, pasando sobre sus asaltantes. Estaban
comenzando a levantarse, frotándose sus magulladuras. Se reinstaló en el
asiento tapizado de cuero Recaro, encendiendo el automóvil, y buscó un
interruptor en el salpicadero que activaba el mecanismo giratorio de las
matrículas del coche.
* * * * * *
Deseando un auténtico cigarrillo, Bond condujo entre el
océano y Sierra Madre. Tomó largas, lentas bocanadas de aire para calmarse,
pero eso no le alivió mucho porque estaba pensando en la mujer del Spyder
blanco. La mujer del pelo rubio y ojos azules. Y los grandes pechos morenos. Un
poco demasiado como Tracy, quizás. Y el recuerdo lanzó una puñalada en sus
tripas.
Tracy: su esposa durante sólo unas horas hasta que Ernst
Stavro Blofeld tan salvajemente le disparó abajo en la Autobahn desde Munich a
Kufstein, mientras se dirigían hacia su luna de miel. Bond pensó en las otras
mujeres que habían jugado papeles decisivos durante su carrera en el Servicio.
Vesper Lynd, quien, en la muerte, había sido moldeada como una efigie de
piedra; Gala Brand, ahora Mrs. Vivian, con tres niños y una bonita casa en
Richmond; intercambiaban tarjetas de Navidad pero él no la había visto nunca de
nuevo después del asunto Drax; Honey Rider, Tiffany Case; Domino Vitali;
Solitaire; Pussy Galore; Mary Goodnight; la exquisita Kissy Suzuki. Una y otra
vez sus pensamientos regresaban a Tracy di Vicenzo; Tracy Bond .
Miró por el espejo retrovisor, esperando ver un coche de
policía. Ninguno aún. Condujo perezosamente, meditando, siguiendo la sinuosa
costa camino del norte. Observó como el océano a su derecha pasaba de
aguamarina a índigo mientras caía la noche.
Comprendió que algo le estaba preocupando. Algo que avanzaba
en su mente. Era la manera en que el automóvil se comportaba. Se balanceaba un
poco demasiado en las curvas. Sólo fraccionalmente demasiado. Podrían ser las
llantas, por supuesto, o la alineación, pero él no lo había notado antes. Era
como si hubiera demasiado peso en el automóvil. Justo como si... como si
hubiera alguien pesado agachado detrás del asiento delantero.
Bond estaba a punto de aplastar los frenos, esperando desorientar
a quienquiera que fuera, desequilibrando a la persona lo suficiente para
conseguir desenfundar su Walter PPK, cuando alguien presionó la fría boca de un
arma contra su nuca.
- Está bien, inglesito. Para aquí a menos que quieras plomo
para cenar -dijo una voz profunda, vagamente familiar.
Bond se detuvo junto al próximo arcén, sobre un acantilado
que daba al océano.
Miró por el espejo retrovisor... pero el hombre estaba
ubicado de tal manera que, mirando al espejo, todo lo que Bond podía ver era
una gran sonrisa de dientes blancos.
____________________
-6-
Lotta Head
- Sal del maldito coche, James. Muy lenta y cuidadosamente.
Bond lo cumplió; casi podía sentir el dedo del hombre
crispándose sobre el gatillo.
Se deslizó fuera del Porsche, preguntándose si, después de
todos estos años, sería así como terminaría: ejecutado al borde de un
acantilado y arrojado al Pacífico. Bien, era un lugar pintoresco, realmente;
florecillas silvestres amarillas junto al borde del acantilado; sombras de los
farallones llegando hasta las blancas playas; las primeras estrellas
apareciendo sobre el oscuro naranja de la puesta del sol...
"No es un mal lugar para morir."
Pero todo el tiempo estaba intentando ver al hombre en el
reflejo sobre el parabrisas, esperando verle simplemente un segundo, lo
suficiente para esquivar la boca de arma, girarse y patearle.
Bond se paró al lado del automóvil, mirando al parabrisas, y
durante un momento solo pudo mirar con vacía incredulidad la sonriente y
aguileña cara de su viejo amigo de la C.I.A.
- Felix Leiter, cabrón -dijo finalmente.
Leiter rió, y el arma traqueteó sobre la capota del
automóvil, arrojada descuidadamente a un lado.
Exhalando sonoramente, Bond se volvió y miró al alto y delgado
americano, quien avanzó con una amplía sonrisa, su mano extendida, a donde Bond
todavía estaba plantado y pasmado.
- Espía tramposo, ¿cómo demonios estás?
Bond asió el guante negro que cubría una extremidad
artificial.
Leiter examinó al inglés afectuosamente.
- Como una serpiente de cascabel entrando en la menopausia.
Me han fijado lo último en extremidades artificiales. He conseguido una nueva
mano increíble, que puede hacer cualquier cosa. Paso mucho tiempo disparando y
practicando técnicas para desenfundar rápido como Roy Rogers .
En una fracción de segundo, Bond revivió la época de su vida
que más bien había desterrado al olvido; la época cuando Felix había perdido un
brazo y una pierna, así como también sufrido otros daños que requirieron años
de trabajo de cirujanos plásticos . James Bond se culpaba frecuentemente por el
trance de Felix Leiter, aunque ambos habían estado tras un bandido negro cuya
sádica locura era un peligro casi único. Buonaparte Ignace Gallia: Mr Big. De todos
modos, como Felix había sido el primero en admitir, tenía suerte de estar vivo
después del ataque de tiburón diseñado por Mr Big; mientras, Bond encontraba
consuelo en el hecho que, al final, él había puesto el bandido fuera de
circulación; y de la manera más desagradable posible, adecuando el castigo al
crimen. Bond sacudió su cabeza tristemente.
- ¡Maldición, Felix, tienes un extraño sentido del humor!
La risa de Leiter todavía tenía la diversión e impetuosidad
que a Bond siempre le había entusiasmado, confiado y admirado. Se recostó
contra el automóvil, cruzando sus brazos.
- No es humor, James, viejo compañero, no enteramente; tuve
miedo de que rompieras primero mi cara y luego miraras para identificar esta
cara después, ¿sabes? Tenía que conseguir sacarte del automóvil y fuera de
alcance del brazo antes de sentirme seguro. Sé que eres un hombre impulsivo,
James Bond.
- ¿Qué infernal idea es esa de ocultarse en el automóvil?
Leiter rió y sacó dos Camels del bolsillo de su camisa. Ofreció
uno a Bond, quien aceptó felizmente. Bond encendió ambos cigarrillos con su
baqueteado encendedor Ronson negro. Leiter sopló el humo gris hacia el océano.
- Ah, James, había parcialmente un poco de humor, sí; ya
sabes que me gustan mis bromitas. Pero ya sabes, envié a esos holgazanes de
playa a buscarte, para pedirte que vinieras a verme. Infiernos, esa era la
única razón de que hubiera tantos; así podrían dividirse y encontrarte
rápidamente, ¿ves? Pero cuando uno te encontró, llamó a los otros, y... me
malinterpretó, pobre muchacho. Se suponía que debía pedirte gentilmente que
vinieras.
- Todos los mentirosos tejanos sois así. Debes haber estado
muy cerca. Sabías donde estaba; esperabas que ese pequeño
"malentendido" sucediera.
Leiter mostró sus grandes dientes blancos en una amplia
sonrisa; los últimos rayos del sol poniente ofrecieron un vislumbre del metal
en su brazo y brillaron sobre él.
- Ah, bien, quizás sea cierto. Esos muchachos me han
contrariado mucho, pavoneándose por Vallarta, y ha sido muy divertido observar.
- Y te escabulles en el asiento trasero mientras ellos me
tenían ocupado -bufó Bond-. Durante un momento casi me pusiste un poco
nervioso.
- ¡Nervioso, ya lo creo! -Leiter rió despectivamente-.
¡Estabas tan nervioso como una puta en una iglesia!
Bond miró encantado al americano y resumió sus impresiones.
Había imperceptibles cicatrices bajo la línea del cuero cabelludo sobre el ojo
derecho que sugería un buen injerto, pero por lo demás Leiter parecía en forma
razonable. Los fijos ojos estaban invictos, en el pelo color paja no había
indicio de gris alguno y no había ninguna amargura de inválido alrededor de la
boca.
Bond arrojó la colilla del Camel, se puso en el asiento del
conductor, cerró la puerta, y encendió el motor. Se sentó encorvado detrás del
volante, levantando la vista hacia Leiter.
- Entra, maldito seas; entra y cuéntame por qué estás aquí.
Mientras Leiter caminaba hacia lado del acompañante del
automóvil, Bond notó que su viejo amigo tenía una marcada cojera. Había también
un indicio de reticencia en los modales de Leiter, y Bond sentía que esto tenía
algo que ver con él, Bond, y quizás con la actual actividad de Leiter.
Ciertamente no, pensó mientras metía la reversa en el automóvil, con las
heridas de Leiter. Entonces Bond cambió de marcha, giró hacia el asfalto y
aceleró por la carretera...
* * * * * *
- ¿No me digas que te han asignado este trabajo? -dijo Bond
mientras circulaban tierra adentro hacia Careyes.
Leiter abrió un nuevo paquete de Camels con la uña de su
pulgar y se lo entregó a Bond.
- Tú lo has dicho. Eso es exactamente lo que han hecho.
¡Vaya cambio! Por lo menos para mí. La C.I.A. piensa que lo hicimos muy bien
juntos en el asunto Scaramanga , así que arrastraron mi culo de una misión en
París hasta la gente de Inteligencia Conjunta en Washington y aquí estoy.
Soy una especie de enlace entre la Agencia Central de Inteligencia y nuestros
amigos de la Dirección de Control de Drogas . Es su caso, por supuesto -por lo
menos la parte americana de esste lo es- pero como sabes hay algunos grandes
ángulos multinacionales que son el territorio de la C.I.A., así que corremos
juntos. Ahora tú estás aquí, James, para agitar la bandera británica y el
equipo está completo.
- Bien, estoy condenado -dijo Bond, encendiendo una vez más
un cigarrillo para sí mismo y otro para Leiter-. Por supuesto, ese viejo diablo
de M nunca me lo dijo. Simplemente le da a uno los hechos. Nunca le da a uno
ninguna buena noticia. Supongo que pensaría que podría influir en la decisión
de uno para aceptar un caso o no. De cualquier manera, es grandioso poder
trabajar juntos de nuevo.
Leiter suspiró y exhaló el humo gris del Camel entre sus
dientes apretados.
- Lamento lo que oí sobre Bill. Sé que vosotros dos erais
los mejores amigos.
Los ojos de Bond se nublaron ligeramente, como si hubiera
sufrido un repentino dolor físico. Cuando habló, la voz era baja y ronca.
- Estoy aquí por una sola razón, Felix, y es matar a Klaus
Doberman.
Leiter levantó sus cejas.
- ¿Ese hijo de perra? Bien, categóricamente, debo admitirlo,
es un hombre que merece la muerte, y rápido. El problema es que es muy
jodidamente rico y usa su dinero para mantenerse bien protegido. Ha conseguido
los mejores guardaespaldas del mundo, dicen. Y él mismo es un luchador
formidable. Siempre armado, siempre suspicaz.
Bond miró a Leiter.
- ¿Los mejores guardaespaldas del mundo, dices? ¿Debo
suponer que ha contratado a Chen y Huggins?
Leiter asintió.
Bond estaba secretamente agradado. Repentinamente el
aburrimiento, durante meses devorándole como el óxido come el casco de un
buque, se había desvanecido.
- Conseguiré probablemente que me vuelen el trasero
-reflexionó.
- Yo cubriré tu culo... desde una distancia segura -dijo
Leiter.
- Siempre has sido de mucha ayuda -contestó Bond
sarcásticamente.
- El Mayor Boothroyd preguntó si necesitabas el equipo
usual.
Bond frunció el ceño y sacudió su cabeza desconcertado.
- Los tiempos ciertamente han cambiado, Felix. Hablaremos
del equipo ante unas bebidas. Tengo que pensar sobre ello. Depende de donde
hiberne Doberman, ante todo. ¿Está en su rancho de montaña o en el yate?
- Está en el Buenaventura anclado a unos cien metros mar
afuera, no lejos de aquí.
- ¿Y dónde te alojas tú?
- El Hotel Plaza Vallarta.
- Vas a desocupar ese hotelucho -exigió Bond.
- ¿Dónde vamos a instalarnos?
- En un hotel en Careyes llamado Posada La Brisa -Bond
sonrió para si, soñando despierto con la rubia del Spyder blanco convertible-.
Me ha sido altamente recomendado.
Leiter rió.
- El mismo viejo James. ¿Cuál es el nombre de ella?
* * * * * *
A la mañana siguiente, mientras Bond cumplía unos trámites
en el mostrador principal de la Posada La Brisa para ocupar una habitación
durante dos semanas, vio a la mujer. La mujer de profundos ojos azules e
ingenio rápido y pechos perfectamente madurados. Hoy ella vestía un fino bikini
dorado y una cinta blanca sujetando atrás su cabellera rubia. Ella pasó junto a
él sin mirarle y él pensó: "Bien. No te distraigas de tu misión."
Firmó un cheque de viaje, luego se apartó del mostrador principal y se dirigió
hacia la puerta. Quedó medio sorprendido de encontrarla en la puerta esperándole.
"No te distraigas." Él le sonrió y dijo:
- Buenos días.
Y poniéndose sus gafas de sol, él pasó a su lado por la
puerta. Se detuvo para buscar a Leiter. "Maldito sea, llega tarde..."
El hotel era una estructura horizontal hispana con estuco blanco y techo de
tejas rojas; estaba construida sobre una loma baja y rodeada de palmeras y
cactus con flores rojas. A la izquierda había un pequeño estanque con peces
dorados, el agua verde oscura con algas, y con abiertas azucenas blancas sobre
su superficie.
- Las azucenas son sexys, ¿no crees? -le preguntó la mujer
casualmente, surgiendo desde atrás.
- Sí, lo son. ¿Dónde aprendió a hablar inglés tan bien?
- Mis padres. Son americanos. Son los dueños del lugar. ¿A
qué playa vas?
- ¿Qué? -Bond estaba sorprendido.
- Vistes un traje de baño y una camiseta -pareces muy
"macho" así- y yo visto un traje de baño, ¿así que por qué no
vamos a nadar?
- Ah, me encantaría. Aunque no puedo. Tengo que ver a un
caballero en un barco.
Él comenzó a alejarse del persistente fondo del
mariachi con su música de amor entre hombres y mujeres.
- ¡Bond! -llamó la mujer tras él.
El se paró abruptamente y se giró para encararla.
El miedo apareció en la cara de ella; cuando ella vio lo que
había en la de él.
- ¿Quién eres? -exigió él, sus dedos cerrándose sobre la
culata de la Walther PPK oculta en su enrollada toalla de playa-. ¿Cómo sabes
mi nombre?
Había firmado en el registro como Charles Crawford.
La toalla de playa estaba metida bajo el brazo izquierdo de
Bond; deslizó su mano derecha entre sus dobleces.
"Ella puede trabajar para ellos –pensó-. Pero casi
cualquiera podía hacerlo."
- Conozco tu nombre -dijo ella vacilante, mirando a su
toalla de playa-, porque... -ella bajó su voz. Miró a su alrededor. Estaban en
la soleada terraza entre las puertas del vestíbulo y el parking-. Porque mi
padre ha pinchado algunas de las habitaciones. Es un poco pervertido mi padre,
me temo. Le gusta escuchar cuando la gente hace el amor. Hay un micrófono en tu
habitación, y te escuché cuando fuiste allí para hablar con otro hombre llamado
Felix. Yo quería averiguar qué estabas haciendo por aquí. Oí que te llamaba
Bond. Y él va a traer algunas armas hoy, y algún equipo de espiar, y tú estás
haciendo algo secreto. Y eso no es seguro.
Bond se relajó un poco y apartó su mano del arma. Él la
creía. Debería limpiar los micrófonos de su habitación inmediatamente. ¿Qué
hacer con la mujer? La mayoría de hombres en su posición la habrían matado.
Pero Bond no era como la mayoría de los "profesionales". Aún así, la
pasada noche en la habitación de Bond, Leiter había mencionado la ubicación del
anclaje temporal del Buenaventura. Así que ella había descubierto el objetivo,
de una manera general. Si él la abandonaba, ella probablemente le seguiría, si
era buen juez de carácter.
No había elección: tenía que alistarla.
"¿O es -se preguntó-, sólo una excusa para conocerla
más íntimamente?"
- ¿Cómo te llamas?
- Mi nombre es Lotta.
- ¿Lotta qué?
Ella sonrió seductoramente.
- Lotta Head .
Bond le lanzó una mirada asombrada.
- Bromea, por supuesto.
- No, lo digo en serio. Mi padre me llamó así después de la
salvaje noche de amor entre él y mi madre en que yo fui concebida.
- Su madre debió haberle hecho a su padre un hombre muy
feliz -replicó Bond, tratando de suprimir una sonrisa.
Ella se acercó más a él y se quedó tan cerca que él pudo
oler el Chanel Nº 5; él pensó que podría caer en sus profundos ojos azules.
- Bond... déjame ayudarte.
- Ni siquiera sabes lo que estoy haciendo. Podría no
gustarte.
- Entonces cuéntamelo y déjame juzgarlo.
Él sacudió su cabeza.
- Ahora no. Quizá luego, Lotta. Si prometes no cruzarte en
mi camino hoy, te lo contaré mañana.
- ¡Cruzarme en tu camino! ¡Eres un sexista, Mr Bond! ¡Sería
una gran ayuda para ti!
- Por favor, llámame James. Y además, nadie, de ningún
género, se cruza en mi camino. Incluso Felix no estará cerca cuando... Mira,
olvídalo. Pero hablaré contigo esta noche, ¿vale?
Leiter acababa de llegar con el coche, observando la escena
con abierta diversión desde el interior del Porsche con aire acondicionado.
- Te veré luego, Lotta.
Y entró en el automóvil con Leiter.
- ¿Has conseguido todo, Felix?
Leiter hizo un gesto hacia Lotta quien se pavoneaba
regresando al hotel.
- Creo que debería preguntar a la joven dama si tú has
conseguido todo.
- No he tenido ninguna queja hasta ahora -respondió Bond con
una sonrisa satisfecha, luego su disposición retornó a una naturaleza más
seria-. No has contestado a mi pregunta.
- Todo esto ha llegado del Mayor Boothroyd. El resto llegará
en un par de días más.
- Puede que no lo necesite. Puedo tener suerte y terminar
hoy. Dirijámonos al anclaje y echemos una mirada más de cerca al Buenaventura.
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-7-
Dos veces retirado
Era la tarde del lunes: la curvada playa de arena blanca de
Careyes no estaba abarrotada. Los pocos habitantes que aprovechaban el intacto
entorno tomaban sol o se relajaban; practicaban equitación o paracaídas
arrastrado por lancha. En el extremo opuesto de la retirada playa había
millares de tortugas baúla que habían venido cada verano durante siglos
para poner sus huevos.
Leiter aparcó el Porsche en un rincón aislado con árboles
umbríos junto al aparcamiento. Bond sacó la gargantuesca maleta del maletero y
con silencioso placer revisó su contenido.
Había dos rifles desmontables, un subfusil ametrallador, dos
pistolas, y varios cuchillos de comando para propósitos especiales. Los rifles
eran un rifle de asalto semiautomático Heckler & Koch FN-FAL que usaba
munición 7.62, y un rifle M-LA Match; el rifle Match era un clásico de la
Segunda Guerra Mundial, semiautomático, el más preciso de los dos, con
tolerancias muy estrictas y con enganche para mira telescópica. Bajo los rifles
había un subfusil ametrallador Ingram Mac 10, 9mm, no mucho más grande que un
Colt 45, y las pistolas, una pistola de apoyo AMT calibre 22 tan pequeña que Bond
podía ocultarla en la palma de su mano, y una Beretta calibre 25 automática.
Con su espolón extendido sobre el cargador, la Beretta se había enganchado en
la chaqueta de Bond durante su misión rusa . Y justo antes de su encuentro con
el Dr. No, M y el mayor Boothroyd le habían obligado a dejar la pistola,
llamándola un arma de "dama". Pero después de quince años, Bond
detestaba abandonar su fiel Beretta por la Walther PPK de 7,6 mm. La Beretta
era ligera. Discreta. Y malditamente efectiva en distancias cortas. Simplemente
úsala, tienes el trabajo hecho. La Beretta de Bond era como una extensión
natural de su brazo, indudablemente la letalidad del arma se incrementaba en
sus manos.
Bond miró la Beretta con vacía incredulidad.
- Así que incluso conseguiste la Beretta: gran pedazo de
hierro. Anchura más plana, mejor penetración, y tiene ese disparo extra.
Gracias, Felix viejo compañero -dijo Bond a su socio-. ¿Cómo conseguiste todo
tan rápidamente?
Leiter rió.
- Ya tenía la mayor parte. El Mayor Boothroyd sabe lo que te
gusta. Él dijo que intentaras ser un poco menos frívolo que de costumbre, 007,
y que trataras el equipo con igual cuidado en vez de con igual desprecio.
- Un tonto se merece otro, supongo. El siempre encontró este
asunto de equiparme en el campo altamente irregular -bufó Bond-. ¿Qué
pasa con los trucos del negocio?
- El equipo de radar y la visión nocturna llegarán más
tarde, pero aquí está el sonoscopio. De la clase pequeña con enganche para
cinturón -explicó Leiter mientras entregaba a Bond un pequeño objeto negro que
se parecía mucho a la lente separada de una cámara de 35mm.
Bond jugueteó con el artefacto en la palma de su mano.
- Vamos. Oigamos lo que Mr Doberman tiene que decir.
* * * * * *
La playa tenía forma de herradura, dominada por dos
promontorios cubiertos de árboles; el agua era de un azul translúcido y estaba
bastante calmada. Un par de yates a motor estaban anclados a unos cuarenta
metros, y en la boca de la pequeña bahía el Buenaventura se balanceaba sujeto
por el ancla; a unos cien metros desde donde Bond y Leiter estaban sentados
sobre una piedra, a la sombra de un acantilado con enredaderas.
Bond escudriñaba a través de un par de robustos binoculares
compactos proporcionados por el mayor Boothroyd. El secreto de su luminosidad y
poder eran los prismas biselados de precisión que canalizaban la luz a través
de una trayectoria óptica condensada. Aumentaban los objetos distantes diez
veces con resolución notablemente alta y un amplio campo de visión (de 87
metros a 1000 metros). Y a pesar de un tamaño como el del bolsillo de una
camisa, el innovador diseño del protector ocular de los binoculares
proporcionaba un aumento de la distancia entre estos y los ojos, para la máxima
comodidad de visión, incluso mientras se llevaban gafas, normales o de sol. Las
lentes recubiertas con fluoruro de magnesio evitaban los reflejos. Una armadura
de goma vulcanizada protegía la fuerte carcasa de aleación de aluminio. Con una
precisa rueda central para enfocar y cubreojos de goma plegables para
flexibilidad y comodidad, los binoculares sólo pesaban 350 gramos.
- Veo tres tipos sobre cubierta, dos de ellos armados,
parecen profesionales; el otro, algún tipo de encargado de limpieza. Ninguna
señal de Doberman.
Él pasó los binoculares a Leiter.
- Bien podría estar en tierra -musitó Leiter-. O todavía
dormido bajo las sábanas... es el yate más grande que he visto desde que dejé
Tejas.
Bond rió en silencio y miró a su Rolex Oyster Perpetual
Chronometer dorado. Nueve-treinta A.M.
- Ya, probablemente son trasnochadores.
- ¿Has traído el equipo de submarinismo? -preguntó Leiter,
todavía contemplando el yate.
- No, simplemente una máscara y un tubo de respiración; si
es Chen quien está en cubierta, mantendrá sus ojos en el agua. Si ve algo que
parezcan burbujas de bombonas de oxigeno, sospechará... y hay gran cantidad de
gente nadando con tubos de respiración por aquí. Así que los guardias están
acostumbrados a ellos... ¿Cuánto tiempo estarán por aquí?
- Quizás otro día. Luego se irán a su rancho. Un pequeño
castillo, realmente, sobre una cima de Sierra Madre dominando el océano. Una
fortificación: será más duro coger a Doberman allí.
Los ojos de Bond se estrecharon con un indicio de venganza.
- Entonces lo cogeré aquí.
Se levantó, y se ató un cinturón que incluía un cuchillo de
comando y el pequeño sonoscopio, un dispositivo para saber lo que había al otro
lado de una pared... o de un casco. Apretó hasta un grado quirúrgico la liviana
máscara de buceo, y las igualmente livianas aletas flexibles, mordió el
auto-desaguable tubo de respiración, y se deslizó dentro del agua.
Entró en otro mundo. Era fresco y azul -cuatro o cinco tonos
de azul- y se lanzó hacia los temblorosos rayos de luz. Los afloramientos de
roca volcánica estaban agujereados, con erizos de mar y mejillones incrustados,
con algas moradas y verde lima agitándose, floreados con anémonas de mar.
Bancos de peces con rayas amarillas pastaban las algas; nubes de pececillos
púrpura terminaban con el luminoso confeti.
Bond disfrutaba de la natación, buceando cerca de la
superficie, sintiendo casi como si volara, tan sin esfuerzo se movía a través
de las frescamente balsámicas aguas. La nueva máscara de buceo y el tubo de
respiración representaban lo más avanzado en tecnología submarina. Moldeadas en
silicona antialergica y confortable, eran virtualmente inmunes a los efectos de
la luz del sol, la sal del agua y el tiempo. La máscara estaba anatómicamente
curvada y su diseño de bajo volumen aseguraba una fácil retirada. Las lentes
ópticamente graduadas estaban dobladas noventa grados para minimizar la
distorsión y los reflejos. El tubo de respiración tenía una válvula
unidireccional de gran diámetro que automáticamente purgaba el noventa por
ciento del agua atrapada cuando Bond emergía, reduciendo la fatiga. La boquilla
en el tubo giraba trescientos sesenta grados y el protector dental desmontable,
adaptado a la mordedura individual, eliminaba la fatiga mandibular. Su tubo
elastómero era tan flexible como el neopreno, pero tres veces más resistente al
desgarro. Las aletas estaban diseñadas para generar el mayor poder de pataleo
con el menor esfuerzo. Al contrario que las rígidas y pesadas aletas de goma,
las aletas de Bond estaban moldeadas en poliuretano, lo que suponía que las
palas se plegaban con cada puntapié para reducir la resistencia del agua, y se
expandían con toda su fuerza con la brazada. Más ligeras que la goma y pesando
sólo 720 gramos, las aletas eran tan cómodas que hacían que Bond se sintiera
como si no llevara nada en sus pies en absoluto.
No había nada siniestro en las aguas; excepto los hombres.
Dos tubos de respiración nadaban lado a lado, con lanza-arpones en la mano,
bajo el agua sus fantasmales pieles eran blanquiazules, a unos veinte metros de
distancia. Pero ellos buscaban peces; sus lanza-arpones no eran los grandes
"tamaño-industrial" que algunos hombres usaban para cazar a otros
hombres en el mar.
Bond nadaba con ocasionales patadas, brazadas: daba una
patada, una brazada, y se deslizaba. Se había movido a través de las grutas,
sobre terrenos de rocas y extensiones de arena blanca difuminadas con arcoiris
formados por las olas y refractados desde la superficie. Gradualmente el agua
se puso un poco más turbulenta, al sobrepasar los brazos protectores de los
promontorios. Pudo ver un blanco burbujeo arriba y a la izquierda donde el
oleaje golpeaba las rocas, marcando el fin de las aguas de la bahía. Surgió una
sombra: el casco del Buenaventura.
El yate era bastante nuevo, había sólo unos pocos percebes
sobre el casco pintado de blanco. Nadó cerca, esperando tener razón sobre los
guardias, que si localizaban su tubo de respiración, estuvieran acostumbrados a
verlos. Pero quizá no tan lejos de la costa. Rechazó esta preocupación y buceó,
conteniendo la respiración. Pateó hacia el timón, se sujetó allí con una mano,
con la otra retiró el sonoscopio de su cinturón y lo sostuvo contra el casco.
Pulsó el botón sobre un lado de la mira y avanzó hasta una posición justo bajo
la bodega, donde repitió el proceso. Y de nuevo justo bajo el arco. Sus
pulmones estaban a punto de reventar, pateó alejándose del casco, dirigiéndose
hacia la costa. Metió el sonoscopio en su cinturón.
Luego, en tierra, leería las señales del sonar grabadas por
el sonoscopio. Ellas le contarían cuántos camarotes tenía el barco, cuan grueso
era el casco; y cuánta gente había bajo cubierta. Las ondas sonoras rebotaban
en el interior del barco, y algunas volvían, alteradas; según la diferencia
entre la original enviada y la señal de retorno, era posible calcular bastante
acertadamente con qué habían entrado en contacto las ondas del sonar.
Bond nadó hasta la superficie a unos veinte metros del
barco, barbotando, y limpiando su tubo de respiración. Mordiendo la boquilla,
pateó una vez más hacia la costa, pensando: "Quizá lo vuele provocando un
pequeño agujero en él, lo hunda, dando tiempo a que todos puedan llegar sin
riesgo a los botes. Y entonces pueda separar a los inocentes de los objetivos
una vez estén en tierra. Quizá esta noche."
Se detuvo en su natación, flotando para escuchar: había oído
un sonido que no le gustaba.
Le llevó un momento identificarlo. Tuvo que separarlo de los
diversos ruidos siniestros y los ásperos, repetitivos sonidos de su propia
respiración. Allí: el sonido de un motor fuera borda, venía hacia él. Desde
atrás. Desde el yate de Doberman.
Habían visto su tubo de respiración, y alguien se había
vuelto suspicaz. Probablemente Chen, quien había decidido que era inverosímil
un tubo de respiración nadara vagando tan lejos de la costa. Quizá había
reconocido a Bond a través de binoculares cuando había salido a la superficie
para aclarar sus pulmones.
Bond miró sobre su hombro: el bote aceleraba hacia él, justo
diez metros detrás. Se desvió bruscamente a la izquierda. El bote cambió el
rumbo para alcanzarlo. Era él tras quien iban, estaba claro.
Bond soltó el tubo de respiración, tomó una profunda
bocanada, y buceó. Nadó furiosamente a la derecha, tan profundamente como pudo
soportar. Oyó un golpe amortiguado y levantó la vista: el barco estaba casi
sobre su cabeza, parado, y alguien se había lanzado por la borda a bucear. El
buzo era una silueta ominosa contra la luz dispersa de la superficie.
Quienquiera que fuera llevaba bombonas de buceo, aletas, máscara facial... y
llevaba uno de los lanza-arpones "especiales".
La clase usada para cazar hombres.
Bond buceó más profundo, hasta que la presión provocó una
palpitación en sus sienes, y encontró un afloramiento de roca volcánica en
forma de torreta. Nadó apresuradamente, sus pulmones comenzando a dolerle, para
poner la agujereada emergente roca negra entre él mismo y el hombre con el
lanza-arpones.
Levantó la vista, reconoció al buzo dirigiéndose directo
hacia él; el buzo estaba sólo a cinco metros, llegando desde arriba en un
ángulo de cuarenta y cinco grados. Bond desenfundó su cuchillo de comando y
miró a su alrededor, preguntándose si podría vencer nadando al otro hombre, y
pensó: "Un año fuera de acción, haciendo gimnasia sueca y entrenando mi
mano en el campo de tiro y pensaba que era suficiente. No lo es."
Ahora el asesino del traje de baño rojo, con el
lanza-arpones brillando en su mano, estaba suficientemente cerca para que su
cara fuera visible a través del cristal de la máscara de buceo. Bond lo
conocía: podía ver la cicatriz. Él la había puesto allí con una botella rota
una noche, cuando le habían quitado sus otras armas. Paul Huggins. Antiguo
agente del Servicio Secreto Británico. Antiguo amigo. Antiguo pistolero de
SPECTRE . Ahora un traidor y enconado enemigo.
Huggins estaba ahora a sólo tres metros, y levantó el
lanza-arpones para disparar pasada la roca. Sabía que era Bond, y probablemente
esperaba ansioso matar al hombre que le había costado su ojo. Sonreía tras el
aparato de respiración.
Bond pudo ver el dedo de Huggins apretar el gatillo; y el
lanza-arpones espetó burbujas y acero. Bond se hizo a un lado, sincronizando.
El arpón golpeó la roca justo detrás de él. Con los arpones, al contrario que
con las balas, había un momento para que un hombre astuto pudiera esquivar.
Bond agarró rápidamente el arpón con una mano, su cuchillo
largo de comando con la otra, y pateó saliendo de la roca, lanzándose a través
del agua hasta el torso de Huggins.
El lanza-arpones de Huggins llevaba tres arpones de medio
metro, y uno había sido disparado. Amartilló el arma para disparar el segundo
mientras Bond se acercaba a él. Bond giró para llegar por la izquierda de Huggins,
su lado ciego. Un arpón apuntaba directamente a su hígado, al alcance del arma.
Bond levantó su rodilla para desviarlo, justo cuando Huggins disparaba. Pilló
el arpón por su mitad con su rodilla, apartándolo a un lado, y sintió un agudo
dolor en su oreja.
Bond -su visión oscurecida por oscuros borrones mientras su
cerebro suplicaba oxígeno, sus pulmones gritando- pinchó el capturado arpón
contra el costado de Huggins. Fue desviado por el tanque de oxígeno mientras
Huggins se retorcía para alcanzarle. Bond bajó el arpón, lanzando el cuchillo a
la garganta de Huggins; pero la resistencia del agua impidió que su movimiento
fuera veloz. Huggins movió el lanza-arpones hasta bloquear el cuchillo. Ambos
estaban ahora demasiado cerca para que el lanza-arpones fuera útil para otra
cosa.
Bond alcanzó el aparato respirador de Huggins, poniendo sus
dedos alrededor del tubo de goma, y tiró.
La boquilla de goma quedó libre, vomitando burbujas. Huggins
consiguió sujetar la muñeca de Bond, intentado apartarla hacia atrás, y con su
otro brazo acercó el lanza-arpones, esperando inclinarlo hasta un ángulo útil.
Bond estaba cerca de perder la consciencia por falta de
aire. Tenía que terminarlo ahora. Arrastró el cuchillo lejos del lanza-arpones,
dándole a Huggins una oportunidad de apuntar el arpón hacia él. Pero antes de
que Huggins pudiera encontrar un ángulo de tiro, Bond había llevado su cuchillo
a través de la goma insertada en el lateral de la máscara facial de Huggins,
enterrando la cuchilla en el ojo restante del asesino.
Bond creyó oír gritar al hombre: en el agua el grito fue
simplemente un gimoteo amortiguado seguido de una erupción de burbujas.
Instintivamente Huggins dejó caer su lanza-arpones y agarró
el surtidor de sangre de su cuenca ocular. El agua con varios tonos de azul se
volvió, en una nube alrededor de ellos, en un único tono rojo.
Bond retiró el cuchillo y lo zambulló una vez más; esta vez
en la garganta de Huggins. Este se agitó, oscureciendo la nube de sangre de
tono rojo, y Bond pateó libre de él, dirigiéndose a la superficie.
"Sí, maldición -pensó-, el hijo-de-perra está muerto
ahora."
Bond emergió desde el agua, boqueando buscando aire y
vigilando por si estuviera el bote enemigo. Raro: él no lo veía... Nadó hacia
la costa. Detrás de él, el cuerpo de Paul Huggins ascendió hasta la superficie,
flotando lánguidamente. Bond nadó rápidamente hasta el más cercano afloramiento
de roca bajo el más exterior farallón de la cara del acantilado. Respirando
entrecortadamente, trepó por las piedras y anduvo, tropezando de vez en cuando,
hasta el pequeño sendero que conducía hacia las palmeras, girando hacia la
derecha del acantilado.
Minutos después seguía el sombrío sendero de las palmeras,
maldiciéndose. "La jodiste, la jodiste, la jodiste. Doberman está
advertido ahora. Podría dejar el país definitivamente." Bond se encogió de
hombros. "Demonios, le seguiré."
Dobló una curva en el sendero, vio a Leiter cojeando hacia
él. Llevaba la toalla Bond, y sacudía su cabeza.
Bond miró a Leiter, estaba impresionado por la mirada rara
en su cicatrizada cara.
- Maldición, James, parece como si alguien quisiera ver a
que sabe tu oreja.
Leiter parecía estar mirando a alguien detrás de Bond:
alguien a quien no estaba feliz de ver, a juzgar por su expresión.
Bond indiferentemente extendió la mano y tomó la toalla
enrollada de Leiter. La puso sin darle importancia bajo su brazo izquierdo... y
deslizó su mano derecha en la toalla, agarrando la culata de la Beretta
envuelta en ella, pensando: "El bote debe haber llegado a tierra en algún
lugar. Quienquiera que este oculto entre las rocas, me ha seguido la pista para
buscar un lugar aislado..."
Ellos estaban entre altas rocas en un palmeral. Un lugar
aislado.
Muy lentamente Bond se giró hasta encontrase mirando la boca
de un subfusil ametrallador en las capaces manos de un asesino profesional.
Bond sonrió, y esperó que fuera una sonrisa
"desarmante".
- Bien, hola, Chen -dijo-. Es bueno verle. ¿En la Riviera
Mejicana para un poco de diversión? O... -miró al subfusil ametrallador. Era
una Uzi Israelí, ostensiblemente; pero Chen siempre personalizaba sus armas.
Probablemente habría recalibrado las miras, mejorado el mecanismo de
alimentación. Bond siempre admiró la habilidad de Chen como armero-. ¿O para un
poco de practica de tiro al blanco?
Bond levantó sus ojos para encontrar los de Chen, y no era
muy diferente de mirar el cañón de un arma. Sentías, mirando a los almendrados
ojos como tajos de Chen, firmes como el acero, que mirabas el cañón doble de
una escopeta . El resto de la cara de Chen era menos amenazador, marcada por el
tiempo, profundamente curtida por el sol mejicano. Bond no lo había visto en
cuatro años, no había envejecido mucho. "Debe rondar los cuarenta
ahora." Vestía de negro de la cabeza a los pies con el antiguo uniforme
Ninja . Sobre un hombro llevaba una bolsa de lona, para el caso de necesitar
esconder la ametralladora. Las únicas cicatrices visibles estaban en los
nudillos de Chen.
- Ya sabes por qué estoy aquí -dijo Chen suavemente.
Estaba de pie a unos dos metros de Bond. Él era una cabeza
más bajo, así que el arma apuntaba hacia arriba: una contracción de su dedo y
cosería media docena de agujeros a través del pecho Bond. Sus manos eran firmes
rocas. Sonrió débilmente. Sus ojos se movieron rápidamente pasando de Bond a
Leiter.
- Será mejor que su amigo se mantenga realmente tranquilo.
Si él piensa que voy a fallarle porque voy a dispararte primero...
- Él no fallará, Felix. Por más rápido que saltes -dijo Bond
serenamente. Lo dijo serenamente, pero su corazón palpitaba; le pareció oír su
sangre silbando en sus venas. Debía permanecer externamente frío: si se
tensaba, podría poner nervioso a Chen. Y el arma de Chen nunca tenía el seguro;
retiraba el mecanismo de seguridad de sus armas-. Te lo aseguro -continuó Bond,
ganando tiempo-, el tipo puede manejar esto. Y no olvides que dentro de sus
bolsillos tiene armas tales como pinchos y estrellas arrojadizas que puede
lanzar tan rápido como...
- Ya basta de dar largas, Bond -cortó Chen.
- No me vas a acribillar, Chen. No eres ese tipo de
mercenario. Eres del tipo soldado. No del tipo carnicero.
Pero Bond ya no estaba seguro de eso. Había oído que Chen se
había ido agriando en la vida, había dejado de importarle para quien trabajaba
o qué hacía para ellos. Y el hecho de que ahora trabajara para Klaus Doberman
era la demostración.
- Podría haberte matado antes de que te dieras la vuelta
-indicó Chen-. Debería. Pero Doberman quiere que te devuelva vivo, si es
posible. Le has hartado, matando a Huggins. Él valoraba a Huggins.
Quizá alguien apareciera por el sendero, pensó Bond. Chen no
querría volar la cobertura de su jefe matándoles frente a una multitud. Tarde o
temprano la policía lo relacionaría con el gran yate. Pero si nadie venía, Chen
podría acribillarles y luego ocultar los cuerpos en la maleza.
Chen gruñó.
- ¿Vas a venir, o debo llevarle tu cabeza para mostrar a
Doberman que he conseguido a 007 para él?
- ¿De modo que así están las cosas?
- Correcto.
Bond dejó caer su sonrisa.
- Ahora no te pongas nervioso; porque no voy para usar el
arma a menos que me obligues -Chen no preguntó: ¿Qué arma? Sus ojos
revolotearon hasta la toalla enrollada bajo el brazo de Bond y hacia la mano
derecha de Bond oculta en los dobleces de esa toalla-. Ahora te estás
preguntando si faroleo -comenzó Bond-. Bien...
- Ahora que lo mencionas -dijo Chen fatigadamente-, puedo
ver el bulto del arma en la toalla. Pero no me está apuntando.
- No. Pero solías hacer apuestas con la gente sobre mis
reflejos. ¿Recuerdas aquella pequeña apuesta en Hong Kong? Apostaste con un
tipo a que yo podría disparar a tres monedas con una 45 antes de que tocaran el
suelo. ¿Recuerdas? Arrojaste tres monedas al aire sobre tu cabeza; confiabas
mucho en mí, porque no estaban muy por encima de tu cabeza. Y...
- Recuerdo -Chen tuvo que sonreír.
- ¿Quieres apostar ahora a que no puedo sacar este arma y
agujerearte antes de que tu pequeña Uzi termine conmigo? Seguro, tú me habrías
alcanzado primero; pero apuesto a que en los dos segundos antes de morir te
habría atravesado. ¿Qué dices? -la voz Bond era mortalmente suave-. ¿Cincuenta
pavos?
La empuñadura de Chen sobre el arma se apretó más; sus
nudillos estaban blancos; un músculo saltó en su mejilla. La tensión habría
gritado si tuviera boca.
Bond oyó a Leiter moverse inquieto. "Maldición, Felix
-pensó Bond-, ¡quédate quieto! ¡No te muevas o le harás saltar!"
Muy lentamente, Chen bajó el subfusil ametrallador. Sonrió
retorcidamente.
- Bond, eres un sucio hijo de perra. Supongo que sabes que
esto funciona en ambas direcciones. Intenta usar esa pistola...
Bond asintió.
- Lo sé. Me cogerías.
Dio un paso hacia atrás. Chen sonrió fúnebremente.
- Confías demasiado en ti mismo, Bond.
Y con esto retrocedió detrás de una piedra y se perdió de
vista.
Bond y Leiter se apresuraron por el sendero y rápidamente
estuvieron entre la multitud de la playa. Alguien gritaba que había un hombre
muerto flotando en el oleaje. El cuerpo de Huggins. ¿Cómo podría Doberman
explicar eso? Probablemente fingía que el tipo nunca había estado con él.
Regresaron al Porsche, Leiter miraba nerviosamente a la
maleza.
- Podría estar rodeándonos, podría esperarnos en el
automóvil, James. Chen es como un Bruce Lee malvado.
- No lo creo -dijo Bond-. Aquello fue una especie de tregua
implícita hasta que regresemos a nuestros campamentos base. Pero esta será la
última tregua. No me dará otra oportunidad para otro interludio mejicano. Le
contará a Doberman que escapé; y luego les hablará a todos sobre mí -Bond
suspiró-. Así que Doberman estará preparado.
- Se irá a su rancho -dijo Leiter, asintiendo-. Sería más
listo por su parte dejar el país. Tiene una reunión importante aquí dentro de
los próximos días y se considera a sí mismo bien protegido en una fortaleza
como su rancho.
- Lo divertido sobre una fortaleza -dijo Bond, entrando en
el Porsche-, es que puede atraparte tanto como protegerte. Y atacar posiciones
fortificadas es una de mis especialidades.
- Sí, desde luego -dijo Leiter, riendo-. Te he visto en el
trabajo con damas reluctantes. Ellas no permanecen reluctantes durante mucho
tiempo.
Bond sonrió abiertamente y pensó en Lotta. No había nada
reluctante en ella. Pero tenía una gran cantidad de encanto. Probablemente
tenía algunas sorpresas reservadas para él. Las mujeres normalmente las tenían.
- ¿Qué es esa reunión que espera a Doberman? -preguntó Bond
mientras Leiter encendía el automóvil.
- No he sido capaz de averiguarlo; excepto que involucra a
un representante de otro país y no a un miembro del cártel. ¿Quizás un nuevo
socio en el negocio, eh?
El automóvil circulaba suavemente entre las colinas, tomando
rápidamente las cerradas curvas en su camino de regreso a la Posada La Brisa.
Bond no dijo una palabra hasta que estuvieron allí. Estaba incubando una
estrategia. Estaba completamente absorbido por la campaña contra Doberman.
Seguiría a su presa hasta los confines de la tierra si tenía que hacerlo.
Cuando llegaron al hotel, Bond dijo:
- Procura que esos artículos se me entreguen mañana, Felix.
Y averigua lo que puedas sobre los movimientos de Doberman... y ese rancho
suyo.
Leiter asintió. Él sabía por años de experiencia en
inteligencia que desarmar a tu adversario consistía en una parte de juego
rápido de pies y cuatro partes de minuciosa preparación.
* * * * * *
A miles de kilómetros a través del Pacífico, un masivo helicóptero
MIL MI-24 soviético descendió rápidamente con increíble gracia en el helado
baldío de la Península de Kamchatka en el noroeste de Rusia.
La puerta lateral se deslizó abriéndose; los rotores
rechinaron lentamente hasta detenerse, y tres soldados soviéticos de élite de
la División Aerotransportada aparecieron.
Y luego el general Leo Gogol , jefe del KGB y
contrapartida de M, bajó hacia el frío que congelaba los huesos. Todo lo que
podía ver bajo el cielo gris era hielo; hielo tan duro que ni siquiera sus
botas dejaban huellas de pisadas. Estaba vestido para las condiciones normales
del Ártico en la base siberiana de submarinos. Cinco capas de lana y hule le
rodeaban.
De inmediato el grupo soviético formó en fila y se cuadró,
saludando. El General Gogol les estudió críticamente, pasando ante ellos en su
camino hacia el inundado muelle de cemento, uno de los muchos especialmente
construidos para guarecer los submarinos clase Tifón de los duros elementos de
la región.
Ya que el habitual frío viento del norte soplaba más fuerte,
el General Gogol rápidamente bajó por la escalera con la torpeza usual de un
hombre de tierra. Estaba más que ansioso de dejar atrás la importante tormenta
de viento que azotaba Moscú y la monotonía de sus oficiales deberes
administrativos.
Al borde del muelle, una división de marineros y
trabajadores portuarios observaban con el estólido estilo ruso, sin un vítor ni
un saludo, mientras las aguas agitadas del canal comenzaban a besar la esférica
proa del submarino.
- Incremente la velocidad a un tercio -ordenó el capitán a
su navegante.
El General Gogol se despojó de las engorrosas prendas
exteriores y se tumbó satisfecho en su pequeña litera. No se resentía por el
estrecho confinamiento a bordo del submarino, algo que muchos hombres no podían
tolerar. Para él, el cubículo era mucho menos claustrofóbico que la atmósfera
burocrática y política de su oficina en el número trece de Sretenka Ulitas en
Moscú . Aunque regímenes y líderes cambiaban detrás de las paredes grises del
Kremlin, Gogol se las había arreglado para permanecer intacto.
Sonrió para si. El volumen de treinta mil toneladas del
submarino aceleró lentamente, zambulléndose más profundamente y luego
nivelándose a la profundidad apropiada en el Pacífico. Dentro de unos días, el
General Gogol estaría en el clima soleado y tropical de Centroamérica, donde él
dirigiría negocios como de costumbre con Klaus Doberman y supervisaría la
demorada e