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Por Gentileza de Eduardo Giménez González, traductor. Desgraciadamente no he podido incluir los pies de página con la información de la novela que nos ofrecía Eduardo, por problemas técnicos.

"En 1985 un autor llamado Jim
Hatfield escribió y publicó ilegalmente una novela completa de James
Bond titulada "The Killing Zone". No era una parodia, sino una verdadera
novela de James Bond. En los 80, John Gardner era el autor oficial de
Glidrose, quien llegó a escribir 16 diferentes aventuras de James Bond.
La sección de reconocimientos de The Killing Zone menciona a Glidrose
como si fuera una novela oficial de James Bond pero esto es meramente un
descaro por parte
del autor. Glidrose no tuvo nada que ver con este
libro. Ni encargaron ni sancionaron su existencia.
Recientemente, un coleccionista encontró un ejemplar de este libro
pirata y al final el texto de la novela apareció en internet
."
Eduardo Giménez González

LA NUEVA NOVELA PROTAGONIZADA POR JAMES BOND

THE KILLING ZONE - LA ZONA MORTAL

JIM HATFIELD

¡JAMES BOND 007 HA VUELTO!

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    En este nuevo thriller de espionaje de alto voltaje, el Agente Secreto 007 debe "liquidar" al despiadado factótum billonario Klaus Doberman. Pero James Bond tiene sus manos ocupadas mientras se enfrenta a una deliciosa dama asesina que ofrece amor letal estilo ruso y a un sádico oriental de ojos rasgados que es un ninja escurridizo y mortífero. Ayudado por su sexual confederada Lotta Head y su viejo compañero de la CIA Felix Leiter, 007 se mide contra Klaus Doberman en su fortaleza fuertemente armada en lo alto de la mexicana Sierra Madre... en el más escalofriante duelo a muerte en la gran saga Bond.

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    ¡JAMES BOND HA VUELTO!
    Millones de lectores e incontables espectadores en todo el mundo han conocido al agente del Servicio Secreto Británico James Bond 007, el superheroe con un apetito enorme para las cosas buenas de la vida: comida, mujeres e intriga internacional. Esta vez la misión de Bond es más impresionante. Sus armas son más potentes. Sus enemigos son más diabólicos. Sus mujeres son más complacientes. ¡Y James Bond es mejor que nunca!

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    Todos los personajes de este libro son ficticios, y cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.

THE KILLING ZONE: A James Bond Adventure
LA ZONA MORTAL: Una Aventura de James Bond

UN LIBRO CHARTER, Londres

    Copyright 1985 por Glidrose Publications Limited y Jim Hatfield. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede reproducirse en ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico incluyendo almacenaje de información y sistemas de recuperación sin el permiso por escrito del editor, excepto un revisor que puede citar breves pasajes en una revisión.

    0-425-06534-0

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    Para mis padres con amor y a la memoria de Ian Lancaster Fleming.
    Y sólo usted y yo.

"I write for warm-blooded heterosexuals in railway trains, aeroplanes and beds."
"Escribo para heterosexuales de sangre caliente en trenes, aviones y camas."
    - Ian Fleming


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    RECONOCIMIENTOS

    Debo profunda gratitud a tanta gente por su ayuda con The Killing Zone que necesitaría numerosas páginas simplemente para enumerarlos a todos. Los siguientes son preeminentes: Norma Rodríguez, una de mis mejores amigas desde hace muchos años, viajó conmigo, no sólo una vez, sino tres veces a los lugares de vacaciones mejicanos de Puerto Vallarta y Acapulco. Su inapreciable dominio del idioma español y dedicada asistencia en la investigación proporcionó mucho del material cultural con que he urdido las vidas de la gente de este libro.
    Obviamente, The Killing Zone no podría haberse escrito si no hubiera sido por Larry Burk y Kay Burrow de CFC por permitirme tiempo sin restricciones lejos de la compañía para describir las vistas, sonidos, y texturas de México.
    También me gustaría expresarles mi gratitud personal y a todos en el CFC por su amabilidad y fe en el eventual valor final de este libro. Tengo con todos ellos una gran deuda por compartir y curar mis frustraciones a lo largo de los dieciséis meses de investigación y escritura para esta novela.
    Por su ayuda, buen consejo y general "Padrinazgo", una nota especial de gracias y apreciación para Sam Wolfson. Aunque no adopté todas sus sugerencias después de una cuidadosa lectura del manuscrito, la contribución de Corrie Harrison para un texto más claro y más preciso ha sido imprescindible.
    Los agradecimientos especiales no estarían completos sin la referencia a Rhonda Traylor y Marie Van Wey, las más adorables y competentes mecanógrafas que un autor pudiera querer o necesitar jamás; Dale McFarland compuso el borrador final del manuscrito para su publicación con atención ejemplar y cuidado minucioso.
    Dana Conley, mi secretaria capaz y eficiente, batió la marca con su laureable asistencia en la investigación, que me evitó el embarazo de pedir un plazo de entrega diferido.
    Jake Jatras y John Donovan de la revista Soldier of Fortune están en mi particular debe por su interminable búsqueda para poner las armas más adecuadas en posesión de James Bond.
    Debo agradecer también a los hombres del Cotton Exchange Breakfast Club: Jack Allen, George Drewery, Alton Gardner, John Duncan, Les Lewis y John Garner, por sus inapreciables opiniones, consejos y compañerismo al amanecer. The Killing Zone existe en su plenitud porque estos hombres sufrieron y mantuvieron al autor durante la agonía de la composición.
    Quisiera, especialmente, agradecer a la junta de directores de Glidrose Publications Limited, los propietarios del copyright literario de James Bond, por invitarme a seguir los de alguna manera intimidantes pasos de Ian Fleming. En particular, mis gracias a Ms Janet Dailey de Bronson, Missouri, la autora mas vendida de todos los tiempos, por actuar como intermediaria.
    Un gran reconocimiento debe ir también a mi agente literario, Irving Weintraub, sin cuya paciencia y mano orientadora este libro no podría haberse escrito.
    Y finalmente, mis más profundas gracias a "tres mujeres sabias"  de Dixon Travel -Linda Tabell, Connie Carlson y Adriane Strauss- quienes siempre tenían tiempo, sin importar lo ocupadas que estuvieran, para enviarme a algún viaje aventurero a los confines de la tierra.
    Todos los demás que me ayudaron a transformar a 007 desde el autómata de cartón-piedra de las películas al espía británico con licencia para matar que
vive y respira, tienen derecho a mis cordiales gracias, y si he omitido sus nombres, por favor discúlpenme.

    Jim Hatfield
    Puerto Vallarta, 1986


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    NOTA DEL AUTOR: En un esfuerzo para acomodar la familiaridad de cada lector con la particular fraseología de su país, tanto la pronunciación británica y americana como las formas de medida se han usado alternativamente en esta edición binacional; por ejemplo,

The blue-grey colour of his eyes sparkled (British)
El color azul-grisáceo de sus ojos relumbraba (británico)

The yacht was fifty yards away and closing (American)
El yate estaba a cincuenta metros de distancia y acercándose (americano)


J.H.
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 -1-
De repente, un cadáver

    Bill Tanner, el Jefe de Personal del Servicio Secreto de su Majestad, marchaba impacientemente de acá para allá sobre la adoquinada acera en el exterior del Consulado Británico en Puerto Vallarta, México. Miraba calle arriba y calle abajo. Estaba virtualmente desierta de los anteriores sonidos e imágenes de los trabajadores apresurándose hacia sus hogares para cenar; la quietud era de algún modo ominosa. Era como estar en un vacío, el mismo aire conteniendo el aliento.
    Tanner estudiaba el cielo oscurecido mientras una natural brisa oceánica comenzaba a levantarse. Una mirada rápida a su reloj reveló que su conductor llevaba ahora veintisiete minutos de retraso.
    Débilmente, comenzó a oír sonidos. Fue distante al principio, casi subliminal, creciendo gradualmente en intensidad hasta que comprendió que eran pasos.
    - ¿"Señor"  Tanner? -un fuerte y marcado acento le sorprendió desde atrás.
    Tanner se giró. Un mejicano, alto como un alce, vestido con un ajado uniforme azul de agente de la Policía Estatal le miraba a través de sus gafas de sol espejadas.
    Tanner se retiró apartándose de la intimidante figura del policía, pero el mejicano agarró su brazo, deteniendo su retroceso con una presa de acero.
    - ¿Qué demonios cree usted que está haciendo? Soy diplomático -arguyó Tanner mientras sentía los dedos morder dolorosamente en sus bíceps.
    El mejicano indicó con la cabeza hacia una limusina blanca Mercedes-Benz 1000SEL próxima.
    - Alguien está ansioso por conocerle, "Señor" Tanner.
    - Dígale que concierte una cita como todos los demás -contestó severamente, soltándose del gran y doloroso agarrón del hombre.
    Tanner no vio llegar la rodilla. Pero la sintió, y una fracción de segundo después él a su vez golpeaba contra el lateral de la limusina. Mientras caía, la rodilla fue lanzada de nuevo, esta vez hacia el centro de su vientre. Se evitó que cayera sobre sus manos y rodillas por una llave como de tornillo alrededor de su cuello. Simultáneamente, un revés hizo contacto con su sien, tan fuerte que no pudo creer el dolor que recorrió su cráneo. Sintió sus rodillas como de goma mientras perdían toda sensibilidad y movimiento. Mientras caía, una muy pulida bota le pilló en plena boca.
    La adrenalina es producida por las glándulas suprarrenales, dos pequeños cuerpos situados sobre la superficie superior de los riñones. Debido a las circunstancias que provocan su liberación en la circulación, y a su efecto sobre el cuerpo, es a veces conocida como la droga del miedo, la lucha y el vuelo . Ahora, a la vista de sangre goteando desde las comisuras de su boca, las suprarrenales de Tanner volvieron a su trabajo primordial, bombeando su secreción en la corriente sanguínea y así aceleraron la respiración para llenar la sangre de oxígeno, aceleraron la acción del corazón para mejorar el abastecimiento de sangre a los músculos, cerraron los capilares cerca de la piel para minimizar la pérdida de sangre en caso de herida, incluso provocaron que el pelo de su cuero cabelludo se erizara al momento. Y mientras Tanner todavía estaba paralizado, desde algún lugar le llegó, quizás de la propia adrenalina, una extraña exultación. Supo instantáneamente que no se había vuelto blando por los demasiados años en un puesto administrativo, que si era necesario sería la misma eficiente máquina de combate. Rápidamente giró sobre su propia cadera, conectando sólidamente con las piernas de su asaltante. El mejicano cayó, y Tanner se puso de pie abalanzándose, abalanzándose hacia las puertas de hierro del recinto del consulado...

    Los brazos de Tanner fueron agarrados desde atrás y tirados hacia atrás; no había creído que el mejicano pudiera recuperarse y reanudar la persecución tan rápidamente. Antes de que la llave Nelson estuviera completa, Tanner había lanzado hacia atrás su talón y hecho contacto, provocando que un brazo quedara libre. Un codazo que falló por poco la ingle llevó la parte superior del cuerpo de Tanner hacia adelante. Antes de que pudiera recuperarse, diez dedos que parecían pernos de acero se habían hundido en los ganglios en la base de su cuello, dejando a Tanner inconsciente inmediatamente.
    Cuando despertó, estaba en la trasera de la limusina viajando con el gigantesco agente de policía sentado a su izquierda y un chino musculoso con un negro yukata  a su derecha. Sentado directamente frente a ellos en el asiento del observador estaba un alemán melenudo con un parche negro sobre su ojo derecho, a quien Tanner inmediatamente reconoció como Klaus Doberman, un muy buscado billonario jefe supremo de la droga.
    El alemán golpeó sus nudillos contra la placa de cristal que les separaba del asiento delantero, y el conductor giró el automóvil hacia un aislado y estrecho camino polvoriento. Tanner sintió de repente un dolor ardiente en sus entrañas y sintió su cuello como si se hubiera convertido en un estrecho arroyo de lodo frío.
    - ¿Adónde me lleva, Doberman? -preguntó, forzando sus ojos a enfocar al alemán a través de un velo de visión borrosa.
    La limusina se detuvo abruptamente. Doberman apenas podía contener su regocijo.
    - A que se encuentre con su Dios, Mr Tanner -replicó, apartando un mechón de pelo blanco de su ojo bueno.
    En ese momento la boca del chino se escindió abriéndose mientras extraía un revólver Smith & Wesson calibre 38 del interior de sus ropas negras y la apuntaba a la sien de Tanner.
    Tanner sonrió sardónicamente.
    - Le diré a mi Dios que deje abiertas las puertas perladas ya que usted se nos unirá pronto.
    Doberman frunció el ceño y asintió al chino cuya sonrisa redujo los ojos almendrados a tajos... tajos que relucieron. Entonces él apretó el gatillo, salpicando de hecho el parabrisas trasero con la cabeza del Teniente-Coronel William "Bill" Tanner, segundo miembro mas elevado en el organigrama del Servicio Secreto Británico e, incidentalmente, el mejor amigo del Comandante James Bond.

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 -2-
Bienvenido de nuevo, Mr Bond

    Las primeras luces de las Islas Vírgenes  brillaban en la oscuridad bajo el Vuelo TWA 123B. Los frenos hidráulicos rezongaron, el tren de aterrizaje tocó tierra; Saint Thomas estaba justo enfrente.
    Poco antes, Sir Miles Messervy, conocido únicamente como M, Jefe del Servicio Secreto Británico, había estado reclinado, aparentemente relajado y en calma en un asiento de pasillo sobre el lado de estribor en el área de primera clase.
    De hecho, el ex-Almirante estaba lejos de estar relajado. Alguien que observara cuidadosamente habría visto la tensión tras los ojos fastidiosamente grises de marinero. Su mente estaba a plena marcha mientras revivía los frustrantes sucesos del pasado año que eventualmente condujeron a la dimisión de James Bond del servicio.
    Durante este período el Servicio Secreto estuvo bajo el fuego de los políticos y se hablaba descaradamente sobre purgas en seguridad. La sección Doble Cero había recibido frecuentes criticas por ser una fuente de provocación al enemigo, y M estaba cansado de defenderla. Los rumores de disolver la sección, naturalmente irritaban a M y preocupaban a Bond: sin su clasificación Doble Cero, era dudoso que deseara permanecer en el Servicio Secreto. Entonces como culmen de esto llegó la gran reestructuración en el cuartel general de Regent's Park justo después de Año Nuevo. Para Bond, en el fondo un auténtico conservador, la reorganización fue mucho más perturbadora de lo que le gustaba admitir.
    La oficina de M fue trasladada del sexto al séptimo piso, y Bond, para su horror, se encontró divorciado de la oficina que compartía con 008 y 0011, y relegado al pequeño y pintado de gris gallinero del lugar. En las circunstancias, el traslado parecía ominoso.
    Entonces vino la llamada Masacre de los Idus de Marzo, en la que un gran número de operativos y agentes leales fueron forzados a "renunciar" o fueron directamente despedidos, literalmente de la noche la mañana. Finalmente, como Bond había temido, M le dio la noticia de que la sección élite Doble Cero -que indicaba licencia para matar en el cumplimiento del deber- había sido abolida. Para Bond, quien disfrutaba del peligroso estilo de vida asociado con el status de Doble Cero, esa fue la maldita gota que colmó el vaso. Así, el Comandante James Bond, el Agente 007 del Servicio Secreto de su Majestad, renunció y se trasladó en al Caribe .

* * * * * *


    El aire nocturno era cálido y aromático. Bajar de la aeronave fue como el comienzo de un sueño para M. Había palmeras junto al edificio del aeropuerto, hibiscos y azaleas en flor. Por primera vez, M realmente envidiaba a Bond. Uno realmente no podía culparle por instalarse por fin en la vida suave. Se había ganado cada parte del lujo que tenía.
    En inmigración M presentó su pasaporte. El oficial expresó cumplidos, luego hizo una señal a alguien detrás de él. Una atractiva joven negra se acercó a M, sonriendo, dijo que esperaba que él hubiese tenido un buen viaje y ¿querría él venir por aquí? En el exterior en la explanada del aeropuerto un gran, e igualmente de piel oscura, chofer estaba terminando de meter el equipaje de M en el maletero de un viejo modelo de Cadillac color rojo vivo. Este saludó cansinamente, abrió la puerta trasera para M, y luego le condujo fácilmente por la carretera que bordeaba las claras, brillantes e iluminadas por la luna aguas del Caribe. M intentó entablar conversación, sin mucho éxito. M preguntó finalmente cuando llegarían.
    - Ya lo verá -respondió el hombre negro-. Pronto estaremos allí.
    M gruñó despectivamente.
    El motor ronroneó al atravesar una carretera elevada. Hubo un vislumbre de palmeras, de luces que resplandecían desde el océano. Condujeron atravesando altas puertas, a lo largo del paseo de grava, y allí ante ellos, destellando a la luz de los focos se erguía el hotel; al viejo estilo colonial, paredes rosadas, contraventanas con persianas blancas, pilares junto a la puerta. La piscina también estaba iluminada. La gente nadaba, otros estaban en la terraza. Un portero con chistera y chaleco color avispa llevó el claramente magro equipaje de M al ascensor.
    El baño de M ya emitía vapor con gran fruición, las bebidas esperaban sobre la mesa y un discreto sirviente le preguntó si había comido o le gustaría algo del restaurante.
    - No, gracias -le dijo M.
    - ¿Puedo prepararle un vodka Martini, señor?
    - ¡Mata-ratas! -respondió M bruscamente-. Yo prepararé mi propia bebida, buen hombre -entonces procedió a servirse un whisky con soda-. Gracias igualmente -agregó indecisamente.
    - El Comandante Bond me pidió, señor, que le diera la mejor bienvenida y le dijera que considerara este lugar como su propia casa. Cuando usted esté listo, señor, digamos en media hora, por favor llámeme y le llevaré con el Comandante Bond.
    M se bañó placenteramente, vistiendo después un traje de verano gris oscuro, camisa almidonada, corbata de lazo azul obscura con lunares, más bien floja. Después de otro whisky con soda, encendió su pipa con una cerilla y tocó la campanilla. El sirviente apareció de inmediato, condujo a M por un pasillo, y después abrió una puerta que conducía a un ascensor privado. Antes de subir, el hombre tomó un teléfono rojo en el interior del ascensor.
    - Aquí Augustus, señor. Subo a su invitado ahora.
    M oyó una débil respuesta en el teléfono. El ascensor subió lentamente.
    Al llegar arriba hubo una ligera demora, mientras las puertas eran evidentemente abiertas por un mando a distancia desde el otro lado. Cuando lo hicieron, M caminó directo hacia una sala enorme, la mayor parte en sombras. A lo largo de tres paredes, ventanas de cristal blindado daban al oscuro mar nocturno. Las luces estaban bajas, las contraventanas abiertas y M parecía suspendido sobre las aguas del Caribe. A lo lejos a la derecha las luces resplandecían a lo largo de la costa de la Bahía de Magen.

    Desde las sombras ligeramente misteriosas de la cuarta pared de la suite surgió una figura que M reconoció inmediatamente. La suya era una cara oscura, bien definida, con una cicatriz de siete centímetros de aparecía blanca en la mejilla derecha bajo la bronceada piel. Los ojos eran amplios bajo rectas y más bien largas cejas negras. El pelo oscuro, con reflejos grises en las sienes ahora, todavía caía en una densa coma negra sobre la frente. La más bien larga nariz recta bajaba hasta un corto labio superior bajo el cual había una amplia y finamente dibujada pero cruel boca. La línea de la mandíbula era recta y firme. Estaba físicamente en forma, ojos brillantes, sin ninguna señal de tensión o cautela, positivamente despreocupado. Vestía pantalones blancos de algodón y una camisa de algodón Sea Island azul oscura que mostraba la anchura de los hombros y la solidez del pecho. No había indicio de una panza o ensanchamiento de caderas. James Bond avanzó para estrechar la mano de M en un gesto del más profundo respeto.
    - El mismo apretón de manos, cálido y seco, James -dijo M animadamente. Se había ido la irritabilidad que le había caracterizado en años previos.
    Bond rió y sacó un objeto familiar de una pitillera metálica.
    - El primero hoy -dijo-. Espero que usted no espere Morlands Specials. Oficialmente lo he dejado, pero uno no puede ser demasiado estricto sobre estas cosas. Son lo último en bajos en nicotina y absolutamente repugnantes.
    - Miss Moneypenny le envía un beso cariñoso.
    - Lástima que no trajera a Penny con usted.
    - Ustedes dos flirtearían constantemente.
    Bond rió sinceramente, luego preguntó:
    - ¿Cómo le va a Bill sin mí como compañero de golf? Estoy seguro que se habrá vuelto gordo y perezoso por los dry martinis y el pan blanco .
    Hubo una pausa incómoda, y M repentinamente miró torpemente hacia sus pies.
    - Por eso estoy aquí, James. Lo lamento, pero Bill ha desaparecido, creemos que ha muerto, mientras estaba en un servicio oficial en México.
    La cara de Bond se puso blanca de repente y un aire de tensión le rodeó. Tenía la mirada de alguien que había sufrido y que temía el regreso del dolor.
    La metamorfosis hubiera continuado, pero en ese momento apareció Augustus.
    - ¿Están listos los caballeros para la cena, Comandante? -preguntó cortésmente. Bond asintió-. ¿La mesa habitual, señor?
    Bond gruñó asintiendo. M contuvo un impulso de sonreír.
    - Discúlpeme, señor -dijo Bond a su antiguo patrón-. Ahora soy una criatura rutinaria. Algo peligroso en nuestra profesión, pero ahora que me he retirado siento que no hace ningún daño.
    La mesa habitual resultó ser la mejor del hotel; suficientemente cerca de la piscina para que Bond pudiera observar estrechamente las mujeres escasamente vestidas.
Como siempre, la vista de carne femenina claramente le relajaba. Con la mayoría de las mujeres sus modales era una mezcla de taciturnidad y pasión. Las prolongadas aproximaciones para una seducción le aburrían casi tanto como el subsiguiente caos del desenredamiento.
    - ¿Algo para extinguir la sed, señor? -preguntó Bond a M, sus ojos azul-grisáceos seguían los bien formados traseros de las mujeres que llegaban desde la playa para cenar.
    M reencendió su pipa y asintió.
    Bond dio la orden a Augustus con la voz precisa y entrecortada del hombre que sabe exactamente lo que quiere y está acostumbrado a conseguirlo.
    - El Almirante tomará media botella de Mouton Rothschild de veinte años y yo tomaré una pequeña garrafa de vodka Stolichnaya que descanse en un cubo de hielo picado.
    Después de que llegaran las bebidas, M tuvo una oportunidad de observar a Bond más cuidadosamente. Estaba, le parecía, más alto y ligeramente más delgado de lo que lo recordaba un año antes; los brazos bajo las mangas cortas, nervudos más que musculosos. ¿Qué pensaría cualquiera de él en una primera impresión? ¿Un administrador colonial aquí en permiso convaleciente? ¿Un playboy maduro entre matrimonios? Sólo la cara podría hacer que uno se preguntara sobre ese bronceado rostro escocés cuya dureza parecía estar fuera de lugar entre los frondosos alrededores; una dureza hecha con muros nuevos construidos alrededor de sí mismo tras sus traumáticas pruebas en los pasados años. La muerte de su esposa, Tracy; la lucha con Blofeld en Japón; el año subsiguiente de amnesia; la ordalía del lavado de cerebro en Rusia; el intento de asesinato contra M; y la lucha contra la muerte por bala envenenada de Scaramanga que casi eliminó al agente para siempre : todo había tenido secuelas para Bond. Él estaba en un nuevo ciclo de su vida.
    La boca sardónica de Bond se relajó, los crueles ojos se suavizaron y pidió a M que le explicara la tragedia relativa a la desaparición de Bill Tanner.
    M se recostó en su silla, masajeó su cuello, luego se sirvió él mismo otra bebida. Entonces comenzó a hablar muy serenamente; uno podía detectar una mente ordenada, la declamación lógica de la bien entrenada inteligencia militar. Bond escuchaba intensamente.
    - Durante su ausencia, James -comenzó M, sus ojos gris más claros y más brillantes de lo que Bond los recordaba-, la guerra de la droga ha pasado a la ofensiva y el Servicio Secreto se ha volcado para responder al desafío. La operación "Blancanieves"  se extiende desde los campos de coca de Perú, Bolivia y Ecuador a las refinerías en la jungla de Colombia y Brasil. Sus avanzadas son pistas de aterrizaje y muelles remotos en México y aquí mismo en el Caribe; sus puertas de entrada se esparcen por el Sur y el Sudoeste Americano. Con ganancias que llegan a billones de dólares, los señores de la cocaína compiten con los gobiernos del tercer mundo en riqueza y poder. Los traficantes intentaron volar el Consulado Británico en Guadalajara el noviembre pasado, y nuestros aliados temen que estén socavando los frágiles sistemas políticos de Bolivia, Perú, México, Jamaica y las Bahamas. No hay fuerza desestabilizadora mayor para el gobierno democrático que el poder del narcotráfico.
    Bond notó que la dominante voz de M estaba en calma. Sólo la manera en que empuñaba su pipa revelaba un poco la tensión que sentía.

    - Hasta hace poco -continuó-, muchos países latinoamericanos se encogían de hombros ante sus traficantes de droga, parcialmente porque consideraban los narcóticos como problema de otros países, y parcialmente porque estaban más preocupados por la guerrilla y terroristas izquierdistas. Esa actitud está dando paso a una sensación de alarma. Apenas hay un área de actividad política o de la vida institucional que de alguna manera no haya sido afectada por la corrupción de la droga. Los señores de la droga han jurado matar a los oficiales colombianos desde el presidente para abajo y hemos averiguado recientemente que han ofrecido un millón de dólares a quien secuestrara a nuestro propio Primer Ministro o a otros miembros del Gabinete. Evidentemente, los jefes quieren cambiar al Primer Ministro por seis colombianos acusados de narcotráfico ahora bajo custodia en Londres.
    M rellenó distraídamente y reencendió su pipa, que se había apagado.
    - El imperio crece como una hierba venenosa. Tan grandes son sus ganancias que cada victoria local contra los señores de la cocaína sólo parece abrir mercados en otras áreas. En muchas áreas rurales, los reyes de la droga son vistos como Robin Hoods, repartiendo riqueza en países que son desesperadamente pobres. Los ricos de la nieve han corrompido a funcionarios y han producido extrañas alianzas. El neo-nazi señor de la droga Klaus Doberman, ha ofrecido compartir su suerte con la guerrilla izquierdista M-19 , mientras los campesinos cultivadores de coca del Perú están atados a la guerrilla maoísta Sendero Luminoso . Además, hemos averiguado que los gobiernos de Nicaragua y Cuba hacen guiños a los traficantes de droga que les traen la muy necesitada moneda occidental.
    Bond encendió otro cigarrillo, medio llenó su vaso con hielo y agregó tres dedos de vodka. Luego se lo bebió de dos largos tragos, sintiendo su amistosa mordedura en el fondo de su garganta y en su estómago.
    - ¿Dónde encaja Bill en todo esto? -preguntó a M a través de un velo de humo de cigarrillo y pipa.
    - Los nuevos traficantes de cocaína seleccionaron la costera ciudad turística de Puerto Vallarta como cuartel general. Linda con la cordillera de Sierra Madre que recorre todo el país, con el Océano Pacífico para acceder a otros países por barco y tiene dos carreteras importantes conectadas con los Estados Unidos. Su economía en auge y el mercado de bienes raíces la hacen relativamente conveniente para el blanqueo de dinero. Lo más importante, sin embargo, es su proximidad a los campos de marihuana y adormidera del noroeste de México; y las familias que han desarrollado experiencia en el cultivo de la droga para explotarlos. Para actuar contra esas familias, organizamos la Operación "Blancanieves", la investigación a la que Bill fue asignado. Los traficantes de droga sufrieron pérdidas extraordinarias. Debido a "Blancanieves" y otras operaciones, un solo círculo perdió unos veintiséis millones de dólares y tres mil kilos de cocaína. Se malograron unos seiscientos millones de dólares en Miami una semana antes de que Bill fuera secuestrado y los agentes disolvieron un círculo de contrabandistas en Ciudad de México que estaban embarcando cocaína en rollos de película de la sección internacional de la oficina de prensa. Pero también ha habido pérdidas en nuestro lado. 008 fue encontrado flotando boca abajo en el lado americano del Río Grande; tres semanas después, el cuerpo de 0011 fue encontrado decapitado y embutido en un barril de acero en una refinería de cocaína abandonada en la selva en "Tranquilandia" , Colombia; 003, uno de los agentes veteranos más experimentados, fue arrastrado por un automóvil en las afuera de Acapulco. Todavía vive -por el momento al menos- pero sus días útiles al Servicio Secreto, o a cualquier otro, han terminado.
    Bond aspiró el humo del cigarrillo en sus pulmones y lo expulsó lentamente a través de su nariz.
    - ¿Tenemos alguna pista del paradero de Bill?
    M negó con su cabeza.
    - Nuestras fuentes nos han informado que Bill clavó el último clavo en el ataúd cuando Klaus Doberman perdió veinte millones de dólares por la explosión de "Blancanieves" de un enorme almacén de marihuana en Chihuahua. Relatos de testigos afirman que, al día siguiente, Doberman acordó organizar el secuestro de Bill usando asesinos fingiendo ser agentes de la Policía Estatal. Dos días después, Bill fue secuestrado del Consulado Británico en Puerto Vallarta y nadie le ha visto o recibido noticias de él desde entonces. Desdichadamente, sólo podemos extraer nuestras propias conclusiones.
    Los estrechos ojos de Bond bizquearon con un indicio de rabia.
    - ¿Quién es ese cabrón de Klaus Doberman?
    Los ojos de M dejaron de enfocar a Bond. Durante un momento se pusieron en blanco, mirando en su interior. Luego lentamente buscó dentro de la chaqueta de su traje y extrajo un delgado archivo con la usual estrella roja del alto secreto. Puso el archivo directamente frente a él y lo empujó suavemente sobre la mesa hacia Bond.
    Las rojas letras sin florituras decían: SÓLO PARA SUS OJOS.
    Bond no dijo nada. Asintió y rompió el sello y comenzó a leer.

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 -3-
Dossier de un nuevo enemigo

    A: Servicios Especiales, Agente 007.
    DE: M.
    ASUNTO: Klaus Doberman es el "narcotraficante número uno" : un melenudo contrabandista de cocaína tuerto que ha comprado un imperio en las Bahamas. Es un "Robin Hood" para sus vecinos en Centro y Sudamérica, donde ha construido viviendas para los pobres. Fuentes informadas dicen que ha pasado de repartir pequeñas pacas de cocaína a acumular una fortuna de dos billones  de dólares. Es un creído aventurero que alardea de sus billones, compra todo: desde bancos y hoteles a equipos de fútbol y toros de lidia.
    DESCRIPCIÓN: Unos treinta y cinco años de edad. Metro noventa de altura. Delgado y en forma. Ojos azules, ojo derecho ciego por un accidente de equitación a la edad de doce años; pelo blanco-rubio, largo hasta los hombros, lo lleva a veces estilo cola de caballo. Demacrado, cara sombría. Orejas muy pegadas a la cabeza. Ambidextro. Manos muy pequeñas con manicura inmaculada. Características distintivas: lleva parche negro sobre el ojo derecho en todo momento. Es un insaciable e indiscriminado homosexual que invariablemente tiene intercambio sexual cada día.
    ANTECEDENTES DETALLADOS: Doberman ha llegado a ser jefe supremo de la cocaína en Colombia y casi tan rico y poderoso como el propio gobierno Colombiano. Desde una fortaleza fuertemente armada en lo profundo de la Cordillera de los Andes, refina cocaína por dos billones de dólares al año y la mete de contrabando en los Estados Unidos y el resto del mundo. Para proteger sus extensos intereses Doberman ha formado su propio cártel, compra tantos adversarios como puede, asesinando a algunos de los que no puede.
    Doberman empezó de la nada. Hijo de un oficial alemán de las SS que huyó a Colombia, dejó el hogar a la edad de dieciocho años, dirigiéndose hacia los Estados Unidos. En 1973 fue arrestado en Detroit por contrabando de automóviles robados hacia Sudamérica. Huyó estando bajo fianza, pero fue arrestado nuevamente en Miami por posesión de cien kilos de marihuana. Cumplió casi dos años en la Institución Correccional Danbury, luego en 1975 volvió en avión a Bogotá.
    En 1979, averiguamos que Doberman había comprado Cayo Norman en las Bahamas. Apareció como presidente de Air Montes, una corporación de las Bahamas; pero estamos convencidos de que su auténtico negocio es transportar marihuana y cocaína desde Colombia a los Estados Unidos. Construyó una pista de aterrizaje de un kilómetro protegida por radar y guardaespaldas con perros de ataque. También dirige una flota de aeronaves; algunas compradas, según un informante, a través de un asociado del Primer Ministro de las Bahamas. La alegación no ha sido probada, y el Primer Ministro ha negado cualquier relación con Doberman. Mientras está en las Bahamas, él vive en una extensa villa. Posee un yate, diecinueve automóviles y cuatro motocicletas. Otro informante afirma que Doberman pasa su tiempo allí con el financiero prófugo Robert Vescoe , rondando por Cayo Norman disparando con armas automáticas a lagartos y cocos.
    En 1981, se sospechó que fue la fuente de 550 kilos de cocaína incautados en Nueva Iberia, Luisiana. Cuando aduaneros de Miami hicieron la mayor incautación de cocaína de la historia en EE.UU.: 1.900 kilos encontrados en un embarque de prendas vaqueras en un avión desde Colombia; se sospechó de Doberman una vez más. En 1982, él y otros cinco hombres fueron arrestados en Cartagena por vender 3.225 kilos de pasta de cocaína. Nunca fueron condenados: dos de los policías que les aprehendieron fueron asesinados, y el registro del arresto desapareció del edificio de los tribunales. Por esa época, compró una granja en La Tebaida, en las afueras de la ciudad colombiana de Armenia. Compró un periódico local, el "Quinidia Libre", que usa para hacer estridentes ataques contra funcionarios de los Estados Unidos, británicos y colombianos. También se da gusto con fiestas salvajes y hombres jóvenes. En su lugar de recreo privado, el "Hotel Posada Alemana" , ha construido una "discoteca"  dedicada a John Lennon ; su centro de mesa es una estatua de Lennon, desnudo excepto por un casco y una guitarra, con un agujero de bala sobre el corazón. Hombres jóvenes acuden a su lado, atraídos por su aspecto de estrella de cine y su carisma.
    Doberman tiene otra rara obsesión: Adolf Hitler . Recientemente llamó a Hitler "el mayor guerrero de la historia"; también declaró que todos los judíos asesinados por su padre y otros nazis durante la segunda guerra mundial "murieron sólo trabajando en los campos y las fábricas". Para fomentar sus puntos de vista ha formado un partido político fanáticamente nacionalista, La Orden. Cientos de personas van a los mitineros "Sábados Patrióticos" de Doberman; atraídos, según algunos informes, por quinientos mil pesos en billetes entregados en la puerta. Doberman es también responsable de respaldar a un grupo derechista paramilitar llamado La Legión de la Muerte, acusado de matar a docenas de izquierdistas y dirigentes sindicales; también se dice que cierto número de antiguos policías y oficiales militares están entre sus filas.
    Después de que la pasada primavera el Presidente Colombiano jurara comenzar a imponer un tratado de extradición firmado hacía dos años con Estados Unidos e Inglaterra, Doberman se ha metido bajo tierra. Durante dos años el Presidente Colombiano había ignorado el tratado de extradición basándose en que violaba la soberanía nacional. Pero Doberman cometió la grave equivocación de hacer asesinar al Ministro Colombiano de Justicia a causa de su cruzada pública contra el contrabando de droga. En abril, asesinos contratados dirigidos por un pistolero chino llamado Fuji Chen, ametrallaron mortalmente al Ministro de Justicia en una calle de Bogotá. Doberman nunca reclamó la responsabilidad, pero se cree universalmente que financió el asesinato. El asesinato ultrajó a muchos colombianos que habían visto a Doberman como un atractivo héroe batallando contra las enraizadas élites del país. Más importante, enfureció al Presidente Colombiano, quien ante la tumba del Ministro de Justicia, juró respetar el tratado. Declaró un estado de sitio y apareció en televisión para proclamar "una guerra sin cuartel" contra Doberman.
    Doberman se ha vuelto cada vez más rico durante los pasados años; ostensiblemente por los negocios de "desarrollo turístico". Ha adquirido extensas propiedades de tierra, construido un enorme complejo de fútbol y creado un zoológico personal. Su rancho en la alta montaña en Puerto Vallarta incluye una pequeña pista de aterrizaje para embarcar cocaína, junto con varias piscinas de natación, una flota de lanchas a motor y una plaza de toros. Cría valiosos toros de lidia y fue acusado de entrar 120 de contrabando desde España. Forzado a retirarse de Colombia, ha comenzado a pasar más tiempo en su rancho en Puerto Vallarta, México, donde ha adquirido influencia política. Ha donado un millón de dólares a los dos principales partidos políticos y "posee" muchos de los funcionarios, jueces y policías de México.
    En Mayo, policías y soldados hicieron una redada en un escondrijo en Los Llanos, en las planicies orientales de Colombia, y encontraron evidencia de que Doberman había estado allí; también encontraron bulldozers, barracones y laboratorios capaces de procesar de seis a diez toneladas de cocaína por mes. Doberman fue visto de nuevo el 28 de Mayo, por un piloto de la droga que trabajaba clandestinamente para el C.I.A.  en Colombia. El agente dijo que vio a Doberman y su equipo cargar más de tres mil kilos de cocaína en un avión con destino a Nicaragua. Cuando esa aeronave se estrelló, Doberman proporcionó un avión Titan, según el agente. El piloto voló con el avión a Managua y entregó la cocaína a un asistente del Ministro del Interior de Nicaragua.
    El mes pasado, Doberman invitó descaradamente a un equipo de televisión de la British Broadcasting  para entrevistarle a bordo su yate privado anclado en la bahía de Puerto Vallarta. Estuvo rodeado por guardaespaldas cargados con ametralladoras y parecía escalofriantemente frío y confiado, con una camiseta negra sin mangas. No negó ser el principal traficante de droga de Colombia, pero intenta retratarse como un revolucionario con una visión. Se refiere a la cocaína como una "bomba atómica latinoamericana" que impone respecto a los imperialistas. Hizo una vaga -e ideológicamente ambigua- amenaza para unir fuerzas o con oficiales militares descontentos o con la guerrilla colombiana marxista, el movimiento M-19. También alardeó de escapar de una reciente redada del gobierno a través del interior.
    PLAN PROPUESTO DE ACCION: En conclusión, aún cuando la vida se haya vuelto un poco más dura para Klaus Doberman, las probabilidades en contra de encerrarle siguen siendo abrumadoras. Sólo podemos conceder que como máximo podemos esperar mantener a Doberman hostigado e impedirle agrandar su imperio. Pero mientras pueda vender coca por valor de billones de dólares en el extranjero -y mientras el mercado doméstico de la cocaína se siga expandiendo- tendrá el dinero y la influencia que necesita para esquivar los ataques del gobierno, los cuales muy seguramente serán una larga, costosa y probablemente muy sangrienta guerra.
    Por lo tanto, como Jefe del Servicio Secreto Británico, recomiendo fuertemente que Klaus Doberman sea inmediatamente "terminado" con extrema predisposición. (Firmado "M")
    James Bond cerró el archivo y lo devolvió a través de la mesa hacia M, quien inmediatamente lo retornó al bolsillo interior de su chaqueta.
    - 007, estoy en un punto muerto, y usted es la única esperanza de nuestro país para neutralizar la amenaza de Doberman.
    Bond se sintió adulado y cálidamente agradeció que M hubiera recurrido a él en este asunto. Pero se encogió de hombros.
    - Doberman es un malo hijo-de-perra sin ninguna duda. Pero la Sección Doble Cero ha sido disuelta y Londres sabe muy bien que me he retirado.
    Durante años, la más importante función de Bond en el Servicio Secreto Británico fue desempeñar el papel de ejecutor para el gobierno. El privilegio de llevar un número Doble Cero significaba que Bond tenía que matar gente en el cumplimiento del deber. Era algo que él había aceptado y que se esperaba que realizara sin lamentos. Muchas veces una misión no involucraba otra cosa que la eliminación de un operativo enemigo. A él nunca le había gustado matar gente y cuando lo hacía, efectuaba la desagradable tarea lo mejor que podía sin volver a pensar en ello; pero ni siquiera Bond era inmune a las repercusiones de esta carga sobre su psiquis. Afortunadamente, Bond tenía un fuerte sentido del patriotismo y su lealtad a Inglaterra era una fuerte fuerza motivadora en su actitud hacia su profesión.
    M rellenó su pipa con tabaco fresco, la encendió con una cerilla y se inclinó hacia adelante en la silla de bambú, mirando inflexiblemente hacia los ojos de Bond.
    - En lo que a mí concierne, 007, usted sigue siendo 007. El Primer Ministro me ha otorgado la total responsabilidad por sus acciones, y usted, como siempre, aceptará órdenes y misiones sólo de mí. Hay veces en que nuestra Reina y la Nación necesitan un especialista y ahora es el momento. Esos malditos políticos tontos en el Parlamento pueden abolir la Sección Doble Cero, pero simplemente hemos cambiado su nombre. Ahora será la sección de Servicios Especiales y esta será usted. ¿Comprende, 007?  Doberman no puede hacer esto a nuestros agentes y vivir para fanfarronear sobre ello.
    Bond se sentía de un humor eufórico. Para él, M era el Servicio, y el Servicio era la vida de Bond. Más importante, Bond quería a M como a un padre.
    - Cazaré a este hombre Doberman y lo destruiré. Si encuentra que puede salirse con la suya decidirá que los ingleses son tan blandos como otros parecen pensar que somos. Este es un caso de la justicia sumaria: ojo por ojo .
    M continuó mirando a Bond. No dio ánimo adicional, no hizo comentarios adicionales. Cómo lo haría Bond quedó sin decir. Eso siempre quedaba sin decir.
    Por la telepatía que define a los camareros más finos de los mejores hoteles, Augustus estaba esperando el pedido justo cuando parecía que ellos habían completado su negocio.
    Una vez más, Bond hizo el pedido:
    - Siempre tomo langosta preparada con jugo de lima y coco, y ensalada de aguacate. ¿Le cuadra, señor?
    M aprobó asintiendo.
    - Lo habitual, para dos, Augustus. Y tráenos tu mejor botella de Dom Perignon y guarnición de caviar Beluga. Tenemos algo que celebrar.
    Bond estaba tan determinado como siempre, pero con una fortaleza renovada.
    M sonrió abiertamente con una rara sonrisa que pareció iluminar los ojos profundamente grises y dijo con un suspiro de alivio:
    - Bien, eso es. El cabrón ha vuelto.

 

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 -4-
Ocúltate y ve a morir

    Las aguas azul turquesa agitaban blancas manos enguantadas mientras se revolcaban en las arenas de la costa de Puerto Vallarta. Voluminosas nubes jugueteaban por el cielo dirigiéndose hacia Sierra Madre. A bordo de su velero en Bahía Banderas, Klaus Doberman meditaba en un lugar que era verdaderamente una imagen de tarjeta postal.
    El yate a motor, el Buenaventura, era cuarenta metros de lujo, construido para Doberman con fondos del cártel, por los constructores italianos Picchoitti y Viareggio. Con un casco de aleación de magnesio y aluminio, dos motores diesel Baudoin de setecientos cincuenta caballos de fuerza, generadores Kohler, estabilizadores Naid, el Buenaventura podía mover setenta toneladas a una velocidad de crucero continua de dieciséis nudos. La soberbia electrónica incluía: Sat-Com con Télex, piloto automático, ordenador de a bordo para asistir al mantenimiento de la nave y transmisión de datos a y desde cualquier parte del mundo.
    Desde el puente del yate, Doberman observó como miembros del cártel llegaban llamados para una reunión de emergencia a las siete en punto de la noche. Los hombres, pues todos ellos eran hombres, venían de toda Centro y Sudamérica, transportados desde la costa por pequeñas motoras. Llegaron individualmente y en parejas, a intervalos durante el atardecer y la noche. Cada hombre tenía su momento asignado para llegar a estas reuniones: a tantos minutos, durante dos horas, antes de la hora cero.
    Cenaron magníficamente en una mesa elaboradamente dispuesta. Fuentes de porcelana Limoges rosa y blanca servían piezas de "filet mignon"  envueltas en tocino, "pommes au beurre"  y zanahorias "julienne" . Luego, después de los licores y el café, los doce hombres que constituían el cártel fueron al espacioso salón de la cubierta principal.
    La gran sala estaba decorada en azul claro. Pesadas cortinas a juego cubrían los ojos de buey que daban al Océano Pacífico. Las cortinas estaban echadas para cuando los hombres caminaron, despreocupada o sigilosamente, cada uno según su carácter, hasta la pulida mesa de roble que ocupaba la mayor parte del centro de la sala. Estaba dispuesta para doce personas, completa con registros, bebidas, bolígrafos, papel, ceniceros, y agendas.
    Doberman ocupó el asiento al final de la mesa, mientras los otros se sentaron en asientos todos marcados con tarjetas numeradas, que eran sus únicos nombres. No se intercambiaron saludos. Doberman les había ordenado que no derrocharan aliento. No se sentaron hasta que su líder hubo tomado asiento en su silla y aún así se sentaron con expresiones del más intenso interés.
    Y ahora Klaus Doberman miró lentamente a las caras de sus once hombres, y buscó unos ojos que no se encontraron directamente con los suyos. El siempre presente parche negro cubría su ojo derecho, pero su ojo izquierdo era una profunda piscina azul rodeada -totalmente rodeada, como los de Mussolini- por un blanco muy claro. El efecto de muñeca provocado por esta inusual simetría era intensificado por unas largas pestañas sedosas que debían haber pertenecido a una mujer. La mirada de los suaves ojos de muñeca estaba totalmente relajada y rara vez tenían ninguna expresión más fuerte que una leve curiosidad en el objeto de su atención. Para los inocentes exudaban confianza, un maravilloso capullo de confianza en los que el observado podía relajarse, sabiendo que estaba en manos confortables, confiables. Pero desnudaban al culpable y le hacían sentirse tan transparente como un acuario.
    Doberman completó su inspección de las caras. Como había anticipado, sólo un único par de ojos habían evitado el contacto. Había sabido que tenía razón. Los informes que había recogido eran enteramente circunstanciales, pero su único ojo bueno y su intuición habían sido el sello. Lentamente llevó su mano derecha bajo la mesa donde permaneció plana sobre su muslo.
    - Me agrada mucho informarles a todos de la súbita, aunque oportuna defunción del Teniente-Coronel Bill Tanner del Servicio Secreto Británico -comenzó Doberman con una suave, sonora, y muy bellamente modulada voz-. Sus servicios a su Reina y su Nación seguramente no serán echados de menos por nadie de esta mesa -Doberman miró ligeramente alrededor de la mesa. El mismo par de ojos seguía evasivo. Continuó con un narrativo tono de voz-: Ahora procederemos con el área de nuestros informes financieros. ¿Número 7?
    El caballero de Ecuador se puso de pie. Era un hombre alto y oscuro con rasgos inmensamente atractivos y una voz ronca, profunda, que había encantado a muchas jovencitas en sus tiempos.
    - Hemos invertido extensamente en Centro y Sudamérica -dijo-, para promocionar la insurgencia y la revolución. Afortunadamente, nuestro desembolso de capital ha sido generosamente compensado por la fabricación y resultante venta del derivado de cocaína, el basuco. Notarán que hemos financiado tanto a terroristas como fuerzas gubernamentales sobre una base igual. En materia de negocios, somos estrictamente imparciales . Incluso con la destrucción de la fábrica de Chihuahua y las diez mil toneladas de marihuana que contenía, nuestras cuentas en bancos suizos, en Londres y Nueva York tienen balances, respectivamente, de cuatrocientos millones de dólares; cincuenta millones de libras esterlinas; y novecientos millones de dólares. El total, según nuestros cálculos, será suficiente para nuestros propósitos actuales, y si las operaciones triunfan según el presupuesto -como el "Señor" Doberman predijo- podemos esperar doblar la cantidad en un año. Este ingreso, como cada uno de ustedes es consciente, ha sido distribuido según nuestros estatutos: diez por ciento para gastos generales y activo circulante, diez por ciento para el "Señor" Doberman, y el remanente en partes iguales del cuatro por ciento para los miembros -mostró su sonrisa más enccantadora, y preguntó amigablemente-: ¿Alguna pregunta?
    La compañía reunida se recostó en sus asientos, satisfecha. Cada hombre había hecho su propio cálculo, conocido sólo por su mente.
    La mano de Doberman bajó sobre la mesa.
    - Entonces que así sea -su ojo izquierdo se movió a lo largo de la mesa y lanzó una mirada de disgusto al Número 12. Eran sus ojos los que habían sido evasivos durante la reunión. Doberman dijo suavemente-: Levántese, Número 12.
    La cabeza de la principal familia de la droga en Guadalajara, un hombre orgulloso, grueso, con ojos aburridos, y vestido con un bien cortado traje Gianni Versace de tres piezas, se puso lentamente de pie. Sus grandes y rudas manos colgaban relajadas junto a las costuras de sus pantalones. El hombre quedó encarando a Doberman al extremo de la mesa.
    Doberman se dirigió a la compañía.
    - Nosotros somos una organización grande y poderosa. No me concierne la moral o la ética, pero los miembros deben ser conscientes de lo que deseo, y lo que recomiendo fuertemente es que este cártel se conduzca sí mismo de un modo superior. No hay más disciplina entre nosotros que la auto-disciplina. Somos una dedicada hermandad cuya fortaleza yace enteramente en la fortaleza de cada miembro. Ustedes son conscientes de mis puntos de vista en esta materia, y en las ocasiones en que ha sido necesaria una limpieza, ustedes han aprobado mis acciones  -la voz de Doberman había alcanzado un tono áspero-. La neutralización de nuestro almacén en Chihuahua es injustificable. Particularmente ya que usted era responsable de las medidas de seguridad, Número 12. Es aconsejable que su negligencia y consciente desatención por la seguridad de la operación Chihuahua no queden impunes. He decidido la acción apropiada.
    Doberman observó el sudor brillando sobre la cara del Número 12. Bajo la mesa, la mano derecha de Doberman abandonó su muslo, encontrando el mecanismo que buscaba, y pulsó el interruptor.
    El Número 12 sintió como el color desaparecía de su cara cuando el suelo de caoba bajo él se abrió y se tragó su cuerpo como en un repentino terremoto.
    Las luces de la sala bajaron y una gran pantalla de proyección se deslizó sigilosamente desde el techo y quedó suspendida en el aire al extremo opuesto de la mesa. Instantáneamente, la imagen del Número 12 apareció sobre la pantalla mientras este comenzaba a nadar en el océano con las espasmódicas, cabeza-sobre-el-agua, brazadas del no enseñado. Sus ojos se agitaban salvajemente, mientras desesperadamente buscaba una vía de escape de algo no definido, pero obviamente terrible.
    Doberman resplandecía, las manos se juntaron en una palmada que sonó como un tiro de pistola.
    - Este área del Pacífico, entre Los Arcos y Quimixto, es bien conocida por sus grandes bancos de barracudas. Con su fiera y agresiva naturaleza y largas y poderosas mandíbulas, muchos pescadores mejicanos las temen más que al tiburón. Siempre he querido ver una barracuda comiéndose un hombre completo.
    A cien metros de distancia, las dos barracudas sintieron un cambio en el ritmo del océano. No vieron al Número 12, ni siquiera le olieron. Recorriendo la longitud de sus cuerpos había una serie de finos canales, rellenos con mucus y punteados con terminaciones nerviosas, y estos nervios detectaron vibraciones y las enviaron a sus cerebros. Las barracudas giraron hacia el hombre.
    El Número 12 continuó nadando alejándose del Buenaventura, deteniéndose de vez en cuando para comprobar su posición mediante las casas de la playa. La marea estaba baja, pero él estaba cansado, así que descansó durante un momento, manteniéndose a flote verticalmente, y luego se dirigió hacia la costa.
    Las vibraciones eran más fuertes ahora, y las barracudas reconocieron la presa. Los barridos de sus colas aceleraron, avanzando sus cuerpos, de metro ochenta y dos metros cuarenta respectivamente, hacia adelante con una velocidad que agitó a las otras pequeñas vidas del océano.
    Las barracudas se acercaron al Número 12 y le sobrepasaron, tres metros por un lado y dos metros bajo la superficie. Él dejó de nadar al sentir una ola de presión. Al no sentir nada más, reanudó sus tambaleantes brazadas.
    Las barracudas le olieron ahora, y las vibraciones -erráticas y bruscas- indicaban agotamiento. Ellas comenzaron a moverse en círculos acercándose a la superficie. Sus colas, agitándose de un lado a otro, cortaron la vítrea superficie con un silbido.
    Por primera vez, el Número 12 sintió miedo, aunque no supo por qué. Supuso que estaba a cincuenta metros de la costa. Podía ver la línea de espuma blanca donde las olas rompían sobre la playa. Un calor estremecedor generado junto a sus extremidades, le urgió a nadar más rápido.
    Las barracudas estaban a unos doce metros del hombre, a un lado, cuando giraron repentinamente a la izquierda, se sumergieron enteramente bajo la superficie, y, con dos rápidos empujones de sus colas se abalanzaron sobre su presa. El Número 12 fue abrumado por una oleada de náusea y mareo cuando una de las barracudas seccionó su pierna derecha limpiamente con dientes tan afilados y cortantes como una navaja.
    Sus dedos palparon y encontraron un trozo de hueso y jirones de carne. Supo que la cálida y palpitante corriente sobre sus dedos en el agua fría era su propia sangre. Y el dolor y el pánico le golpearon a la vez.
    La otra barracuda, con sus extensas y enérgicas mandíbulas, mordieron cerrándose alrededor de la cabeza del hombre que gritaba, aplastando el cráneo y la carne y el cerebro en una gelatina.
    Todo el proceso llevó menos de quince minutos, durante el cual el grupo de doce hombres permaneció fascinado, hipnotizado. Las dos barracudas drenaron la dispersa nube de sangre, abriendo y cerrando sus bocas, buscando algún ocasional pedazo del cadáver.
    - Una lección interesante para todos nosotros.
    Las manos de Doberman se juntaron nuevamente, y la pantalla subió hasta su escondite en el techo, las luces volvieron a brillar. Algunos de los hombres alrededor de la mesa asintieron su comprensión. Como de costumbre, el razonamiento de Doberman tenía buen sentido, aunque algunos temblaban visiblemente ante lo que habían presenciado. Doberman siempre ejercía su autoridad, imponiendo justicia, a plena vista de los miembros. Ahora ignoraron lo que acababa de suceder, sentados en sus sillas. Era tiempo de regresar a los negocios...
    La voz suave, equilibrada, de Doberman rompió el silencio. Miró hacia la mesa hacia cada hombre.
    - Nuestras fuentes en Londres me han informado de que el Servicio Secreto Británico ha enviado a su mejor agente a investigar la desaparición del "Señor" Tanner -los hombres alrededor de la mesa esperaban, un aire de expectativa permeaba la sala-. Su nombre es Comandante James Bond.
    Las caras alrededor de la mesa se endurecieron mientras el nombre agitaba sus memorias; todos se volvieron hacia Doberman.
    Por fin fue el Número 3 quien habló:
    - Usted quiere que proponga un contrato para Bond. Tengo hombres que... -Doberman le cortó en seco.
    - Se ha intentado antes. No. No contratos; no especialistas. Este Comandante Bond tiene una debilidad por las mujeres y el vino, y se ha ideado una trampa de acuerdo con nuestro mejor equipo. Como las barracudas, golpearemos cuando sea el momento adecuado -hubo murmullos de inexorable aprobación alrededor de la mesa ante Doberman, este miró su reloj Omega de oro, incrustado con diamantes, y habló nuevamente-. De hecho, nuestra carnada debería estar llegando ahora. Pronto, caballeros, el Comandante Bond será una especie muy extinguida.

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 -5-
La Mujer del Spyder Blanco

    James Bond vió aproximarse a los dos hombres. Eran altos, delgados, mejicanos de piel oscura con camisas blancas, abiertas para mostrar los musculosos pechos velludos, y pantalones caquis. Un hombre era más alto con una cabeza completamente afeitada, llevaba un único pendiente de oro atravesando su lóbulo izquierdo; el otro -como tantos hombres en Puerto Vallarta- tenía el pelo negro con mechones grises y un denso bigote negro. Eran los mismos hombres que le habían seguido desde su hotel el día antes, calibrándole.
    Bond se detuvo, clavando al hombre calvo con una mirada que decía: "No".
    El hombre se detuvo, respondiendo a su mirada decididamente.
    Bond notó que la hermética e impresionante postura no había temblado. Este era un hombre con buenos nervios.
    Bond arrojó trescientos pesos en la mesa del restaurante para pagar su almuerzo, y volvió la espalda a los dos hombres; quienesquiera que fueran. Salió hacia la calle abarrotada de tiendas frente al Vallarta Bar and Grill, frente a la playa. Él miró a su alrededor con aversión, parpadeando a la luz del sol y girando hacia su negro Porsche Gemballa en la fila de automóviles aparcados a través de la calle.
    Los sintió detrás de él. Supuso que tratarían de trastornarle ahora siguiéndole estrechamente. Intencionadamente les ignoró.
    Bond abrió el Porsche personalizado y se sentó tras el volante. Con el coste del combustible subiendo alto, y la inevitabilidad de que continuaría hacerlo, había permitido que su viejo y querido Mark II Bentley Continental siguiera a su predecesor, el Bentley de 4,5 litros. Hubo algunos gestos de desaprobación por su elección de un automóvil extranjero, cuando toda la presión iba hacia la compra de uno británico, pero Bond se encogió de hombros señalando el hecho de que era una firma británica la especialista que efectuaba la particularmente compleja y sofisticada personalización; tales como el salpicadero electrónico y el climatizador, el monitor de TV con atlas de ruta, el teléfono móvil, la caja de seguridad empotrada, el refrigerador, el sistema de sonido Clarion de seiscientos vatios, con control de seis vías y veinticinco altavoces, y varias otras piezas de la poderosa magia del microchip.
    La compañía Multinational Control System  (MCS), agregó algunos de sus propios refinamientos estándar. Había ciertos dispositivos de seguridad que uno no podía dejar de notar; tales como los cristales antibalas metalizados, parachoques reforzados de acero, llantas Pirelli P-7 de alto rendimiento, auto sellables incluso después de impactos de bala, y espejos laterales que disparaban dardos eléctricamente. Tenía otras modificaciones muy avanzadas, tales como sistemas lanzadores gemelos de misiles buscadores de calor instalados detrás de los faros , pantalla de humo, rociador de aceite, sistema de navegación por satélite, minas en la parte trasera y sistema antirrobo Chapman. El mayor Boothroyd del departamento Q habría aprobado, y probablemente envidiado, la elección de Bond de tan especializado automóvil. Pero a causa de la desbandada de la sección Doble Cero y las severas restricciones financieras del departamento Q, Boothroyd había renunciado del Servicio Secreto Británico y aceptado una oferta de la C.I.A.
    Con una velocidad punta de doscientos ochenta y cinco kilómetros por hora, el Porsche ahora se adaptaba a los propósitos de Bond. El motor turbo de cuatrocientos caballos de fuerza podía lograr fácilmente pasar de cero a sesenta en 4,7 segundos.
    El hombre calvo abrió la puerta del conductor del automóvil de Bond y se inclinó para hablar, sonriendo. Bond, a su vez, golpeó con la esquina de la puerta de automóvil en la mandíbula del hombre, rompiéndole varios dientes. Este cayó hacia atrás, agarrándose la boca, mientras la sangre corría entre sus dedos.
    Bond salió fuera del automóvil en un simple movimiento rápido, girándose para encarar a los otros...
    Pero los dos hombres ahora se habían convertido en seis. Habían hecho una señal a cuatro socios mientras Bond estaba vuelto de espaldas.
    Bond se encogió de hombros.
    Los otros cinco hombres estaban a sólo diez metros de él. Ellos se precipitaron sobre él, y les llevó sólo tres segundos llegar a su alcance.
    En esos tres segundos, James Bond tomó nota de varios aspectos de la situación: primero, los hombres no buscaban sus armas, y de cualquier manera llevaban ropas demasiado finas para esconderlas, aunque pudiera ser un cuchillo en funda de muslo; segundo, había un espacio de metro y medio entre los automóviles, a través de los cuales los hombres podían llegar: sólo dos podían acceder hasta él a la vez, a menos que llegaran desde atrás; tercero, había un hombre al otro lado de la calle que corría hacia una cabina de teléfonos de una forma que era idéntica en todo el mundo, esa manera oficial y de auto importancia porque estaba llamando a la policía; cuarto, había un remo de aluminio fijado con una cuerda elástica al techo del VW  a su derecha, junto a un bote hinchable; y quinto, tendría tiempo suficiente para conseguir tomar el remo y usarlo.
    Así que no había necesidad de ir por la confiable Ruger Super Blackhawk Magnum calibre 44 en un compartimento trucado bajo el asiento delantero del Porsche .
    Soltó la cuerda elástica, reclinándose, deslizó el remo fuera del techo, preparándose, en un segundo y medio, algo borroso para los hombres que le abordaban.
    Y mientras descargaba el remo sobre el hombre en vanguardia, se dijo: "No les mates. La "policía"  estará en camino."
    Golpeó dos veces con el canto del remo, optando caritativamente por los vientres en el lugar de las gargantas; dos hombres se retorcieron; pero uno detrás de ellos se las arregló para conseguir sujetar el remo. Bond esperó hasta que el hombre tubo una firme presa, entonces estiró del remo para que el criminal cayera de cara. Bond volteó el remo y golpeó a los tres en sus sienes con él, esgrimiéndolo como un martillo de mango largo, crack crack crack en rápida sucesión. Se desplomaron, aturdidos. Los restantes dos dudaron, agachándose, prevenidos contra Bond ahora. Bond oyó el canto de sirenas aproximándose... y notó a una joven sentada en un abierto Lancia Flaminia Zagato Spyder  aparcado en doble fila al otro lado de la calle. Ella estaba observando la pelea con un aire de diversión culpable. Cuando ella vio que él la miraba, sonrió e inclinó su cabeza. Estaba bronceada con el pelo rubio que colgaba recto y liso hasta un rizo final hacia dentro bajo la barbilla. Había algo agradablemente inocente en ella a pesar de su obvio placer al observar la pelea. Le llevó a Bond menos de dos segundos captar todo esto. Decidió que quería continuar divirtiéndola, comenzó a devolver el remo al techo del automóvil donde había estado; tarareó como un turista preparándose para un viaje a la playa, dando deliberadamente su espalda a los dos hombres agachados a unos metros detrás y a la izquierda, a punto de saltar sobre él; pero sin nunca realmente ignorarles. Bond era demasiado profesional para ser sobreconfiado.
    Sujetó el remo en su lugar bajo la cuerda elástica. Silbando, deseó tener un cigarrillo, principalmente para hacerle parecer aun más absurdamente relajado si estaba encendiendo un cigarrillo cuando los agachados criminales saltaban sobre él.
    Ellos saltaron; y él estaba listo: los observaba por el rabillo del ojo. Pilló al primero con su codo, enviándole al montón, atizando al hombre directamente entre los ojos; un estremecimiento desagradable recorrió los huesos de su codo, pero nada se rompió; excepto el puente de la nariz de su asaltante.
    El hombre cayó sobre los tres que Bond había aturdido antes, quienes estaban poniéndose de rodillas, derribándoles una vez más; quedando inconsciente. El último se abalanzó hacia los riñones de Bond; Bond había girado cuando golpeó al otro con su codo, así que el golpe enviado a sus riñones cayó sobre sus tensados y correosos músculos abdominales: apenas lo sintió. Pilló al golpeador de riñones en la barbilla con un directo básico "round house" ; el hombre se tambaleó hacia atrás. Bond quedó sorprendido: debería haber caído. Bond esperó. El hombre se tambaleó, frunció el ceño sobre su espeso bigote negro, parpadeó dos veces... y cayó. Volcó hacia atrás, sobre los otros, quienes una vez más intentaban levantarse, volviéndoles a derribar. El hombre cuyos dientes Bond había destrozado había escapado.
    Los nervios cantaban con la adrenalina, Bond miró a su alrededor buscando a la policía. Vio el coche patrulla VW azul, sus luces como de máquina del millón destellando calle abajo. Había cuatro oficiales uniformados en él, buscándole. No le habían visto ocuparse de sus atacantes: demasiados automóviles bloqueaban su visión. Justo cuando ellos se acercaban, cuando Bond estaba seguro de que habían visto a los hombres aturdidos gimiendo entre los automóviles, la rubia del convertible blanco se puso de pie y dejó caer la parte superior del bikini. Ella la dejó caer de los hermosos y firmes pechos. Con los hombros echados hacia atrás, los pechos avanzando con cada movimiento, saludó a la policía. Ella tenía toda su atención, así que cuando llegaron, ellos no vieron ni a Bond ni a sus víctimas. Los ojos de los cuatro policías estaban fijos sobre sus impecables y prominentes pechos.
    - ¡Por ahí! -gritó ella en español-. Calle abajo, allí... al final de la calle... ¡en el mercado! ¡Un hombre golpeó a otro con un remo! ¡Fue pavoroso! ¡Rápido! ¡Cójanlos! -les indicó ella lejos de Bond.
    - "¡Muchas gracias, Señorita! " -gritaron al unísono.
    Apartando sus ojos de ella, volvieron a conducir, aullando la sirena.
    Bond suspiró aliviado. La policía local era una complicación. Prefería trabajar evitándoles. Fue al Spyder blanco y dijo:
    - Muy amable por su parte, conseguir librarme de la "policía" . Me ha ahorrado un montón de problemas.
    - Fue un placer, "Señor" -su inglés era claro, con un leve acento-. Usted estaba sobrepasado en número, y se defendió con gracia... ah, fue impresionante. Les hizo parecer como tontos.
    Bond se encogió de hombros.
    - Me desafiaron en mi propio deporte. Probablemente sean buenos toreando, y la vez que yo lo intenté casi acabo con un cuerno permanentemente instalado saliendo de mi estómago.
    Él sonrió. Ella rió. Una risa dulce, honesta.
    - Todos son iguales al final, eso es cierto. Ya sabe, alguien puede haber anotado la matrícula del coche. Puedo llevarle y usted puede enviar por su automóvil cuando le sea más seguro.
    - Como yo, el automóvil puede ocuparse de si mismo. Pero gracias.
    Ella pareció dudar. Entonces, mientras ella volvía a colocarse la parte superior de su bikini -tomándose su tiempo, notó Bond, aunque él intentaba no mirar- ella dijo:
    - Si está en problemas y necesita un lugar retirado donde permanecer, hay un hotel en Careyes llamado Posada La Brisa. Lo recomiendo.
    Y ella se alejó conduciendo, con el sexual estampido de los tubos de escape gemelos del automóvil buscando desesperadamente seducir a Bond para que le persiguiera de cerca.
    Él regresó al Porsche, pasando sobre sus asaltantes. Estaban comenzando a levantarse, frotándose sus magulladuras. Se reinstaló en el asiento tapizado de cuero Recaro, encendiendo el automóvil, y buscó un interruptor en el salpicadero que activaba el mecanismo giratorio de las matrículas del coche.

* * * * * *

    Deseando un auténtico cigarrillo, Bond condujo entre el océano y Sierra Madre. Tomó largas, lentas bocanadas de aire para calmarse, pero eso no le alivió mucho porque estaba pensando en la mujer del Spyder blanco. La mujer del pelo rubio y ojos azules. Y los grandes pechos morenos. Un poco demasiado como Tracy, quizás. Y el recuerdo lanzó una puñalada en sus tripas.
    Tracy: su esposa durante sólo unas horas hasta que Ernst Stavro Blofeld tan salvajemente le disparó abajo en la Autobahn desde Munich a Kufstein, mientras se dirigían hacia su luna de miel. Bond pensó en las otras mujeres que habían jugado papeles decisivos durante su carrera en el Servicio. Vesper Lynd, quien, en la muerte, había sido moldeada como una efigie de piedra; Gala Brand, ahora Mrs. Vivian, con tres niños y una bonita casa en Richmond; intercambiaban tarjetas de Navidad pero él no la había visto nunca de nuevo después del asunto Drax; Honey Rider, Tiffany Case; Domino Vitali; Solitaire; Pussy Galore; Mary Goodnight; la exquisita Kissy Suzuki. Una y otra vez sus pensamientos regresaban a Tracy di Vicenzo; Tracy Bond .
    Miró por el espejo retrovisor, esperando ver un coche de policía. Ninguno aún. Condujo perezosamente, meditando, siguiendo la sinuosa costa camino del norte. Observó como el océano a su derecha pasaba de aguamarina a índigo mientras caía la noche.
    Comprendió que algo le estaba preocupando. Algo que avanzaba en su mente. Era la manera en que el automóvil se comportaba. Se balanceaba un poco demasiado en las curvas. Sólo fraccionalmente demasiado. Podrían ser las llantas, por supuesto, o la alineación, pero él no lo había notado antes. Era como si hubiera demasiado peso en el automóvil. Justo como si... como si hubiera alguien pesado agachado detrás del asiento delantero.
    Bond estaba a punto de aplastar los frenos, esperando desorientar a quienquiera que fuera, desequilibrando a la persona lo suficiente para conseguir desenfundar su Walter PPK, cuando alguien presionó la fría boca de un arma contra su nuca.
    - Está bien, inglesito. Para aquí a menos que quieras plomo para cenar -dijo una voz profunda, vagamente familiar.
    Bond se detuvo junto al próximo arcén, sobre un acantilado que daba al océano.
    Miró por el espejo retrovisor... pero el hombre estaba ubicado de tal manera que, mirando al espejo, todo lo que Bond podía ver era una gran sonrisa de dientes blancos.

____________________
 -6-
Lotta Head

    - Sal del maldito coche, James. Muy lenta y cuidadosamente.
    Bond lo cumplió; casi podía sentir el dedo del hombre crispándose sobre el gatillo.
    Se deslizó fuera del Porsche, preguntándose si, después de todos estos años, sería así como terminaría: ejecutado al borde de un acantilado y arrojado al Pacífico. Bien, era un lugar pintoresco, realmente; florecillas silvestres amarillas junto al borde del acantilado; sombras de los farallones llegando hasta las blancas playas; las primeras estrellas apareciendo sobre el oscuro naranja de la puesta del sol...
    "No es un mal lugar para morir."
    Pero todo el tiempo estaba intentando ver al hombre en el reflejo sobre el parabrisas, esperando verle simplemente un segundo, lo suficiente para esquivar la boca de arma, girarse y patearle.
    Bond se paró al lado del automóvil, mirando al parabrisas, y durante un momento solo pudo mirar con vacía incredulidad la sonriente y aguileña cara de su viejo amigo de la C.I.A.
    - Felix Leiter, cabrón -dijo finalmente.
    Leiter rió, y el arma traqueteó sobre la capota del automóvil, arrojada descuidadamente a un lado.
    Exhalando sonoramente, Bond se volvió y miró al alto y delgado americano, quien avanzó con una amplía sonrisa, su mano extendida, a donde Bond todavía estaba plantado y pasmado.
    - Espía tramposo, ¿cómo demonios estás?
    Bond asió el guante negro que cubría una extremidad artificial.
    Leiter examinó al inglés afectuosamente.
    - Como una serpiente de cascabel entrando en la menopausia. Me han fijado lo último en extremidades artificiales. He conseguido una nueva mano increíble, que puede hacer cualquier cosa. Paso mucho tiempo disparando y practicando técnicas para desenfundar rápido como Roy Rogers .
    En una fracción de segundo, Bond revivió la época de su vida que más bien había desterrado al olvido; la época cuando Felix había perdido un brazo y una pierna, así como también sufrido otros daños que requirieron años de trabajo de cirujanos plásticos . James Bond se culpaba frecuentemente por el trance de Felix Leiter, aunque ambos habían estado tras un bandido negro cuya sádica locura era un peligro casi único. Buonaparte Ignace Gallia: Mr Big. De todos modos, como Felix había sido el primero en admitir, tenía suerte de estar vivo después del ataque de tiburón diseñado por Mr Big; mientras, Bond encontraba consuelo en el hecho que, al final, él había puesto el bandido fuera de circulación; y de la manera más desagradable posible, adecuando el castigo al crimen. Bond sacudió su cabeza tristemente.
    - ¡Maldición, Felix, tienes un extraño sentido del humor!
    La risa de Leiter todavía tenía la diversión e impetuosidad que a Bond siempre le había entusiasmado, confiado y admirado. Se recostó contra el automóvil, cruzando sus brazos.
    - No es humor, James, viejo compañero, no enteramente; tuve miedo de que rompieras primero mi cara y luego miraras para identificar esta cara después, ¿sabes? Tenía que conseguir sacarte del automóvil y fuera de alcance del brazo antes de sentirme seguro. Sé que eres un hombre impulsivo, James Bond.
    - ¿Qué infernal idea es esa de ocultarse en el automóvil?
    Leiter rió y sacó dos Camels del bolsillo de su camisa. Ofreció uno a Bond, quien aceptó felizmente. Bond encendió ambos cigarrillos con su baqueteado encendedor Ronson negro. Leiter sopló el humo gris hacia el océano.
    - Ah, James, había parcialmente un poco de humor, sí; ya sabes que me gustan mis bromitas. Pero ya sabes, envié a esos holgazanes de playa a buscarte, para pedirte que vinieras a verme. Infiernos, esa era la única razón de que hubiera tantos; así podrían dividirse y encontrarte rápidamente, ¿ves? Pero cuando uno te encontró, llamó a los otros, y... me malinterpretó, pobre muchacho. Se suponía que debía pedirte gentilmente que vinieras.
    - Todos los mentirosos tejanos sois así. Debes haber estado muy cerca. Sabías donde estaba; esperabas que ese pequeño "malentendido" sucediera.
    Leiter mostró sus grandes dientes blancos en una amplia sonrisa; los últimos rayos del sol poniente ofrecieron un vislumbre del metal en su brazo y brillaron sobre él.
    - Ah, bien, quizás sea cierto. Esos muchachos me han contrariado mucho, pavoneándose por Vallarta, y ha sido muy divertido observar.
    - Y te escabulles en el asiento trasero mientras ellos me tenían ocupado -bufó Bond-. Durante un momento casi me pusiste un poco nervioso.
    - ¡Nervioso, ya lo creo! -Leiter rió despectivamente-. ¡Estabas tan nervioso como una puta en una iglesia!
    Bond miró encantado al americano y resumió sus impresiones. Había imperceptibles cicatrices bajo la línea del cuero cabelludo sobre el ojo derecho que sugería un buen injerto, pero por lo demás Leiter parecía en forma razonable. Los fijos ojos estaban invictos, en el pelo color paja no había indicio de gris alguno y no había ninguna amargura de inválido alrededor de la boca.
    Bond arrojó la colilla del Camel, se puso en el asiento del conductor, cerró la puerta, y encendió el motor. Se sentó encorvado detrás del volante, levantando la vista hacia Leiter.
    - Entra, maldito seas; entra y cuéntame por qué estás aquí.
    Mientras Leiter caminaba hacia lado del acompañante del automóvil, Bond notó que su viejo amigo tenía una marcada cojera. Había también un indicio de reticencia en los modales de Leiter, y Bond sentía que esto tenía algo que ver con él, Bond, y quizás con la actual actividad de Leiter. Ciertamente no, pensó mientras metía la reversa en el automóvil, con las heridas de Leiter. Entonces Bond cambió de marcha, giró hacia el asfalto y aceleró por la carretera...

* * * * * *

    - ¿No me digas que te han asignado este trabajo? -dijo Bond mientras circulaban tierra adentro hacia Careyes.
    Leiter abrió un nuevo paquete de Camels con la uña de su pulgar y se lo entregó a Bond.
    - Tú lo has dicho. Eso es exactamente lo que han hecho. ¡Vaya cambio! Por lo menos para mí. La C.I.A. piensa que lo hicimos muy bien juntos en el asunto Scaramanga , así que arrastraron mi culo de una misión en París hasta la gente de Inteligencia Conjunta  en Washington y aquí estoy. Soy una especie de enlace entre la Agencia Central de Inteligencia y nuestros amigos de la Dirección de Control de Drogas . Es su caso, por supuesto -por lo menos la parte americana de esste lo es- pero como sabes hay algunos grandes ángulos multinacionales que son el territorio de la C.I.A., así que corremos juntos. Ahora tú estás aquí, James, para agitar la bandera británica y el equipo está completo.
    - Bien, estoy condenado -dijo Bond, encendiendo una vez más un cigarrillo para sí mismo y otro para Leiter-. Por supuesto, ese viejo diablo de M nunca me lo dijo. Simplemente le da a uno los hechos. Nunca le da a uno ninguna buena noticia. Supongo que pensaría que podría influir en la decisión de uno para aceptar un caso o no. De cualquier manera, es grandioso poder trabajar juntos de nuevo.
    Leiter suspiró y exhaló el humo gris del Camel entre sus dientes apretados.
    - Lamento lo que oí sobre Bill. Sé que vosotros dos erais los mejores amigos.
    Los ojos de Bond se nublaron ligeramente, como si hubiera sufrido un repentino dolor físico. Cuando habló, la voz era baja y ronca.
    - Estoy aquí por una sola razón, Felix, y es matar a Klaus Doberman.
    Leiter levantó sus cejas.
    - ¿Ese hijo de perra? Bien, categóricamente, debo admitirlo, es un hombre que merece la muerte, y rápido. El problema es que es muy jodidamente rico y usa su dinero para mantenerse bien protegido. Ha conseguido los mejores guardaespaldas del mundo, dicen. Y él mismo es un luchador formidable. Siempre armado, siempre suspicaz.
    Bond miró a Leiter.
    - ¿Los mejores guardaespaldas del mundo, dices? ¿Debo suponer que ha contratado a Chen y Huggins?
    Leiter asintió.
    Bond estaba secretamente agradado. Repentinamente el aburrimiento, durante meses devorándole como el óxido come el casco de un buque, se había desvanecido.
    - Conseguiré probablemente que me vuelen el trasero -reflexionó.
    - Yo cubriré tu culo... desde una distancia segura -dijo Leiter.
    - Siempre has sido de mucha ayuda -contestó Bond sarcásticamente.
    - El Mayor Boothroyd preguntó si necesitabas el equipo usual.
    Bond frunció el ceño y sacudió su cabeza desconcertado.
    - Los tiempos ciertamente han cambiado, Felix. Hablaremos del equipo ante unas bebidas. Tengo que pensar sobre ello. Depende de donde hiberne Doberman, ante todo. ¿Está en su rancho de montaña o en el yate?
    - Está en el Buenaventura anclado a unos cien metros mar afuera, no lejos de aquí.
    - ¿Y dónde te alojas tú?
    - El Hotel Plaza Vallarta.
    - Vas a desocupar ese hotelucho -exigió Bond.
    - ¿Dónde vamos a instalarnos?
    - En un hotel en Careyes llamado Posada La Brisa -Bond sonrió para si, soñando despierto con la rubia del Spyder blanco convertible-. Me ha sido altamente recomendado.
    Leiter rió.
    - El mismo viejo James. ¿Cuál es el nombre de ella?

* * * * * *

    A la mañana siguiente, mientras Bond cumplía unos trámites en el mostrador principal de la Posada La Brisa para ocupar una habitación durante dos semanas, vio a la mujer. La mujer de profundos ojos azules e ingenio rápido y pechos perfectamente madurados. Hoy ella vestía un fino bikini dorado y una cinta blanca sujetando atrás su cabellera rubia. Ella pasó junto a él sin mirarle y él pensó: "Bien. No te distraigas de tu misión." Firmó un cheque de viaje, luego se apartó del mostrador principal y se dirigió hacia la puerta. Quedó medio sorprendido de encontrarla en la puerta esperándole.
    "No te distraigas." Él le sonrió y dijo:
    - Buenos días.
    Y poniéndose sus gafas de sol, él pasó a su lado por la puerta. Se detuvo para buscar a Leiter. "Maldito sea, llega tarde..." El hotel era una estructura horizontal hispana con estuco blanco y techo de tejas rojas; estaba construida sobre una loma baja y rodeada de palmeras y cactus con flores rojas. A la izquierda había un pequeño estanque con peces dorados, el agua verde oscura con algas, y con abiertas azucenas blancas sobre su superficie.
    - Las azucenas son sexys, ¿no crees? -le preguntó la mujer casualmente, surgiendo desde atrás.
    - Sí, lo son. ¿Dónde aprendió a hablar inglés tan bien?
    - Mis padres. Son americanos. Son los dueños del lugar. ¿A qué playa vas?
    - ¿Qué? -Bond estaba sorprendido.
    - Vistes un traje de baño y una camiseta -pareces muy "macho"  así- y yo visto un traje de baño, ¿así que por qué no vamos a nadar?
    - Ah, me encantaría. Aunque no puedo. Tengo que ver a un caballero en un barco.
    Él comenzó a alejarse del persistente fondo del mariachi  con su música de amor entre hombres y mujeres.
    - ¡Bond! -llamó la mujer tras él.
    El se paró abruptamente y se giró para encararla.
    El miedo apareció en la cara de ella; cuando ella vio lo que había en la de él.
    - ¿Quién eres? -exigió él, sus dedos cerrándose sobre la culata de la Walther PPK oculta en su enrollada toalla de playa-. ¿Cómo sabes mi nombre?
    Había firmado en el registro como Charles Crawford.
    La toalla de playa estaba metida bajo el brazo izquierdo de Bond; deslizó su mano derecha entre sus dobleces.
    "Ella puede trabajar para ellos –pensó-. Pero casi cualquiera podía hacerlo."
    - Conozco tu nombre -dijo ella vacilante, mirando a su toalla de playa-, porque... -ella bajó su voz. Miró a su alrededor. Estaban en la soleada terraza entre las puertas del vestíbulo y el parking-. Porque mi padre ha pinchado algunas de las habitaciones. Es un poco pervertido mi padre, me temo. Le gusta escuchar cuando la gente hace el amor. Hay un micrófono en tu habitación, y te escuché cuando fuiste allí para hablar con otro hombre llamado Felix. Yo quería averiguar qué estabas haciendo por aquí. Oí que te llamaba Bond. Y él va a traer algunas armas hoy, y algún equipo de espiar, y tú estás haciendo algo secreto. Y eso no es seguro.
    Bond se relajó un poco y apartó su mano del arma. Él la creía. Debería limpiar los micrófonos de su habitación inmediatamente. ¿Qué hacer con la mujer? La mayoría de hombres en su posición la habrían matado. Pero Bond no era como la mayoría de los "profesionales". Aún así, la pasada noche en la habitación de Bond, Leiter había mencionado la ubicación del anclaje temporal del Buenaventura. Así que ella había descubierto el objetivo, de una manera general. Si él la abandonaba, ella probablemente le seguiría, si era buen juez de carácter.
    No había elección: tenía que alistarla.
    "¿O es -se preguntó-, sólo una excusa para conocerla más íntimamente?"
    - ¿Cómo te llamas?
    - Mi nombre es Lotta.
    - ¿Lotta qué?
    Ella sonrió seductoramente.
    - Lotta Head .
    Bond le lanzó una mirada asombrada.
    - Bromea, por supuesto.
    - No, lo digo en serio. Mi padre me llamó así después de la salvaje noche de amor entre él y mi madre en que yo fui concebida.
    - Su madre debió haberle hecho a su padre un hombre muy feliz -replicó Bond, tratando de suprimir una sonrisa.
    Ella se acercó más a él y se quedó tan cerca que él pudo oler el Chanel Nº 5; él pensó que podría caer en sus profundos ojos azules.
    - Bond... déjame ayudarte.
    - Ni siquiera sabes lo que estoy haciendo. Podría no gustarte.
    - Entonces cuéntamelo y déjame juzgarlo.
    Él sacudió su cabeza.
    - Ahora no. Quizá luego, Lotta. Si prometes no cruzarte en mi camino hoy, te lo contaré mañana.
    - ¡Cruzarme en tu camino! ¡Eres un sexista, Mr Bond! ¡Sería una gran ayuda para ti!
    - Por favor, llámame James. Y además, nadie, de ningún género, se cruza en mi camino. Incluso Felix no estará cerca cuando... Mira, olvídalo. Pero hablaré contigo esta noche, ¿vale?
    Leiter acababa de llegar con el coche, observando la escena con abierta diversión desde el interior del Porsche con aire acondicionado.
    - Te veré luego, Lotta.
    Y entró en el automóvil con Leiter.
    - ¿Has conseguido todo, Felix?
    Leiter hizo un gesto hacia Lotta quien se pavoneaba regresando al hotel.
    - Creo que debería preguntar a la joven dama si tú has conseguido todo.
    - No he tenido ninguna queja hasta ahora -respondió Bond con una sonrisa satisfecha, luego su disposición retornó a una naturaleza más seria-. No has contestado a mi pregunta.
    - Todo esto ha llegado del Mayor Boothroyd. El resto llegará en un par de días más.
    - Puede que no lo necesite. Puedo tener suerte y terminar hoy. Dirijámonos al anclaje y echemos una mirada más de cerca al Buenaventura.

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 -7-
Dos veces retirado

    Era la tarde del lunes: la curvada playa de arena blanca de Careyes no estaba abarrotada. Los pocos habitantes que aprovechaban el intacto entorno tomaban sol o se relajaban; practicaban equitación o paracaídas arrastrado por lancha. En el extremo opuesto de la retirada playa había millares de tortugas baúla  que habían venido cada verano durante siglos para poner sus huevos.
    Leiter aparcó el Porsche en un rincón aislado con árboles umbríos junto al aparcamiento. Bond sacó la gargantuesca maleta del maletero y con silencioso placer revisó su contenido.
    Había dos rifles desmontables, un subfusil ametrallador, dos pistolas, y varios cuchillos de comando para propósitos especiales. Los rifles eran un rifle de asalto semiautomático Heckler & Koch FN-FAL que usaba munición 7.62, y un rifle M-LA Match; el rifle Match era un clásico de la Segunda Guerra Mundial, semiautomático, el más preciso de los dos, con tolerancias muy estrictas y con enganche para mira telescópica. Bajo los rifles había un subfusil ametrallador Ingram Mac 10, 9mm, no mucho más grande que un Colt 45, y las pistolas, una pistola de apoyo AMT calibre 22 tan pequeña que Bond podía ocultarla en la palma de su mano, y una Beretta calibre 25 automática. Con su espolón extendido sobre el cargador, la Beretta se había enganchado en la chaqueta de Bond durante su misión rusa . Y justo antes de su encuentro con el Dr. No, M y el mayor Boothroyd le habían obligado a dejar la pistola, llamándola un arma de "dama". Pero después de quince años, Bond detestaba abandonar su fiel Beretta por la Walther PPK de 7,6 mm. La Beretta era ligera. Discreta. Y malditamente efectiva en distancias cortas. Simplemente úsala, tienes el trabajo hecho. La Beretta de Bond era como una extensión natural de su brazo, indudablemente la letalidad del arma se incrementaba en sus manos.
    Bond miró la Beretta con vacía incredulidad.
    - Así que incluso conseguiste la Beretta: gran pedazo de hierro. Anchura más plana, mejor penetración, y tiene ese disparo extra. Gracias, Felix viejo compañero -dijo Bond a su socio-. ¿Cómo conseguiste todo tan rápidamente?
    Leiter rió.
    - Ya tenía la mayor parte. El Mayor Boothroyd sabe lo que te gusta. Él dijo que intentaras ser un poco menos frívolo que de costumbre, 007, y que trataras el equipo con igual cuidado en vez de con igual desprecio.
    - Un tonto se merece otro, supongo. El siempre encontró este asunto de equiparme en el campo altamente irregular  -bufó Bond-. ¿Qué pasa con los trucos del negocio?
    - El equipo de radar y la visión nocturna llegarán más tarde, pero aquí está el sonoscopio. De la clase pequeña con enganche para cinturón -explicó Leiter mientras entregaba a Bond un pequeño objeto negro que se parecía mucho a la lente separada de una cámara de 35mm.
    Bond jugueteó con el artefacto en la palma de su mano.
    - Vamos. Oigamos lo que Mr Doberman tiene que decir.

* * * * * *

    La playa tenía forma de herradura, dominada por dos promontorios cubiertos de árboles; el agua era de un azul translúcido y estaba bastante calmada. Un par de yates a motor estaban anclados a unos cuarenta metros, y en la boca de la pequeña bahía el Buenaventura se balanceaba sujeto por el ancla; a unos cien metros desde donde Bond y Leiter estaban sentados sobre una piedra, a la sombra de un acantilado con enredaderas.
    Bond escudriñaba a través de un par de robustos binoculares compactos proporcionados por el mayor Boothroyd. El secreto de su luminosidad y poder eran los prismas biselados de precisión que canalizaban la luz a través de una trayectoria óptica condensada. Aumentaban los objetos distantes diez veces con resolución notablemente alta y un amplio campo de visión (de 87 metros a 1000 metros). Y a pesar de un tamaño como el del bolsillo de una camisa, el innovador diseño del protector ocular de los binoculares proporcionaba un aumento de la distancia entre estos y los ojos, para la máxima comodidad de visión, incluso mientras se llevaban gafas, normales o de sol. Las lentes recubiertas con fluoruro de magnesio evitaban los reflejos. Una armadura de goma vulcanizada protegía la fuerte carcasa de aleación de aluminio. Con una precisa rueda central para enfocar y cubreojos de goma plegables para flexibilidad y comodidad, los binoculares sólo pesaban 350 gramos.
    - Veo tres tipos sobre cubierta, dos de ellos armados, parecen profesionales; el otro, algún tipo de encargado de limpieza. Ninguna señal de Doberman.
    Él pasó los binoculares a Leiter.
    - Bien podría estar en tierra -musitó Leiter-. O todavía dormido bajo las sábanas... es el yate más grande que he visto desde que dejé Tejas.
    Bond rió en silencio y miró a su Rolex Oyster Perpetual Chronometer dorado. Nueve-treinta A.M.
    - Ya, probablemente son trasnochadores.
    - ¿Has traído el equipo de submarinismo? -preguntó Leiter, todavía contemplando el yate.
    - No, simplemente una máscara y un tubo de respiración; si es Chen quien está en cubierta, mantendrá sus ojos en el agua. Si ve algo que parezcan burbujas de bombonas de oxigeno, sospechará... y hay gran cantidad de gente nadando con tubos de respiración por aquí. Así que los guardias están acostumbrados a ellos... ¿Cuánto tiempo estarán por aquí?
    - Quizás otro día. Luego se irán a su rancho. Un pequeño castillo, realmente, sobre una cima de Sierra Madre dominando el océano. Una fortificación: será más duro coger a Doberman allí.
    Los ojos de Bond se estrecharon con un indicio de venganza.
    - Entonces lo cogeré aquí.
    Se levantó, y se ató un cinturón que incluía un cuchillo de comando y el pequeño sonoscopio, un dispositivo para saber lo que había al otro lado de una pared... o de un casco. Apretó hasta un grado quirúrgico la liviana máscara de buceo, y las igualmente livianas aletas flexibles, mordió el auto-desaguable tubo de respiración, y se deslizó dentro del agua.
    Entró en otro mundo. Era fresco y azul -cuatro o cinco tonos de azul- y se lanzó hacia los temblorosos rayos de luz. Los afloramientos de roca volcánica estaban agujereados, con erizos de mar y mejillones incrustados, con algas moradas y verde lima agitándose, floreados con anémonas de mar. Bancos de peces con rayas amarillas pastaban las algas; nubes de pececillos púrpura terminaban con el luminoso confeti.
    Bond disfrutaba de la natación, buceando cerca de la superficie, sintiendo casi como si volara, tan sin esfuerzo se movía a través de las frescamente balsámicas aguas. La nueva máscara de buceo y el tubo de respiración representaban lo más avanzado en tecnología submarina. Moldeadas en silicona antialergica y confortable, eran virtualmente inmunes a los efectos de la luz del sol, la sal del agua y el tiempo. La máscara estaba anatómicamente curvada y su diseño de bajo volumen aseguraba una fácil retirada. Las lentes ópticamente graduadas estaban dobladas noventa grados para minimizar la distorsión y los reflejos. El tubo de respiración tenía una válvula unidireccional de gran diámetro que automáticamente purgaba el noventa por ciento del agua atrapada cuando Bond emergía, reduciendo la fatiga. La boquilla en el tubo giraba trescientos sesenta grados y el protector dental desmontable, adaptado a la mordedura individual, eliminaba la fatiga mandibular. Su tubo elastómero era tan flexible como el neopreno, pero tres veces más resistente al desgarro. Las aletas estaban diseñadas para generar el mayor poder de pataleo con el menor esfuerzo. Al contrario que las rígidas y pesadas aletas de goma, las aletas de Bond estaban moldeadas en poliuretano, lo que suponía que las palas se plegaban con cada puntapié para reducir la resistencia del agua, y se expandían con toda su fuerza con la brazada. Más ligeras que la goma y pesando sólo 720 gramos, las aletas eran tan cómodas que hacían que Bond se sintiera como si no llevara nada en sus pies en absoluto.
    No había nada siniestro en las aguas; excepto los hombres. Dos tubos de respiración nadaban lado a lado, con lanza-arpones en la mano, bajo el agua sus fantasmales pieles eran blanquiazules, a unos veinte metros de distancia. Pero ellos buscaban peces; sus lanza-arpones no eran los grandes "tamaño-industrial" que algunos hombres usaban para cazar a otros hombres en el mar.
    Bond nadaba con ocasionales patadas, brazadas: daba una patada, una brazada, y se deslizaba. Se había movido a través de las grutas, sobre terrenos de rocas y extensiones de arena blanca difuminadas con arcoiris formados por las olas y refractados desde la superficie. Gradualmente el agua se puso un poco más turbulenta, al sobrepasar los brazos protectores de los promontorios. Pudo ver un blanco burbujeo arriba y a la izquierda donde el oleaje golpeaba las rocas, marcando el fin de las aguas de la bahía. Surgió una sombra: el casco del Buenaventura.
    El yate era bastante nuevo, había sólo unos pocos percebes sobre el casco pintado de blanco. Nadó cerca, esperando tener razón sobre los guardias, que si localizaban su tubo de respiración, estuvieran acostumbrados a verlos. Pero quizá no tan lejos de la costa. Rechazó esta preocupación y buceó, conteniendo la respiración. Pateó hacia el timón, se sujetó allí con una mano, con la otra retiró el sonoscopio de su cinturón y lo sostuvo contra el casco. Pulsó el botón sobre un lado de la mira y avanzó hasta una posición justo bajo la bodega, donde repitió el proceso. Y de nuevo justo bajo el arco. Sus pulmones estaban a punto de reventar, pateó alejándose del casco, dirigiéndose hacia la costa. Metió el sonoscopio en su cinturón.
    Luego, en tierra, leería las señales del sonar grabadas por el sonoscopio. Ellas le contarían cuántos camarotes tenía el barco, cuan grueso era el casco; y cuánta gente había bajo cubierta. Las ondas sonoras rebotaban en el interior del barco, y algunas volvían, alteradas; según la diferencia entre la original enviada y la señal de retorno, era posible calcular bastante acertadamente con qué habían entrado en contacto las ondas del sonar.
    Bond nadó hasta la superficie a unos veinte metros del barco, barbotando, y limpiando su tubo de respiración. Mordiendo la boquilla, pateó una vez más hacia la costa, pensando: "Quizá lo vuele provocando un pequeño agujero en él, lo hunda, dando tiempo a que todos puedan llegar sin riesgo a los botes. Y entonces pueda separar a los inocentes de los objetivos una vez estén en tierra. Quizá esta noche."
    Se detuvo en su natación, flotando para escuchar: había oído un sonido que no le gustaba.
    Le llevó un momento identificarlo. Tuvo que separarlo de los diversos ruidos siniestros y los ásperos, repetitivos sonidos de su propia respiración. Allí: el sonido de un motor fuera borda, venía hacia él. Desde atrás. Desde el yate de Doberman.
    Habían visto su tubo de respiración, y alguien se había vuelto suspicaz. Probablemente Chen, quien había decidido que era inverosímil un tubo de respiración nadara vagando tan lejos de la costa. Quizá había reconocido a Bond a través de binoculares cuando había salido a la superficie para aclarar sus pulmones.
    Bond miró sobre su hombro: el bote aceleraba hacia él, justo diez metros detrás. Se desvió bruscamente a la izquierda. El bote cambió el rumbo para alcanzarlo. Era él tras quien iban, estaba claro.
    Bond soltó el tubo de respiración, tomó una profunda bocanada, y buceó. Nadó furiosamente a la derecha, tan profundamente como pudo soportar. Oyó un golpe amortiguado y levantó la vista: el barco estaba casi sobre su cabeza, parado, y alguien se había lanzado por la borda a bucear. El buzo era una silueta ominosa contra la luz dispersa de la superficie. Quienquiera que fuera llevaba bombonas de buceo, aletas, máscara facial... y llevaba uno de los lanza-arpones "especiales".
    La clase usada para cazar hombres.
    Bond buceó más profundo, hasta que la presión provocó una palpitación en sus sienes, y encontró un afloramiento de roca volcánica en forma de torreta. Nadó apresuradamente, sus pulmones comenzando a dolerle, para poner la agujereada emergente roca negra entre él mismo y el hombre con el lanza-arpones.
    Levantó la vista, reconoció al buzo dirigiéndose directo hacia él; el buzo estaba sólo a cinco metros, llegando desde arriba en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Bond desenfundó su cuchillo de comando y miró a su alrededor, preguntándose si podría vencer nadando al otro hombre, y pensó: "Un año fuera de acción, haciendo gimnasia sueca y entrenando mi mano en el campo de tiro y pensaba que era suficiente. No lo es."
    Ahora el asesino del traje de baño rojo, con el lanza-arpones brillando en su mano, estaba suficientemente cerca para que su cara fuera visible a través del cristal de la máscara de buceo. Bond lo conocía: podía ver la cicatriz. Él la había puesto allí con una botella rota una noche, cuando le habían quitado sus otras armas. Paul Huggins. Antiguo agente del Servicio Secreto Británico. Antiguo amigo. Antiguo pistolero de SPECTRE . Ahora un traidor y enconado enemigo.
    Huggins estaba ahora a sólo tres metros, y levantó el lanza-arpones para disparar pasada la roca. Sabía que era Bond, y probablemente esperaba ansioso matar al hombre que le había costado su ojo. Sonreía tras el aparato de respiración.
    Bond pudo ver el dedo de Huggins apretar el gatillo; y el lanza-arpones espetó burbujas y acero. Bond se hizo a un lado, sincronizando. El arpón golpeó la roca justo detrás de él. Con los arpones, al contrario que con las balas, había un momento para que un hombre astuto pudiera esquivar.
    Bond agarró rápidamente el arpón con una mano, su cuchillo largo de comando con la otra, y pateó saliendo de la roca, lanzándose a través del agua hasta el torso de Huggins.
    El lanza-arpones de Huggins llevaba tres arpones de medio metro, y uno había sido disparado. Amartilló el arma para disparar el segundo mientras Bond se acercaba a él. Bond giró para llegar por la izquierda de Huggins, su lado ciego. Un arpón apuntaba directamente a su hígado, al alcance del arma. Bond levantó su rodilla para desviarlo, justo cuando Huggins disparaba. Pilló el arpón por su mitad con su rodilla, apartándolo a un lado, y sintió un agudo dolor en su oreja.
    Bond -su visión oscurecida por oscuros borrones mientras su cerebro suplicaba oxígeno, sus pulmones gritando- pinchó el capturado arpón contra el costado de Huggins. Fue desviado por el tanque de oxígeno mientras Huggins se retorcía para alcanzarle. Bond bajó el arpón, lanzando el cuchillo a la garganta de Huggins; pero la resistencia del agua impidió que su movimiento fuera veloz. Huggins movió el lanza-arpones hasta bloquear el cuchillo. Ambos estaban ahora demasiado cerca para que el lanza-arpones fuera útil para otra cosa.
    Bond alcanzó el aparato respirador de Huggins, poniendo sus dedos alrededor del tubo de goma, y tiró.
    La boquilla de goma quedó libre, vomitando burbujas. Huggins consiguió sujetar la muñeca de Bond, intentado apartarla hacia atrás, y con su otro brazo acercó el lanza-arpones, esperando inclinarlo hasta un ángulo útil.
    Bond estaba cerca de perder la consciencia por falta de aire. Tenía que terminarlo ahora. Arrastró el cuchillo lejos del lanza-arpones, dándole a Huggins una oportunidad de apuntar el arpón hacia él. Pero antes de que Huggins pudiera encontrar un ángulo de tiro, Bond había llevado su cuchillo a través de la goma insertada en el lateral de la máscara facial de Huggins, enterrando la cuchilla en el ojo restante del asesino.
    Bond creyó oír gritar al hombre: en el agua el grito fue simplemente un gimoteo amortiguado seguido de una erupción de burbujas.
    Instintivamente Huggins dejó caer su lanza-arpones y agarró el surtidor de sangre de su cuenca ocular. El agua con varios tonos de azul se volvió, en una nube alrededor de ellos, en un único tono rojo.
    Bond retiró el cuchillo y lo zambulló una vez más; esta vez en la garganta de Huggins. Este se agitó, oscureciendo la nube de sangre de tono rojo, y Bond pateó libre de él, dirigiéndose a la superficie.
    "Sí, maldición -pensó-, el hijo-de-perra está muerto ahora."
    Bond emergió desde el agua, boqueando buscando aire y vigilando por si estuviera el bote enemigo. Raro: él no lo veía... Nadó hacia la costa. Detrás de él, el cuerpo de Paul Huggins ascendió hasta la superficie, flotando lánguidamente. Bond nadó rápidamente hasta el más cercano afloramiento de roca bajo el más exterior farallón de la cara del acantilado. Respirando entrecortadamente, trepó por las piedras y anduvo, tropezando de vez en cuando, hasta el pequeño sendero que conducía hacia las palmeras, girando hacia la derecha del acantilado.
    Minutos después seguía el sombrío sendero de las palmeras, maldiciéndose. "La jodiste, la jodiste, la jodiste. Doberman está advertido ahora. Podría dejar el país definitivamente." Bond se encogió de hombros. "Demonios, le seguiré."
    Dobló una curva en el sendero, vio a Leiter cojeando hacia él. Llevaba la toalla Bond, y sacudía su cabeza.
    Bond miró a Leiter, estaba impresionado por la mirada rara en su cicatrizada cara.
    - Maldición, James, parece como si alguien quisiera ver a que sabe tu oreja.
    Leiter parecía estar mirando a alguien detrás de Bond: alguien a quien no estaba feliz de ver, a juzgar por su expresión.
    Bond indiferentemente extendió la mano y tomó la toalla enrollada de Leiter. La puso sin darle importancia bajo su brazo izquierdo... y deslizó su mano derecha en la toalla, agarrando la culata de la Beretta envuelta en ella, pensando: "El bote debe haber llegado a tierra en algún lugar. Quienquiera que este oculto entre las rocas, me ha seguido la pista para buscar un lugar aislado..."
    Ellos estaban entre altas rocas en un palmeral. Un lugar aislado.
    Muy lentamente Bond se giró hasta encontrase mirando la boca de un subfusil ametrallador en las capaces manos de un asesino profesional.
    Bond sonrió, y esperó que fuera una sonrisa "desarmante".
    - Bien, hola, Chen -dijo-. Es bueno verle. ¿En la Riviera Mejicana para un poco de diversión? O... -miró al subfusil ametrallador. Era una Uzi Israelí, ostensiblemente; pero Chen siempre personalizaba sus armas. Probablemente habría recalibrado las miras, mejorado el mecanismo de alimentación. Bond siempre admiró la habilidad de Chen como armero-. ¿O para un poco de practica de tiro al blanco?
    Bond levantó sus ojos para encontrar los de Chen, y no era muy diferente de mirar el cañón de un arma. Sentías, mirando a los almendrados ojos como tajos de Chen, firmes como el acero, que mirabas el cañón doble de una escopeta . El resto de la cara de Chen era menos amenazador, marcada por el tiempo, profundamente curtida por el sol mejicano. Bond no lo había visto en cuatro años, no había envejecido mucho. "Debe rondar los cuarenta ahora." Vestía de negro de la cabeza a los pies con el antiguo uniforme Ninja . Sobre un hombro llevaba una bolsa de lona, para el caso de necesitar esconder la ametralladora. Las únicas cicatrices visibles estaban en los nudillos de Chen.
    - Ya sabes por qué estoy aquí -dijo Chen suavemente.
    Estaba de pie a unos dos metros de Bond. Él era una cabeza más bajo, así que el arma apuntaba hacia arriba: una contracción de su dedo y cosería media docena de agujeros a través del pecho Bond. Sus manos eran firmes rocas. Sonrió débilmente. Sus ojos se movieron rápidamente pasando de Bond a Leiter.
    - Será mejor que su amigo se mantenga realmente tranquilo. Si él piensa que voy a fallarle porque voy a dispararte primero...
    - Él no fallará, Felix. Por más rápido que saltes -dijo Bond serenamente. Lo dijo serenamente, pero su corazón palpitaba; le pareció oír su sangre silbando en sus venas. Debía permanecer externamente frío: si se tensaba, podría poner nervioso a Chen. Y el arma de Chen nunca tenía el seguro; retiraba el mecanismo de seguridad de sus armas-. Te lo aseguro -continuó Bond, ganando tiempo-, el tipo puede manejar esto. Y no olvides que dentro de sus bolsillos tiene armas tales como pinchos y estrellas arrojadizas que puede lanzar tan rápido como...
    - Ya basta de dar largas, Bond -cortó Chen.
    - No me vas a acribillar, Chen. No eres ese tipo de mercenario. Eres del tipo soldado. No del tipo carnicero.
    Pero Bond ya no estaba seguro de eso. Había oído que Chen se había ido agriando en la vida, había dejado de importarle para quien trabajaba o qué hacía para ellos. Y el hecho de que ahora trabajara para Klaus Doberman era la demostración.
    - Podría haberte matado antes de que te dieras la vuelta -indicó Chen-. Debería. Pero Doberman quiere que te devuelva vivo, si es posible. Le has hartado, matando a Huggins. Él valoraba a Huggins.
    Quizá alguien apareciera por el sendero, pensó Bond. Chen no querría volar la cobertura de su jefe matándoles frente a una multitud. Tarde o temprano la policía lo relacionaría con el gran yate. Pero si nadie venía, Chen podría acribillarles y luego ocultar los cuerpos en la maleza.
    Chen gruñó.
    - ¿Vas a venir, o debo llevarle tu cabeza para mostrar a Doberman que he conseguido a 007 para él?
    - ¿De modo que así están las cosas?
    - Correcto.
    Bond dejó caer su sonrisa.
    - Ahora no te pongas nervioso; porque no voy para usar el arma a menos que me obligues -Chen no preguntó: ¿Qué arma? Sus ojos revolotearon hasta la toalla enrollada bajo el brazo de Bond y hacia la mano derecha de Bond oculta en los dobleces de esa toalla-. Ahora te estás preguntando si faroleo -comenzó Bond-. Bien...
    - Ahora que lo mencionas -dijo Chen fatigadamente-, puedo ver el bulto del arma en la toalla. Pero no me está apuntando.
    - No. Pero solías hacer apuestas con la gente sobre mis reflejos. ¿Recuerdas aquella pequeña apuesta en Hong Kong? Apostaste con un tipo a que yo podría disparar a tres monedas con una 45 antes de que tocaran el suelo. ¿Recuerdas? Arrojaste tres monedas al aire sobre tu cabeza; confiabas mucho en mí, porque no estaban muy por encima de tu cabeza. Y...
    - Recuerdo -Chen tuvo que sonreír.
    - ¿Quieres apostar ahora a que no puedo sacar este arma y agujerearte antes de que tu pequeña Uzi termine conmigo? Seguro, tú me habrías alcanzado primero; pero apuesto a que en los dos segundos antes de morir te habría atravesado. ¿Qué dices? -la voz Bond era mortalmente suave-. ¿Cincuenta pavos?
    La empuñadura de Chen sobre el arma se apretó más; sus nudillos estaban blancos; un músculo saltó en su mejilla. La tensión habría gritado si tuviera boca.
    Bond oyó a Leiter moverse inquieto. "Maldición, Felix -pensó Bond-, ¡quédate quieto! ¡No te muevas o le harás saltar!"
    Muy lentamente, Chen bajó el subfusil ametrallador. Sonrió retorcidamente.
    - Bond, eres un sucio hijo de perra. Supongo que sabes que esto funciona en ambas direcciones. Intenta usar esa pistola...
    Bond asintió.
    - Lo sé. Me cogerías.
    Dio un paso hacia atrás. Chen sonrió fúnebremente.
    - Confías demasiado en ti mismo, Bond.
    Y con esto retrocedió detrás de una piedra y se perdió de vista.
    Bond y Leiter se apresuraron por el sendero y rápidamente estuvieron entre la multitud de la playa. Alguien gritaba que había un hombre muerto flotando en el oleaje. El cuerpo de Huggins. ¿Cómo podría Doberman explicar eso? Probablemente fingía que el tipo nunca había estado con él.
    Regresaron al Porsche, Leiter miraba nerviosamente a la maleza.
    - Podría estar rodeándonos, podría esperarnos en el automóvil, James. Chen es como un Bruce Lee  malvado.
    - No lo creo -dijo Bond-. Aquello fue una especie de tregua implícita hasta que regresemos a nuestros campamentos base. Pero esta será la última tregua. No me dará otra oportunidad para otro interludio mejicano. Le contará a Doberman que escapé; y luego les hablará a todos sobre mí -Bond suspiró-. Así que Doberman estará preparado.
    - Se irá a su rancho -dijo Leiter, asintiendo-. Sería más listo por su parte dejar el país. Tiene una reunión importante aquí dentro de los próximos días y se considera a sí mismo bien protegido en una fortaleza como su rancho.
    - Lo divertido sobre una fortaleza -dijo Bond, entrando en el Porsche-, es que puede atraparte tanto como protegerte. Y atacar posiciones fortificadas es una de mis especialidades.
    - Sí, desde luego -dijo Leiter, riendo-. Te he visto en el trabajo con damas reluctantes. Ellas no permanecen reluctantes durante mucho tiempo.
    Bond sonrió abiertamente y pensó en Lotta. No había nada reluctante en ella. Pero tenía una gran cantidad de encanto. Probablemente tenía algunas sorpresas reservadas para él. Las mujeres normalmente las tenían.
    - ¿Qué es esa reunión que espera a Doberman? -preguntó Bond mientras Leiter encendía el automóvil.
    - No he sido capaz de averiguarlo; excepto que involucra a un representante de otro país y no a un miembro del cártel. ¿Quizás un nuevo socio en el negocio, eh?
    El automóvil circulaba suavemente entre las colinas, tomando rápidamente las cerradas curvas en su camino de regreso a la Posada La Brisa. Bond no dijo una palabra hasta que estuvieron allí. Estaba incubando una estrategia. Estaba completamente absorbido por la campaña contra Doberman. Seguiría a su presa hasta los confines de la tierra si tenía que hacerlo.
    Cuando llegaron al hotel, Bond dijo:
    - Procura que esos artículos se me entreguen mañana, Felix. Y averigua lo que puedas sobre los movimientos de Doberman... y ese rancho suyo.
    Leiter asintió. Él sabía por años de experiencia en inteligencia que desarmar a tu adversario consistía en una parte de juego rápido de pies y cuatro partes de minuciosa preparación.

* * * * * *

    A miles de kilómetros a través del Pacífico, un masivo helicóptero MIL MI-24 soviético descendió rápidamente con increíble gracia en el helado baldío de la Península de Kamchatka en el noroeste de Rusia.
    La puerta lateral se deslizó abriéndose; los rotores rechinaron lentamente hasta detenerse, y tres soldados soviéticos de élite de la División Aerotransportada aparecieron.
    Y luego el general Leo Gogol , jefe del KGB  y contrapartida de M, bajó hacia el frío que congelaba los huesos. Todo lo que podía ver bajo el cielo gris era hielo; hielo tan duro que ni siquiera sus botas dejaban huellas de pisadas. Estaba vestido para las condiciones normales del Ártico en la base siberiana de submarinos. Cinco capas de lana y hule le rodeaban.
    De inmediato el grupo soviético formó en fila y se cuadró, saludando. El General Gogol les estudió críticamente, pasando ante ellos en su camino hacia el inundado muelle de cemento, uno de los muchos especialmente construidos para guarecer los submarinos clase Tifón de los duros elementos de la región.
    Ya que el habitual frío viento del norte soplaba más fuerte, el General Gogol rápidamente bajó por la escalera con la torpeza usual de un hombre de tierra. Estaba más que ansioso de dejar atrás la importante tormenta de viento que azotaba Moscú y la monotonía de sus oficiales deberes administrativos.
    Al borde del muelle, una división de marineros y trabajadores portuarios observaban con el estólido estilo ruso, sin un vítor ni un saludo, mientras las aguas agitadas del canal comenzaban a besar la esférica proa del submarino.
    - Incremente la velocidad a un tercio -ordenó el capitán a su navegante.
    El General Gogol se despojó de las engorrosas prendas exteriores y se tumbó satisfecho en su pequeña litera. No se resentía por el estrecho confinamiento a bordo del submarino, algo que muchos hombres no podían tolerar. Para él, el cubículo era mucho menos claustrofóbico que la atmósfera burocrática y política de su oficina en el número trece de Sretenka Ulitas en Moscú . Aunque regímenes y líderes cambiaban detrás de las paredes grises del Kremlin, Gogol se las había arreglado para permanecer intacto.
    Sonrió para si. El volumen de treinta mil toneladas del submarino aceleró lentamente, zambulléndose más profundamente y luego nivelándose a la profundidad apropiada en el Pacífico. Dentro de unos días, el General Gogol estaría en el clima soleado y tropical de Centroamérica, donde él dirigiría negocios como de costumbre con Klaus Doberman y supervisaría la demorada eliminación de James Bond.

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 -8-
Los viejos enemigos son duros de pelar

    El bar de la Posada La Brisa era un intento de reproducir lo que los mejicanos pensaban era un "cocktail-bar estilo americano", lo que significaba que era oscuro y con los muebles clavados, con una pequeña bola espejada que lanzaba reflejos de luz mientras rotaba en el silencio de la desierta pista de baile.
    El bar estaba vacío a excepción de Lotta. Parecía como si le hubieran forzado a tragar algo amargo. Una gran cantidad de algo amargo. Vestía un ligero albornoz azul, estaba sentada sobre un taburete con el ceño fruncido, obviamente discutiendo con el camarero.
    - Lo lamento, "señorita" , pero su padre dijo que no debería tomar más de una bebida al día desde...
    Lotta le lanzó una maldición en español, y se volvió para encarar a Bond, quien sonreía de camino a la piscina, donde ordenó una botella de Clicquot y dos vasos al camarero de la piscina.
    Lotta pasó dando zancadas ante él hacia la piscina y dejó caer su albornoz, exhibiendo un bikini rayado blanco y negro que estaba pecaminosamente apretado a sus pechos y caderas. Estaban solos al borde de la piscina con excepción del camarero.
    - ¿Quieres que tome una copa de champagne contigo en la piscina? -dijo Bond, sosteniendo una burbujeante copa bajo su nariz.
    Ella dudó, luego tomó la copa de cristal de champagne y se la tragó.
    - Ven a nadar, James -le incitó ella con los ojos brillantes.
    Bond arrojó descuidadamente su chaqueta de playa azul oscura y sandalias de cuero a un lado. Su sutil, pero profunda, sensualidad azotaba sus sentidos.
    Nadaron, y tomaron el sol, y hablaron. Resultó que ella sólo tenía veintiocho. Aunque su padre todavía la ataba corto. En algunas materias su padre era muy anticuado. Lotta Head era tratada como una frágil pieza de porcelana china. Tutores privados cuando era niña, viajes al extranjero sólo acompañada por su padre. Ella había pasado dos años en Princeton, pero nunca volvió; quería ser artista. Cantante y compositora. Ella tocaba el violín. Le gustaba esquiar y el submarinismo. Había ganado un segundo premio en una competición de fotografía amateur: fotos de campesinos mejicanos que buscaban restos de comida en contenedores de basura en Ciudad de México. Bond le contó un poco sobre sí mismo... sólo un poco.
    - ¿Dónde está tu violín? -preguntó él mientras caía la tarde.
    - ¿Te gustaría que tocara para ti? -rió ella-. Mi padre se ha ido... tocaré para ti en mi habitación. Tengo mi propia suite.
    Más tarde, estaban sentados a la luz de las velas bebiendo enfriado vino blanco. Ella tocaba el violín, y él se sintió aliviado al poder decir sinceramente:
    - Tienes verdadero talento.
    Tres canciones después ella apartó el violín y le miró, expectante, esperando como un animal depredador nocturno a la parpadeante luz de las velas.
    Bond le siguió la corriente. Sujetando su mano derecha, dijo amorosamente:
    - Este trozo de carne en la palma de tu mano bajo tu pulgar, los isleños de Cayman lo llaman el Monte del Amor. Dicen que una muchacha es buena en la cama si su Monte del Amor está bien desarrollado  -luego él agregó, apasionadamente-. Como el tuyo.
    Lotta fingió resistirle un rato, riendo, jugando como si ella intentara apartarle; él casi la dejó ganar. Moviéndose casi con vida propia, su mano izquierda acarició dentro de la cremallera del traje de baño de ella. Y comenzó a trabajar hábilmente para abrirla.
    Él ardía en la mano de ella. Las caricias de él se volvieron más osadas.
    Él la tomó por los hombros, levantándola en el aire, llevándola hasta el lecho. Ella boqueó, y abrió sus brazos para él; él se lanzó hacia ella, sintiendo su cuerpo ahora desnudo bajo él, las piernas de ella rodeándole, sus dedos rozándole en la nuca, sus labios abriéndose bajo los suyos. Él forzó su lengua en la boca de ella, y ella gimió; y él la tomó, y la tomó.

* * * * * *

    - ¿Por qué debo arriesgar tu vida simplemente para satisfacer tu curiosidad? -dijo Bond, sorbiendo café. Miraba a Lotta, ahora sorprendido al verla malhumorada-. Créeme, lo leerás en los periódicos. Eventualmente.
    Él apartó la taza de café, saliendo de la cama, y vistiéndose.
    - ¿Adónde vas?
    - A abrir algunos regalos.
    Él la besó y se despidió.
    Los "regalos" le esperaban en su habitación. Tres grandes cajas de madera. Usó un destornillador para abrirlas, una por una, después de inspeccionarlas para ver si las habían alterado; no, el sello código de Leiter estaba con cera en las junturas.
    En la primera caja había granadas de fragmentación, bengalas, munición trazadora, y el auténtico premio: un par de gafas infrarrojas de visión nocturna con accesorio de radar. Las gafas combinaban varias funciones; sujetables por la empuñadura desmontable, venían a ser algo así como el radar usado por los policías de carretera para comprobar la velocidad. Podía usarlas para saber a qué distancia estaba moviéndose un vehículo, en qué dirección precisa iba, y cuan rápido; eran útiles para distinguir armas anti-tanque y otras armas de campo.
    En la segunda caja había un lanza-misiles portátil y cuatro misiles Ojo-de-Águila. Prototipos muy caros; el mayor Boothroyd definitivamente se había superado a si mismo esta vez. Bond estaba impresionado. Cada misil tenía una pequeña cámara de TV instalada en el morro. Después de ser lanzados, el misil transmitía una imagen a la pantalla de la unidad de rastreo mostrando lo que un hombre vería si pudiera cabalgar el misil. Usando una unidad de control remoto, el misil podría entonces ser guiado con gran exactitud hasta su blanco usando un complejo "joystick" y la pantalla de TV. Cada misil no medía más de un metro, y era grueso como su brazo; y cada uno tenía una carga explosiva suficiente para provocar un agujero mortal en un acorazado.
    En la tercera caja: un mortero, una bazooka, y media docena de minas terrestres.
    Bond examinó meticulosamente las armas. Debía ir al campo para probarlas más tarde. Porque sobre las cajas había una nota de Leiter, que sólo decía: "¿Quién dice que no puedes nunca volver a casa?"
    Así que Doberman estaba atrincherado en su rancho. Eso haría necesario que Bond aprendiera tanto sobre el lugar como fuera posible.
    Acababa de cerrar la última caja cuando sonó un ligero toque en la puerta. Él recogió su Beretta y gritó:
    - ¿Quién es?
    - Lotta. ¿Puedo entrar?
    Él suspiró. Pero la dejó entrar.
    - ¿James? -comenzó, ronroneando contra él-. Cuéntame qué estás haciendo aquí... exactamente. Quiero ayudar.
    - Lo pensaré. Lo haremos así: primero ayudarás, luego te lo contaré. Quizá.
    - ¿Puedo ayudar? -preguntó ella ansiosamente-. ¿Qué... qué puedo hacer?
    Ella notó las cajas.
    - ¿Qué es esto?
    - Así es como puedes ayudar: necesito ocultar estas cosas; en algún lugar donde no molesten.
    - Conozco un lugar: la "casita"  de mi primo. Está toda rodeada de cactus. Pero hay un sendero por el que llegar. La usa para ocultar cosas en ella: para contrabando. Pero ahora está en la cárcel. La policía nunca averiguó lo de la "casita". No está lejos del hotel. Casi a medio kilómetro. Puedo conseguir a alguien para transportarlas allí esta noche...
    - Alguien que no las abra. Tienen trampas explosivas.
    Los ojos de ella se abrieron.
    - Me ocuparé de que nadie las abra.
    - Una cosa más: ¿sabes algo sobre el rancho de Klaus Doberman?
    - Un poco. Está arriba en las montañas. Sólo se llega por un camino privado. Ninguna casa cerca de allí. Un viejo castillo, reconstruido y modernizado. Está sobre un acantilado que da al océano. Era propiedad de un Don de la Mafia que ahora vive en Acapulco. Un hombre llamado Scalise.
    - ¿Scalise? -Bond sonrió fúnebremente-. Conozco a Scalise. Y dónde encontrarle.
    - Pero, James, por qué quieres saber sobre...
    - Te lo diré más tarde -él sonrió-. Quizá. Pero ahora tengo que organizar un pequeño viaje a Acapulco. Probablemente estaré de vuelta esta noche. Con suerte. Te veré más tarde.
    - Pero espera, James...
    - Más tarde.
    Y, con la Beretta fría y tranquilizadoramente sólida en la pistolera de gamuza bajo su sobaco izquierdo, fue al aparcamiento hacia su Porsche.

* * * * * *

    La villa de Scalise estaba situada sobre un conservado enclave de tranquilas aguas azules y arena marfileña en la Playa de Puerto Marques de Acapulco, sólo a medio kilómetro de los muelles donde sus buques descargaban su heroína: ocultas en fardos de algodón y cajas de granos de café. Eso, por lo menos, era el resumen de la operación de Scalise, lo último que Bond había oído. Ahora, aunque Bond no lo sabía, Scalise había llegado a ser el Número 3, una posición como miembro del cártel de cocaína de Klaus Doberman. Era Scalise quien había ofrecido un contrato contra Bond en la última conferencia.
    Bond aparcó el Porsche a corta distancia de la extensa hacienda de Scalise. Rodeó el perímetro, consiguiendo una imagen del lugar.
    Estaba muy apartada de las otras, su área ajardinada estaba rodeada por una verja anti-huracanes. Era una estructura de cuatro plantas con fachada de ladrillo, protegida por palmeras y setos. Un balcón en el tercer piso dominaba el patio. Un Ferrari rojo, un BMW blanco 635-CSi y una limusina Lincoln estaban aparcados en el patio al final de un largo paseo. Bond vio a un guardia con una escopeta en el balcón. Este estaba relajado, probablemente nunca había tenido problemas en la casa de Scalise.
    Hay una primera vez para todo.
    Bond, con la cartera de cuero bajo su brazo, ascendió por la verja anti-huracanes en uno de los puntos ciegos de la casa. Se dejó caer al suelo del interior, esperando un gruñido de doberman. Sólo se oía el gorjeo de los pájaros, la brisa que traía el perfume salino del océano. Era el crepúsculo; las sombras se alargaban bajo los árboles, sobre el pasto pulidamente manicurado.
    Corrió agachado hasta una esquina delantera de la casa; oyó a dos guardias contando historias en español en esquina trasera derecha. Él escuchó. Sus voces se hicieron más débiles... se estaban alejando de él. Se inclinó y ocultó su cartera en el macizo de flores que rodeaba la esquina de la parte frontal de la casa. Luego desandó sus pasos hasta la cerca, ascendiéndola en menos de tres segundos, y corriendo de regreso a la carretera.
    Se tomó treinta segundos para encender un cigarrillo y calmarse. Y luego caminó hasta la puerta principal y tocó la campana.
    Una puerta negra de hierro rematada con pinchos cortaba el camino de entrada; estaba cerrada eléctricamente, entre dos altos postes de piedra cubiertos con alambre de espino.
    Bond tocó la campana de nuevo. Dos hombres armados de pecho amplio y ojos oscuros -habían guardado sus escopetas cuando oyeron la campana, por mor de la apariencia pública- vistiendo completos uniformes de guardia con insignia, llegaron desde la casa hasta la puerta principal.
    - ¿Quéquiereusted, "Gringo"? -preguntó uno de los hombres con su mejor apariencia de cortesía.
    Parecía uno de los descontentos renegados de Pancho Villa.
    - Dígale a Scalise que un amigo de su primo Bonasera está aquí -dijo Bond-. Aplastó el cigarrillo en el camino de entrada-. Mi nombre es Bond... James Bond.
    - Espere.
    Uno de los guardias entró en la casa; el otro permaneció al otro lado de la puerta de hierro, mirando a través de las barras metálicas. Bond rió en silencio.
    - ¿Qué es tan divertido, "Gringo"? -espetó el guardia.
    - Parece como si estuvieras tras los barrotes, detrás de esa puerta... y es divertido, porque es justo donde deberías estar. Pero claro, podría equivocarme contigo. Podrías ser entrenador de fútbol para niños pequeños en la YMCA  durante tu tiempo libre.
    - ¿Eh?
    El hombre no comprendió una palabra, pero el tono de Bond le decía que se estaba burlando. Su cara se nubló, y sus dedos revolotearon cerca de su arma. Bond sonrió y volvió su espalda al hombre, mostrando absoluta despreocupación.
    Se volvió cuando oyó el crujido de las botas del otro guardia sobre el paseo de grava. Los dos hombres murmuraron juntos en español, y luego uno pulsó un interruptor. Las puertas zumbaron y se abrieron hacia adentro. Con los dos guardias delante de él -uno llevaba ahora una escopeta- Bond caminó hacia la casa. Ornamentados contrafuertes de hierro negro dividían la fachada de la casa en tres secciones; las secciones centrales, incluyendo el balcón, sobresalían un poco de las otras. Sería fácil ocultarse con los ornamentados contrafuertes, luego ascender hacia el balcón; si aquello funcionaba así sería como lo haría.
    Los guardias lo escoltaron al interior de la casa, deteniéndole en la antesala para un registro de armas -él no llevaba ninguna- y luego lo metieron en un negro ascensor metálico. Se mantuvieron detrás de él en el pequeño ascensor, literalmente respirando sobre su cuello; pudo oler su fuerte colonia, su sudor, y subyacente, el bien aceitado metal de las armas.
    El ascensor crujió, subiendo con fastidiosa lentitud, y pasando dos pisos de antigüedades, amarilleadas pinturas al óleo, y una escalera de caracol con barandilla de cobre y peldaños de mármol. Era una gran casa y, reflexionó Bond, probablemente tendría gran cantidad de cosas interesantes para los policías... los pocos policías no corruptos.
    El ascensor hizo mucho ruido, y Bond tomó nota de eso.
    Se detuvieron en el tercer piso, salieron al vestíbulo hacia una puerta doble de paneles oscuros. Uno de los guardias tocó sobre la puerta y dió una contraseña. La puerta se abrió desde el interior; sólo una línea al principio. Un hombre con hundidas mejillas con cicatrices y gafas de sol azules registró a Bond, gruñó, y abrió la puerta más ampliamente para él. Entraron, primero Bond. El hombre con las gafas de sol azules se paró a un lado, la escopeta en el codo doblado, su boca apuntando a los pies de Bond. Dos hombres armados estaban plantados detrás de Bond, y dos dándole la cara. Uno de los que estaban frente a él era el guardia que había estado en el balcón; el otro era Scalise. Scalise era un hombre con forma de barril, una cabeza cuadrada, y pelo menguante peinado en un pobre intento de cubrir sus zonas calvas. Tenía profundas líneas alrededor sus ojos negros. Fumaba incesantemente; el cenicero de cristal junto a su codo rebosaba de colillas. Estaba sentado detrás de un antiguo escritorio grande de madera, reclinado en una silla giratoria de cuero. Parecía molesto y levemente confundido mientras Bond calmadamente encendía un cigarrillo y miraba por la sala con interés casual, como si tuviera una leve curiosidad por el plan de la decoración e interiores de Scalise. Sobre el piso había un gabinete de madera cerrado, con una caja fuerte de metal gris a su lado, y sobre las paredes pintadas con flor azules, un par de mal ejecutadas marinas. Y un certificado enmarcado del Lion's Club de Acapulco por Servicios Públicos. Bond rió.
    Dándose cuenta de por qué se reía Bond, Scalise enrojeció.
    - ¿Qué demonios está haciendo aquí, Bond? ¿Qué es esa chorrada sobre mi primo? Usted no es amigo de Bonasera.
    - Oh, esa es una cuestión de perspectiva. No somos enemigos. Vaya, él me llevó a cenar al Club 21 en Nueva York una vez y me ofreció un trabajo y...
    - Sí, lo sé. Usted le dijo que no solamente no trabajaría para él, sino que ni siquiera tenía estómago para comer con él. Usted se marchó cinco minutos después de entrar allí. Demasiado grande para aceptar un contrato de un italiano, ¿eh? En vez de eso usted trabaja por cacahuetes, un cordial "bien hecho" de su Majestad la Reina y los peniques que llama pensión. Aparte de eso, somos iguales.
    - Cuando yo mato es bajo órdenes específicas de mi gobierno. Y aquellos a los que mato son asesinos.
    Scalise sonrió.
    - Vamos, Bond, me desilusiona. Usted disfruta matando tanto como yo. ¿Así que por qué no lo confiesa y lo admite?
    - Admito que matarle sería un placer.
    - Debería haberlo hecho cuando me vió por primera vez. Pero, por supuesto, los ingleses no consideran deportivo matar a sangre fría, ¿verdad?  Usted es simplemente un maldito asesino contratado. ¿Y cual es la diferencia, asesino contratado para la Reina o asesino a sueldo para la Hermandad? Nosotros tenemos respeto, esa es la diferencia. Nosotros tenemos familia. ¿Qué tiene usted? No tiene nada. Usted insultó a mi familia, rechazando ese trabajo. ¿Y luego viene por aquí diciendo que es un amigo de mi familia? Debería matarle yo mismo. Pero usted es un ciudadano inglés, y la maldita embajada británica me daría un dolor de cabeza si un inglés fuera eliminado. Así que puede salir con su puro, altivo y licenciado para matar culo intacto.
    Bond sonrió fríamente.
    - ¿Ya ha terminado? ¿Quiere saber por qué estoy aquí, o jugará al Padrino algo más?
    Scalise hizo un gesto vivo, y los dos guardias detrás de Bond asieron sus brazos y lo sujetaron; el hombre de las gafas de sol se acercó y dio a Bond una golpe en la barbilla con la culata de su escopeta. La cabeza Bond se sacudió, y entonces él volvió a mirar serenamente a Scalise. Sonrió, la sangre corriendo desde un corte sobre su mandíbula. No hizo ningún movimiento para liberarse.
    - Me hablará respetuosamente, Bond -dijo Scalise, aplastando su cigarrillo y encendiendo otro-. O dejaré que estos muchachos le arranquen un brazo y luego otro, pedazo a pedazo. ¿Ahora qué desea?
    - He venido para comprar algo. Los planos del rancho de Klaus Doberman. Usted fue su antiguo propietario, y habiendo sido reconstruida, reformada, usted probablemente todavía tiene una copia de los planos. Los necesito. Le daré cinco mil dólares por ellos.
    - Raphael... -Scalise se dirigió al hombre de las gafas de sol azules-. ¿Puedes creer a este tipo? -dijo algo en español que Bond no pudo comprender. El español de Bond era bastante poco fiable.
    Raphael bufó y sacudió su cabeza.
    Scalise sopló humo en la cara de Bond.
    - Soy un honesto hombre de negocios: le vendí la casa al hombre, ahora es el propietario, y sería deshonesto y bajo... -sonrió tristemente-, si le diera esas cosas a usted. Porque yo sé lo que usted quiere: quiere esto para poder matar a ese hombre. Ese hombre no me ha hecho nada... me ha pagado bien. Él es buen negocio. Usted, usted es mal negocio. ¡Váyase al infierno! ¡Sácalo de aquí, Raphael!
    Raphael y los dos guardias empujaron a Bond hacia el vestíbulo; él fingió tambalearse, y actuó como si estuviera rendido y asustado cuando ellos le empujaron por el pasillo hacia el ascensor. Fingió encogerse después de que Raphael le abofeteara cuando fue demasiado lento hacia en ascensor, pensando: "Eso está bien, dame pan y dime tonto."
    Raphael dijo en español:
    - No es nada. Yo lo sacaré. Tú vuelve y ve si el jefe quiere algo.
    Los dos guardias volvieron al estudio. Raphael, escopeta en mano, entró en el ascensor encarando a Bond.
    Bond esperó hasta que el ascensor se hubo hundido casi hasta el primer piso. Había notado que se producía un fuerte traqueteo en su torno cuando se acercaba a la planta baja. Se dejó caer contra la jaula de metal del ascensor, esperando. Cuando llegó el traqueteo, saltó desde la posición baja a una de ataque. Había menos de un metro de espacio entre él y Raphael.
    El mejicano tenía la escopeta apuntada hacia arriba. Bond la agarró por la culata y lanzó el cañón hacia arriba, aplastando la nariz de Raphael. Había conseguido justo el ángulo correcto: astillas de hueso del puente de la nariz fueron dirigidas hacia arriba y hacia adentro, penetrando en el cerebro de Raphael. El hombre se deslizó hasta el suelo, muerto como una fría piedra.
    Bond arrastró a Raphael por el suelo del pasillo, luego tomó la escopeta de la puerta de entrada. Miró a través de las ventanas: nadie a la vista afuera. Los guardias de exterior estaban atrás, probablemente. Aquello estaba desocupado. El guardia estaba todavía adentro; probablemente Scalise le instruía en averiguar como Bond había descubierto que él y Klaus Doberman estaban conectados de algún modo.
    Bond corrió por el borde del jardín entre la casa y la puerta de entrada, encontrando su cartera entre los matorrales de la esquina. Arrojó la escopeta a un lado, abrió la cartera y ensambló las tres partes principales de su subfusil ametrallador de 9mm. Enroscó un silenciador a la Beretta y empujó la pistola dentro de su cinturón, colgó el arma mayor sobre su hombro, y tomó un largo y afilado cuchillo de comando. Fue a cazar a los guardias por detrás. Los vio juntos al lado de una piscina completamente seca, pasándose un cigarrillo de marihuana de uno a otro; ellos estaban dándole sus espaldas, hablando en voz baja. Bond reptó sin hacer ruido hacia ellos. "Será difícil matarles a ambos silenciosamente -pensó-. Uno podrá tener la oportunidad de gritar, quizá disparar un tiro, advertir a Scalise, cuando vea caer al otro..."
    Pero siempre había una manera.
    Bond sujetó la Beretta en su mano izquierda, el cuchillo de comando en su derecha. A fin de conseguirlo, debería golpear a ambos hombres a la vez, y a ambos con precisión. Se movió agachado entre los setos, hacia el cemento alrededor la piscina, llegando al alcance...
    El más alto del dos eligió ese momento para girarse, riendo alguna broma que su compañero había hecho. Bond fue forzado a golpear. Su mano derecha lanzó la cuchilla, formando un arco de plata en el aire, su mano izquierda partió medio segundo detrás, proyectando el cañón de la silenciada Beretta; la negra y pesada pistola pilló al hombre más bajo entre los ojos, golpeándole; sus ojos bizquearon y él se derrumbó; en el mismo momento, su amigo gorgoteaba, intentando gritar a través de la sangre que brotaba desde su cortada arteria mientras Bond le acuchillaba el gaznate, parando la cuchilla sólo en la columna vertebral. Las armas cayeron sin ruido al cemento; el hombre con la chorreante garganta roja espasmó, se agitó, sus ojos se oscurecieron, y quedó rígido. Bond recogió sus armas y luego bordeó la casa por la derecha, comprobando el balcón -todavía vacío- y comenzó a ascender el decorativo contrafuerte de metal.
    Scalise estaba ciertamente discutiendo el interés de Bond sobre los negocios entre él y Doberman. Cuando uno de sus hombres sugirió que lo más simple era haber interrogado a Bond sobre ello -después de un apropiado período de ablandamiento- Scalise le contestó que había oído muchas historias sobre Bond, y por todos los relatos tenía una resistencia casi inhumana a la tortura. Bond había sido torturado por Goldfinger con una sierra circular, sus genitales destrozados con un batidor de alfombras por Le Chiffre, su dedo meñique de la mano izquierda roto, herido por una saboteada máquina de tracción, hundido en agua helada, y torturado por ondas sonoras y sondas en los orificios de su cabeza ... y nunca había revelado nada. El tipo era...
    Scalise se interrumpió, mirando a uno de sus guardias. El guardia había dicho que Bond se había comportado como si estuviera asustado y rendido.
    Eso simplemente no encajaba. No parecía el James Bond que se había reído de Bonasera en su cara. No parecía el James Bond que había sobrevivido a toda clase de torturas.
    Así que Bond había pretendido ser débil. ¿Por qué?
    Y... ¿dónde estaba Raphael?
    Scalise se congeló, oyendo un ruido en el balcón detrás de él. Agarró su 45 y giró en su asiento.
    Las puertas del balcón estaban totalmente abiertas. Más allá de los árboles, el sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo sangre. Y James Bond estaba en el balcón, la Beretta en una mano y el subfusil ametrallador en la otra; recortada su silueta contra el cielo rojo.
    Esa fue la última visión que tres de los cuatro hombres de la sala vieron.
    El fuego en los ojos de Bond se transfirió a sus manos. El pequeño subfusil ametrallador y la pistola llamearon; la 9mm chilló y la Beretta ahora sin silenciador rugió. Bond abatió a los dos de su derecha antes de que hubieran terminado de girar para encararle, ocupándose de ellos con dos ráfagas del subfusil ametrallador de su mano derecha; su brazo vibró con la descarga, estirando bruscamente los músculos de su antebrazo: el arma se suponía que debía ser disparada con ambas manos. Con dos disparos, la Beretta en la mano izquierda de Bond abatió al tercer guardia y creó un sucio agujero en la muñeca derecha de Scalise; su arma cayó desde sus dedos flojos. Scalise aulló y se agarró la mano herida contra su desproporcionada barriga. En el mismo momento, la escopeta del tercer guardia rugió mientras el hombre caía, provocada por el espasmo de la muerte en su mano. Bond osciló y gruñó: le había alcanzado algo de la posta en la parte exterior de su cadera izquierda. Aquello agujereó sus pantalones, pero no estaba malherido: la mayor parte de la ráfaga había sido absorbida por el escritorio.
    Metiendo la pistola en el bolsillo de su cadera, Bond puso a Scalise de pie con su mano izquierda por el sencillo expediente de tomarle por la garganta.
    - Usted ha hecho un discurso sobre mis defectos hace unos minutos, Scalise -dijo Bond.
    - Tipo duro -siseó Scalise. Su cara estaba púrpura; la saliva salía por la comisura de su boca. Miraba desafiante a Bond-. ¿Cree que es el único tipo duro por aquí? Adelante, haga lo peor que sepa.
    - Lo peor que sé -rió Bond-, le volvería del revés y le convertiría en un bebé llorón nuevamente -Scalise se puso pálido-. Pero no voy a hacerle lo peor que sé, Scalise. Le quiero lo suficientemente coherente para darme la información que necesito. Como: ¿dónde están los planos de la casa de Doberman?
    Scalise reunió su coraje y escupió:
    - ¡Váyase al infierno!
    Bond lo puso de pie levantándole por su garganta, y lo mantuvo allí, suspendido, los pies pateando, ahogándolo hasta la muerte.
    - Sabe Scalise, arriesgué mi cuello viniendo aquí tras usted y sus gilipollas preferidos. Uno de ustedes podría haber conseguido un tiro afortunado. Y yo arriesgué mi cuello así... -mientras él hablaba, la cara de Scalise se hinchaba poniéndose morada, sus extremidades se agitaban más desesperadamente- ...sin ninguna razón, ya que Su Majestad la Reina no me ha ordenado ir tras usted; yo podría haber conseguido los planos de la casa de Doberman de otra manera; quizá sobornando a la gente que reconstruyó el lugar para usted. Pero había oído historias sobre usted, y... bien, francamente, Scalise, estaba asqueado. De la forma en que me asqueo cuando veo una cucaracha en mi cocina. La veo, la aplasto -Scalise casi había perdido el conocimiento, así que Bond lo arrojó al suelo, Scalise quedó tumbado, avanzando con náuseas hacia uno de sus secuaces muertos. Bond dejó que la cólera irradiara mientras sonreía abiertamente a Scalise-. Quizá le haga lo peor que sé.
    - Está bien -boqueó Scalise-. Está en la caja fuerte.
    Ahora lloraba, sus lágrimas caían sobre su destrozada muñeca cubierta de sangre. "Vaya tipo duro -pensó Bond-. Llorando como un bebé. Quizá jugando la carta de la compasión." ¿Cuanta gente había suplicado piedad a Scalise... justo antes de ser asesinados? ¿Cómo 003? M le había contado que 003, uno de los agentes veteranos más experimentados, había sido arrastrado por un automóvil en las afueras de Acapulco. Y Bond se lo había imaginado todo. Todo tenía sentido ahora. Scalise estaba en el cártel de la droga con Doberman.
    - Abra la caja fuerte, entonces, pez gordo.
    - Yo no puedo. Mi mano...
    Bond cogió el cuchillo de comando y usó su punta para golpear ligeramente las astillas de hueso que sobresalían de la herida de Scalise.
    El grito de Scalise fue para romper los tímpanos.
    Sollozando, se puso de rodillas y anduvo con dificultad hasta la caja fuerte. Una caja fuerte llena de dinero americano: billetes de cien dólares. Diversos papeles enrollados, escrituras de bienes raíces, un dossier y la fotografía en color de 003, y un itinerario de sus idas y venidas mientras estuvo de misión en Acapulco... y una copia de los planos. Bond mantuvo la copia a la luz y asintió para si. Esto era. La plegó, metiéndosela en un bolsillo de la chaqueta, luego llevó el dinero al balcón.
    Scalise, con los ojos abiertos, encontró fuerza a la vista de su efectivo, poniéndose de pie, y con un brazo colgando fláccido, se tambaleó hasta el balcón.
    - Bond... ¿qué está haciendo?
    Estaba casi oscuro en el balcón; unas estrellas comenzaron a centellear sobre las palmeras. La única luz llegaba desde la lámpara de la puerta. Una ligera brisa rozaba las cortinas en las puertas abiertas tras él.
    Scalise se inclinó, sus ojos fijos sobre el dinero.
    Bond sonrió.
    Scalise parecía delirar.
    Bond rompió la pequeña fajita del fajo de billetes con su cuchillo, abriéndolo, y comenzó a arrojar puñados de billetes verdes al aire.
    - Dinero sangriento -musitó Bond en voz alta-. Cuanto hay. Supongo que planeaba un viaje a los Estados Unidos.
    Los billetes eran atrapados por la brisa, elevados un poco, y luego revoloteaban como mariposas esmeraldas hasta el suelo tres pisos más abajo. Bond tomó un gran fajo de dinero y lo suspendió en el aire más allá de la barandilla.
    - Le diré qué... puede tener esto, Scalise, si viene y lo coge.
    Scalise se tambaleó hacia adelante, para agarrar el dinero; fracasó ciegamente en ello, medio inclinándose sobre la barandilla del balcón, intentando alcanzarlo. Bond dejó marchar el dinero, que flotó en una nube verde hasta el suelo, y luego, con un simple y veloz puntapié, envió a Scalise tras él.
    Scalise giró dando media vuelta, cayendo hasta golpear primero con la cabeza. Su cuerpo dio uno último y gran estertor, como si hubiera tocado un terminal eléctrico, luego quedó totalmente lánguido, para siempre; su sangre corrió para mezclarse con los puñados de billetes de cien dólares.
    - Esto es por 003 -siseó Bond entre sus dientes apretados.

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 -9-
El amor nunca es suficiente

    A primeras horas de la tarde del día siguiente, Bond y Leiter inspeccionaron la nueva lancha rápida Chris-Craft 312 SL de alto rendimiento, que había llegado al puerto de Puerto Vallarta por medio de un flete británico antes del amanecer. En dique seco durante dos años y originalmente construida por el departamento Q antes de ser disuelto, los diez metros de ligera nave estaban diseñados para la velocidad y la perfección; los Mercruisers  Cuatrocientos gemelos aseguraban una salida rápida y el casco en V proporcionaba un control incomparable con la mar picada. Modificada por el mayor Boothroyd antes de trasladarse a la C.I.A., la lancha llevaba sensores electrónicos y estaba protegida por una armadura ligera de silicio-aluminio.
    Leiter levantó dos grandes cajas hacia la lancha y subió tras ellas, sin apenas escorar la nave mientras subía a bordo. Bond levó anclas y dirigió el barco hacia el mar entre filas de veleros, barcos de pesca, yates a motor, y pequeños yates en el puerto.
    Alrededor de ellos se levantaba una espesura de mástiles desnudos como un bosque tras un incendio forestal.
    Navegaron lentamente por el paisaje marino, luego a mayor velocidad por mar abierto. Era un día bueno. El cielo azul estaba punteado con pequeñas nubes, y las olas apenas se levantaban. El Pacifico podría haber estado dormido. Era un día malo para los barcos de vela, pero un día bueno para las motoras.
    Dejaron una blanca estela a través de Bahía Banderas, rodeando los farallones, y viraron para seguir paralelos a la costa, dirigiéndose más o menos hacia el norte.
    Se sentaron en los envolventes asientos de la cubierta superior detrás del parabrisas igualmente antibalas, gobernando Bond. Leiter consultó un mapa, luego repasó la costa buscando los puntos destacados. Localizó una ensenada con forma de diamante marcada en el mapa, y sup
o que estaban cerca de la hacienda de Klaus Doberman.
    La costa se volvía más rocosa, menos abarrotada con casas de playa y muelles privados, hasta que no quedó ninguna señal de humanidad en absoluto; sólo ensenadas poco profundas intercaladas entre escabrosos acantilados. Sobre las ensenadas había empinadas colinas cubiertas de cactus. Aquí y allá los cactus eran interrumpidos por grupos de palmeras.
    Recorrieron la línea de la costa otros cuatrocientos metros, rodeando una gris protuberancia de tierra, y apareció a la vista el acantilado sobre el que estaba la fortaleza de Doberman.
    Desde este ángulo la mansión del rancho parecía casi un castillo medieval; tenía un torreón a cada lado -torres de piedra gris erosionadas y cubiertas de musgo- y un número de las anticuadas ventanas hendidas. Pero entre las dos torres había un tejado embreado sobre el cuerpo principal de la casa, rematado con una chimenea de aluminio. Bond no vió tragaluces... "malo: un tragaluz puede ser útil para un ataque." Una de las torres mostraba una chivata antena de radio de onda corta.
    La sombría fachada gris de la casa estaba construida en lo alto de un acantilado de Sierra Madre a doscientos metros sobre el batiente Pacífico verdiazul. Una escalera cortada en la piedra zigzagueaba bajando por el acantilado desde el muro de piedra rematado con alambre de espino del lado norte de la casa. La escalera terminaba en un malecón de asfalto cubierto con cantos rodados. El Buenaventura estaba anclado en el malecón, los paneles de sus escotillas tapados con lonas. Flotando ociosamente a su lado como un corcho al final del sedal de una caña de pescar había un ligero hidrocóptero Scorpion unipersonal de cuatro metros. Un único guardia estaba sentado en una silla de lona sobre el yate, con el rifle sobre su regazo, escuchando soñolientamente un Walkman Sony.
    Justo bajo el tejado de brea había un balcón que parecía como si hubiera sido agregado recientemente, sus piedras y cemento tenían un tono diferente del resto. Tres hombres y una mujer estaban sentados en el balcón alrededor de una mesa blanca de metal. Estaban demasiado alejados de Bond para estar seguro, pero él pensó que uno de los hombres era Chen, a juzgar por la yukata negra que vestía.
    - ¿No crees que nos verán si nos quedamos aquí un tiempo? -musitó Leiter en voz alta mientras cortaba el motor y dejaba la lancha a la deriva.
    - ¡Oh, quiero que nos vean! Al barco, de cualquier manera. Eso es parte de la estrategia, Felix -Bond sonrió abiertamente, disfrutando del malestar de Leiter. Leiter había comprendido que alguien en la casa sobre el acantilado les podía localizar mediante binoculares, e, identificando a Bond, podría comenzar a dispararles-. No te preocupes, Felix. Muchos barcos como este van de un lado a otro de la costa. Ellos no comenzarán a disparar hasta que estén bastante seguros de que soy yo. No quieren atraer atención sobre la casa.
    Bond fue abajo, y regresó con los binoculares compactos. Ajustó el filtro anti-reflejos, luego enfocó el pequeño instrumento óptico hacia el balcón.
    - Ese es Chen, correcto. Cabrón de piel amarilla... Y ese es Doberman con el pelo blanco y el parche negro sobre su ojo. ¿Quién es el mejicano grande vestido con uniforme de policía?
    Bond pasó los binoculares a Leiter.
    - Ese es el Comandante Primero José Maldonado, de los Federales. Es conocido como "Gatillo" por amigos y enemigos -respondió Leiter severamente-. Mis fuentes me han contado que es él quien realmente golpeó a Bill hasta que quedó inconsciente y entonces le secuestró del consulado.
    Bond frunció el ceño y arqueó una ceja.
    - ¿Me estás diciendo que los primeros informes de inteligencia del secuestro de que Bill detallaban el uso de hombres vestidos como agentes de policía estaban equivocados?
    - Eso me temo, James. Maldonado está comprado y pagado por nuestro Mr Doberman -dijo Leiter, devolviendo los binoculares a Bond-. Después de la desaparición de Bill, Maldonado depositó 250.000 dólares en un banco de El Paso.
    Los gestos de Doberman y Chen eran airados, impacientes. Maldonado era suficientemente listo para no discutir. La mujer, cuya espalda daba a Bond, asentía repetidamente.
    - ¡James! -interrumpió Leiter apresuradamente-. Desecha ese tonto plan tuyo que estás incubando en tu mente, por favor, viejo compañero... ¿estás pensando en usar un rifle de francotirador y matar a Doberman desde aquí? Pues si lo haces, los otros devolverán el fuego.
    - El barco es a prueba de balas -respondió Bond, sonriendo.
    - Pero yo no, James. Además, el barco se balancea, así que probablemente fallarías.
    - No fallaría. Pero tienes razón, tendré que hacerlo por lo difícil -Bond apartó los binoculares-. Saca el micrófono direccional, Felix, ¿quieres?
    Bond dirigió la barca, moviéndola lentamente, tan cerca como se atrevió. Cortó el motor, dejó caer el ancla, y fue a ayudar a Leiter a instalar el micrófono de vigilancia.
    Era un largo instrumento gris, parecía casi como un arma antitanque cargada.
    - ¿Sabes como se usa esta maldita cosa, Felix?
    - ¿Sabe un tiburón cagar en el mar? -el micrófono estaba conectado por un cable a una caja negra. Dos equipos de micrófonos, capaces de recoger lo que un hombre hablara en un susurro a través de la longitud de un campo de fútbol, si el micrófono estaba apuntado directamente a ese hombre. Leiter lo apuntó al balcón, giró algunos botones, escuchando por los auriculares, y entonces asintió-. Lo he conseguido, James.
    Bond se puso otro par de auriculares. Las condiciones para el curioseo electrónico a larga distancia eran perfectas: el sonido llegaba fácilmente por el agua, y el viento era bajo, el océano tranquilo. Perdían algo de la conversación por los gritos ocasionales de una gaviota o el retumbar de un fueraborda pasando, pero la mayoría llegaba con tal espeluznante claridad que Bond se sentía ante la blanca mesa de metal junto al codo de Chen.
    La voz de Chen:
    - Señor, usted me ha pedido mi recomendación. Cuando se la di, usted la ignoró. Comprendo que sería un inconveniente dejar el área, pero sería más inteligente. La reunión podría aplazarse y reprogramarla en algún otro lugar, ¿bien? Estoy seguro de que la Mayor podría...
    - ¿"Inconveniente" dice? -espetó Doberman. ¡No es un inconveniente! -la voz subió a un tono agudo-. ¡Es un insulto! ¡Ya he sido empujado suficiente! ¡Suficiente! ¡Fue una gran vergüenza huir de las Bahamas, una gran vergüenza huir de Colombia! ¡Basta de huir! ¡Klaus Doberman tomará una posición!
    Chen suspiró.
    - Sí, por supuesto. Y usted ha dedicado mucho a este lugar. Pero usted no conoce a James Bond como yo. Toda su fortificación no va a asustarle.
    Hubo unas susurradas, amortiguadas palabras de la mujer mientras ella asentía de acuerdo, luego hubo un estrépito cuando un sirviente colocó una bandeja con bebidas sobre la mesa.
    - Señor -la voz de Chen nuevamente- una semana de retraso no...
    - ¡Nos quedamos!
    - Bien. Bien... Entonces, Mayor, necesitamos más hombres.
    Bond escudriñó a través de los pequeños prismáticos de campo una vez más. El "Mayor" era la mujer. Su pelo era oscuro, castaño, y ella lo llevaba hasta los hombros. Sus brazos desnudos y sus manos tenían una cualidad de reposo, y la impresión general de restricción en su apariencia y movimientos era llevada incluso a las uñas de sus dedos, que estaban sin pintar y cortadas. La falda verde oscuro y blusa a juego era un uniforme inmaculado. Ella encendió un cigarrillo y lo fumó sin afectación, aspirando el humo profundamente en sus pulmones con un pequeño suspiro y luego exhalándolo distraídamente por labios y nariz.
    Bond estaba excitado e intrigado por su compostura. Además, al mismo tiempo sentía una vaga inquietud.
    - ¿Más hombres? -dijo Doberman irritado-. ¡Pero usted dijo que Bond trabaja solo! ¡Él está sólo! ¡Ya hemos asignado seis hombres, Mayor!
    - "Trabaja solo..." ¡y una mierda! -gimió Felix Leiter.
    - ¿Cuántos hombres más? -exigió Doberman.
    - Por lo menos diez.
    - ¡Diez! ¡Eso hará dieciséis!
    - Simplemente no corra riesgos con James Bond, camarada Doberman -respondió la mujer, sonando malvada pero tierna.
    Bond inmediatamente reconoció la voz como rusa. La voz también sonaba familiar. Doberman sacudió su cabeza.
    - Cuatro es todo lo que se necesita, Mayor. Y ninguno más.
    Bond sonrió. "Eso está bien, Doberman. Sé sensato. Mantén la ventaja baja para mí."
    - Dos días -dijo la mujer-, hasta que el General Gogol llegue desde Moscú para nuestra reunión. Recomiendo fuertemente que tenga a Mr Bond neutralizado antes que él comprometa nuestras operaciones conjuntas, camarada Doberman.
    Bond ubicó repentinamente la suave voz: Mayor Anya Amasova, su número opuesto en el Departamento Viktor, anteriormente SMERSH, el núcleo oscuro del Servicio Secreto Soviético en el corazón del KGB.
    - Doberman ha acumulado una buena fortuna para sí mismo, Felix -caviló Bond en voz alta. ¿Para qué necesita ahora la KGB?
    - No sé por qué los rusos y Doberman duermen en la misma cama -contestó Leiter-. Pero es bastante obvio que la Mayor te quiere muerto. Infiernos, cuando preocupas lo suficiente, te envían lo mejor.
    Bond rió y le lanzó un gesto obsceno con el dedo medio de su mano derecha.
    - No se inquiete por ese hombre Bond, Mayor Amasova -continuó Doberman-. Tengo su fotografía circulando por todos los hoteles del área y he localizado donde está instalado. Entiendo que tiene una novia allí. Si la cogemos...
    Bond juró, y se arrancó los auriculares de su cabeza.
    Corrió al ancla, la levó, luego encendió el motor.
    El rugido súbito del motor hizo que el grupo del balcón mirara hacia la barca.
    - ¡Nos han localizado! -gritó Leiter, arrojando su par de auriculares a un lado.
    Bond giró el barco en un arco cerrado y lo dirigió de regreso al puerto. Los cabrones podrían haber conseguido ya a Lotta, su corazón palpitaba.
    Aplastó el acelerador. El barco saltaba y salpicaba mientras se alejaba como un rayo de la fortaleza.
    Balas rebotaron contra la mitad derecha del parabrisas.
    - ¡James -gritó Leiter-, realmente me disgusta ser forzado a esforzarme así! -devolvió el fuego con un rifle que había sacado de la cabina.
    Balas se clavaron en la cubierta, escupiendo astillas, pero rebotaron en el cuerpo acorazado.
    Después quedaron fuera de tiro.
    - ¿Has dado a alguno de ellos, Felix? -gritó Bond.
    - No... no soy el tirador que tú eres, James. Afortunadamente, fue algún alguien diferente de tu amigo chino o la rusa quien nos disparó... ellos parecían estar demasiado ocupados discutiendo con Doberman. ¿Ahora qué?
    - Encontrar a Lotta. Rápido.

 

* * * * * *

    Después de dejar a Leiter en el puerto con el barco, y conducir el Porsche imprudentemente rápido, eran casi las cinco antes de que Bond llegara conduciendo hasta la Posada La Brisa. El aparcamiento estaba escasamente poblado así que no le llevó mucho tiempo el determinar que el pequeño Spyder blanco convertible de Lotta no estaba allí. "Quizá... quizá ella está bien, está fuera en algún lugar, nadando o navegando. Quizá ellos no la han cogido. O quizá se la han llevado en su automóvil, obligándola a conducir alejándose del hotel para ser menos perceptibles mientras se la llevaban. Quizá ella está muerta ahora. Como Tracy."
    - Maldición -murmuró Bond, aparcando apresuradamente el Porsche.
    Corrió hacia el hotel, pensando: "Debería haber usado otro lugar como base local... quizá alquilar una "casita" en alguna parte. No debería haber pasado tanto tiempo con ella. Debería haberle dicho que no podía verla hasta que mi misión hubiera terminado. Debería haber comprendido que ella podría estar en peligro. Debería..."
    Apartó los lamentos de su mente y preguntó al viejecito mejicano del mostrador principal:
    - ¿Ha visto usted a Lotta... la hija del propietario?
    - "Sí, señor" . Ella fue al centro de Vallarta hace una hora. Ella dijo que quería recoger algo -sonrió con conocimiento.
    Pero Bond se había dado la vuelta y lanzado hacia la puerta. Saltó a su automóvil, devolvió al cansado motor a la vida, y salió quemando las llantas. Rugiendo recorrió la estrecha y curvada carretera secundaria, pensando: "Puerto Vallarta, ella ha ido a la ciudad. Prueba primero en el vinatero. Ecuéntrala y llévala al algún lugar seguro. Así no sucederá de nuevo. Otra vez no... no como Tracy." Bond rehusó considerar aquello...
    La Beretta era un peso amistoso contra sus costillas bajo su brazo izquierdo, y por supuesto, el propio Porsche era una preparada y formidable armería.
    Las palmeras pasaban zumbando, las curvas gritaban avisos a las ruedas que se quemaban mientras las tomaba sin decelerar. Se desviaba dentro y fuera de los ocasionales atascos de tráfico... y entonces, en un largo tramo desierto de la carretera, vio el Spyder blanco de Lotta. Venía hacia él. Pudo verla tras el volante, la capota bajada para que el viento agitara su pelo hacia atrás. Durante un momento se sintió hondamente aliviado... hasta que vió el gran sedán azul.
    El sedán estaba detrás de ella, alcanzándola rápidamente.
    Ella sólo estaba a unos cien metros del Porsche de Bond y la distancia se reducía. Pero en un intervalo de segundos el sedán azul llegó a la altura del convertible de Lotta, girando bruscamente el volante, chocando con su parachoques izquierdo contra la puerta del conductor del Spyder. El impacto casi la lanzó hacia el parabrisas. Ella gruñó, recibiendo un golpe en sus pechos contra el volante mientras el pequeño automóvil se desviaba hacia la cuneta. Este se detuvo, medio metido en el canal de drenaje, la rueda derecha trasera girando en el aire. El motor emitió humo azul.
    Mientras Bond aplastaba con su pie el acelerador, tuvo un vislumbre de un hombre mejicano en el lado del pasajero del sedán apuntando un subfusil ametrallador Heckler and Koch 53 hacia el destrozado automóvil de Lotta.
    Viendo el reflejo de un arma por el rabillo del ojo, ella se tumbó hacia la derecha, por debajo del nivel del salpicadero. El subfusil ametrallador vomitó fuego y plomo. El cristal del parabrisas destrozado por las balas llovió sobre ella.
    Bond tuvo que desviar el Porsche bruscamente para evitar golpear frontalmente al sedán azul. Había dos hombres en él... eso fue todo lo que pudo captar mientras chirriaba al pasarles. Detuvo el Porsche violentamente, dando entonces un brusco viraje de 180 grados, girando para encarar al vehículo enemigo: como un toro que se vuelve para cargar contra un "matador" .
    Durante un nauseabundo momento vio a Lotta levantarse del convertible y luego vio al mejicano apuntar el subfusil ametrallador una vez más hacia lo qué parecía ser un blanco fácil.
    - ¡Abajo! -gritó a nadie salvo a sí mismo-. Aba...
    Vio la segunda explosión del subfusil ametrallador volar lo que quedaba del cristal del parabrisas y desgarrar los asientos. El hombre disparó tres veces más... pero Lotta se lanzó hacia la cuneta. El mejicano del sedán azul fue superado por los instantáneos reflejos de Lotta.
    Para Bond, no había más tiempo que perder. Rápidamente frenó el Porsche por completo; cara a cara con el sedán azul. El hombre con el subfusil ametrallador fue distraído por el extraño comportamiento del Porsche, lo que, a su vez, dio a Bond los pocos segundos que necesitaba.
    Su pulgar estaba sobre el encendedor del salpicadero.
    El macizo y barrigudo mejicano salió fuera del sedán azul, con sus gruesos brazos tatuados levantados y apuntando al Porsche con el subfusil ametrallador.
    Siete, contó Bond.
    El Mejicano avanzó hacia adelante.
    Seis.
    El conductor le gritó disparándole.
    Cinco.
    La munición del subfusil ametrallador gimió contra el tintado cristal antibalas.
    Cuatro.
    Bond sonrió.
    El hombre frunció el ceño y se encogió de hombros ante el conductor.
    Tres.
    El subfusil ametrallador resonó una vez más con idénticos resultados.
    Dos.
    El hombre se enjugó el sudor de sus ardientes ojos.
    Uno.
    - Hijos de puta -murmuró Bond, sujetándose mientras pulsaba el encendedor, que en realidad era el botón de descarga para disparar los misiles gemelos rastreadores de calor.
    Saliendo como rayos desde los sistemas de lanzamiento detrás de los focos delanteros , los misiles arrancaron hacia el gordo mejicano y el sedán azul.
    Bond se concentró tan fuerte que se mordió su labio inferior. Y sintió contraerse su estómago contra su espina dorsal al ver la sorpresa estupefacta en la cara del gordo mejicano cuando los pequeños cohetes salieron hacia adelante.
    La última emoción el hombre sentiría jamás.
    Una columna de fuego naranja estalló en una bola de fuego, la onda de choque empujó al Porsche.
    La metralla destrozó el pequeño Spyder. Mellados trozos de cristal y metal cayeron desde el cielo entre humo y llamas.
    Dos automóviles habían aparecido por el camino en dirección a la batalla y la explosión final; ambos se detuvieron en la curva y comenzaron a retroceder.
    Bond salió fuera del Porsche sacudiendo su cabeza y corriendo hacia Lotta. Ella estaba magullada, y tenía un pequeño corte sobre su mejilla derecha, pero a excepción de estar sacudida, había conseguido escapar fácilmente. Ella se precipitó en brazos de Bond, y él dijo:
    - Por favor, perdóname, Lotta. Todo es culpa mía.
    Ella sacudió su cabeza. Sus lágrimas caían cálidas y húmedas sobre su brazo.
    - Sácame de aquí.
    Y entonces ella lanzó su cara contra la de él y lo besó una vez fuerte y largo en los labios, con una fiera pasión que exigía sexo. Pero, cuando los brazos de Bond estaban alrededor de ella y él comenzaba a devolver su beso, ella repentinamente se puso rígida.
    - Escúchame, maldito -dijo ella ardientemente-, ahora estoy implicada y vas a explicarme todo. ¡Y quiero decir todo!

* * * * * *

    A kilómetro y medio de distancia, uno de los helicópteros Bell AB47G verde oliva de Klaus Doberman se desplazaba siguiendo la tortuosa carretera secundaria, rozando las copas de los árboles.
    Dentro de la rotaria aeronave, la Mayor Amasova estaba sentada en el asiento de atrás, cubriendo sus ojos del deslumbrante sol con su mano. Fuji Chen estaba sentado en el asiento del acompañante. Un par de binoculares de alta potencia colgaban alrededor de su cuello. Tamborileó con sus dedos sobre el salpicadero del helicóptero mientras revisaba la relativamente aislada extensión de carretera bajo él, estirando su cabeza a la izquierda y después a la derecha, escuchando. Repentinamente creyó haber visto algo adelante e hizo una señal al piloto para subir más alto y sobrevolar.
    Chen no necesitó sus binoculares para ver estallar al sedán azul con furia e intensidad, acompañado por un hongo de fuego. Golpeó con su puño en la palma de su mano derecha, rehusando admitir por un solo momento la derrota.
    - Mr Bond está probando ser un digno adversario -los finos y crueles labios de la Mayor Amasova se separaron en una maliciosa sonrisa-. Es bastante obvio que sus boy-scouts de tercera clase no pueden ocuparse de él. Ahora es el momento de que auténticos profesionales eliminen a 007. El tiempo es esencial y no pueden tolerarse más vergüenzas.
    Chen apretó su mandíbula. Odiaba a esta zorra rusa y esperaba poder ocuparse de ella tan pronto como fuera posible en el futuro. Dejaría que los rusos se ocuparan de Bond y le mantuvieran ocupado hasta que Chen pudiera conseguir lo qué había venido a buscar. Los rusos mantendrían a 007 distraído lo suficiente para que la muchacha quedara sola. Esas eran las órdenes de Chen: asegurarse de conseguir a la muchacha. Si cogía también a Bond, tanto mejor. Pero si no podía, bien... una vez tuviera a la muchacha, Bond estaría neutralizado. Por lo menos eso era lo que pensaba Doberman.
    Chen enfocó los binoculares hacia el Porsche negro que huía e instruyó al piloto para seguirle lentamente a una distancia segura.
    La imperturbable cara de la Mayor Amasova contradecía el fervor sanguinario de sus ojos, que ella enmascaraba con las gafas de sol de aviador. Aunque Bond y la muchacha habían sido hábiles escapando de los hombres de Chen, ella estaba más convencida que nunca de que la muerte de 007 era inevitable, ya que ella había anticipado cada uno de sus movimientos. Bond no era rival para ella, pero tenía que agradecerle el dar a "la caza" una emoción inesperada.

* * * * * *

    - ¿Estas segura de que nadie salvo tu primo sabe que ocultaste mis juguetes en este lugar? -preguntó Bond mientras entraban en la "casita".
    - ¡Juguetes! -exclamó Lotta-. No hables de ellos así. Son para matar y... -ella hizo una mueca de dolor-.
    Ella no había asumido la violencia que había presenciado en la autopista. Había pavor y un poco de miedo en sus ojos cuando ahora miraba a Bond. Él lamentó eso.
    - Tienes razón -dijo él-. Están lejos de ser juguetes. Pero después de haber estado en esta profesión tanto como yo hablarías de estas cosas... uh... despreocupadamente. Bromeas sobre ello. Quizá así puedes vivir con ello... No me avergüenzo de lo que hago. "Sé", de algún modo -en mis tripas, intuitivamente, como sea- sé que nunca he matado a un hombre que no se lo mereciera -él se encogió de hombros-. No has contestado a mi pregunta sobre... -dio una patadita a las cajas en medio del polvoriento suelo de madera; un ratón correteó hacia un agujero de la pared, asustado por el ruido.
    - Nadie sabe nada de ellas. Excepto mi primo -ella sonrió débilmente-. Él piensa que este es mi propio almacén de champagne porque mi papá no les deja que me den mucho. Destrocé un automóvil y me rompí una pierna una vez que estuve borracha, y desde entonces... -ella suspiró. Pero a ella se le iluminó la cara un momento después, diciendo-: ¡Oh, he conseguido champagne! -ella tocó la lona sobre su hombro-. Había estado antes en Vallarta... -su cara se arrugó, lágrimas rebosaron en sus ojos, ella comenzó a sollozar-. Lo lamento. He intentado no pensar sobre ello, pero...
    Bond la tomó en sus brazos.
    - Sé que fue pavoroso. Pero créeme, esos tipos iban a matarte. Quizá te hubieran mantenido primero prisionera, pero eventualmente Doberman te habría puesto sus manos encima. Has oído hablar de él. Sabes como es. Quizás no me creas, pero...
    Ella tomó una larga y nerviosa inspiración y dijo:
    - Te creo. Mi primo mencionó un rumor sobre un hombre que vive sobre el borde de las montañas: nadie lo ve salvo cuando salen en barco. Piensan que debe estar loco.
    Bond frunció el ceño.
    - Ese es Doberman: inteligente y trastornado a la vez, como todos los psicópatas. Suficientemente hábil para eludir a los oficiales del departamento anti-drogas docenas de veces, suficientemente estúpido para rehusar trasladarse desde su rancho en la montaña -él tomó los hombros de Lotta en sus manos y la mantuvo a poca distancia de él para poder mirarla a los ojos-. No voy a dejar que los cabrones te cojan. Estás segura conmigo, Lotta. Tienes que creerme.
    - Te creo, James -sonrió, y parecía que sinceramente lo hacía.
    Él deseó estar tan seguro como lo estaba ella.
    Bond miró a su alrededor evaluando. Era una "casita" con dos salas: una sala principal con una cocina, y un cuarto de baño. Estaba vacía a excepción de las cajas, cubierta de polvo y telarañas, pero aparte de unas cuantas ratoneras estaba intacta. Había una chimenea frente a la puerta. Probablemente no tenía agua corriente, pero estarían cómodos durante la noche. Se habían detenido en el hotel para conseguir sacos de dormir y algunas otras cosas. No podían permanecer en la Posada La Brisa: Doberman enviaría un equipo de seguimiento allí, y pronto. Se ocultarían allí durante la noche, hasta que Bond pudiera pensar en algún lugar que pudiera ser a la vez cómodo y seguro. Lo mejor que podría hacer era enviar lejos a Lotta... pero entonces Doberman la podría rastrearla, y Bond no sería capaz de protegerla. "Quizá Felix pueda arreglar algo. Mañana."
    Bond fue a la ventana. La luz del sol del atardecer entraba a través de una especie de enfermizo cristal amarillo verdoso: estaban en una hondonada, rodeados por cactus, con palmeras circundándoles en la parte superior de la ladera: "No es una posición muy defendible", pensó Bond. La luz del sol se volvía más roja mientras observaba, teñida de verde porque se filtraba a través del mar de cactus que casi se tragaba la "casita". Las plantas espinosas eran más altas que la "casita" en algunos lugares, con firmes, afiladas y puntiagudas espinas tan gruesas como la muñeca de un muchacho. El único acceso a la "casita", a menos que se atravesaran los cactus, era por el estrecho y sinuoso sendero polvoriento en medio de la hondonada hasta la puerta delantera. Pero Chen podría lanzar granadas sobre el lugar desde arriba, o acribillarlo con fuego de un rifle de alta potencia desde la cima de la cadena... Chen tendría el mejor equipo.
    Aún así, Chen tendría que encontrarles primero.
    Bond se volvió, estaba un poco sorprendido de ver Lotta mirando fijamente su pierna izquierda.
    - Me contaste que los vendajes de tu pierna estaban allí porque te habías raspado contra algunas rocas, nadando -dijo.
    - Lamentó haberte mentido sobre eso. Estaba intentado protegerte.
    - ¿Es... es grave?
    - No. Unos pocos perdigones de uno de los hombres de Scalise. Tuve suerte: fallaron la mayor parte del disparo. Pica un poco, eso es todo.
    Ella continuó mirando a su pierna. Él pensó que ella podía llorar de nuevo.
    - Hey, Lotta, ¿te vas a derrumbar sobre mí? Me has dado una gran conferencia sobre lo duras que son también las mujeres, y como no debería asumir que son una carga, ¿correcto? Entonces...
    - Estoy bien -dijo ella con un toque a la defensiva.
    Ella fue al único armario, encontrando una escoba, y comenzó a barrer la alfombra de polvo del suelo frente a la chimenea. Limpió un lugar para que pudieran dormir.
    - Conseguiré algo de leña. Todavía hace frío después de oscurecer.
    Había una pila de leños en el porche delantero. Bond trajo una brazada al interior y encendió un fuego. Habían traído queso y galletas de la Posada La Brisa. Se sentaron con las piernas cruzadas sobre sus sacos de dormir frente al fuego, comiendo y mirando las llamas.
    El genio de Lotta se suavizó. Bond deseó poder sentirse tan romántico sobre esto como debería -solo con una hermosa joven en una "casita" frente a un fuego ardiente- pero sus pensamientos seguían derivando hacia Chen. ¿Vendría Chen tras él, o esperaría a que Bond atacara?
    Al cabo de un rato -después de que hubieran bebido la mitad del Pommery directamente de la botella- Lotta se inclinó y besó su mano. Ella pasó su lengua sobre sus nudillos cicatrizados, luego tomó dos de sus dedos entre sus labios, comenzó a chuparlos suave y sugestivamente de una forma que le hizo olvidar estrategias de combate por un rato.
    Ella le arrimó un brazo, bajo su pecho, todo el tiempo con su mano trabajando para desabrocharle sus pantalones. Ella bajó su cabeza hacia las caderas y él sintió sus labios deslizarse estrechamente sobre su masculinidad dura como el hierro. El se retiró y la presionó contra los sacos de dormir. Él deslizó su mano bajo el vestido. Sus dedos se cerraron sobre la preciosa seda y él la retorció, estirando sus manos hacia atrás. La seda se desgarró como papel de seda bajo los dedos de Bond. Con su otra mano él desgarró su sujetador y así sus espléndidos y perfectos pechos saltaron con súbita liberación. La luz del fuego caía como vacilantes dedos sobre esos boyantes y dorados globos; eran como rayas de tigre sobre su piel morena. Sus arrugados pezones se endurecieron para erguirse cuando él pasó la punta de su lengua sobre ellos, como bayas volviéndose maduras y dulces en segundos. Él hundió sus dientes en ellos -no lo suficientemente fuerte para sacar sangre- y ella gimió, retorciéndose en la mezcla extática de pequeños dolores y grandes placeres. Ella separó sus piernas como invitación...
    Una extraña mezcla de placer y dolor destelló en su mente mientras él empalaba su feminidad con su virilidad: imágenes de Tracy yaciendo ante él con su cara enterrada en las ruinas del volante. Su pañuelo rosado se había soltado y su acampanado pelo dorado colgaba y ocultaba su cara. Él puso su brazo alrededor de sus hombros, sobre los parches oscuros de sangre que habían comenzado a brotar. Su cabeza se hundió contra la suya y él susurró en su pelo: "Verás, tenemos todo el tiempo del mundo." Entonces Bond imaginó a Tracy antes de que Blofeld le disparara mortalmente en la Autobahn... esperando en el gran lecho doble, con una sencilla sábana cubriéndola hasta su barbilla. El hermoso pelo diseminado justo como alas doradas, sus ojos azules ardiendo con fervor... Imaginó su salto al cuello de Blofeld, agarrándolo con ambas manos. Durante un momento, las sudorosas caras de los dos hombres estuvieron casi la una sobre la otra. Bond presionó con sus pulgares y sintió los dedos de Blofeld y las uñas arañando su cara, intentando alcanzar sus ojos. "¡Muere, Blofeld, Muere!"
    Y repentinamente la lengua estaba fuera y los ojos en blanco y el cuerpo deslizándose hasta el suelo. Pero Bond seguía arrodillado, sus manos acalambradas alrededor del poderoso cuello, sin ver nada, sin oír nada, en una presa terrible de ansia de sangre... Bond abrió sus ojos para ver a Lotta agitarse bajo él, murmurando: "Más duro, James... más fuerte..."
    Después, mientras yacían empapados relajándose, escuchando al decreciente crujido del fuego, ella dijo:
    - James, tienes una manera rara de hacer el amor.
    - ¿Rara? -fingió, humorísticamente, estar ofendido-. ¿Qué tiene de rara?
    Ella rió.
    - Quiero decir... diferente. Porque es muy agresivo, pero... pero muy tierno a la vez. Muy amable. Tú nunca realmente me lastimas... sólo justo lo suficiente. La mayoría de los hombres son o demasiado rudos o demasiado tiernos.
    - Gracias, querida mía. Pero se necesitan dos para un tango -entonces él acarició su pelo suavemente-. Lotta, no te culparía si nunca quisieras volver a verme. Podría ser más seguro. Más seguro para ti. Quiero decir, mi tipo de vida...
    El se encogió de hombros.
    - No me importa lo que hagas. Tienes un alma buena. Puedo sentir eso. Tú estás en este mundo por una razón, James Bond. Eso lo sé... siempre he tenido un fuerte sexto sentido. Y...
    Ella se acurrucó contra él.
    - ¿Y qué?
    - Y... Te quiero -cuando él no respondió, ella dijo-: Y tú, ¿qué sientes por mí?
    Como respuesta, él la besó. Fue un beso que decía mucho. Esperaba que fuera suficiente. Pero para las mujeres, nunca había suficiente.

____________________
 -10-
El último buen beso

    Bond abrió la puerta suavemente y entró en la "casita". Se detuvo en la obscuridad durante un momento, escuchando. Los únicos sonidos eran los correteos del ratón, el tímido chasquido del rescoldo agonizante en la chimenea, y la regular respiración de Lotta. "Bien, ella esta dormida todavía." Tan silenciosamente como pudo, colocó sus herramientas sobre el suelo, luego comenzó a ensamblar una de las armas de una caja que había abierto antes. Lo hizo silenciosamente en la oscuridad, al tacto. Él conocía el arma.
    Era un subfusil ametrallador Smith & Wesson M76, calibre 9X19mm. Pesaba unos cuatro kilos y medio. Con un cañón de cuarenta y tres centímetros, toda el arma medía setenta y cinco centímetros montada. Velocidad de salida de 400mps. Enfriado por aire y con sistema blowback . Bond tenía una versión silenciosa, personalizada por el mayor Boothroyd, con empuñadura de pistola negra de nylon de la era espacial y parte delantera ventilada hasta el cincuenta por ciento del cañón, lo cual permitía disparar continuamente incluso con un cañón caliente. El subfusil ametrallador podía dispararse desde cualquier posición sin preocuparse por que los calientes casquillos de cobre golpearan al tirador cuando se expulsaran. No obstante la propensión Bond para colgar del revés de un helicóptero, el arma no atrajo su atención hasta una misión en Marruecos, debido a la preocupación de ser escaldado por la munición gastada.
    Bond no tenía ninguna razón definida para esperar problemas. Sólo escuchaba a sus sentidos. La experiencia pasada le había enseñado que el peligro raramente se acercaba sin excitar una terminación nerviosa en algún lugar. Por ello Bond había instalado alarmas y trampas a lo largo del sendero hasta la "casita". Por ello había ensamblado la Smith & Wesson M76 y sacado sus gafas de campo infrarrojas. Por ello intentaba permanecer despierto, cansado como estaba, toda la noche, para proteger a Lotta. La tonta, leal, Lotta de cuerpo dorado.
    Bond se inclinó sobre Lotta y la miró, su cara era sólo parcialmente visible, aun más dorada de lo usual al resplandor del rescoldo agonizante; sus labios estaban ligeramente separados; un pecho aparecía por la apertura del saco de dormir, ella dormía sobre un lado; la cabeza sobre su brazo.
    Bond sonrió.
    Fue a la bolsa de lona de cachivaches, buscando la dura linterna MagCharger y el termo de café. Podría ser una larga noche.
    Caminó suavemente hasta la ventana abierta, sentándose sobre el suelo bajo ella, con las piernas cruzadas al estilo indio, el alféizar justo bajo el nivel de sus ojos. Había un pálido claro de luna, justo lo suficiente para ver los caracoles seguir el tortuoso sendero entre los altos bancos de cactus. Mientras subían por cada lado del sendero, estos parecían en la oscuridad como olas oceánicas a punto de estrellarse mantenidas para siempre en suspensión.
    Bond sorbió café solo, escuchando a los insectos y el susurro de pequeños animales en la maleza. Y escuchando ruidos que no les pertenecieran. Cuarenta y cinco minutos después de la medianoche, oyó uno de esos ruidos.
    Un hombre maldiciendo.
    El tenue sonido del desgarro de la manga del abrigo de alguien en una espina de cactus. Otra maldición. Una voz diciendo al primero que cerrara la boca... en ruso.
    Bond frunció el ceño. Después de sus exitosas tácticas de diversión contra los hombres de Doberman en la carretera, él había esperado que la Mayor Amasova movilizaría a sus agentes de la KGB para lo que ella esperaba sería el enfrentamiento final con el espía británico.
    Se encogió de hombros, y levantó las gafas hasta sus ojos, presionando el interruptor de visión nocturna. La escena se transformó en una imagen negativa de rojos y amarillos y azules. Vio las siluetas de tres hombres y una mujer, como fantasmas sanguinarios, con brillos rojos, a unos cincuenta metros, en la curva del sendero. Portaban las arquetípicas AK-47 soviéticas y rifles automáticos AKM, un subfusil ametrallador PPSH41G y una pistola Marakov de 9mm, moviéndolas rápidamente a cada ruido brusco mientras se agachaban. Bond sospechó que podía haber dos o tres agentes más en la subida hacia la "casita".
    Bond suspiró y se dirigió sin hacer ruido hasta la chimenea y se inclinó sobre una rodilla al lado de Lotta.
    - Hey, nena -sacudió su hombro.
    - ¿Mm?
    - Será mejor que despiertes rápido. Ten, toma algo de café.
    - ¿Qué? -ella se sentó, aceptando la taza de plástico de café-. ¿Qué pasa?
    - Tenemos compañía. Y no creo que sea la dama de Avon.
    Él le entregó la Beretta.
    - ¿Sabes como usarla? -preguntó Bond.
    - Sí. Mi primo me enseñó a usar pistolas. No soy muy buena con un arma, pero puedo dispararlas.
    - Espero que no tengas que hacerlo. Vístete y ve al cuarto de baño. Si la puerta puede obstruirse, hazlo. Hay un ventanuco en la parte trasera del cuarto de baño. Si las trampas del lugar se disparan o ellos me pillan y entran a por ti, sal por la ventana.
    - ¡Pero está cubierto de cactus llenos de espinas por ahí!
    - Lo sé, Lotta. Por eso ellos no vendrán por ahí. Pero es una emergencia, hazlo. Toma el saco de dormir y este palo: podrás usarlos para evitar la mayor parte de las espinas. No será divertido, pero podrás deslizarte de esa manera. Si reptas por el suelo, a veces hay túneles, como bóvedas hechas por los brazos de los cactus.
    Él la acercó, aplastando sus senos contra su pecho y besándola sin respirar.

* * * * * *

    Los ojos de la Mayor Amasova estaban al rojo vivo de rabia cuando iluminó con la linterna el pecho del joven. Tenía una única flecha de ballesta de acero inoxidable que sobresalía del esternón del agente del KGB. Yacía sobre su espalda, boqueando, los ojos abiertos mirando hacia las espinas. Después de un minuto o dos dejó de boquear mientras sus ojos se oscurecían. La Mayor Amasova buscó y le cerró los párpados...
    Hubo un movimiento en los cactus.
    La Mayor Amasova fatigadamente suspiró y apagó la linterna, escuchando. Ella no oyó nada más, pero había habido el revelador crujido de algo moviéndose entre los cactus.
    "¿A través de los cactus? No es posible. ¡Bond sería estorbado, cortado en pedazos!"
    La Mayor Amasova se volvió e hizo gestos a su pequeña banda de agentes de la KGB, y luego calmadamente encendió un cigarrillo, imperturbable, aunque ansiosa de la sangre de Bond.
    Bond estaba tumbado sobre su estómago bajo una bóveda de cactus, a una docena de metros al oeste del sendero. Él había dejado las gafas de campo atrás, porque eran demasiado engorrosas para reptar entre los cactus con ellas, pero podía ver a los dos hombres y a la mujer en el sendero, formas agachadas a la luz de la luna, el débil brillo del metal de las armas en sus manos.
    La mujer -Bond podía distinguir su género por su perfil demasiado familiar -, con el subfusil ametrallador en sus manos, sería la Mayor Amasova.
    Bond consideró dispararles una ráfaga inmediatamente, ya que iban en grupo. Pero a esta distancia no podía estar seguro de abatirles a todos; podrían ver destellar la boca de su arma y devolver el fuego; y uno de ellos podría escapar y traer agentes de refuerzo contra él. Bond prefería ocuparse de los refuerzos cuando a él le viniera bien.
    Mientras observaba, uno de los hombres, corriendo agachado, comenzó a moverse por el sendero hacia la "casita".
    Bond sonrió y tiró bruscamente del hilo de nylon que sujetaba en su mano izquierda, provocando que el cactus al que el hilo estaba atado temblara, a una distancia segura a su izquierda, entre él y la "casita".
    El crujido fue contestado por el rifle automático AKM, disparado por el ruso que iba delante en el sendero.
    Bond rió para si y luego tensó el hilo nuevamente. Nuevamente los rusos dispararon allí, derrochando munición y engañándose con respecto al paradero Bond.
    El subfusil ametrallador Smith & Wesson de Bond estaba sobre su hombro. En su mano derecha tenía un afilado cuchillo de comando con una hoja de quince centímetros. Llevaba un par de gafas protectoras para proteger sus ojos de las espinas. A su espalda llevaba una pequeña mochila que contenía la linterna MagCharger y un otras piezas de equipo.
    Durante una misión anterior, Bond había tenido experiencias trabajando en terrenos espinosos de Centroamérica, y había efectuado emboscadas dos veces usando ramas espinosas como cobertura. Había métodos para atravesar cactus, aparte de cortarlos, con la menor cantidad de molestias. Seguías la "trama" de las plantas donde era posible; te arrastrabas sobre tu estómago a través de los túneles naturales formados por las curvas de los brazos de los cactus; permanecías cerca del tallo principal de cada planta, donde había menos espinas. Y desenredarte una vez usted que quedabas cogido era una de las bellas artes aprendida tras dolorosa experiencia. Bond sonrió, pensando que los rusos pasarían por esa experiencia.
    La Mayor Amasova y dos de sus hombres se giraron casi simultáneamente para mirar al cactus. Las plantas espinosas habían crujido a unos cinco metros del sendero y a unos cien metros en el verdor del laberinto.
    Ella levantó su subfusil ametrallador y disparó cuatro largas ráfagas hacia los cactus, al lugar donde se había oído el crujido. Las balas silbaron entre los carnosos tallos, desmenuzando las hermosas flores rojas que sólo se abrían de noche.
    No hubo fuego de respuesta.
    Uno de los hombres se acercó a los cactus, maldiciendo para su coleto en ruso, cuando se enganchó. Y se enganchó una y otra vez. Los brazos de los cactus casi parecían buscarle como los brazos de los hombres encarcelados entre barrotes de hierro, pinchándole las espinas como colmillos.
    - ¡Nyet! ¡Nyet! ¡Nyet!
    Después de unos diez minutos, apenas había penetrado unos pocos metros en los cactus, y comprendió que iba mal. Se dejó caer sobre su vientre, comenzando a arrastrarse bajo los tallos principales y alrededor de los troncos, arrastrando su arma, y pronto encontró que era más fácil. Aún así, su piel se sentía como ardiendo donde las espinas le rozaban. Entrecerró los ojos para ver a través la oscuridad gris-azulada; aquí y allá, pálidos cambios de luz delineaban los haces de los principales tallos espinosos. El terreno era blando, dando un rico perfume de putrefacción y humus. La superficie gradualmente se inclinó hacia arriba. No vio nada como un hombre. Salvo...
    Una luz. Una luz moviéndose, allí a su izquierda. Estaba encima de él en la ladera, metida entre los cactus.
    Él comenzó a avanzar hacia aquello, la pistola Marakov de 9mm en la mano, amartillada y lista.
    Bond usó sus codos para avanzar, rodeando lentamente la posición de la Mayor Amasova, para colocarse detrás.
    En su mano derecha tenía un segundo hilo de nylon: este atado a la linterna MagCharger veinte metros detrás de él. Había excavado un agujero poco profundo en el humus, metiendo la linterna, encendiéndola y cubriéndola rápidamente. Luego él había reptado. El hilo se tensó y sacó la luz de su escondite. Esta fue arrastrada detrás de él, dando a los otros una falsa indicación de su posición. Oyó dos disparos de la Marakov, vislumbrando el resplandor de la boca de un arma por el rabillo del ojo, a alguna distancia de él hacia abajo. Sonrió. Alguien estaba disparando a la linterna. Se arrastró, tirando del resplandeciente cebo entre los cactus, estirándolo y aflojándolo cuando se enganchaba en las espinas. Se detuvo, sacó la mina circular de la mochila de su espalda, enterrándola bajo una fina capa de humus justo detrás de él. La dispuso para detonar a una ligera presión, y entonces, reptando, arrastró el hilo de nylon cerca de la mina. Tendría que tener cuidado de que la linterna no se moviera hasta la mina y la volara demasiado pronto. "Sería una vergüenza desperdiciarla", rió Bond.
    La Mayor Amasova giró sobre los talones de sus botas cuando oyó la explosión, seguida por el grito de un hombre. Entonces ella pudo ver una luz roja titileando en los cactus: la explosión había iniciado un pequeño incendio. Ella instruyó al otro agente para regresar por el sendero y conseguir la ayuda de los agentes de refuerzo.
    Metódicamente, la Mayor Amasova marchó avanzando mientras planificaba su estrategia. Sacó otro cigarrillo y lo encendió, iluminando momentáneamente los cactus.
    El moreno joven con bigote agente de la KGB apretó la sudorosa empuñadura sobre su rifle AK 47, avanzando por el sendero. Había otros dos agentes adelante, entre los árboles, vigilando la "casita" y el sendero. Ellos deberían...
    - Suéltalo, camarada -dijo una voz cerca de su oreja. Sintió un arma en la zona lumbar y dejó caer el rifle-. Llame a sus amigos de la colina -ordenó la acerada voz-. Llámelos aquí o le volaré en pedazos desde aquí a Moscú.
    - Tup.. ¡Tupolev! -llamó-. ¡Kaganovich! -su voz resonó en la cavidad. Entonces, débilmente, llegaron sus respuestas-. Vamos... uh... ¡venid aquí! Nosotros... le pillamos... ¡está muerto! -respondió el agente en ruso.
    - Voy a apartarme un poquito de usted, camarada -llegó la voz de Bond-. Pero no lejos. Tengo un subfusil ametrallador apuntado a su espalda. Hazlo creíble.
    - Vale, vale -"Quizá la Mayor Amasova regrese."
    Bond se agachó entre los cactus, observando al agente. Entonces oyó pisadas de botas, dos hombres hablando bajo en ruso mientras llegaban por el sendero. El agente se paró entre Bond y los refuerzos.
    - Perfecto, Camarada -susurró Bond-. Cuando estén al alcance del brazo, tírate al suelo.
    Entonces oyó a los otros dos doblar la curva en el sendero.
    - Camaradas -comenzó el agente en ruso-. La Mayor Amasova quiere veros. Venid hacia aquí...
    Pero en vez lanzarse cuerpo a tierra, el agente se volvió y se lanzó hacia su rifle automático.
    Bond brincó hacia el sendero, el subfusil ametrallador con silenciador disparando en su mano silbando, silenciado, el fuego lamiendo como la lengua de una cobra.
    El ruso sintió -antes de oírlo- un dolor agudísimo en su pecho mientras su corazón daba un último latido agónico antes de ser volado a través de un profundo agujero en su espalda.
    Los otros dos rusos levantaron sus rifles automáticos; y aquello fue todo lo que tuvieron tiempo de hacer. Las balas recubiertas de acero les pillaron a tres metros de distancia, les levantaron en el aire, haciendo estragos en sus anatomías, reestructurando sus órganos internos.
    Los gritos de los rusos atravesaron el aire fresco de la noche. En ese momento la Mayor Amasova supo que había sido derrotada temporalmente. Bond había ganado la batalla pero no la guerra. Buscó en su bolsillo, extrajo otro cigarrillo y lo encendió. Había un brillo en sus ojos mientras la venganza hervía en su sangre. Satisfecha conque mañana sería otro día, ella regresó rápidamente al jeep aparcado y pronto se perdió de vista.
    Bond volvió hacia la "casita"... y se petrificó.
    Tiros llegaban de la dirección de la "casita".
    Corrió, con el subfusil ametrallador listó, los dientes apretados. Cuando tuvo a la vista la "casita", se mantuvo a la sombra, avanzando de un lado a otro a través del sendero, moviéndose tan rápidamente como se atrevía.
    Se desplazó silenciosamente hacia el porche, mirando a través de una ventana.
    La puerta del cuarto de baño estaba abierta. Bond -imprudentemente- corrió hacia la "casita".
    El cuarto de baño estaba vacío. Y la ventana estaba abierta. Miró por ella. Había una amplía ringlera cortada a través de los cactus tras la "casita". Alguien había usado un machete para entrar.
    "¿Chen?"
    "Sí, Chen."
    Había una camiseta blanca empapada de sangre sobre el suelo en un rincón del cuarto de baño. Escrito sobre la pared, con sangre, había un mensaje: "LA TENGO."

* * * * * *

    Bond y Leiter estaban solos en la lancha rápida, que estaba anclada en una especie de garaje de madera sobre el agua en el puerto de Puerto Vallarta.
    - Parece como si estuvieras a mil kilómetros de distancia, James, viejo compañero -dijo Leiter, sentado frente a Bond sobre un refrigerador lleno de cerveza local.
    Sacudido de vuelta a la realidad, Bond levantó la vista y sonrió cansinamente.
    - Supongo que lo estoy... estaba preguntándome por qué hago lo que hago, haciendo las cosas que hago; infiernos, no es por dinero.
    Él se encogió de hombros.
    - Es irónico, supongo. Intento erradicar una plaga humana como Klaus Doberman y acaba lastimando a una joven inocente como Lotta.
    Leiter abrió una lata roja y dorada de Tecate y la pasó a Bond, quien la aceptó felizmente aunque él nunca bebía cerveza, por lo menos en Inglaterra. La cerveza inglesa, como la sidra, pertenecía a los pubs. Pero uno de los sinceros lazos entre los ingleses y los americanos era la manera en que disfrutaban siendo lo qué Leiter llamaba "rivales de bar".
    Leiter retorció un gajo de lima sobre la lata abierta, esparció un pellizco de sal, luego tomó un trago largo.
    - Ella insistió en implicarse, James. Y, además, Doberman la mantendrá viva, para mantenerte a distancia segura.
    Bond repitió la costumbre obviamente local de beber cerveza Tecate.
    - ¿Pero qué hará Doberman con ella entre tanto? Él es un monstruo de la tortura. No, no puedo aceptar la probabilidad de que él le ponga sus manos encima. Tengo que encontrar una manera de ir tras él, de recuperarla sin ponerla en peligro.
    - Pero él podría matarla encolerizado si tú le atacas, James.
    - Conozco la reputación de Doberman: él la matará de cualquier manera, tarde o temprano. Aún así, puede haber una manera de golpearle duro sin que tenga una idea cierta de qué le ha sucedido. Si simplemente me deshago de sus hombres, uno por uno, agotando sus fuerzas por desgaste, él podría pensar que han desertado si no encuentra sus cuerpos en los alrededores. Debe haber una manera...
    Leiter terminó su cerveza y encendió un Camel.
    - Pero Doberman no es el único con quien debes lidiar.
    Había calidez en la sonrisa de Bond pero sus ojos estaban vigilantes.
    - ¿Los rusos? No sé por qué el Departamento Viktor de la KGB está llevando una nueva vendetta personal contra mí. Sospecho, sin embargo, que Klaus Doberman está jugando a enfrentar a sus enemigos, incitando a los rusos contra mí. No sé la razón de por qué es esto, aún. Pero lo averiguaré a su debido tiempo, Felix. Todo a su debido tiempo.
    Cuando Bond dejó el puerto unas horas después, no vio al ruso alto al otro lado de la calle; no inmediatamente, de cualquier manera. Llevaba un bigote de combate muy ancho, su pelo cortado a cepillo. Sus rasgos eran tan marcados y ampliamente enfáticos como en las esculturas comunistas, sugiriendo una herencia nórdica-mongol-circasiana. Cuando comenzó a ir tras Bond y lo siguió mientras se inscribía en un nuevo hotel, era virtualmente imposible para un hombre de la experiencia de Bond no reconocer la enorme "cola" .
    Después de registrarse en el Camino Real como James Traylor y recibir la llave de su habitación, Bond salió del hotel por el restaurante, consciente de que todavía estaba siendo seguido.
    El ruso era obviamente un no profesional; de hecho, parecía no hacer ningún esfuerzo para pasar inadvertido. ¿Cuál era el propósito de una "cola" tan obvia? Ninguno que Bond pudiera ver fácilmente. ¿Por qué el hombre grande era tan descuidado siguiendo a alguien a menos que fuera algo que no estaba acostumbrado a hacer? Y si esto era un cometido inusual, ¿por qué hacía algo en lo que era novel?
    Solo había una única manera de averiguarlo, y era preguntárselo. Bond decidió que lo mejor sería encontrar un lugar retirado, conducir a su "cola" allí, y preguntárselo.
    Bond se volvió para ver si el ruso todavía estaba allí. Cuando estuvo seguro de que estaba, se dirigió a una pequeña calle sin salida al final de un callejón donde ellos pudieran tener una pequeña y bonita charla... sin ser molestados.
    Mientras Bond se acercaba a la boca del callejón, consideró brevemente la posibilidad que su "cola" conociera el callejón y no entrara, pero decidió darle una oportunidad.
    Entró en el callejón y pudo ver delante de él el final de la calle, que tenía una fuente seca. Caminó hasta llegar a la fuente, luego giró y quedó a la expectativa de que el ruso entrara, esperando que él lo hiciera.
    Esperó cinco minutos, luego diez, y aún así el hombre grande no apareció. Quizás el ruso era más listo de lo que parecía, pero ahora el problema que Bond enfrentaba era si o no el hombre le esperaba al otro extremo del callejón para mostrarse.
    Bond regresó por el callejón y rápidamente desenfundó la fiel Beretta de la pistolera de gamuza del hombro. Se la había dado a Lotta en la "casita" para que se protegiera, pero él la encontró, en cambio, en una esquina del cuarto de baño.
    Cuando Bond estaba a dos metros de la boca del callejón deceleró y se apretó contra la pared. Continuó a una marcha más lenta y entonces, sosteniendo la pistola por el lado donde se ocultaba pero listo, salió fuera del callejón y examinó la calle en ambas direcciones.
    El ruso no estaba en ninguna parte que se le viera. Aparentemente, cuando Bond entró en el callejón, no solamente el hombre no le había seguido, había abandonado el seguimiento.
    Sintiéndose tonto, Bond bajó la Beretta y continuó calle abajo. No podía haberse equivocado sobre la "cola". El hombre definitivamente le había seguido, pero por alguna razón desconocida habido abandonado su misión más bien abruptamente.
    Bond decidió regresar al Camino Real. Quizás el ruso le esperaría allí y todo comenzaría de nuevo. Si este era el caso, Bond tendría que encontrar alguna otra manera de enfrentarle.
    Cuando Bond llegó al hotel frente a la playa, no vio al hombre grande por ninguna parte, y lo mismo sucedió en el vestíbulo. Tomó el ascensor hasta el cuarto piso.
    Mientras se aproximaba a la puerta de su habitación, sacó la Beretta sólo como precaución. Se sentía tonto sobre la "cola", pero no quería correr riesgos aquí. Insertó su llave, luego abrió la puerta y cuidadosamente entró en la habitación con el arma delante de él.

    Tan pronto como entró en su habitación, un enorme brazo le sorprendió desde atrás y presionó contra su garganta, cortándole el aire, y Bond instantáneamente supo que había encontrado su "cola".

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 -11-
Cosas que golpean en la noche

    Bond levantó sus brazos e intentó agarrar el brazo del ruso con ambas manos, pero fue incapaz de conseguir que sus manos rodearan totalmente el brazo. El hombre era tremendo y fuerte como un buey. Bond no pudo forzar sus dedos entre el brazo y su propia garganta. Intentó lanzar sus codos contra el estómago del hombre, pero los golpes no parecieron surtir ningún efecto. Era como golpear un tronco de árbol.
    Mientras una palpitación crecía en sus oídos y comenzaban a aparecer manchas ante sus ojos, Bond supo que mediante músculos no sería capaz de liberarse de la presa del ruso, así que hizo lo único que podía hacer. Embutió el cañón de la Beretta contra uno de los enormes muslos del hombre, y apretó el gatillo.
    La sujeción sobre su cuello desapareció inmediatamente mientras el ruso aullaba de dolor. Liberado, Bond cayó al suelo, pero antes de poder recuperar totalmente su aliento, una de las manos del hombre se cerró alrededor de la muñeca de la mano que sostenía la Beretta y apretó. Bond no quiso bajar la pistola, pero al sentir los huesos en su muñeca comenzar a rechinar, no tuvo otra opción salvo abrir su mano. El arma fue arrancada de sus dedos y apartada, entonces la muñeca de Bond fue liberada y el enorme asaltante le golpeó con un puntapié de su pierna buena.
    Poniéndose rápidamente de pie, Bond se volvió para encarar a su atacante. El enorme ruso comenzó a avanzar hacia él a pesar de una herida de bala que dejaba escapar sangre de su muslo derecho.
    Bond retrocedió mientras el gigante, que medía por lo menos dos metros de alto, se acercaba hacia él. Estaba sudando intensamente por lo que podía ser un resultado de su herida en la pierna.
    - Mira, camarada -dijo Bond-, no tenemos que hacer esto, ¿sabes?, simplemente porque sacudí tu "cola".
    El ruso no respondió, sólo continuó avanzando. Bond se movió para que el sofá quedara entre ellos, e intentó hablarle nuevamente, pero el hombre no dio indicio de siquiera comprender lo que se le decía.
    Después de unos segundos, Bond comprendió que el momento de hablar había terminado . No sabía dónde estaba su Beretta, pero tenía una navaja de resorte de acero inoxidable brillante como un espejo, y aquello era -literalmente- un último resorte que debería reservar hasta que pudiera hacer el mejor uso de él.
    El único punto débil de su adversario, que Bond pudiera ver, era esa herida en el muslo, así que salió desde detrás del sofá, y cuando el ruso estuvo a distancia de ataque él lanzó un puntapié a esa herida. Para ser un hombre grande, su atacante se movía muy rápidamente, y fue capaz de girar su cuerpo para que el puntapié diera fuera de la parte herida de su pierna y no golpeara propiamente la herida. Aún así, debió haberle dolido como el infierno, pero no hubo reacción perceptible en él.
    Bond comenzó a mirar a su alrededor buscando algo con que golpear al ruso, entonces se decidió por la mesa de madera de café frente al sofá. La levantó y estrelló contra el hombre, quien levantó su brazo y permitió que la madera se astillara inofensivamente contra su enorme antebrazo.
    Bond tragó duro, retrocediendo un poco. Decidió esperar ahora a que el ruso le embistiera, en ese instante extraería el cuchillo de la manga e intentaría plantarlo donde fuera mejor... o peor.
    - Perfecto, camarada -se burló Bond-, ven y cógelo.
    Cuando el ruso comenzó su carga, Bond hizo un movimiento rápido de muñeca y el cuchillo se deslizó hasta su mano. Se hizo a un lado, y cuando el hombre grande rebotó contra la pared, Bond le clavó el cuchillo en su costado. Sin embargo, arrancándose el cuchillo, su asaltante le dio un revés que le pilló sobre la mejilla y le lanzó en medio de la habitación. Milagrosamente, Bond fue capaz de retener su cuchillo, a pesar de todo. Sangrando desde su muslo y su costado, el hombre herido continuó avanzando contra él.
    Bond comprendió que, sin un arma, sólo había una única manera para él de salir vivo de esta confrontación. Cuando su adversario cargó contra él nuevamente, Bond también avanzó, sorprendiéndole. Confundido, el ruso frenó momentáneamente, pero aquello fue suficiente para que Bond consiguiera rodearle y saltar a su espalda. Mientras el ruso intentaba sacudírselo, Bond se agarró a su pelo cortado a cepillo. Su peso provocó que la cabeza del hombre cayera hacia atrás, exponiendo su garganta, y Bond puso el afilado filo del cuchillo contra la piel del ruso y la desplazó rápidamente.
    Mientras la sangre se vertía sobre su pecho, el hombre grande se tambaleó, pero Bond no abandonó su presa sobre el pelo del hombre. Permaneció sobre la espalda hasta que el ruso cayó sobre sus manos y rodillas. El hombre hizo horrendos ruidos de ahogo mientras su sangre formaba una piscina sobre el suelo, y después cayó cara abajo y quedó tumbado allí. Bond giró al hombre dejándolo sobre su espalda apartándose de él, luego se inclinó para examinar el cuerpo. En ese momento el ruso levantó un brazo y Bond saltó atrás, preparando su cuchillo para otro tajo, pero el enorme cuerpo meramente tembló, sus ojos miraron ciegamente a la alfombra.
    Cuando estuvo seguro de que el ruso estaba finalmente muerto, Bond apartó el cuchillo, recuperó la Beretta, y entonces buscó en el bolsillo del entrometido. El ruso tenía una billetera, pero no había nada en ella salvo moneda mejicana. No había nada sobre el cuerpo que pudiera identificarle, y ahora todo lo que quedaba por hacer era disponer del cadáver.
    Discretamente.

* * * * * *

    - Tráiganlo aquí -instruyó Felix Leiter a dos mejicanos después de que Bond hubiera abierto la puerta, y ellos entraran un carro de lavandería y cerraran la puerta tras ellos.
    - Por aquí, caballeros -dijo Bond, señalando-, y no se preocupen por el almidón. Ya se lo he quitado todo.
    Los dos hombres eran agentes de la élite anti-droga del gobierno mejicano, la unidad llamada los "Leopardos", la contrapartida de la DEA de los Estados Unidos. Estos asintieron a Bond y empujaron el carrito hacia el ruso muerto, quitaron una par de sábanas, y procedieron a envolver al hombre en ellas. Hecho esto, agarraron cada uno un extremo del fardo, y, tirando, se las arreglaron para levantar el masivo bulto y descargar el cuerpo en el carrito.
    - ¿Qué pasa con la sangre? -preguntó Bond.
    Uno de los hombres sonrió y buscó en el carrito y mostró esponjas, un cepillo, y un bote de limpia-alfombras. Entonces él y su socio, usando agua, el limpiador, y mucho músculo, se las arreglaron para conseguir sacar la mayor parte de la sangre. Cuando hubieron terminado quedaba una manchita rosada sobre la alfombra del hotel, y Bond decidió mover el sillón para cubrirla, esperando que la criada no sintiera que su deber fuera devolverlo a donde el hotel lo había ubicado originalmente.
    Los dos hombres empujaron el carrito hacia la puerta, usando apreciablemente más esfuerzo del que usaron para entrarlo. Leiter caminó hasta la puerta, la abrió, y después de salir al pasillo habló con uno de ellos brevemente en voz baja y luego cerró la puerta.
    - Se lo llevarán lejos de aquí en su furgoneta y dispondrán de él en algún lugar -informó Leiter a Bond.
    - Bien. Estaba haciendo estragos en mi vida social.

* * * * * *

    Una planta por encima, la Mayor Amasova había oído lo qué ella pensaba era un disparo. Cierto, el cañón del arma de Bond había estado embutido contra el muslo del atacante, pero para un oído experimentado -como el de la Mayor Amasova- el sonido de un disparo era todavía reconocible, incluso amortiguado.
    Ella había esperado, escuchando pacientemente un nuevo disparo, pero cuando no llegó decidió que por un tiro único valía la pena investigar.
    Afuera en el hall encontró la escalera y descendió hasta la siguiente planta. Mirando desde la puerta hacia el pasillo, tenía una vista clara de la puerta de la habitación de "James Traylor", y se sentó para esperar. Si algo había sucedido dentro, pronto habría alguna actividad que indicaría lo que acababa de suceder.
    La Mayor Amasova tuvo la paciencia de esperar y ver.
    Esto fue una hora antes de que Leiter y los dos "Leopardos" salieran del ascensor. La Mayor Amasova se había animado en el rellano cuando vió el carrito de lavandería avanzar hacia la habitación de Bond.
    Cuando la Mayor Amasova vio a los dos hombres aparecer con un carrito de lavandería apreciablemente más pesado que quienes lo dirigían, ella se apresuró a bajar las escaleras y llegar al vestíbulo antes que ellos. Ellos se desviaron para salir por la entrada de servicio, y ella les siguió. Ella les vió cargar el carrito en la trasera de una furgoneta con LIMPIEZAS VALLARTA escrito en un lateral. Mientras ellos lo cargaban dentro, la esquina de una sábana cayó a un lado del carrito, y la Mayor Amasova pudo ver que la tela estaba empapada de un rojo brillante... y ella reconoció la sangre cuando la vio. Había derramado la suficiente durante los pasados años.

* * * * * *

    Fuji Chen estaba de pie mirando a la mujer. Ella yacía sobre una gran cama doble, una cama con marco de madera y un dosel de encaje azul. Ella todavía estaba inconsciente, entre sábanas de seda estiradas hasta su cuello, su pelo rubio extendido sobre la almohada blanca de seda.
    Chen se inclinó y la sacudió por los hombros, diciendo:
    - Hey... uh... señora, será mejor que despierte.
    Ella gimió pero no abrió sus ojos. Él fue hasta la ventana, abriendo las contraventanas a la noche. El silbido y el rumor del mar entraron, la brisa zumbó un poco mientras atravesaba los negros barrotes de hierro en la ventana. El hierro negro estaba rodeado con hiedra y decorado; pero aún así todavía eran barrotes. Y aún cuando Lotta pudiera atravesarla de algún modo, ella se habría encontrado en el alféizar de la única ventana en medio de una pared de piedra, nada práctico para ascender a la libertad... y abajo, sólo mar y afiladas rocas. Muy, muy abajo.
    Chen volvió por la alfombra persa hasta el lecho, esperando que la brisa marina que entraba por la ventana la despertara. Ella comenzó a agitarse y sus ojos parpadearon.
    Ella sólo vestía un vestido de tirantes y pantalones cortos. Llevaba una falda sobre los pantalones cortos cuando la habían encontrado, pero esta se había soltado en la lucha para someterla. Ella había alcanzado a José Maldonado en el brazo, y él había sangrado sobre su falda; ellos habían usado la sangre de Maldonado para dejar el mensaje en la pared.
    Pensando sobre ello ahora, Chen se preguntó por qué había dejado un mensaje tan ambiguo: casi era un indicio de que la joven había muerto. Y si Bond pensaba que ella estaba muerta, nada le detendría hasta llegar a ellos. Era casi como si Chen quisiera que Bond...
    Gimiendo, Lotta se sentó, sujetando su cabeza, mirando a su alrededor con un rictus de dolor.
    - ¿Dónde estoy? -murmuró ella.
    Chen iba a responder, pero en vez de eso se giró hacia la gruesa puerta de madera ribeteada de metal, escuchando. Oyó llegar a Klaus Doberman.
    El pomo giró, y los ojos de Lotta se abrieron. Mientras la puerta se abría, Chen se puso rígido. Dos mejicanos en uniforme de combate entraron en la habitación y tomaron posiciones uno frente a otro a cada lado de la puerta, permaneciendo rígidamente firmes. Y entonces Doberman entró.
    El alemán medía algo más de metro ochenta, con una figura delgada y físicamente en forma, vestía un esmoquin sin cruzar, camisa de seda gruesa, pajarita estrecha de satén negro. Aunque un parche negro cubría su ojo derecho, miraba arriba y abajo a Lotta con su izquierdo, que era totalmente azul frío. Su blanca y larga melena estaba atada detrás al estilo cola de caballo. Su cara era demacrada, sombría. Hasta donde Chen sabía, Doberman sólo tenía tres diferentes expresiones. Una sonrisa ladeada, demente; una mirada de feroz e intensa concentración; y una expresión de rabia animal.
    Doberman se volvió hacia el chino, sonriendo abiertamente.
    - Gracias, Chen. Puedes irte ahora -dijo-. Pero deja un guardia, por favor.
    Chen se inclinó e hizo un enérgico gesto a uno de los guardias. Quince segundos después, se habían ido.
    Doberman caminaba de un lado a otro, haciendo crujir sus nudillos. Su mirada se fijó sobre Lotta sin abandonarla nunca, sin importar en que dirección girara. Ella se encogió bajo aquella mirada.
    Él habló, mientras paseaba, con un tono cautivadoramente cortés, incluso apaciguador.
    - Buenas tardes. Ha estado durmiendo mucho tiempo, jovencita. Su nombre es Lotta, creo. ¿Sí? Debería presentarme. Yo soy Klaus Doberman.
    Él interrumpió su pavoneo para saludar.
    Ella simplemente le miró.
    Doberman gruñó, y la amplia sonrisa se borró de su cara, reemplazada por su mirada de profunda concentración. Su frente redonda arrugada; su ojo mirando resuelto y taciturno. Él reanudó la marcha, continuando hablando afablemente.
    - Estoy preocupado por su salud, jovencita. Espero que el alojamiento sea aceptable. ¿Está hambrienta?
    - Sí, lo estoy -admitió ella renuentemente-. Pero tengo un gran dolor de cabeza.
    - Le traeremos una aspirina y algo para cenar -hizo una seña al guardia que quedaba-. Vaya a verlo.
    Y el hombre se fue.
    - ¿Supongo no servirá de nada exigir que me deje ir? -preguntó Lotta.
    Doberman se paró en el centro de la alfombra.
    - Su intuición le ha informado correctamente, querida mía.
    Toda la calidez se había esfumado de su voz.
    - Yo... mi familia es influyente, "Señor" Doberman. Y James Bond sabe que usted me ha secuestrado. Él vendrá tras mí.
    Doberman rió.
    - Él sabe que yo la mataré si lo hace. Así como a su familia; ni siquiera saben donde está usted. Y en todo caso no hay nada que puedan hacer... Ah, aquí está la bandeja con su cena, un poco fría, pues estaba esperando a que despertara. ¿Dónde está la aspirina? -rugió al guardia.
    - ¡Ya viene, "Señor" Doberman!
    El guardia, con manos temblorosas, depositó la bandeja.
    - ¡Rápido!
    - "Sí, señor!"
    El guardia se escabulló como un conejo asustado hacia el vestíbulo. El buen humor de Doberman regresó.
    - Bien, ahora, disfrute de su cena, querida mía. Filete de salmón, creo. Nada envenenado, se lo aseguro. Eventualmente decidiré como usarle como cebo para atraer a Mr Bond a nuestras manos. O si podemos encontrar una manera de enviarle un mensaje, le pediré a usted que escriba una breve carta por mí. Mr Bond me ha puesto muy enojado. Muy enojado.
    - ¡Nunca! -le gritó Lotta.
    Doberman sonrió ampliamente como un maníaco.
    - Bien, ahora, esto es un pobre comienzo para una relación íntima. Se lo aseguro, mañana... o al día siguiente... me contara cosas que ni siquiera contaría a un amante.
    - ¡Nunca! -gritó ella de nuevo.
    - Pero ciertamente sabe lo insensato que es resistir. A largo plazo, el dolor es un pobre sustituto de la inteligencia. Pero como hombre moral, me siento impelido a preguntar. Lo que debe comprender es que tengo que interrogarla. No tengo otra opción. Conseguiré su máxima cooperación.
    - ¡Váyase al infierno! -Lotta le escupió en la cara.
    Doberman la miró ceñudo y se enjugó su cara con un pañuelo. Su sonrisa y brillante ojo revelaron su mente descompuesta.
    - Discúlpeme por aburrirla. A veces soy demasiado impaciente. Estoy avergonzado. Usted desea probar su resistencia al dolor. Muy bien. Siento que Chen está impaciente. No deseo frustrarle -Doberman tocó con sus nudillos sobre la puerta.
    El chino la abrió y entró. Quizás sonreía. Era difícil de decir. Lo qué más notó Lotta fue la gran jeringuilla hipodérmica que sostenía.

 

* * * * * *

    Medianoche. Bond podía sentirse sudando dentro del traje de hombre rana. El tiburón, aparentemente incapaz de identificar en su mente a este extraño y reluciente pez, estaba circulando mientras Bond continuaba su movimiento de avance, nadando hacia la playa bajo el elevado rancho de Klaus Doberman. Suponía que el tiburón podría seguirle todo el camino sin aproximarse a él, pero no contaba con ello. Había amarrado la lancha rápida justo detrás, en la pequeña caleta a poca distancia de la fortaleza de Doberman.
    Bond tenía un lanza-arpones y era bastante eficiente con él, pero no se arriesgaría a disparar al tiburón mientras este no supusiera una amenaza inmediata para él. Si fallaba y enfurecía a la bestia, o la hería, todo habría acabado. No podía esperar superarle nadando o maniobrando en su propio terreno. Así que continuó nadando, manteniendo el arma dispuesta, por si acaso.
    El paquete sujeto a la espalda de Bond parecía aumentar gradualmente de peso, y comenzó a preguntarse si la costa hacia la que nadaba no estaba alejándose de él de algún modo. Había planeado una natación sin prisas, impulsándose de forma que con su poderoso crol pudiera cubrir la mayor distancia con un mínimo de agotamiento. Y habría sido una agradable, aunque larga, natación si no hubiera sido por el tiburón de cinco metros quien no parecía estar seguro de si quería ser un compañero de viaje para almorzar.
    Cada poco tiempo el tiburón parecía fundirse con las azules profundidades del agua, y Bond era incapaz de ubicar a su escolta. Sólo esperaba que durante uno de esos períodos el tiburón no decidiera en su minúsculo cerebro cargar contra él.
    Momentos después el tiburón apareció repentinamente a la vista de nuevo a través de las turbias aguas, y nadaba mucho más rápido que antes. Bond apenas tuvo tiempo para moverse mientras el tiburón cargaba contra él y le pasaba, golpeándole con su aleta dorsal. El golpe sobre su brazo provocó que dejara caer el lanza-arpones, y ahora Bond sudó aun más.
    Su brazo izquierdo estaba aturdido por el golpe, y buscó el serrado cuchillo de buceo en su cinturón con su derecha, manteniendo sus ojos abiertos en el tiburón. Sujetando el cuchillo firmemente, Bond comenzó a patear sus piernas más rápido. Se forzó a usar su brazo izquierdo, y gradualmente la sensación regresó a él. Sentía que se estaba moviendo a buena marcha cuando el tiburón corrió hacia él desde atrás a máxima velocidad, haciendo sentir a Bond como si permaneciera quieto. Él observó mientras la criatura se impulsaba hacia adelante, luego giró y pareció estudiarle. De repente ésta se lanzó hacia él, y Bond sujetó su cuchillo. No estaba del todo seguro donde podría dirigir el cuchillo para hacer más daño, pero se imaginó que el vientre del tiburón sería una buena zona. Mientras se aproximaba, Bond cesó abruptamente de mover sus brazos y piernas, lo que ocasionó que se hundiera como una piedra. Cuando el tiburón pasó directamente sobre él, dirigió el cuchillo hacia arriba y hacia el blando bajo vientre, y lo mantuvo firme, con el filo moviéndose hacia adelante. Como esperaba, la propia inercia del tiburón provocó que los dientes de sierra del cuchillo desgarraran el vientre abriéndolo, casi arrancándolo de su mano.
    Sin esperar para examinar el daño que había causado, él una vez más comenzó a nadar hacia la costa, su adrenalina añadiendo nuevo vigor a sus brazadas.
    Finalmente, cuando llegó a aguas que le llegaban hasta la cintura, fue a reponer el cuchillo en su cinturón y notó que la hoja se había roto, probablemente estaría todavía en el vientre del tiburón. Desechó la empuñadura, y luego vadeó hasta tierra y se quitó el traje de hombre rana, enterrándolo lo suficiente arriba en la playa para que no fuera descubierto por la marea alta.
    Del paquete sacó un uniforme negro de comando, completo con botas y gorro negro y pintura para la cara, y sus armas, todo lo cual había sido sellado en la bolsa de plástico impermeable. Sintiéndose totalmente vestido al fin, evacuó la playa en favor de una rocosa cadena de acantilados, cubierta con matorrales y pequeñas palmeras, entre Bond y el rancho de Doberman. Llevaba un pequeño paquete de equipo a su espalda, todo en él asegurado para no hacer ruido cuando se moviera.
    Comenzó a moverse hacia la cadena, haciéndolo lo mejor que pudo para evitar las resbaladizas piedras. El silbido del mar cubría la mayor parte del ruido, pero si había guardias en la parte alta, él no quería despertar sus sospechas haciendo siquiera el menor ruido.
    Bond pronto alcanzó un muy usado sendero, y ascendió por él silenciosamente, agradecido que esta noche hubiera nubes para difuminar el claro de luna.
    Acababa de alcanzar el otro lado de la espinosa cadena cuando oyó débiles voces: alguien llegaba por el sendero del este, oculto por una curva. Ascendió apresuradamente hasta una roca, escondiéndose en el extremo opuesto del sendero. Escudriñando a través de una fisura en la roca, Bond observó como cuatro hombres, llegando de dos en dos, rondaban por el sendero. Dos de ellos hablaban en español, los otros susurraban juntos en ruso. Los hombres vestían uniformes de combate y abultadas camisas bajo las cuales se marcaban chalecos antibalas claramente visibles. Los entrenados ojos de Bond captaron detalles en la oscuridad que hombres no entrenados se habrían perdido.
    Los dos mejicanos llevaban rifles de francotirador Heckler and Koch G11, con pistolas Colt Python sujetas a sus costados.
    Los dos rusos estaban armados con rifles automáticos AKM, el rifle de asalto reglamentario de las fuerzas soviéticas. Enfundadas a sus costados había pistolas de alta potencia Tula-Tokarev de 7.62 mm.
    Bond esperó hasta que los guardias siguieron patrullando en sus respectivas direcciones -dividiéndose para cubrir cuatro partes de la cadena- y luego se movió hasta una posición en una roca adyacente. La roca tenía forma como de media luna, enganchando uno de sus cuernos en el sendero. Tumbado en las oscuras sombras sobre la parte izquierda de la roca, sigilosamente sacó una "herramienta de trabajo" de su mochila.
    Bond sujetó en sus manos la más poderosa pistola ballesta jamás construida, que podía enviar una de sus flechas de acero inoxidable a velocidades de setenta kilómetros por hora. Era precisa hasta veinte metros y la penetración a corta distancia era imponente. Probada a siete metros y medio, sus flechas atravesaban la guía telefónica de la Ciudad de Nueva York hasta la página cuatrocientas. Su marco estaba hecho de fuerte aluminio vaciado y el arco de fibra de vidrio laminada soportaba veintitrés kilos de tensión. Pesaba unos ligeros setecientos veinte gramos y medía cuarenta y cinco centímetros de largo, con un arco de cuarenta centímetros de envergadura. Unida a la parte superior de la silenciosa y letal arma había una mira telescópica con un sofisticado sistema de luz infrarroja.
    Como Bond había anticipado, uno de los guardias pasó por el sendero bajo su piedra. Las nubes se abrieron, dejando pasar la luz de la luna hasta la cara del hombre. Bond le reconoció como uno de los rusos.
    El guardia soviético miraba hacia la pendiente, lejos de la piedra sobre la que Bond yacía. Entonces se volvió en la dirección de Bond, irguiendo su cabeza, escuchando, como si oyera algo.
    Bond observó a través de la mira y un rayo láser creó un punto rojo que iluminó el lugar donde la flecha impactaría. Entonces apretó suavemente el gatillo de la ballesta...
    El arma del ruso trastabilló por la pendiente, perdiéndose entre los arbustos. Su cuerpo quedó empalado contra una palmera; una flecha sobresalía grotescamente desde su frente; su cara inflada y roja, la lengua sobresalía hinchada y negra, la sangre goteaba por las comisuras de su boca.
    Bond volvió a la posición sobre la gran media luna de piedra, y esperó, flexionando sus músculos de vez en cuando para evitar que se durmieran. Podía tener que moverse rápidamente si alguien le localizaba.
    Uno de los mejicanos rondaba a lo largo del sendero. Tarareaba, y parecía extrañamente indiferente. Y entonces Bond se olió la razón: el hombre fumaba un porro de marihuana. "Bien: eso le tendrá confuso y demorará su tiempo de reacción."
    Justo antes de que el guardia caminara por debajo de la piedra colgante, Bond reemplazó la ballesta por un Chakram, un disco de metal afilado como una navaja, que fue antiguamente un arma tradicional de los Sikhs de la India. Había llegado a apreciar el arma mientras estaba de misión en Pakistán.
    Con treinta centímetros de diámetro, pesando simplemente ciento cincuenta gramos, el Chakram fue preparado por Bond haciendo girar el arma sobre el dedo índice y luego lanzado de manera parecida al lanzamiento de un disco volador frisbee. Aquello cortó el aire con la finalidad de una guillotina, pillando al mejicano justo sobre el cuello, seccionando limpiamente la cabeza de su cuerpo antes de encajarse profundamente en el tronco de otra palmera.
    Treinta minutos después, el otro ruso pasaba bajo la piedra de Bond, emergiendo al otro lado. Bond estiró la corona que movía las saetas de su Rolex hasta que hizo click, liberando dos enganches para dedos separados de la caja del reloj. Sujetando el reloj por la correa expandible de metal, Bond estiró de los enganches para dedos exponiendo cierta longitud de fino y fuerte cable.
    Bond rápidamente se dejó caer desde el saliente, directamente detrás el ruso y apretando el cable contra la garganta del hombre. Él hizo justo lo que Bond había anticipado: intentó liberarse, tambaleándose hacia delante, así que todo lo que Bond tuvo que hacer fue mantener el cable tenso. La sangre, densa y cálida, saltó a las manos de Bond y corrió por sus brazos. El ruso cayó de rodillas, gorgoteando, sacudiéndose mientras sangraba hasta la muerte. Luego se desplomó y quedo yerto.
    Pocos minutos después, Bond se movió agachado hasta el terreno junto al borde del acantilado. Estaba a una mareante distancia sobre las escarpadas rocas y los espumosos rompientes de más abajo. A su izquierda, una pantalla de maleza le ocultaba del sendero. Había por lo menos otro guardia mejicano en esta sierra, y Bond supuso que estaría sobre el promontorio delante de él.
    Bond estaba equivocado. El guardia estaba detrás de él.
    Lo supo cuando una bala rebotó en la piedra al lado de su mejilla, salpicando el lado izquierdo de su cara con minúsculos pedazos de roca. Maldiciendo, Bond giró y esquivó a la vez; una ráfaga de balas cantó justo sobre su cabeza.
    Se giró y disparó la Beretta sin tener tiempo para apuntar. El mejicano retrocedió contra el borde de acantilado, gimiendo. La propia arma de Bond tenía silenciador, así que sólo hacía un brusco silbido cuando escupía balas. Pero el arma del otro hombre había hablado fuerte: Bond esperaba que el sonido de los rompientes ahogara el ruido del arma. Él prefería que Doberman pensara que sus guardias simplemente habían desertado de él.
    Preocupado por esto, su mente un poco distraída, Bond fue a asegurarse de que el mejicano que había tratado de emboscarle estaba muerto. Pero el guardia se hacía el inconsciente. Tan pronto como Bond se inclinó sobre él, el hombre levantó su G-11 y apretó el gatillo.
    La acción refleja salvó a Bond. Se enderezó y pateó el arma, dándole en la recámara con la punta de su bota. El puntapié golpeó el cañón hacia atrás de forma que el arma rugió sobre el hombro Bond, pero tan cerca de su mejilla que se quemó por el destello de la boca del arma y sus oídos resonaron.
    Bond saltó un paso atrás, pateando nuevamente, esta vez guardando el equilibrio e imitando un movimiento de karate, para conseguir el impacto máximo. El puntapié conectó y el arma fue girando hasta el borde, en la roca. El guardia se apartó girando a un lado, dejando una reluciente mancha de rojo sobre la roca donde había estado: Bond le habido herido con un tiro de su Beretta.
    Entonces Bond extendió la fiel pistola para terminar el trabajo.
    Pero incluso un hombre herido puede moverse rápidamente cuando sabe que está a punto de ser ejecutado. Las nubes se abrieron de nuevo, y la luz de la luna se vertió sobre ellos. El mejicano era un combatiente experimentado, dedujo Bond: era un musculoso hombre de ojos oscuros con una vieja cicatriz de bala que arrugaba su mejilla derecha, su pelo estaba cortado a estilo militar. Sonrió abiertamente a Bond para mostrarle que no estaba asustado, y se mantuvo agachado, dentro del alcance del cañón del arma de Bond. Apartó la Beretta a un lado y golpeó a Bond en el fondo del estómago con un puño del tamaño de un jamón.
    Bond sintió como si el mundo acabara de volverse del revés. Boqueó, y se tambaleó hacia atrás, tratando de mantener la boca del arma entre él y su asaltante.
    El mejicano continuó empujando a Bond hacia atrás hasta que lo tuvo sujeto contra la roca. Bond, aún buscando aire, se encontró mejilla con gruñona mejilla con el hombre. El guardia empujaba con su hombro izquierdo, que sería donde Bond le había alcanzado, entonces Bond lanzó duramente su frente hacia abajo, como la cabeza de un martillo, donde la bala hirió el hombro del hombre.
    El gran mejicano aulló y su presa se aflojó por un momento. Bond levantó su rodilla directamente a la ingle del hombre. Este se tambaleó hacia atrás... pero atrapó el cañón del arma de Bond con su mano derecha, forzándolo hacia arriba y quitándosela.
    Bond hizo un movimiento rápido con su muñeca y el cuchillo de la manga se deslizó hasta su mano justo cuando el mejicano con músculos de hierro arremetía nuevamente con su hombro derecho, golpeando a Bond directamente en el esternón. Bond tiritó de dolor. Puntos de luz revolotearon ante sus ojos. Pero él se soltó de un tirón y atacó al otro con el cuchillo de manga en su mano izquierda. El hombre soltó el cañón del arma para bloquear el avance del cuchillo. Bond levantó el arma entre ellos y apretó el gatillo, pero una vez más el mejicano, aunque herido y golpeado, saltó a un lado con velocidad casi sobrenatural, una fracción de segundo antes de que la Beretta disparara sus balas de calibre 25.
    Éste avanzó, apartando del arma de un golpe con su puño izquierdo, y cogiendo la muñeca del cuchillo de Bond con su derecha. El hombre pateó con su pie derecho; y atrapó la Beretta firmemente por el cañón, arrancándola de la empuñadura de Bond. Pero ese puntapié expuso sus costillas; y Bond apuntó un violento puntapié contra ellas, oyéndolas romperse cuando golpeó. El mejicano se aflojó, y cayó, gruñendo, girando a la derecha de Bond, peligrosamente cerca del borde del acantilado... y cerca de la Beretta. Esta había caído cerca del borde del precipicio.
    Gritando triunfal, el mejicano arrebató la Beretta, poniéndose de pie de un salto, preparándose para disparar...
    Bond tuvo una fracción de segundo para tomar una decisión. Se plantó con su espalda contra una pared de roca, justo a dos metros de un hombre que tenía su propia Beretta apuntándole. Si saltaba a la derecha o a la izquierda, el hombre -un pistolero experimentado- lo compenssaría y la desviaría para disparar. Si arrojaba su cuchillo, nunca alcanzaría su objetivo a tiempo. Pero si saltaba hacia adelante y abajo, a los tobillos de hombre grande... el hombre tenía el arma inclinada hacia arriba, así que aquello podría darle el momento que necesitaba. Todo esto Bond lo consideró en la fracción de un latido de corazón mientras el mejicano se apartaba una gota de sudor.
    Bond brincó hacia delante; y mientras lo hacía, comprendió que su inercia les llevaría a ambos sobre el acantilado.
    La Beretta silbó, siseando en el aire cerca de la oreja derecha de Bond con una bala. Entonces Bond conectó con las rodillas del mejicano, derribándole en un placaje de fútbol americano.
    Siguieron pasando el borde de acantilado hacia el espacio.
    Bond se sintió irreal, girando boca abajo, todavía agarrado a las rodillas del hombre, y fue como si el tiempo se ralentizara... parecieron caer a través de sirope, aunque esto fue una ilusión creada por su cerebro frenéticamente acelerado. Vio la Beretta pasarle en un remolino, un vertiginoso borrón de metal. El otro hombre la había soltado, y Bond había perdido su cuchillo de manga. Se movió instintivamente; aunque su mente le decía: "Eso es, has sido demasiado confiado y ahora estás muerto"; para forzar al hombre mayor bajo él mientras giraban, sujetándolo ahora por los bíceps...

    Impactaron. El mejicano golpeó primero contra la roca, y Bond cayó sobre él, amortiguándose un poco su caída por el cuerpo roto del hombre. Aún así -y aunque habían golpeado contra la roca sólo oblicuamente- Bond se sintió como si fuera estrujado y arrojado a un lado. Fuerzas más poderosas que él habían asumido la dirección: la inmensa succión gravitatoria de la tierra, la escarpada y dura masa asesina de aquellas afiladas rocas, las atronadoras olas chocando bajo él. El mar cerrándose sobre su cabeza.
    Todo el aliento había sido extraído de Bond, y su pecho le dolía donde había recibido el impacto del golpe cuando golpearon la roca; aquello dolía como una explosión que no dejaba de estallar. El agua -sorprendentemente fría, oscura como las profundidades de un pozo de brea- formaba una marejada a su alrededor, indiferente al dolor que causaba. Aquello le levantó, a la manera en que un bateador de béisbol equilibra un bate, golpeándole luego contra las rocas una y otra vez, mientras su cerebro exigía oxígeno y sus extremidades volvían a actuar. La muerte se acercaba a él, y le pareció ver la risueña y bestial cara de Klaus Doberman burlándose de él, diciéndole: Te confiaste demasiado y ahora estás muerto, te confiaste demasiado y ahora estás muerto, te confiaste demasiado...
    "¡No!"
    Bond encontró la reserva de fuerzas interiores que surgían de él cuando se enfurecía suficientemente. Abrió la reserva, y la fuerza fluyó a su través.
    Una vez más una ola le lanzó contra la roca, pero esta vez él se agarró, aunque los pétreos bordes cortaron sus dedos y sus extremidades se sintieron como si las desgarraran, la succión de las olas retrocediendo e intentando arrastrarle.
    Pero él aguantó, y al final la ola cayó lejos de él. Renqueó, escupiendo agua salada, y saboreando el aire libre.
    Cada movimiento dolía, pero se forzó a ascender más alto sobre la roca, fuera del alcance del mar. Su garganta ardía por el agua salada, sus oídos resonaban, su cabeza palpitaba de dolor, pero sentía una cantarina sensación de triunfo. Había sobrevivido a aquello.
    El lánguido cuerpo del destrozado mejicano -el cojín que había salvvado la vida de Bond- flotaba como tantos desechos en el agua, boca abajo, girando mientras las mareas lo atrapaban, arrastrándolo a mar abierto...
    James Bond tosió, y arrastrando los miembros que parecían cargados con anclas invisibles, caminó a la oscura luz de la luna hasta las rocas en la base del acantilado. Desde allí podría acercarse furtivamente a una playa... con suerte. Suspiró. Tendría que ir arriba y conseguir esos cuerpos y enterrarlos. Doberman tendría que ser convencido que sus guardias habían desertado. Sería una noche larga.

* * * * * *

    Unas horas después, el submarino soviético rompió la superficie del Océano Pacífico por primera vez, cuarenta y siete millas al sudoeste de la costa de Puerto Vallarta. El casco rompió y crujió por el alivio de la presión del agua que ahora retrocedía. El General Gogol estaba pálido pero se mantenía rígidamente derecho en su camarote.
    Unos minutos después, la metálica voz del puente a través del altavoz rompió el silencio en el camarote del General.
    - Área cuadrícula 54-90 limpia. Ninguna embarcación enemiga en la vecindad.
    - Recibido -contestó el General Gogol-. Prepárense para la cita esperada con la Camarada Mayor Amasova.
    El altavoz se apagó. El General sonrió meditativamente, pensando cuan ansioso estaba por encontrarse en un paraíso de playas cálidas, palmeras, playas de arena blanca y muchachas trasnochadoras. La helada tundra de la Madre Patria pareció estar a años-luz.
____________________
 -12-
Traiciones y Tachaduras

    - Parece la pintura de un anochecer -musitó Bond, mirándose en el espejo. Estaba desnudo de cintura para arriba. Sobre su pecho había una magulladura más grande que una pelota de fútbol, sobre el pectoral derecho y esparciéndose hacia las costillas. Estaba rojo brillante en el centro, esparciéndose desde allí en rayos de violeta y morado-. Una mala pintura -agregó Bond.
    Se encogió de hombros -y lo lamentó, ya que incluso el mover mucho sus hombros le dolía- y se apartó del espejo hacia el lavamanos de la lancha rápida. Tuvo que permanecer un poco inclinado en la abarrotada cabina. Se aplicó antiséptico sobre la laceración a lo largo de su vientre, luego se pegó una venda a presión para sujetar sus cuatro costillas fracturadas en su lugar.
    Bond acaba de terminar el vendaje de su herida y de ponerse su camiseta de algodón blanco Sea Island cuando oyó abrirse la puerta del embarcadero. Comprobó la Walther PPK, encontrándola en orden, cargada y lista para matar, y se movió para escudriñar sobre el borde de la portilla.
    Todo lo que pudo ver fue un par de pantalones blancos moviéndose por el muelle al lado del barco, un poco sobre la portilla.
    Se movió hacia la puerta, dispuesto para disparar a su través. Oyó un crujido como de alguien subiendo al barco, luego pasos como de una persona moviéndose hacia la puerta. Amartilló la pistola.
    - ¡Bond! ¿James, eres tú...?
    Bond se relajó, sacudió su cabeza, y abrió la puerta. Leiter entró.
    - Maldición, Felix, ¿por qué no hiciste la señal, hombre? Casi te disparo.
    Leiter se golpeó en su frente, y dijo disculpándose:
    - Hoy no soy yo mismo. Estoy siendo olvidadizo por la preocupación, James -se sentó en la litera-. Me temo que tengo una especie de interés paternal por esa amiguita tuya. Y las malas noticias de esta mañana... Yo simplemente no...
    - ¿Qué malas noticias? -preguntó Bond, tomando una cafetera de la mini-cocina.
    Sirvió dos tazas, y miró su Rolex. Eran casi las once de la mañana. Infiernos, había necesitado el descanso. No conseguiría mucho más hasta que la misión hubiera acabado.
    - La policía colombiana. Ellos conocen a Doberman. Saben que está aquí. Y han puesto su fortaleza bajo vigilancia -Bond sorbió su café, y suspiró. Malas noticias y mal café. Gran combinación-. El Presidente Colombiano ha jurado que cazará a Doberman y vengará el asesinato de su Ministro de Justicia. "Retribución rápida y efectiva", creo que fueron sus términos. Sí, eso es... -sacudió su cabeza.
    - Doberman matará a Lotta si ellos van contra él. Pensará que yo les puse tras él.
    - Quizás. Pero tengo un amigo en el gobierno mejicano que me ha contado esto. Me ha dicho que no están preparados para ir sobre Doberman. Hay cierto debate sobre su estatus legal. Y están un poco preocupados por la conexión rusa. Así que están tomándose su tiempo, planificando... lo que es una suerte para nosotros. Eso podría darnos tiempo.
    - ¿"Nos"? -Bond miró a Leiter-. Felix, me sorprendes. ¿Realmente me propones tomar un arma y asaltar la posición enemiga conmigo?
    - Estúpido de mí. Pero, sí.
    Bond sonrió ampliamente.
    - Encontraré un uso para ti.
    - Bien, James... -Leiter rió en silencio-. He oído algo: este Doberman trata de contratar más hombres. Parece que dos de sus hombres y dos rusos "desertaron".
    - ¡No me digas! -replicó Bond, sarcásticamente-. ¿Crees que los reemplazará?
    - No. Tuvo suerte de conseguir los que tiene: no es fácil encontrar hombres en los que uno pueda confiar, hombres sin ningún tipo de escrúpulos, en México.
    - ¡Es difícil encontrar en cualquier parte hombres en los que puedas confiar pero que no tengan escrúpulos! -Bond rió-. Doberman tiene un buuen problema. Intentará conseguir mercenarios de fiar, pero eso lleva tiempo. Tienes que encontrarlos, entrevistarlos, seleccionarlos, informarles... sólo el encontrarles puede llevar semanas.
    Leiter asintió.
    - Aún así, está el problema de los colombianos...
    Bond encendió un cigarrillo, lanzó el humo hacia la portilla, y dijo pensativamente:
    - Quizá unas pocas propinas.
    - Un poco de soborno no, James. Un mucho -Bond silbó-. Sí, mucho dinero para ellos para que den la espalda en una noche específica. Pues esos hombres arriesgarán sus carreras.
    - Perfecto. Un mensaje por radio a M y tendré...
    - Ya lo he hecho. ¿Puedes darme un cigarrillo?
    - No me creo que ya no hayas cogido uno -le arrojó el paquete.
    Leiter rió. Luego su expresión se volvió grave.
    - Te mueves rígido, James; ¿estás herido?
    - Sólo un poco magullado. Bien, un mucho magullado. Considerándolo, tuve suerte. Estaré perfecto una vez me ponga en movimiento.
    - ¿Cuándo golpearemos, James?
    - Pronto. Cuando sea el momento adecuado. Cuando mi instinto me lo diga. Pero creo que sería mejor promover a unos cuantos "desertores" más.
    - Entonces tendrás hoy una oportunidad: Doberman ha salido a navegar en su yate.
    Bond se tensó.
    - ¿Qué?
    Leiter levantó su mano mecánica en un gesto que decía: mantén la calma.
    - No se va muy lejos. Mis amigos entre los "Leopardos" dicen que se ha llevado a tu amigo y a unos guardias, y llevado el yate a mar abierto: piensan que tiene una cita con alguien temeroso de entrar en México. O temeroso de ser visto con Doberman. Sospecho que casi con seguridad se trata de la reunión clandestina con el General Gogol que mencionó la Mayor Amasova.
    - ¿Pero como sabes que Doberman volverá?
    - La mayoría de sus guardias permanece en el rancho. No ha llevado provisiones. Ahí tienes señales.
    - Espero que tengas razón, Felix, si pudiéramos encontrar ese yate...
    - Olvídalo, James. He averiguado esto horas después de que el yate partiera esta mañana. Es demasiado tarde para seguirle. Espero que regrese esta noche.
    - Entonces es hora de que tú y yo demos un paseo en bote.

* * * * * *

    El Buenaventura soltó el ancla a varias millas de Bahía Banderas.
    Fuji Chen se plantó ante la barandilla del inmenso yate blanco, observando al horizonte hundirse y alzarse y mareantemente hundirse otra vez mientras la embarcación era agitada por las olas. Se reclinó contra la barandilla, parpadeando a la luz del sol. El sol de mediodía caía sobre la cubierta y acorralaba todas las sombras bajo las tumbonas. Puso sus brazos en sus costados por un momento, sintiendo las súbitas agitaciones erráticas en la bolsa de bandolera que llevaba. Luego cesaron.
    El sonido de un helicóptero provocó que Chen levantara su cuello, revisando el cielo sobre el yate. Gritó una orden a uno de los guardias para que disparara una bengala y el hombre rápidamente apretó el gatillo.
    La luz de las bengalas iluminó repentinamente el océano a su alrededor y resaltó su posición para el helicóptero, que en ese momento giró ligeramente al noreste y se dirigió en la dirección apropiada.
    Doberman, la imagen de la confianza, avanzó desde el interior del yate y tocó el hombro de Chen como si fueran los mejores amigos.
    - ¿Has hecho los arreglos oportunos? -preguntó, impasiblemente.
    Una sonrisa viciosa cruzó la cara de Chen mientras hacía un gesto hacia la bolsa de bandolera.
    - Todo está en orden.
    Las cuchillas del helicóptero lanzaron tumbonas y mesas por el aire, provocando que Doberman y sus hombres escudaran sus caras con manos y brazos. El rugido del motor y las hélices era ensordecedor mientras la aeronave se posaba sobre la plataforma de aterrizaje circular. Los rotores gimieron lentamente hasta pararse y la puerta lateral del Aerospatiale SA 315B de construcción francés se abrió.
    Con impecable chaqueta blanca y pajarita negra, Doberman saludó a la inmaculadamente uniformada Mayor Amasova con el acostumbrado beso sobre la mejilla. El General Gogol, vistiendo gafas metálicas y un bien cortado traje gris oscuro, parecía el estereotipo del presidente de un banco. Él, también, fue besado por Doberman en cada mejilla , luego el General Gogol estrechó la mano de su anfitrión con una consistencia que hablaba de un problema subyacente y no resuelto.
    Mientras Doberman y sus invitados rusos pasaban al interior del yate, Chen se paseaba y pareció examinar con interés exactamente promedio la aeronave rotativa. Miró hacia la bolsa de deporte. Su contenido estaba tranquilo, pero eso sería un estado breve. Aunque él no había mirado su reloj, y no lo hizo ahora, sabía la hora correcta al minuto. La reunión entre su patrón y el General Gogol no tardaría mucho. Era el momento de actuar.

* * * * * *

    Doberman y los dos rusos estaban sentados sorbiendo vodka Stolichnaya con hielo en un extremo de la pulida mesa de roble en el espacioso camarote.
    El General Gogol disfrutaba sus aventuras alrededor del mundo y habitualmente le agradaría tratar con Klaus Doberman. Hoy, sin embargo, parecía afligido.
    - Usted ignoró el procedimiento -anunció el anciano-. Usted no pidió aprobación antes de eliminar a Bill Tanner. Las represalias del Servicio Secreto Británico están comprometiendo operaciones ya iniciadas . Ahora 007 está complicando el asunto y debe ser neutralizado antes de que impida nuestras iniciativas en América del Sur y Central.
    - Ese punto es irrelevante -replicó Doberman calmadamente, su ojo frío enfocado en el General Gogol-. He formado nuevas asociaciones. No necesito la ayuda financiera de la Unión Soviética.
    La frente del General Gogol se arrugó y sus cejas se hundieron con desagrado.
    - Tenemos un trato, Camarada Doberman. La Unión Soviética le financió para manufacturar y producir grandes cantidades de cocaína y usted, a cambio, expandía el uso y el abuso de la droga a través de un cártel a lo largo del Caribe y Centro y Sudamérica, para así socavar y desestabilizar sus gobiernos democráticos pero frágiles.
    Doberman se puso en pie lentamente.
    - Ya no le necesito. Yo no necesito a nadie. No, en vez de eso, usted me necesita.
    Se alejó de la mesa, dando su espalda física y financieramente a los rusos. El General Gogol se puso en pie de un salto, su airado entrecejo se volvió una maraña.
    - Está cometiendo un error fatal, camarada Doberman. Nadie abandona sencillamente la Unión Soviética.
    Ignorando las amenazas del General Gogol, Doberman salió de la sala, sonriendo jubilosamente para si.

* * * * * *

    Chen abrió la cremallera de la bolsa y retiró un tembloroso saco de arpillera. Sin más vacilación, abrió la puerta del helicóptero por el lado del piloto y plantó la bolsa junto con su frenético contenido bajo el asiento. Luego, con las minuciosas y firmes manos de un cirujano, desató el nudo de cordón de zapato que encerraba a los habitantes del saco.
    Chen se petrificó durante un fugaz momento: podía oír las distantes voces de los rusos. Lentamente continuó con la minúscula y disimulada pantomima, luego se alejó hasta la barandilla, a una distancia segura del helicóptero. Sus ojos rasgados tenían el controlado interés de un francotirador cuando busca un rifle.
    El General Gogol y la Mayor Amasova se acercaron al helicóptero segundos después de que Chen tomara asiento en una de las tumbonas de lona. Sus gestos eran airados, impacientes.
    Chen rió para si mientras observaba a la Mayor Amasova abrocharse el cinturón del asiento del pasajero y al General Gogol asir los controles del helicóptero. Los rotores comenzaron a girar y el motor incrementó su gemido cada vez más, entonces la aeronave se elevó de la plataforma graciosamente, desviándose bruscamente a la izquierda, dirigiéndose al submarino que les esperaba. El gemido de la maquinaria provocó que los habitantes de la bolsa golpearan contra su jaula de arpillera con salvaje excitación.
    El General Gogol maniobraba el helicóptero hacia su lugar de reunión, sus dedos tamborileaban sobre el salpicadero de la aeronave mientras revisaba el interminable océano.
    Las vibraciones eran fuertes en la bolsa ahora que el helicóptero continuaba desviándose claramente a la izquierda. Los barridos de las decapitadas colas se aceleraron en la media docena o así de serpientes de cascabel mejicanas. Abruptamente deslizaron sus grandes cuerpos estimulados por drogas fuera de la flojamente atada bolsa hacia el suelo del helicóptero. Los colmillos de las serpientes pasaron a ser una parte de su exterior, y sus colas mutiladas, agitándose de un lado a otro, cortaban el aire con un siseo. Series de temblores sacudían sus cuerpos mientras reconocían presas. Una vez localizadas las piernas del General Gogol frente a ellas, las serpientes agitaron sus colas como pinchos segmentados justo sobre sus cabezas. Con las bocas totalmente abiertas y con rápidos empujones, fueron hacia él.
    Al principio, el cerebro del General Gogol registró algo pero no supo qué. No hubo dolor inicial, sólo dos o tres estirones violentos sobre su pierna izquierda. Buscó abajo y sintió un enorme cuerpo alargado que mordía repetidamente sus tendones. Dolor y pánico golpearon juntos.
    El océano se desvaneció, el horizonte se inclinó, mientras el General Gogol inclinaba hacia abajo el morro helicóptero, incrementando la velocidad. La Mayor Amasova echó su cabeza hacia atrás y lanzó un gutural grito de terror. Comprendió demasiado horriblemente lo qué mantenía al General bajo este envenenado dominio.
    Otra serpiente se abalanzó contra las extremidades del General Gogol, mandíbulas abiertas. Guiando frenéticamente el helicóptero, miraba hacia abajo a las olas contra las que se precipitaba, aparentemente a centímetros, a ciento ochenta kilómetros por hora. La Mayor Amasova golpeó contra el Plexiglas, el helicóptero cayendo en espiral.
    Estremecimientos recorrían la espina dorsal del General hasta su cerebro en shock. El helicóptero continuó acelerando a más y más velocidad mientras sus piernas se paralizaban hasta la pérdida de movimiento y sensibilidad.
    El corazón de la Mayor Amasova palpitaba mientras las serpientes se volvían para atacarla. Ella emitió un grito escalofriante, una exclamación de desesperanza y desanimo.
    Evitando dos agonías que ella no podía imaginar, rápidamente se desprendió del asiento con manos temblorosas, retrocediendo hacia la puerta ahora abierta.
    Mientras el helicóptero corría hacia el océano, ella se zambulló, lanzándose al agua, sintiendo calor en su espalda, viendo incluso su sombra delante de ella misma, aunque el sol ardía en lo alto. El helicóptero había estallado con furia e intensidad, acompañado por una ardiente nube en forma de hongo.
    La Mayor Amasova nadó, desesperada, sus pulmones hinchados, doliéndole, sus piernas pateando para alejarse lo máximo. El agua enfrió su escocida espalda. Mientras las olas la envolvían, ella vio la superficie, las llamas barriendo la superficie del agua, una rabiosa tormenta de fuego.
    Se hundió bajo el agua, inhalando frenéticamente, pateando y avanzando con sus brazos, nadando desesperadamente hacia la costa con nada más que la venganza en su mente.

* * * * * *

    Chen sentado en la tumbona, presenció la destrucción del helicóptero en una nube de llamas. Una ascendente muralla de ellas. Y su rugido envió una visible onda de choque que agitó las aguas. En un segundo, el océano parecía tan aburrido, tan pacífico, el sol ardiente sobre él, que Chen habría bostezado. Al siguiente segundo, el océano había estallado.
    Una sonrisa de satisfacción personal y orgullo profesional arrugó la cara amarilla de Chen. Luego repasó el horizonte, esperando ver el barco de James Bond.

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 -13-
El Grito Largo y Fuerte

    El barco de Bond, sin embargo, estaba a mucha distancia. Estaba acelerando siguiendo la costa, cortando las olas dejando una profunda estela blanca mientras rodeaba los promontorios. No deceleró hasta que tuvo a la vista la fortaleza sobre el acantilado de Klaus Doberman.
    Cada movimiento le dolía, a causa de la enorme magulladura de su pecho y las costillas golpeadas, pero pilotando la lancha rápida hacia la fortaleza, el dolor era barrido por una corriente casi narcótica de furia.
    Había otra lancha rápida amarrada junto al hidrocóptero en el malecón bajo la casa. Bond paró los motores y dejó el barco a la deriva. Examinó el malecón a través de los binoculares compactos. La otra lancha rápida era una ligera Glastron Scimitar de alto rendimiento. Era más pequeña que la Chris-Craft de Bond, y posiblemente más rápida. Había una buena probabilidad de que estuviera por lo menos parcialmente blindada.
    Un musculoso mejicano, vestido con gastados vaqueros azules y una camisa caqui de manga corta, estaba sentado en la Scimitar con un M16 sobre sus rodillas. Estaba mirando hacia el mar. Al cabo de un momento percibió el barco de Bond. Hubo un destello de luz reflejada desde los cristales cuando levantó los binoculares para examinar al intruso. Debió reconocer a Bond, pues inmediatamente fue hacia la radio de su barco e hizo una llamada; probablemente a la casa; el yate estaría demasiado lejos para el alcance del ligero equipo de radio.
    Bond supuso bien: tres hombres bajaron las escaleras de piedra desde la fortaleza. En tres minutos se habían unido a su socio en la Scimitar.
    - Aquí viene el comité de bienvenida -observó Felix Leiter.
    Bond asintió. Observó como los hombres del barco soltaban amarras y dirigían la nave hacia el mar, con los motores a toda potencia mientras tomaba velocidad. Era de color plata apagado, el color de un cuchillo pulido, y cortaron hacia Bond y Leiter como si quisieran partirlos por la mitad con su proa.
    Bond sonrió.
    - Eso es, muchachos -dijo-. Venid a cogerlo.
    Pulsó el interruptor de ignición. El motor se revolvió, reviviendo con un rugido. Miró hacia el barco color cuchillo que aceleraba hacia ellos. Bond pudo ver dos hombres a cada lado del parabrisas, levantando sus M16 para disparar. Lanzó la lancha rápida a toda marcha y giró el timón, dando un círculo cerrado, lanzando una falda circular de espuma. Balas zumbaron sobre el agua detrás de ellos y rebotaron en el cuerpo blindado del barco. Ellos metieron la mayor velocidad, y como sobresaltado por las balas que rebotaban en su popa, el barco más pesado de Bond se encabritó en el agua con una súbita explosión de velocidad.
    Bond pilotó el barco en una acción evasiva, zigzagueando, volviendo sobre si cuando el enemigo les ganaba terreno, y desviándose para poner los ocasionales escollos entre él y sus perseguidores. Una vez estuvieron fuera de la vista de la fortaleza sobre el acantilado, Leiter se arrodilló al lado de la cubierta del motor y abrió fuego sobre el otro barco. Los disparos eran dificultosos para ambos bandos pues los barcos brincaban y coleaban en el agua, cayendo con un impacto que enviaba a las tripulaciones a agarrarse buscando sujeción. Las estelas de ambos barcos hacían tirabuzones sobre el mar. Bajo tales condiciones lo mejor que Leiter podía hacer era forzar al enemigo a mantener bajas sus cabezas, disparando tiros al azar cuando el barco estaba momentáneamente estable.
    Habían comenzado a encontrar otros barcos, y no pasaría mucho antes de que los informes del tiroteo en el mar atrajeran al equivalente mejicano de la Guarda Costera sobre ellos.
    La situación debería resolverse pronto, decidió Bond. Escudriñó la costa en busca de la ubicación apropiada... Con tantos nadadores, buques de vela, motoras ahora, sería difícil encontrar un lugar suficiente retirado.
    - ¡Felix! -gritó sobre el rugido del motor y el silbido del mar-. ¡Coge el timón!
    Leiter bajó el M16 y asumió la dirección. Bond fue más abajo para consultar un mapa. Allí: un alargamiento de la costa bastante desierto porque había muchos bajíos y escollos, peligrosos para los barcos. Peligroso para él, también, pero tenía que arriesgarse.
    Ya era malo que no hubiera tenido tiempo para encontrar antes el lugar ideal para la trampa. Esa habría sido la mejor táctica, pero había tenido que actuar rápidamente, antes del regreso del yate de Doberman.
    Subió a cubierta y cogió el timón, pilotando ahora en línea recta por la pequeña laguna, queriendo y consiguiendo distanciarse del barco enemigo.
    Marineros de barcos de vela le maldijeron mientras aceleraba muy cerca de ellos, casi volcándoles con sus remolinos. Consultando el mapa con miradas rápidas, se dirigió hacia los rocosos acantilados, acercándose tan cerca como se atrevía. Estaba sólo a pocos metros de las agitadas rompientes de su derecha. Fue forzado a reducir, cinco minutos después, cuando llegaron a un laberinto de afilados escollos. Pájaros marinos se elevaron chillando desde las rocas mientras se entrelazaban entre ellas. De vez en cuando el casco raspaba el fondo, y Bond sabía que perderían sus pernos si daban con un trozo de roca especialmente duro.
    Por entonces la nave enemiga había decelerado hasta una marcha lenta, estaba avanzando cuidadosamente entre las rocas. Leiter y los hombres de Doberman intercambiaron disparos cuando las rocas que se interponían separándoles lo permitieron, con el único resultado de rayas sobre el parabrisas antibalas y abolladuras en la cubierta. Aun así, un disparo bien dirigido podría poner al motor fuera de servicio... o acertar a Leiter entre los ojos. Bond decidió que el riesgo no valía la pena en este punto de la campaña.
    - ¡Felix! -gritó sobre su hombro-. ¡Cúbrete: ve abajo y prepara el equipo!
    - ¡Afirmativo, señor!
    Bond sonrió abiertamente, y puso el motor a la mayor velocidad, viendo que el laberinto de rocas se abría a la laguna que buscaba. Necesitaba poner un poco de "tiempo operativo" entre él y sus perseguidores.
    Era una laguna pequeña, en forma de coma, con la cola de la coma apuntando hacia el mar. Escoró el barco hacia el área más amplia de la laguna y directamente hacia la izquierda, así se ocultaba de sus perseguidores tras un tumbo de bloques de piedra en la costa. La dejó en primera, luego puso el piloto automático para dirigir la popa del crucero hacia la costa. Agarró su FN-FAL belga, el rifle automático que se había convertido en su preferido cuando actuaba como francotirador en corto alcance, y saltó del barco al agua, que le llegó hasta la rodilla. Chapoteó hasta la orilla y ocupó una escondida posición de disparo entre dos grandes rocas rojas con forma de cuña. Se tumbó boca abajo, con las piernas en V, ajustando la mira del rifle al alcance estimado.
    Al mismo tiempo, Leiter, como habían arreglado de antemano, llevando solo una pistola y una cajita negra, saltó a tierra y corrió hacia los matorrales que rodeaban la playa. La caja que llevaba era lisa a excepción de una cara, que contenía dos diales, una antena, un cambio de marchas en miniatura y un volante. Se escondió detrás un tronco caído recubierto en exceso con enredaderas. Riendo, pulsó un interruptor de la caja negra -que no era más grande que una caja de cereales tamaño familiar- y puso el cambio de marchas en reversa. El barco respondió alejándose de la orilla justo cuando el enemigo entraba acelerando en la laguna.
    La plateada nave hizo un sonido como de aclarar la garganta mientras cambiaba de marcha, aflojando la velocidad para cuidadosamente evaluar la situación. Los hombres del barco estaban todavía a unos treinta metros de distancia, pero Bond podía ver que sus ojos estaban fijos en su propio barco. Hasta ahora, no habían detectado la trampa. La puerta de la cabina del piloto en el barco de Bond estaba cerrada, y Leiter mantenía el barco en movimiento para que el enemigo no tuviera una visión clara a través del parabrisas; con suerte, no verían que no había nadie al timón.
    Leiter mantuvo el barco dando círculos por la laguna, siempre al lado opuesto del enemigo. Los dos barcos hacían círculos como cautelosos luchadores de cuchillo dando vueltas alrededor de un punto central, buscando una apertura.
    Bond apuntó a la popa del barco enemigo. Tres hombres estaban agachados allí, escudriñando su cebo; un cuarto pilotaba.
    Lamentó no haber podido estar seguro antes del alcance: podría haber recalibrado la mira adecuadamente. Aún así, aquella era una buena mira telescópica de tres aumentos, y el enemigo, cuando Leiter les pusiera en posición, debería estar bien dentro del alcance efectivo. El rifle automático usaba munición de la OTAN 7.62 X 51mm. Estaba operado por gas, con una capacidad de treinta disparos en su cargador extraible. Bond tenía dos de tales cargadores de munición junto a su codo; el tercero estaba ya en el rifle. El cañón de 533 mm descansaba sobre un trípode extendido; la culata encajada firmemente contra su hombro derecho. Los israelíes habían hecho buen uso de este rifle, y un capitán de infantería israelí, como favor personal, le había mostrado a Bond como usarlo en campo abierto. Pero esta era su primera oportunidad de usarla sobre blancos vivos y móviles. Para Bond, cada operación de campo era también un ejercicio educativo. Los soldados que siguen aprendiendo se mantienen vivos.
    Bond parpadeó ante el visor, centrando la fina cruz sobre el hombre que sostenía el M16 con esa familiaridad que mostraba larga experiencia: el hombre que la tenía debía ser muy peligroso.
    Pero el barco estaba en ese instante en el extremo opuesto de la laguna. El trípode, aunque aumentaba la estabilidad de la boca y por lo tanto la exactitud, restringía su capacidad para mover la vista siguiendo un blanco móvil. Así que dejó que el barco se deslizara fuera de su campo visual, esperando hasta que entrara nuevamente ante él.
    Hubo un momento o dos de engañosa quietud. Los pájaros, en silencio asustados por la llegada de los barcos, comenzaron a graznar de nuevo. La laguna era casi un espejo, reflejando las palmeras que dominaban la estrecha playa de guijarros. Los barcos navegaban a poca potencia, silenciosos y serenos como cisnes.
    Y entonces el enemigo abrió fuego contra el cebo de Bond. La laguna resonó con los golpes y ruidos de fuego de rifle, el tartamudeo de las armas automáticas. Humo de pólvora gris-azulado se elevó en un velo desde el barco plateado; pájaros asustados se elevaron, también, desde los árboles de atrás.
    Bond sonrió y aguantó su fuego.
    El barco enemigo había cobrado velocidad, estaba avanzando hasta el costado del cebo. Los pistoleros se detuvieron, hablando atropelladamente el uno al otro, aparentemente confundidos por la falta de respuesta.
    - Vamos, Felix -musitó Bond-. Movámonos.
    Como si Leiter le hubiera oído -aunque estaba bien fuera del alcance de su oído- la lancha rápida mayor giró repentinamente en un estrecho círculo y condujo directamente hacia el barco plateado. El enemigo corrigió su curso justo a tiempo, desviándose para evitar la colisión. Espuma del barco cebo salpicó a los hombres del otro. Ellos continuaron la persecución, su barco avanzó para seguir al cebo.
    Leiter les condujo a una enloquecida persecución por la laguna, induciéndoles a agotar su munición, pilotando evasivamente para que pocos disparos le alcanzaran. Pero aquello no podía durar mucho antes de que alguna bala perdida alcanzara la antena de recepción del control remoto o estropeara el motor. Aquello arruinaría el montaje. Era tiempo de llevar a los patos mareados a la galería de tiro.
    Leiter comprendió esto casi en el mismo momento que Bond. Redujo la velocidad del barco-cebo hasta que quedó justo delante de la proa del enemigo, y lo movía a babor o a estribor para impedir el paso cuando que el barco menor trataba de adelantarlo. De esta manera los condujo directamente hacia la posición donde Bond estaba como francotirador, tan cerca de la costa como fue posible. Bond podía oír los cascos raspar en las rocas. Su propio barco pasó ante su posición de disparo, y un segundo después el barco enemigo entró en su campo visual, justo a diez metros de distancia.
    Ya había rebajado el trípode para compensar su mayor elevación: el cañón del rifle apuntado hacia abajo desde su posición, ya que la superficie sobre la que estaba tumbado estaba inclinada hacia la laguna, con sus pies ligeramente más altos que su cabeza.
    El barco se deslizó ante su vista... y quedó casi parado, pues Leiter había cambiado abruptamente de marcha, lanzando al barco-cebo en reversa, retrocediendo hacia la proa del barco de atrás. El piloto de la nave enemiga giró a babor para evitar una colisión directa proa-popa, y los barcos crujieron juntos oblicuamente, inclinándose por el impacto y rebotando. Dos de los hombres en la popa de la nave enemiga fueron arrojados desde su posición de disparo, cayendo sobre sus culos. El barco fue efectivamente contenido, durante unos preciosos segundos, justo ante la posición de disparo de Bond.
    Centró la fina cruz roja sobre el hombre grande con el M16 y apretó el gatillo tres veces.
    Un arma automática dispara más efectivamente, y es menos probable que se atasque, si dispara en ráfagas cortas de al menos tres descargas pero no más de quince; o eso sostenían algunos. Bond pertenecía a esta escuela de pensamiento, disparó tres ráfagas de cinco descargas en la retaguardia del barco enemigo. Su primer blanco gritó y lanzó su cabeza atrás, como en exaltación; y cayó hacia atrás crispándose, el M16 todavía empuñado sobre su pecho, su garganta reducida a jirones tras la primera ráfaga. La segunda ráfaga cosió al mejicano de los ajados vaqueros a través del pecho de forma que él arrojó su semiautomática al aire como un bastón de desfile mientras se tambaleaba hacia atrás, haciendo un extraño e inestable baile. Tropezó con la baja barandilla, y cayó salpicando en el agua, flotando cara abajo detrás del barco, con una mancha roja esparciéndose desde su tronco rodeándole como una aura.
    La tercera descarga fue demasiado alta, y falló completamente el tercer blanco de Bond; Bond decidió que el rifle automático FN-FAL sacudía su boca hacia arriba una pizca más de lo que había esperado, quizá porque después de varias descargas el calor en la cámara aumentaba la expansión de los gases que escapaban de la detonación. Cambió su posición ligeramente para compensar.
    El hombre al que había fallado, un bajo y rechoncho mejicano con uniforme de combate, estaba de rodillas ahora, intentando cubrirse tras la barandilla, y rociaba las rocas al azar con su subfusil ametrallador. Una descarga sacudió la roca justo sobre la cabeza de Bond, salpicando su nuca con diminutas esquirlas de roca. El pistolero enemigo reconoció a Bond y gritó algo al piloto, mientras intentaba levantar su subfusil ametrallador, para que se acercara a la posición de Bond, a la vez que retrocedía hacia la puerta de la cabina para cubrirse mejor. Pero el subfusil ametrallador es menos efectivo a esa distancia, y difícil de dirigir hacia el estrecho nido de un francotirador con alguna exactitud. Las balas gritaron en la roca alrededor de Bond, pero ninguna encontró su objetivo.
    Bond tenía un ángulo más ventajoso, y tenía el arma más apropiada -el Mayor Boothroyd siempre le había dicho que seleccionar el arma apropiada para una situación prevista era media batalla- y él explotaba esa ventaja. Disparó dos rápidas ráfagas contra el hombre, cincelando una serie de cráteres del tamaño de medio dólar al estilo de unir los puntos sobre su torso. El pistolero retrocedió contra la puerta de la cabina y se deslizó sin vida sobre la cubierta, con su subfusil ametrallador caído entre sus rodillas.
    El piloto intentó desesperadamente apartar el barco fuera del alcance de tiro, pero Leiter con el control remoto mantuvo el cebo siempre en medio, bloqueando la ruta de escape y empujando al barco menor, menos potente, de vuelta a la laguna y hacia la línea de tiro de Bond.
    Bond retiró el trípode del rifle, recogió la munición extra, y acarreando el arma en sus brazos, se puso de pie. Se preparó para disparar y se encaramó sobre las rocas hasta el borde del agua, todo el tiempo martilleando contra las ventanas traseras antibalas de la cabina del piloto con una constante granizada de balas recubiertas de acero, disparando desde la cadera. El rifle repercutía fuerte en sus manos -era demasiado pesado para ser disparado desde la cadera por la mayoría de los hombres- haciendo que le dolieran las muñecas.
    Pero aquello sentaba bien. Lo sentía como una extensión de él, como si hubiera crecido fuera de él, una parte de sus brazos, y toda su maquinaria -el percutor que detonaba las balas, el gas expansivo del cartucho descargado que daba la fuerza para empujar la maquinaria automática hacia atrás e insertar otra bala- podría haber sido una parte de él, como su corazón y sus músculos. Se sentía bien de la forma en que lo hace un hombre cuando nada duro, disfrutando del ejercicio, sintiendo cada parte de su cuerpo trabajar suavemente con todas las otras. Bond era parte de esa máquina mortal, trabajando constantemente contra el barco, y estaba expresándose a través de ella, expresando su furia; porque el hombre del barco era alguien que había firmado para ayudar a Klaus Doberman, quien había secuestrado despiadadamente su mejor amigo, Bill Tanner, y, más que probablemente, le había asesinado a sangre fría. Doberman, quien había secuestrado a Lotta y estaría sometiéndola probablemente a algún tipo de agonizante tortura. Bond estaba descargando su furia contra Doberman, y todos los hombres como Doberman.
    - ¡James! ¡Para! ¡Deja de disparar!
    Bond tembló, y comprendió que era Leiter quien gritaba en su oído. Apartó su dedo del gatillo y miró al caliente y humeante rifle. Se sorprendió al comprender que, sin pensar, había expulsado el primer cargador e insertado un segundo y un tercero, empleando casi cien descargas contra el barco.
    - ¡Me rindo! -llegó una voz desde el interior del barco-. ¡Abandono!
    - Creo que podríamos usarle -dijo Leiter-. Oí su grito de abandono, así que...
    - Hiciste lo correcto deteniéndome. Será útil -murmuró Bond. Gritó al barco, que flotaba sólo a unos metros, al pairo-: ¡Venga con sus manos detrás de la cabeza!
    Un hombre con una cara tan retorcida que podría estar hecha de nudos de madera apareció por la puerta destrozada, las manos enlazadas detrás de su cuello. Leiter chapoteó por el agua y ascendió al barco. Caminó sobre los hombres muertos y cacheó al capturado pistolero.
    - ¡Si tiene un arma, la guarda bajo su lengua! -gritó Leiter.
    Bond sonrió.
    - ¡Vigílale, voy a bordo!
    Leiter cubrió al prisionero con una pistola mientras Bond vadeaba hasta el barco. El prisionero era un robusto y rubicundo alemán.
    - Usted es Josef Roschmann -dijo Bond, reconociendo la cara que definitivamente identificaba al hombre.
    - ¿Y qué si lo soy?
    Bond asintió. Lo era. Un antiguo terrorista de la organización criminal internacional de Blofeld SPECTRE, Ejecutivo Especial para Contrainteligencia, Terrorismo, Venganza y Extorsión, quien había sido expulsado por comportamiento brutal sobre sus subordinados. Bond sacudió su cabeza con asombro: ¡aquí tenía a un hombre demasiado brutal incluso para SPECTRE!
    - Roschmann -dijo Bond-, recoja esos cuerpos. Le haré un favor y sólo cargará uno cada vez. Ahora lléveles a tierra para los detalles del entierro. ¡Ahora!
    Roschmann escupió sobre la cubierta y, musitando cien maldiciones alemanas, arrastró los cuerpos hasta la barandilla y los levantó sobre esta. Bond y Leiter, con las armas en la mano, supervisaron como los remolcaba hasta la costa, y gruñendo, los arrastraba entre los matorrales. Bond estaba de pie sobre él mientras excavaba una somera sepultura con una pala cogida de la lancha rápida mayor, luego hizo rodar los cuerpos dentro del foso y los cubrió. Había quedado uno flotando en la laguna. Leiter llevó el barco de Bond hasta él, y cargó el cuerpo con piezas de hierro. Se hundió quedando fuera de la vista.
    Lavaron la sangre de la cubierta del barco menor, retiraron los fragmentos de cristal del marco de la ventana, e hicieron lo posible para esconder cualquier otra evidencia de la carnicería.
    - Perfecto, Roschmann -ordenó Bond- coja el timón. Yo permaneceré justo detrás de usted con esta impulsiva pistola Walther PPK.
    - No es necesario el drama. Le sigo.
    - ¡Felix! -gritó Bond al otro barco-, llévalo de vuelta al garaje. Te veré después -luego se sentó en el asiento del copiloto y dijo-: Pilote, Roschmann. Volvemos hacia Doberman.

* * * * * *

    Lotta se encontraba en un gran y tétricamente iluminado túnel a través del cual soplaba un viento extraño y desesperado aullando como un canto fúnebre desde el mismo corazón de la tierra.
    La luz proveía de adelante, tras una curva en el túnel. Luz rojiza; ominosa, fantasmal. Lotta caminó lentamente hacia la boca del túnel; entonces la detuvo una sensación en sus pies.
    Por todas partes: bichos.
    Paródicos escarabajos con negros caparazones, artrópodos de largas patas, escorpiones, cosas como gusanos que se retorcían, saltamontes... Hacían sus nidos en su pelo, hurgando, tejiendo redes, haciendo sonar sus pinzas.
    Lotta gritaba y corría, arrancando los insectos de su pelo, temblando al sentirlos en sus pequeños pies y sobre toda su piel...

* * * * * *

    Fuji Chen miró su reloj. Las seis P.M. El sol a babor ya estaba hinchado en el banco de bruma cerca del horizonte. El mar se volvía cobrizo por la luz enrojecida. Pronto estaría oscuro.
    El yate de Doberman estaba regresando a su fortaleza sobre el acantilado. Todavía estaban por lo menos a una hora de distancia, a menos que Doberman ordenara al timonel acumular caballos de fuerza. Pero estaban avanzando despacio, el motor a poca potencia. Doberman quería un paseo lento y suave; probablemente porque estaba colocado, y predispuesto al mareo en tales ocasiones, aunque él no admitiría eso.
    Pero Chen habría preferido que aumentaran la velocidad. Estaba nervioso por haber dejado demasiados pocos hombres para proteger el rancho de su patrón. Si Bond sabía que el yate había salido, podría aprovechar su ausencia para atacar el lugar. Podría esperar allí a que regresaran.
    Chen dudaba que mantener a Lotta como rehén mantuviera a Bond a raya durante mucho tiempo. Había fingido aceptar el informe sobre la deserción de los cuatro centinelas, pero privadamente sospechaba que no había habido deserción en absoluto.
    Chen medio temía y medio esperaba que Bond estuviera allí en la casa, arma en mano, listo para pelear, Chen anticipaba con interés ese enfrentamiento.
    De repente oyó el lamento de una mujer. El grito fue seguido por un rugido de Doberman, y luego por corrientes eléctricas circulando, todos los sonidos filtrándose desde el escotillón.
    Chen se giró y, actuando instintivamente, corrió sobre la cubierta y se zambulló bajando por las estrechas escaleras hacia el pasillo que se abría entre las cabinas.
    Chen dobló la esquina, llegando a la cabina asignada a Lotta. Uno de los otros guardaespaldas de Doberman estaba frente a ella, subfusil ametrallador en mano. A la vista de Chen, se cuadró.
    El chino asintió y abrió la puerta para entrar en una pequeña sala. Una simple bombilla brillaba débilmente desde un cable colgando del techo. Lotta, desnuda y en posición vertical, con sus muñecas atadas a los barrotes metálicos de una cama inclinada contra la pared, temblaba incontrolablemente. Su reacción fue refleja, espasmódica, como una rana conectada a un electrodo... ya que ella había sido conectada a cables eléctricos que se dirigían a un generador. Pero sus gritos eran los desafortunados productos tanto del dolor de soportar la tortura eléctrica como de las alucinaciones provocadas por la mezcla de drogas escopolamina/morfina.
    Atada al somier vertical, con una placa de metal negro del tamaño de un libro de bolsillo pegada a su estómago, cuyos cables se dirigían desde esta al generador, Lotta cesó de gritar cuando la corriente cesó. Goteando el agua que Doberman le había arrojado, ella miró con los ojos de un animal frenético como Chen caminaba hacia el generador. Ella se mordió su labio, determinada a no gritar la próxima vez.
    - Sea mi invitado -Doberman hizo un gesto a Chen, luego se volvió airadamente hacia Lotta, y arrojó otra cacerola de agua sobre ella-. ¡Ahora, Chen! -aulló.
    La corriente agitó abruptamente su cuerpo, marchitando el punto de contacto bajo la caja metálica negra sobre su estómago, llenando la sala con la hediondez de carne quemada, convulsionando sus nervios y músculos de cada extremidad de su cuerpo.
    La descarga de la poderosa corriente hizo que parpadeara la bombilla del techo. Vergonzosa orina goteó por su pierna. Ella no pudo controlar su respuesta. Exhausta, Lotta colgaba de los barrotes de la cama, su pecho palpitando, tiritando, boqueando.
    Doberman suspiró.
    - Puede gritar otra vez si lo desea. No hay nada vergonzoso en ello. En esta sala, no hay vergüenza.
    Entonces chasqueó sus dedos. Chen giró el botón del generador, y cuando Lotta sintió el oleaje agudísimo de corriente a través de su asolado y crispado sistema nervioso, ella desde luego gritó.
    Largo y fuerte.

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 -14-
Algunas armas escuchan, otras armas hablan

    Bond estaba cansado. Estaba hambriento. Tenía dolor de cabeza, y la enorme magulladura sobre su pecho dolía como el diablo. Pero la furia ardía en él todavía, el combustible para el motor de la venganza.
    Estaba sentado en el asiento del pasajero con su espalda contra el mamparo de estribor, el rifle automático sobre de su regazo, la Walther PPK en su mano, la boca de esta apuntando sin oscilaciones a Josef Roschmann, el secuestrado timonel de la Scimitar.
    Bond miró a través del parabrisas al cielo. Su azul se volvía más oscuro por el este, al oeste se tenía de rojo. Crepúsculo. "El yate probablemente regresará pronto. ¿Pero cuando? Podía tardar... Esto podría ser una oportunidad..."
    Supongamos que penetrara en la fortaleza de Doberman mientras el yate estuviera todavía en el mar. Podría atacarla, protegerse, y esperar allí, ocultarse dentro, hasta que el yate retornara. Pero era improbable que pudiera forzar la entrada en el rancho sin alertar a los hombres del interior. Podría conseguir entrar, y evitarles durante un rato; pero habría alguien haciendo radio-vigilancia. Eventualmente el grupo de radio-vigilancia comprendería que el rancho estaba bajo ataque, porque Bond no podría matar a todos los hombres de la fortaleza en silencio, y tarde o temprano habría una alarma. La radio-vigilancia haría una llamada a Doberman. Doberman mataría a Lotta inmediatamente y buscaría otro escondite. Podría escapar de Bond indefinidamente. Quizá durante años.
    No, Bond tendría que esperar hasta que Doberman estuviera de vuelta en el rancho. No podía arriesgarse a asustarlo y que quedara fuera de su alcance.
    Bond iba a tener que hacerlo de la manera difícil. Aún así todavía había una manera para acortar las probabilidades un poco más...

* * * * * *

    Héctor González se encendió otra "belleza negra"  y nerviosamente cambió de canal en la gran pantalla de la televisión en color de Doberman. Era un alto y huesudo colombiano de ojos oscuros cuyas cejas estaban unidas y que siempre necesitaba un afeitado. Fumaba incesantemente, sus dedos nerviosos temblando mientras encendía los cigarrillos.
    Disgustado, González apagó la televisión y se levantó, comenzando a pasear, propulsándose de una esquina a otra de la sala por el "speed" que había estado tomando todo el día.
    González deseaba que Chen volviera. Tenía un mal presentimiento...
    Hubo un fuerte crepitar en la sala adjunta. González fue allí y se sentó ante la mesa de madera que sostenía un receptor de onda corta de acero inoxidable, lo suficientemente pequeño para ser llevado en una mochila si fuera necesario.
    - Aquí, González -dijo por el micrófono-. ¿Quién llama, por favor?
    Sopló el humo del cigarrillo hacia una de las hundidas y estrechas ventanas de piedra. La ventana se había puesto roja con la puesta de sol, ya que daba sobre el mar. González esperó balanceando un bolígrafo sobre un cuaderno oficial amarillo para anotar los mensajes de radio.
    El altavoz crepitó, y una minúscula voz dijo:
    - Aquí Roschmann. Estoy justo en la sierra. Los otros hombres están en el pueblo. Me envían a preguntarte si quieres venir con nosotros. Hemos conseguido un nuevo trabajo, pagan dos veces más que este, con la mitad de riesgo. No puedo decírtelo todo por radio. Doberman podría estar escuchando. Ven al muelle y hablaremos. Corto.
    "¿Otro trabajo? Más dinero, menos riesgo -González se asombró-. Extraño -pensó-, un tipo de sangre fría como Roschmann volviendo sólo para hacer un favor. ¿Un favor? ¡Demonios! Quienquiera que fuera el nuevo jefe, probablemente le ofrecía un bonus si Roschmann traía hombres nuevos. Quizá un nuevo trabajo sea una buena idea, quizá sea lo que necesito. Me estoy poniendo enfermo de estar encerrado en este maldito basurero. Me pregunto cuál será el nuevo trabajo. Quizá sea en Tahiti. Tuve un trabajo en Tahiti una vez. Nenas por todas partes, tomar el sol, tomar licor, tomar costo. Vida fácil. Apostaría que lo es, apostaría que es en Tahiti. Tengo un presentimiento para estas cosas. Hora de cambiar."
    González sacudió su cabeza y se puso de pie. Fue hasta la ventana, tomó unos binoculares de la mesa, y repasó el mar. Era difícil ver contra el fulgor de la puesta del sol. Pudo distinguir la lancha rápida Scimitar, y una figura al timón que podía ser Roschmann. Nada más. Ninguna señal del Buenaventura, hasta ahora.
    Fue al teléfono rojo e hizo una llamada a la planta baja. Habló en español, diciéndole a otro guardia que viniera y se ocupara de la radio-vigilancia.
    Instintivamente, González tomó su M16 y sujetó en el cinturón su 38 de camino hacia la puerta exterior blindada. Esperó mientras otro guardia destrababa la puerta de hierro -había tres cerraduras y una barra- y salió al exterior. Entonces González comenzó a bajar los peldaños de piedra hasta el muelle. El centinela le detuvo en la verja.
    González, quien estaba al cargo mientras Chen estaba ausente, explicó en español que quería hablar con Roschmann en el muelle, y empujó ásperamente al inferior.
    Bajando por los zigzageantes peldaños de piedra, González comenzó a pensárselo mejor sobre la nueva oferta de trabajo. Comenzó a anhelar la seguridad de la fortaleza.
    "Quizá debería regresar... No, el "speed" te vuelve paranoico, eso es todo. He oído la voz de Roschmann por la radio. No puedo confundir esa voz."
    González vió la lancha rápida retumbando lentamente hacia el muelle para encontrarse con él. Era solo una silueta contra el sanguinolento atardecer marino. Aquello parecía la lancha extra de Doberman, bien.
    No obstante, había algo escalofriante en esto, viniendo a él silenciosamente, contra ese campo de rojo sanguinolento. Aquello era simplemente una negrura con forma de cuchillo, acercándose.
    Su corazón se aceleró, y él puso su mano en la culata de la 38 en su pistolera de cadera. Se dirigió al muelle de asfalto y caminó hasta el extremo, donde el final cuadrado del muelle se interrumpía bruscamente en el mar. El sol se hundía un poco más, y el mar se volvía de un rojo más oscuro y luego comenzó a virar a gris-negro, como si la sangre en el mar se coagulara. Las sombras se espesaban, y González observó sus pies cuidadosamente, temeroso de tropezar y caer del muelle al mar. González no sabía nadar.
    La Scimitar se acercó, luego giró sobre sí misma para apuntar hacia el mar antes de acercarse al muelle. Su motor deceleró, parando, mientras el barco tocaba el muelle. González trepó a la cubierta trasera.
    Súbitamente comprendió que el barco estaba sin luces; incluso pensando aquello estaba genuinamente oscuro. ¿Qué demonios? ¿Y dónde estaba Roschmann? Entonces quedó petrificado. La ventana posterior de la cabina del piloto había sido disparada. Comenzó a retroceder.
    - ¡Suelte el arma! -la voz había llegado desde la oscuridad del barco. González acercó sus dedos hacia la 38-. ¡Suéltela, digo! -llegó la voz nuevamente.
    Esta vez González vio el morro de un rifle automático aparecer lentamente desde la oscuridad de la Scimitar hasta la luz de la casa de Doberman y apuntarle directamente. Estaba a apenas dos metros, y González tenía su arma apuntando a la cubierta. No tuvo otra opción salvo dejarla caer.
    La lancha rápida comenzó a alejarse del muelle.
    "Bond no puede manejar el barco por al mar y también mantener el arma apuntándome -pensó González-. Otra persona debe pilotar. ¿Roschmann, quizá? Debía ser que Bond tenía un arma apuntándole a él y la otra a Roschmann. Pero entonces tendrá que mantener sus ojos mayormente sobre mí. Así que quizá está un poco detrás de Roschmann, y tiene el arma clavada en su espalda. Sólo que no se parecía a Roschmann. Quizá este hombre Bond subestima a Roschmann."
    - Dé una patada a esa M16 hacia la borda -llegó la voz desde la obscuridad. González dudó-. Hágalo o le dispararé ahora mismo.
    González pateó el arma bajo la barandilla. Las olas se la tragaron en el océano. El barco había aumentado su velocidad. Casi estaban fuera de vista de la fortaleza sobre el acantilado.
    - Ahora suelte la 38 y venga aquí.
    González renuentemente se desabrochó su cinturón, dejándolo deslizar hasta la cubierta. Fue hacia la cabaña, caminando lenta y cuidadosamente.
    - Vaya a la radio. Llame al rancho. Dígales que va a desertar -ordenó Bond-. Hágalo ahora o es hombre muerto -él esperaba en la oscuridad de la cabina del piloto, rifle en mano. González era una sombra en la puerta-. Cuidado -susurró Bond.
    Moviéndose lentamente, González fue a la radio del barco. Cogió el micrófono de mano y pulsó el botón de enviar.
    - Camelot, léame -dijo.

    La radio crepitó y una voz inquirió:
    - ¿Es usted, Lancelot?
    - "Escuchar cuidadosamente"  -comenzó González.
    - En inglés -siseó Bond.
    - Soy González. Yo y Roschmann vamos a aceptar el trabajo nuevo. Dígale a Doberman que nos bese el culo.
    El crepitar se cortó cuando González apagó la radio.
    - Bastante bien. Ahora, retroceda...
    Una sombra volvió a la vida: Roschmann estaba sobre él, tirando la Walther PPK al suelo, golpeándole en el vientre, intentado apartar el rifle. Bond dio un golpe con la culata de su rifle, atizando a Roschmann en el esternón. Roschmann resolló y se tambaleó hacia atrás justo cuando González entraba en el baile. Fue difícil de ver, pero Bond se las arregló para esquivar su puñetazo, luego se movió a un lado, permitiendo que la inercia de González le llevara a perder el equilibrio. Roschmann estaba arriba, yendo hacia él nuevamente... pero esta vez Bond tenía espacio para disparar. Dejó actuar al rifle; este parloteó, iluminando la cabina por un momento con su resplandor, y Roschmann gruñó y cayó atrás, su pecho perforado en tres lugares.
    Bond giró para encarar a González, pero había desaparecido. Miró a través de la ventana. El colombiano había recuperado su 38 y estaba agachado, pistola en mano, moviéndose hacia la cabina.
    Bond apuntó el rifle y apretó el gatillo: nada. El arma estaba atascada. Se detuvo para encontrar la Walther PPK, luego arrojó el rifle por la ventana hacia la cubierta.
    González retrocedió hacia popa, sonriendo, pensando que la muerte de Bond sería ahora cosa segura.
    Bond buscó atrás y apagó el motor. El barco flotaba casi en silencio. Sólo estaba el tímido susurro del viento y el murmullo de las olas.
    Avanzó a través de la puerta y hacia cubierta, encarando al sorprendido González.
    Bond estaba relajado, transfirió la acción hacia sus reflejos y observó con casi distanciamiento como su mano, moviéndose casi con una voluntad propia, disparaba tres tiros de la Walther PPK.
    Algo alcanzó a González duro en el pecho, y no sintió lo que había imaginado que la bala le debería hacer sentir; se sintió como si el golpe le hubiera abierto su pecho como un barril, dejando salir su alma al exterior, para que por primera vez pudiera verla, y en una imposiblemente rápida repetición instantánea pudo ver todo lo que había hecho jamás en su vida. No fue una visión agradable.
    Lo siguiente que vio fue el cielo... ¡la luna cayendo! No, aquello no caía, comprendió, aquello simplemente lo parecía porque él estaba cayendo, cayendo hacia atrás, oscilando sobre la barandilla hacia la oscuridad, al frío abrazo del mar, mientras el dolor surgía en su pecho desde el mismo momento en que el rugido del arma de Bond -demorado tras el destello y la bala- resonó sobre el agua.
    González pensó: "Me ha alcanzado en el pulmón derecho. Pero no en el corazón. Puedo sobrevivir. Puedo vivir..."
    Y entonces, cuando trató de respirar, y la asquerosa salmuera ardió en su garganta, recordó que había caído en el mar.
    Y recordó que no sabía nadar.
    Bond comprobó el cuerpo de Roschmann que permanecía sobre la cubierta. Estaba desplomado en un rincón con la sangre húmeda empastada justamente entre los ojos. Pero González se había movido rápida, espasmódicamente -como un hombre con anfetaminas- así que Bond no le había golpeado tan precisamente como él había querido. Podría todavía estar vivo.
    Encontró a González unos minutos después, oscilando cara abajo, los peces ya habían comenzado a mordisquearle. Estaba muerto, probablemente ahogado antes de poder desangrarse. Bond arrastró el cuerpo a bordo y encendió el motor, para llevar el barco de vuelta a la laguna donde había ocultado los otros cuerpos. Tendría que excavar estas tumbas él mismo.
    Encendió las luces de posición y comenzó a pilotar cuidadosamente a través del laberinto de escollos.

* * * * * *

    Bond había alcanzado la laguna y anclado, estaba justo descargando la última paletada de tierra sobre la somera tumba, cuando sintió el frío acero del cañón de un arma contra su nuca.
    - Si hace un movimiento equivocado -llegó una voz suave y con acento-, jugará en la tierra con sus amigos -Bond inmediatamente reconoció el acento como ruso-. Dése la vuelta y regrese directamente al barco -llegó la orden desde detrás de él.
    Estaba sólo a unos metros de la Scimitar, pero para entonces Bond había ubicado la suave voz.
    - ¿Cómo está usted, Anya? -preguntó Bond girándose descaradamente hacia la cara -y el arma- de la escasamente vestida Mayor Amasova.
    Su uniforme, desgarrado y reducido a jirones, había quedado desecho, en favor de los contorneantes sujetador y bragas.
    Ella sonrió y dijo:
    - Estoy bien, James. Le he echado de menos.
    Bond resistió un impulso de comentar sobre su vestido... o su carencia.
    - No creo que una endurecida agente de la KGB pueda echar de menos a nadie.
    - Con un arma, no -dijo ella-, levantando el cañón amenazadoramente para apuntarlo entre los ojos-. Pero con el corazón, sí... cuando el hombre es James Bond.
    - Nos divertimos en Roma, ¿verdad? -dijo Bond recordando su romance imposible con la agente soviética .
    - Sí, y en Londres, Viena, y Río -añadió ella.
    - ¿Por qué está aquí, Anya? -preguntó.
    - Por la misma razón que usted: Klaus Doberman.
    - ¿Qué tiene que ver la KGB y Departamento Viktor con Doberman?
    - Ya nada -replicó ella-. Ese es el problema. Y por eso usted y yo estamos del mismo lado por una vez.
    Bond la miró dubitativo.
    - No sé de qué está hablando.
    - Doberman trabajaba para la Unión Soviética. Nosotros financiamos sus instalaciones de manufactura y producción de cocaína, y él, a su vez, expandía la proliferación de narcóticos a lo largo de Centro y Sudamérica, lo que...
    - Socava y desestabiliza sus temblorosas democracias, abriendo paso para que las tropas rusas entren a su conveniencia -terminó Bond.
    - Pero ha traicionado a la Unión Soviética y hecho nuevas alianzas -continuó ella-. Doberman está loco -el odio ardía sobre su cara-. Es una peligrosa amenaza no solamente para nosotros, sino también para ustedes. Asesinó a su amigo Bill Tanner. Asesinó al General Gogol e intentó asesinarme a mí. Ahora yo voy a matarle. Podemos trabajar juntos en esto -añadió ella incitante-. Como en Roma, Londres, Viena, y Río, podemos hacerlo en Puerto Vallarta juntos -dijo ella, mirando a Bond con sus ojos oscuros y profundos... y con su pistola todavía apuntándole a la cabeza.
    - Si voy a trabajar con usted, Anya -dijo Bond directamente-, hay dos cosas que tiene que hacer. La primera es que tendrá que dejar de agitar ese arma ante mi cara. Y la segunda es que tendrá que darme cada trozo de información que tenga sobre Doberman y sus planes.
    La Mayor Amasova bajó la pistola y sonrió a Bond.
    - Ya ve, he mostrado mi buena fe no matándole. Pero no puedo darle la evidencia que tengo sobre Doberman. Si lo hiciera, ya no necesitaría trabajar con el KGB -conmigo-.
    - Es usted tan inteligente como hermosa, Anya. Estoy impresionado. Ha calculado todos los ángulos.
    Ella levantó la vista hacia Bond, disfrutando claramente de los cumplidos.
    - Me va a gustar trabajar con usted de nuevo -susurró ella.
    Bond puso un brazo alrededor de su cintura y la acercó.
    Inclinando su cabeza hacia los labios de ella, él dijo suavemente:
    - Por los viejos tiempos -y le dio un beso largo y apasionado.
    Aunque, mientras la besaba, su mano libre tocaba las tiras de su sujetador, luego las bajó, así como las bragas hasta que fueron un revoltijo alrededor de los tobillos y los endurecidos pezones rasparon contra su pecho desnudo.
    Levantándola en sus brazos, la llevó a la cabina y suavemente la depositó en la cama. Ella observó con admiración como él se quitaba las ropas de su musculoso cuerpo, y luego él se acostó en la cama junto a ella.
    Bond la besó nuevamente y permitió a su mano derecha deambular entre las piernas de ella. Ella ya estaba húmeda, y cuando él comenzó a tocarla expertamente, ella boqueó en su boca y levantó sus caderas sobre el lecho.
    Él recorrió sus labios sobre el cuello y luego bajó a los pechos, donde él excitó los pezones con su lengua, mordiéndolos luego tiernamente.
    - Oh, James, por favor -dijo ella, presionándose ella misma contra su mano-, por favor, ahora. Ya no puedo esperar más.
    Bond deslizó su mano libre y levantó una pierna sobre ella, ubicándose encima de ella. La Mayor Amasova deslizó sus manos bajo su cuerpo y luego le guió hacia ella. Con el primer empujón ella gimió fuerte y envolvió sus piernas alrededor de la cintura de él. Les llevó unos segundos encontrar el ritmo apropiado, y luego el tiempo y el espacio se fundieron en algo maravilloso.

* * * * * *

    Chen frunció el ceño cuando el Buenaventura llegó al muelle bajo el rancho de Doberman, viendo que la Scimitar no estaba. ¿Por qué demonios se habrían llevado la lancha rápida? ¿Había venido Bond después de todo?
    Fue a la radio y llamó a la casa de la radio-vigilancia.
    - Aquí Chen. ¿Situación?
    - Aquí estamos bien. Pero González se marchó con Roschmann en una lancha hace unos cuarenta y cinco minutos. Dijo que tenían un nuevo trabajo... me llamaron por radio.
    - ¿Alguna señal de Bond? ¿Algún ataque?
    - No... ningún ataque. Antes hubo un barco extraño por aquí. Roschmann y otros tres tipos fueron a comprobarlo... y no han regresado. Sólo Roschmann volvió para recoger...
    - ¡Desertores, y una mierda! ¡Es ese hijo-de-puta de Bond! Estamos atracando. Corto y fuera.

* * * * * *

    Estaba oscuro cuando Bond entró el barco en el puerto de Puerto Vallarta. Estaba cansado y deseaba poder tumbarse al lado de la ahora durmiente Mayor Amasova. Pero Bond estaba listo. Listo para moverse contra Doberman. Debería descansar... e iría tras él hacia las tres de la madrugada si Leiter podía arreglar la vigilancia de los colombianos para que miraran a otro lado esta noche.
    Había una buena oportunidad, Bond lo sabía, de que tan pronto como Doberman comprendiera que estaba siendo atacado, llevara a Lotta al balcón donde Bond pudiera verla y le cortara la garganta. O le hiciera algo peor.
    ¿Pero y suponiendo que él le pusiera un cuchillo en la garganta y exigiera que Bond se rindiera o retirara? ¿Qué debería hacer entonces? Pensando en ello, Bond apretaba sus dedos sobre el volante.
    Si él se retiraba, de cualquier manera Doberman la mataría... eventualmente. Si Doberman pudiera estar demasiado ocupado con el ataque, dando órdenes y quizá usando un arma él mismo, para comprometer a la muchacha. Si Bond pudiera mantener a Doberman suficientemente distraído, podría ser capaz de forzar la entrada de la fortaleza y completar la misión antes que ellos la dañaran.
    Y además, había otra posibilidad. Ella podría ya estar muerta.
    Bond apartó aquello de su mente. Con una disciplina aprendida durante años de desarrollar reflejos de superviviente, concentró su mente en el objetivo.
    Había reconocido dos veces el terreno alrededor del rancho. Había encargado a Leiter que obtuviera fotos aéreas. Esta noche compararía las fotos contra sus planos tácticos.
    Bond llevó la Scimitar lentamente, hacia la zona de agua marina entre los dedos del muelle que se extendían desde el malecón principal. A cada lado pequeños yates y barcos de vela eran bultos en la oscuridad, oscilando suavemente en su estela, como durmientes bestias marinas. Las luces de Puerto Vallarta, a su derecha, rutilaban entre los desnudos mástiles y lanzaban brillantes manchas sobre el agua oscura entre los barcos.
    Encontró un espacio para atracar, entró de popa, apagó el motor para dejar que la inercia llevara al barco el resto del trecho. El barco golpeó suavemente contra el muelle.
    Mientras estaba amarrando el cabo, repentinamente comprendió que cuatro hombres uniformados se habían acercado a su alrededor.
    La mano de Bond saltó dentro de su chaqueta hasta la culata de su Walther PPK, bajo su brazo izquierdo. Y uno de los hombres plantó una placa bajo su nariz. Comandante Primero. Policía Federal.
    - Será mejor que venga con nosotros, "Señor" Bond -dijo José Maldonado con una gran sonrisa de dientes blancos. Como un maldito gato de Chesire que acabara de comerse un canario.

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 -15-
El largo daño de la ley

    Había sido la maldita Scimitar, decidió Bond. Alguien en el mar habría visto el tiroteo, o parte de él, y había anotado los números y descripción de los dos barcos. Leiter había llevado la Chris-Craft a un embarcadero más escondido, pero Bond había traído el barco enemigo indiscretamente al puerto, asumiendo que la capa de oscuridad sería más que satisfactoria. Había subestimado a la "policía" mejicana. Habían visto al barco entrar en Bahía Banderas, y alertaron a los Federales que estaban en el área.
    "Debería haber desecho del barco costa arriba. Debería haber, debería haber. Debería haber no era suficiente. Demasiadas equivocaciones; demasiado fuera de acción antes de aceptar una nueva misión."
    Bond se giró y se echó atrás a la vista de una 357 Magnum de cañón largo.
    - José Maldonado, supongo. ¿O debo llamarle "Gatillo"?
    El alto, gigantesco mejicano frunció el ceño.
    - Mi nombre no es importante. ¿Usted es el "Señor" Bond, James Bond?
    - Sí. ¿Y qué? -Bond pasó la vista de Maldonado a la 357 con ojos despiadados-. No me gusta estar bajo la mirada de una de esas.
    Maldonado asintió a uno de los otros oficiales uniformados. Este sujetó los brazos Bond detrás de él, plantando firmemente el frío acero frío del cañón de una 44 en la región lumbar de Bond.
    Maldonado extendió su brazo izquierdo, que estaba dolorido desde que Lotta lo rozó con una bala, indicando a Bond que caminara hacia el coche patrulla VW azul que les esperaba. El otro oficial lo acomodó en el asiento posterior y cerró las puertas. Luego rodeó el vehículo hasta el lado del conductor y se situó detrás del volante.
    Bond se volvió a un lado para mirar por la ventanilla trasera. Maldonado estaba hablando a los otros dos oficiales uniformados. Sus voces estaban acalladas, eran meros fragmentos susurrados, y se movían sin sonido, figuras grises en un sueño. Abruptamente el corazón de Bond palpitó más. Entornó los ojos contra la oscuridad. Maldonado entregaba a uno de los oficiales un pedazo de material plástico envuelto en cables. Era explosivo plástico. El oficial asintió a su superior y luego se apresuró hacia la cubierta de la Scimitar.
    Maldonado abrió la puerta del acompañante y se sentó dentro, medio girado para apuntar a Bond con la 357. Él no corría riesgos con su apreciado prisionero.
    Condujeron unas manzanas en silencio, Bond pensaba intensamente. Tenía que escapar. La policía mejicana era diferente de la británica. En México se te supone culpable hasta que se prueba la inocencia. Puedes permanecer en la cárcel durante años antes de ser juzgado. Y Bond sería un blanco fácil en la cárcel. Sería fácil para Maldonado arreglar su muerte "mientras trataba de escapar".
    Ahora estaban en el campo, conduciendo por un cañón entre altos acantilados pétreos blancos como huesos. Las protuberancias de roca se elevaban escarpadas a ambos lados de la tortuosa carretera, punteadas con cactus; las caras de los acantilados parecían negativos de fotos, sus sombras hondamente grabadas al brillante claro de luna.
    A la izquierda, más allá del tráfico que venía en dirección contraria por el carril de la autopista de dos carriles, una baja pared de piedra serpenteaba siguiendo el borde de la carretera, marcando una pendiente hacia una torrentera seca llena de guijarros. En ciertos momentos del año, esa torrentera rugía con desbordante agua. Ahora estaba vacío salvo por unos salobres charcos infectados de mosquitos. Al otro extremo de la torrentera el terraplén se elevaba empinadamente para convertirse en una inclinación cubierta de palmeras y cactus que se rompía abruptamente en verticales acantilados. Aquí y allá, las fisuras entre las protuberancias de roca color blanco hueso se ampliaban en bocas de cuevas.
    A la derecha, el acantilado se elevaba justo un metro sobre la orilla del camino. Señales advertían de desprendimientos de roca.
    El conductor tuvo que tomar las curvas lentamente en lugares donde la carretera doblaba hacia atrás como las roscas de una chicotera . Los focos barrían sobre los cactus marrón-verdosos mientras tomaban la curva.
    La carretera comenzó a ascender, y deceleraron, demorándose por un humeante camión que se esforzaba por subir la retorcida pendiente. El policía conductor juró. Intentando encontrar una larga recta donde pudiera adelantar al camión, se desvió al otro carril, esquivando una y otra vez detrás del camión los coches que venían y se precipitaban hacia ellos. Estaban tan cerca detrás del camión que el humo del tubo de escape llegaba denso a través de la ventana abierta del conductor, haciéndoles toser.
    Bond había olvidado su cansancio. Era como si algún conductor interior hubiera apretado su pedal acelerador, cargando su motor con adrenalina. Estaba revivido y listo para saltar. Sólo necesitaba la oportunidad.
    Esa oportunidad les seguía en un Porsche Gemballa negro.
    Bond observó los focos pensando: "¿Me estoy agarrando a un clavo ardiendo o ese es él?".
    Mientras observaba, el Porsche se pasó al carril de dirección contraria y con una explosión de velocidad se lanzó paralelo al coche de policía. Bond arriesgó una mirada. Leiter miró casualmente atrás hacia él desde el volante del Porsche. No hizo ninguna señal -los oficiales estaban mirándole, además- pero mostrarse era señal suficiente.
    Leiter avivó el Porsche hacia adelante, pasando al camión justo a tiempo de evitar una colisión con un Datsun que llegaba. El Datsun pasó, y el coche de policía aprovechó la oportunidad para adelantar bruscamente al camión.
    Bond escudriñó a lo largo de la carretera hacia adelante, pero ahora no había señal de Leiter. "¿Felix, qué te traes entre manos?".
    Había otra curva muy cerrada justo adelante.
    Repentinamente, mientras llegaban a la curva, Bond comprendió.
    Sin parecerlo, se sujetó. Abruptamente el coche de policía se desvió, virando en seco a la derecha, las llantas gritando, para evitar al Porsche ahora detenido en medio de la carretera. Leiter tenía la capota levantada, con el ceño fruncido hacia el motor... simulando un automóvil averiado. Bond sólo pilló un efímero vislumbre de esto antes de que el mundo comenzara a emborronarse a su alrededor, como cuando se está en una rápida atracción de feria; el coche de policía patinó lateralmente, luego hizo un trompo, el conductor gritó mientras trataba de recuperar el control. Se habían salido fuera de la carretera hacia una amplia cuneta llena de grava -Leiter había escogido bien el lugar- donde el acantilado se inclinaba momentáneamente hacia abajo. El automóvil se sacudió hasta frenar, apuntando hacia atrás desde la dirección que seguían, y la inercia lanzó a Maldonado y al conductor hacia delante y después hacia atrás. El conductor se golpeó contra el salpicadero, quedando inconsciente. Maldonado volvió su cara atrás furiosamente, preparado para disparar la 357 contra su prisionero.
    Pero Bond, preparado, agarró un mechón del pelo de Maldonado y e hizo chocar la cabeza con toda su fuerza contra la radio. Maldonado se escurrió y cayó al suelo, soltando el arma en el asiento. Antes de que los agentes de policía pudieran recuperarse, Bond arrebató la 357 y destrozó la ventana con cuatro disparos rápidos. Luego atravesó con su brazo el cristal roto, buscando abrir la puerta desde el exterior. No había otra manera: las puertas posteriores carecían de manija interior, para desalentar intentos de fuga. Se embutió la 357 en su cinturón, empujó la puerta abriéndola y rodó afuera, dando una voltereta, poniéndose de pie.
    Maldonado estaba aturdido, tratando de enderezarse, parpadeando. Se alzó en el asiento, arrebatando a su conductor la 44 y saltando fuera del coche de policía, girándose, soltando tres disparos a su prisionero fugitivo.
    Bond atravesó la carretera corriendo por la ladera del acantilado hacia la seca torrentera, pasando el Porsche, donde Leiter, ahora sentado en el asiento del conductor, se impacientaba con el panel de instrumentos, rezando por que la quincallería defensiva del vehículo respondiera.
    Los disparos de Maldonado rechinaron contra una palmera a diez centímetros de la cabeza Bond. La hinchada cara del agente de policía estaba empapada de sangre. Parecía como si estuviera haciendo todo lo que podía para evitar desmayarse.
    Leiter apuntó los misiles gemelos buscadores de calor girando suavemente el volante.
    Bond se detuvo, con su brazo derecho lacerado y palpitante tras forzarlo a través de la ventana rota. Se volvió para mirar a Maldonado, quien tenía levantada la 44 y estaba estabilizándola, apuntándola al pecho de Bond. Era desagradablemente consciente de que su ropa oscura resaltaba bien contra la blanca cara del acantilado.
    Sin más vacilación, Leiter pulsó el encendedor para activar los misiles con búsqueda de calor.
    Maldonado volvió su atención ligeramente a la izquierda justo cuando los misiles gemelos cortaban el aire con la facilidad de una jabalina, destrozándole el pecho, empalándole contra el coche de policía y explotando instantáneamente el vehículo en un millón de fragmentos ardientes.
    Bond todavía estaba mirando las llamas cuando se tambaleó hasta la comodidad del Porsche, su silueta un pequeño borrón móvil.
    Leiter sentado en el Porsche, escuchaba la radio y bebía de una petaca metálica. Movía la cabeza con la música del Mariachi.
    Bond se precipitó a entrar por el lado del pasajero. Leiter levantó la vista, asintió, y le pasó la petaca. Bond se reclinó contra el asiento, exhausto, con el tequila quemando en su estómago.
    - No hagas ninguna maldita pregunta, Felix -dijo él sin aliento-. Tenemos que regresar ya al puerto. ¡Hay una bomba en la Scimitar y Anya Amasova está a bordo!
    Leiter no estaba sorprendido. Había visto a Bond ganar a muchas "femme fatales" para su bando con sus activos amorosos.
    Leiter se encogió de hombros y a toda velocidad llevó al Porsche a la carretera, empeñado hacia Puerto Vallarta.

* * * * * *

    Tres kilómetros más adelante por la carretera, Leiter notó por el espejo retrovisor que una motocicleta de la policía les seguía:
    - Tenemos compañía -informó Leiter a Bond.
    - Salgamos de la carretera -replicó.
    Dejando la rampa de salida, Leiter giró el automóvil bruscamente hacia un camino secundario, conduciendo rápido. Durante los primeros kilómetros la motocicleta mantuvo una distancia constante, pero luego cuando el tráfico murió repentinamente en el carril de dirección contraria, se desvió a la izquierda y comenzó a acercarse.
    En un momento Bond fue capaz de conseguir un buen vistazo de la cara de su perseguidor. Era uno de los dos agentes de policía que quedaron atrás para ocuparse de la Mayor Amasova y del barco.
    La motocicleta continuó cobrando velocidad y se acercó hasta un largo de automóvil del Porsche. El policía desenfundó su arma, apuntando y disparando.
    El disparo rebotó contra la tintada ventana trasera antibalas.
    A poca distancia más adelante, Leiter vio un puente levadizo, y las luces de un carguero aproximándose por el canal.
    Intentando un segundo disparo, el agente de policía perdió el equilibrio y la motocicleta golpeó la cuneta levantando el polvo en un ruidoso patinaje. Se recuperó rápidamente, reponiendo la máquina en la carretera y continuando la persecución del Porsche.
    Seguro de que el puente levadizo se levantaría de un momento a otro para acomodarse al carguero, Leiter apretó duro sobre el freno, quemando los resistentes neumáticos Pirelli P-7. Pero fue demasiado tarde. Con las luces destellando a ambos lados, el puente comenzó a levantarse hacia el cielo.
    Puesto que ya estaba en el puente -todavía a por lo menos cien kilómetros por hora- a Leiter no le quedó más elección que abandonar el freno. Aplastó con su pie el acelerador y el Porsche rugió, navegando por el aire como un extraño aparato volador antes de zambullirse al otro lado del puente. El chasis del automóvil rozó violentamente contra el tejido de acero de la vía muerta del puente, y mientras el automóvil se deslizaba hacia abajo por la carretera, Leiter y Bond se golpearon contra el techo.
    La mano de Leiter se soltó del volante. El Porsche siguió lanzado hacia adelante, chocando con una farola. Rápidamente se recuperó y recobró el control del volante. El automóvil chirrió mientras retrocedía de la farola en el mismo momento en que el policía aceleraba la motocicleta sobre el puente, navegando sobre el agua en un arco estupendo.
    La motocicleta cayó sobre su rueda trasera, rebotando varias veces. Mientras la motocicleta rodaba bajando por el puente, Leiter giró bruscamente el Porsche y aplastó el acelerador. Chocó de frente contra la motocicleta, lanzándola sobre el techo del automóvil, y esta detonó en una bola de fuego al estrellarse contra el pavimento. El policía fue arrojado a cien metros hacia un campo de cactus, rompiéndose indudablemente el cuello.
    A lo lejos, Leiter y Bond oyeron el rugido de otra motocicleta aproximándose, y luego vieron su foco girando rápidamente desde un cruce de carreteras.
    Leiter puso en marcha de nuevo el Porsche, demoliendo inadvertidamente una señal junto a la carretera que decía: PUERTO DE PUERTO VALLARTA. Continuó por la carretera unos treinta metros y dobló a través de una puerta hacia la entrada al puerto de mar.
    La motocicleta les siguió, ganándoles terreno.
    Leiter condujo el Porsche hasta un gris purgatorio de obsoletos cargueros -la flota en reserva- anclados en pulcras filas, sus enormes siluetas amenazantes al claro de luna.
    El automóvil frenó chirriando cerca de una pasarela de madera, y Bond salió tambaleándose fuera del automóvil, atravesando la empinada pendiente hacia un carguero. Se giró para observar como la motocicleta atravesaba veloz la puerta, lanzando polvo por todas partes.
    Él dio media vuelta y aceleró hacia la imponente cubierta del carguero. El policía de la motocicleta, aproximándose con rapidez, soltó varios disparos, sus balas atronaron en el aire y rechinaron contra la cubierta de acero.
    Severamente sin aliento, Bond de algún modo se las arregló para conseguir un increíble aporte más de energía, derivándolo a atravesar la cubierta hacia la superestructura del puente de mando del buque.
    El agente de policía rugió su motocicleta hacia la insegura rampa, rompiendo el tablón mientras llegaba navegando por el aire, aterrizando al mismo borde de la cubierta del carguero.
    Bond se lanzó a través de un escotillón dentro de la superestructura.
    El policía resbaló hasta parar y desmontó. Saltando de la máquina, desenfundó una Magnum 44 y corrió hasta una escotilla.
    Mientras llegaba a la escotilla, el policía se agachó y aplastó contra la pared, insertando un cargador lleno. Escupió llamas por el cañón de su arma y las veloces balas reverberaron contra diversos objetos de acero en una serie de pings. Cuando terminó de disparar, hubo un breve hiato de silencio absoluto.
    Bond, agachado contra el mamparo, intentó recuperar su aliento, con la 357 extraída de su cinturón. Localizándole, el policía abrió fuego. Bond buscó y encontró rápidamente cobertura detrás una puerta abierta en el estrecho pasillo, pero todavía estaba en peligro por los rebotes de las balas contra las paredes de acero. Uno falló su nariz por menos de dos centímetros. Rodó apartándose del fuego del arma, palpando a tientas una escalera cercana. Dolorosamente subió los peldaños.
    El policía apareció de repente al pie de la escalera, descargando un segundo cargador en una lluvia de fuego que dejó vibrando los peldaños de acero. Las balas silbaron alrededor de las piernas de Bond. Él ascendió, tocó una superficie y rodó hacia una pasarela superior. El agente de policía vació el cargador, abrió el tambor y encajó un cargador rápido . Pero fue sólo durante una fracción de segundo cuando captó la figura Bond con sus ojos. Para cuando apretó el gatillo, Bond estaba de nuevo fuera de vista.
    El policía no podía verlo, y tuvo que confiar en el sonido de las pisadas de Bond para descargar su próximo cargador. Sus oídos probaron ser casi mortalmente precisos. Varios disparos resonaron alrededor de Bond y le fallaron por poco. Trepó hacia otra sección de la pasarela mientras el policía acechaba en los escalones tras él.
    El tiroteo se interrumpió durante unos momentos mientras la persecución continuaba. Entonces, repentinamente, en un destello, el policía pilló un vislumbre Bond saliendo de las sombras. Apuntó y apretó el gatillo.
    Bond desapareció abruptamente de la vista. El policía oyó un pesado ruido sordo contra el suelo, seguido por otro momento de inmovilidad absoluta. Se petrificó durante un cataléptico segundo, esperando. Repentinamente la pasarela metálica comenzó a resonar con el estridente repique de apresuradas pisadas. El policía levantó su 44 y disparó una sostenida descarga hacia el sonido. Los tiros resonaron tres y cuatro veces, creando la ilusión auditiva de un escuadrón entero de artillería disparando a la vez.
    En otro instante el policía captó un vislumbre de Bond corriendo a través de la pasarela.
    De nuevo, hubo un breve intervalo de resonante inmovilidad.
    El policía insertó un cargador nuevo en la 44.
    Bond se detuvo donde estaba durante un momento, intentando valerosamente evitar que su respiración alborotara demasiado fuerte. Fue una batalla perdida. El policía pudo oír el sonido de su pesada respiración, y avanzó lentamente por la pasarela, acercándose. Vio a Bond gracias a un rayo de luz y blandió su arma para disparar. La bala golpeó el acero y rebotó. Vomitó otro disparo, que percutió en el cilindro vacío, arrojó la Magnum con disgusto.
    Bond oyó el arma traquetear sobre el suelo de acero.
    A través del puerto hubo un destello cegador y una tremenda explosión que sacudió los tímpanos. La Mayor Amasova se convirtió, por un instante, en un rojo borrón por una terrible explosión de madera, fibra de vidrio y agua.
    El policía levantó su cabeza, oyendo a lo lejos la programada explosión de la Scimitar. Tras un momento de vacilación, saltó de su cobertura y se lanzó hacia la escotilla. Corrió furiosa e imprudentemente, golpeándose contra la pared y varios postes.
    Bond, también, oyó la violenta detonación del barco. Se dirigió hacia la salida más cercana de él. Zambulléndose a través del escotillón, vio la figura del policía a la luz de la luna corriendo a través de la cubierta, lanzándose hacia la motocicleta. A su izquierda, Bond miró el humo y las llamas mientras iluminaban el cielo nocturno como una exhibición de fuegos artificiales. Su estómago se hundió hacia sus intestinos al pensar como la Mayor Amasova había muerto trágicamente a causa de su dilación.
    El policía montado en la motocicleta pateó el pedal una vez, dos veces, tres veces antes de que el motor rugiera. Condujo a toda velocidad a través de la cubierta y bajó la pasarela de madera hacia el asfalto del puerto aterrizando abajo.
    Leiter aplastó su pie contra el pedal de aceleración del Porsche, volando y medio resbalando, desgastando la llanta.
    Haciendo el caballito sobre una rueda, el policía aceleró la motocicleta, haciendo humear la llanta y acercándose peligrosamente al borde del muelle.
    Leiter lanzó el Porsche hasta casi ciento cinco.
    La motocicleta del policía chirrió y se deslizó a través del muelle, raspando contra una barandilla de acero. El acero de la moto contra la barandilla de acero creó un tremendo estallido de chispas. El policía desapareció repentinamente en una llamarada de temblorosa luz.
    En el último instante posible Leiter hizo chirriar los frenos hasta un frenazo brusco y el parachoques delantero reforzado de acero del Porsche chocó contra la ardiente motocicleta. Aquello impactó con una enorme fuerza sacudidora. El policía fue lanzado hacia atrás por el aire, remontando la bahía, la motocicleta volando tras él, zambulléndose y golpeando en la bahía con un impacto suficientemente violento para devolver agua salpicando de regreso al muelle.
    Durante un momento Leiter se sentó en el Porsche, recuperando el aliento. Luego caminó hasta el borde del muelle entornando los ojos en la oscuridad viendo abajo el cuerpo flotante del policía y sumergirse la motocicleta. Un feroz viento que soplaba a través del puerto casi hizo volcar a Leiter antes de que se las arreglara para mantener el equilibrio.
    Bond se tambaleó hasta él, y miró al cuerpo del policía que menguó hasta que sólo fue una manchita azul en la negrura. Bond se dio media vuelta, controló su respiración y rasgó un pedazo de su camisa e hizo con él un vendaje improvisado.
    - ¿Cómo está el brazo?
    - No es un corte profundo -respondió Bond a Leiter, mirando hacia los despojos quemados de la Scimitar-. Viviré.
    - He arreglado una "ceguera" en la vigilancia de los colombianos sobre el rancho de Doberman durante veinticuatro horas -Letier se interrumpió, tragó duro, luego continuó-. ¿Dónde, suponiendo que las cosa salgan mal... Dónde... ah...?
    - ¿Dónde qué?
    - ¿Dónde te gustaría que envíen tu cuerpo, James?

 

 -16-
Caer de la sartén...

    O Leiter había contado mal el número de hombres que trabajaban para Doberman o este se las había arreglado para contratar algunos más, decidió Bond. Era el atardecer soleado
del día siguiente, y Bond estaba acuclillado en un punto de observación parecido a una casa-arbol construida en una de las más altas y densamente espesas palmeras sobre la cordillera que tenía vista al rancho.
    Bond había observado dos cambios de guardia, y había contado por lo menos ocho centinelas diferentes. Añadiendo esos ocho hombres Doberman, Chen, y los guardaespaldas personales de Doberman, hacían una oposición de por lo menos doce.
    El "nido" de Bond estaba casi a treinta metros sobre las nudosas rocas de la cima de la sierra, a unos cuatrocientos metros al este y al norte de donde mató a los centinelas en su incursión nocturna de comando. Él estaba fuera de la zona que -hasta donde podía decir- Doberman había asignado para patrullar. Sólo había campo; la sierra, una colina más suave, y luego los terrenos
del rancho. Detrás, trescientos metros más al este, había una pequeña pista de aterrizaje para embarcar y recibir cocaína, desierta este domingo por la tarde.
    El nido en la casa-arbol estaba a unos cuatrocientos metros, y camuflado con una malla hábilmente entretejida con enormes hojas de
palma. Había hecho una especie de iglú verde a su alrededor, con cuatro ranuras de observación ocultas con camuflaje hacia los cuatro puntos cardinales. El suelo estaba hecho de ramas del grosor de una muñeca, que había traído desde cierta distancia y atado con cuerdas. No hubiera sido inteligente dejar que Chen oyera los sonidos de alguien cortando y martilleando cerca, cuando probablemente sabía -indudablemente habiendo hecho más de un reconocimiento- que no había nadie en los alrededores. Sabía que la pista de aterrizaje estaría hoy desierta.
    Bond observó a través de sus prismáticos de campo
como los dos centinelas del lado este se reunían en el patio. Dejó los prismáticos sobre el suelo, re-evaluando.
    Bond estaba frente al lado este de la casa; la entrada principal estaba realmente en el lado sur
del rancho; la "espalda" de la casa daba al mar. La lateral y la frontal, las caras este y sur, eran más modernas que la cara de la casa que daba al mar. Aquí gabletes  de madera habían sido instalados sobre anchas -aunque carentes de ornamento- ventanas. Contraventanas azul claro y parterres aparecían ilusoriamente caseros, alegres. Al lado sur dos erosionados leones de piedra flanqueaban el espacioso portal de madera y piedra. Había macetas en las balaustradas alrededor del portal. Las flores en ellas se habían marchitado. Más allá del portal, pudo ver el profundo azul del Pacífico, sólo una sección triangular de él entre la casa y los árboles encorvados que seguían el acantilado. Había oleaje en el mar, y de vez en cuando el árbol de Bond se ladeaba, golpeado por un viento creciente. El viento es un fenómeno que llega en el mismo momento cada verano a la Riviera Mejicana. Se llama el mistral, y a pesar del sol estival y el cielo azul, sopla fuerte, especialmente de noche. Bond esperaba poder apañarse con alguna manta esta noche. Aquello gemía fuertemente sobre el acantilado; su lamento podía ser suficientemente fuerte para velar algunos de los sonidos de su ataque.
    Fuera de la casa, en el patio del lado este había parterres en los que habían crecido hierbas y un césped que comenzaba a parecer enmarañado, unos bancos de mármol, casi aleatoriamente situados; una alberca completamente seca de piedra rota; medio acre más de césped crecido en exceso, y el muro de piedra. El muro medía unos cuatro metros de alto, sesenta centímetros de grueso, y estaba construido de mortero e irregulares piedras locales. Ristras de alambre de espino corrían sobre su parte superior, emplazado recientemente, a juzgar por el argentino brillo
del metal. Aún así, ese muro de piedra no sería demasiado problema. El verdadero problema era la cerca eléctrica recientemente erigida justo afuera de él. Una poderosa corriente recorría los eslabones de la cerca de tres metros de alto. Estaba coronada con alambre de espino en espiral, y había un perro muerto medio apoyado contra los eslabones donde la cerca doblaba una esquina para rodear la propiedad. El perro era uno domesticado, inofensivo, que había vagado por ahí y hurgado con su hocico para explorar en la cerca... y quedó electrocutado instantáneamente.
    La piedra y las barreras eléctricas recorrían juntas toda la propiedad, deteniéndose solo en los bordes del acantilado e interrumpiéndose en una puerta treinta metros debido a la entrada sur. Había un centinela en la puerta las veinticuatro horas, en una garita de piedra. La sección de la puerta de la cerca de eslabones podía desplazarse electrónicamente. Bond había visto entrar un único automóvil, un guardaespaldas que volvía de la ciudad con provisiones. Había dos jeeps alquilados aparcados en el camino de entrada.
    Había un balcón en el lado sur de casa, y otro en el lado este, encarando el césped. Había un centinela en cada uno, revisando los terrenos de vez en cuando con binoculares, armados con AK-47s.
    Había mucho terreno abierto para moverse por él. Había proyectores montados sobre el tejado, controlados a distancia, y cuatro luces "anticrimen", de la clase de brillo diurno blanquiazul, sobre altos postes de cromo en las esquinas este y sur. Según los planos del rancho, estaba equipado con baterías de emergencia y un generador. Eso daría a Bond sólo unos segundos de oscuridad si cortara la fuente de energía de la casa. Podría disparar a las lámparas; aunque aquello delataría su mano bastante temprano. Pero reconoció el estilo de fabricación de los proyectores: eran antibalas, y a esta distancia el antibalas funcionaría.
    - Todo ese terreno abierto... -murmuró.
    No había mucha cobertura por allí. Debía esperar que el plan con el cebo continuara funcionando. Eliminar aquello tomaría tiempo. Eso podría darle tiempo al enemigo para verle, pero un uso sabio de sus morteros podría darle el tiempo que necesitaba.
    Brevemente consideró atacar desde arriba. Leiter era un piloto fiable y él podría saltar al tejado. Aunque, si le localizaban desde esos balcones, sería un blanco fácil mientras bajaba. Y había que considerar el mistral. Un viento
como ese haría que saltar en paracaídas fuera poco seguro.
Renuentemente postergó la contingencia de un ataque aéreo.
    Tendría que ir la infantería. Bajó los prismáticos de campo y pensativamente encendió un cigarrillo. A su alrededor el aire estaba aromatizado con el perfume de savia de palmera. La brisa levantada cantaba a través de las ranuras de su nido camuflado y enviaba el humo
del cigarrillo hacia el olvido. El árbol crujía al viento y susurraba donde sus grandes hojas tocaban las ramas de otros árboles.
    Se puso de rodillas, con el cigarrillo en sus labios, y verificó el cable de la tirolina que corría desde el lado este del nido hasta la base de un árbol menor muy por debajo, formando una línea recta, tensa, en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Una pequeña colina, quizá. El cable
del grueso de un pulgar gemía por las ráfagas del mistral. Parecía seguro; le preocupaba un poco que el viento pudiera aflojarlo. Ese cable era la salida de emergencia de Bond. Estaba enlazado firmemente alrededor del tronco del árbol, justo sobre la gruesa rama que soportaba su nido de observación. Sobre el áspero suelo al lado de la apertura encima del cable había una rueda del tamaño de una palma con un borde acanalado -una ranura que se adaptaba cómodamente al cable- más como una rueda de polea. Un eje atravesaba el centro de las caras planas de la rueda, con manijas a cada lado, para un rápido paseo hacia abajo.
    Leiter se había burlado de la rueda y el cable.
    - Un juguete de niño -dijo él-. Te romperás tu cuello, amigo mío. O se atrancará a medio camino. ¿Y no te moverás demasiado rápido cuando llegues abajo? Quiero decir, si llegas abajo.
    - Puede frenarse un poco apretando las manijas hacia adentro -explicó Bond-. Algunos comandos los han usado con éxito...
    - Y otros –había interrumpido Leiter-, probablemente se han roto sus huesos con él.
    Bond miró dubitativamente la longitud
del cable. Nunca había usado uno en una situación de combate. Y esta parecía una bajada inusualmente larga. Desechó la idea de probarlo ahora. Era un riesgo demasiado grande, Leiter tenía razón, y necesitaría sus extremidades intactas esta noche.
    Mientras Bond estaba distraído, cavilando sobre su cable de escape, el mistral se había crecido, soplaba más fuerte, haciendo que el árbol se ladeara aún más. Y sus persistentes ráfagas afectaban al camuflaje de Bond, arrancando trozos de las hojas de
palma. Sus cuidadosamente construidas contraventanas sobre las ranuras de observación habían bloqueado el sol, evitando los reflejos de sus prismáticos de campo: un destello de esos prismáticos podía delatar su posición. Pero el mistral despojó parte de la contraventana.
    Bond enterró su cigarrillo escrupulosamente en el tacón de su bota, asegurándose que estaba completamente apagado, luego levantó los prismáticos de campo para escudriñar a través de las ranuras de observación.

* * * * * *

    Chen, portando un M16 en su mano derecha, acechaba malhumorado a través
del césped a los dos centinelas acuclillados bajo una palmera junto a la cerca, jugando al blackjack. Llegó silenciosamente hasta ellos por detrás, y cuando estuvo cerca al alcance del brazo vociferó:
    - Hijos de puta, ¿no habéis tenido suficiente juego aún?
    Los dos hombres saltaron y se giraron, levantando de forma refleja sus armas hacia él. Se relajaron -pero no completamente- cuando vieron que era Chen.
    - ¡Santa María! -dijo Esteban Fernández, un pastel de carne nicaragüense con una cabeza pelada y una densa barba negra-. No debería sorprenderme así. Yo podría...
    - ¡No se habría sorprendido si estuviera haciendo su maldito trabajo!
    Chen cesó su rapapolvo, su atención se volvió hacia los árboles sobre la cima de la sierra que dominaban el rancho. ¿Había visto un destello de luz sobre uno de aquellos árboles, o no? Observó, pero aquello no se repitió. Apoyó su arma contra el árbol, buscó los binoculares que colgaban alrededor de su cuello, y entonces cambió de opinión. Dejó caer sus manos a sus costados. Si él miraba directamente a ese árbol con sus binoculares, Bond lo notaría y probablemente se retiraría. Sería mejor si no dejaba saber a Bond que le había localizado. Así podría rodear a través
del bosque, apareciendo por detrás de ese nido en el árbol... si es que lo era. Podría ser simplemente un pedazo de una cometa infantil de aluminio enganchado en el árbol, u otra media docena de cosas. Pero tenía que verificarlo.
    Chen agradeció el desafío de la acción. Se estaba volviendo loco en la casa.
    - Fernández -dijo suavemente, recuperando su rifle-, usted viene conmigo. García, usted permanecerá aquí. Mantenga una vigilancia de cerca.
    Menos de dos minutos después, habían entrado en la casa por las puertas abiertas
del patio. Chen condujo a Fernández hacia la puerta lateral que conducía hacia la escalera del acantilado. Atravesaron aquella puerta y salieron a una pequeña arboleda. La casa, asumía Chen, bloquearía la visión de Bond.
    Había una puerta con candado que se abría a través
del muro de piedra, y otra puerta pesadamente cerrada en la cerca electrificada. Destrabaron la puerta en el muro, atravesándola, cerrándola tras ellos. Entonces Chen se detuvo para llamar a la garita con su walkie-talkie.
    - Corten la corriente -ordenó.
    Hubo un click, y luego la cerca cesó en su débil zumbido. Escupió hacia un eslabón que tocaba el suelo: no hubo chispa de respuesta. Destrabó la puerta, y la atravesaron. Cerró la puerta con dos vueltas detrás de ellos, luego pidió que la electricidad fuera restaurada. La cerca reanudó su ominoso zumbido. Chen siguió el camino hacia el bosque.
    Se movieron a través de cactus, palmeras, unas cuantas acacias; el terreno gradualmente ascendía. Subiendo una pendiente escalonada,
como una pirámide azteca, avanzaron hasta la sierra sobre la que Chen creía haber visto el árbol con el revelador destello en él.
    "Ese árbol era el más alto, con un grupo de enormes hojas en su cima... sería ideal -pensó-. Quizá él está allí arriba... o ese lisiado compañero suyo de la CIA. Si Leiter está en el puesto, entonces Bond podría estar en el terreno cercano, explorando a pie. Podría estar en cualquier parte."
    Chen sintió un escalofrío, y escudriñó más agudamente la maleza, su dedo sobrevolando cerca
del gatillo de su M16. Comprobó que el arma estaba lista. El cargador estaba lleno. Treinta proyectiles. Tenía otro cargador en su cinturón.
    - ¿Qué estamos buscando? -preguntó Fernández. Respiraba fuerte y sudaba, parpadeando estúpidamente hacia los árboles a su alrededor.
    Chen señaló hacia la colina.
    - ¿Ves ese grupo de árboles? El más alto. Bond tiene una técnica para construir una especie de casa-arbol puesto de observación; funciona realmente bien, cuando lo haces adecuadamente.
    - ¿Cree que está allí arriba? -el tono de Fernández era dubitaativo. Chen se encogió de hombros.
    Levantó los binoculares y enfocó la cima
del árbol. No pudo ver a nadie, pero el ramaje, después de adelgazar una pizca cerca de la copa, repentinamente se volvía más denso a tres cuartos de altura. Había una bola verde allí. Bajó los binoculares y asintió.
    - Sí, es muy posible.
    El árbol objetivo estaba a unos ciento cincuenta metros de distancia, y más arriba en la sierra. Había un caótico gran derrumbamiento de piedras irguiéndose sobre la maleza entre ellos. Aquello y los árboles intermedios serían una buena cobertura.
    - ¿Tiene su walkie-talkie? -preguntó Chen suavemente.
    Fernández dio unos golpecitos al instrumento sobre su cadera izquierda.
    - Bien. Entonces... ¿ve aquel árbol muerto allí? Vaya hacia aquel árbol. Tome una posición justo bajo él. Intente moverse de forma que no sea visto desde la cima
del árbol. Agáchese, y permanezca cerca de las piedras más grandes. Muévase en silencio. Cuando tome su posición, consiga un blanco sobre el árbol objetivo, pero no dispare hasta que yo se lo diga... a menos que vea que él me está disparando. Le llamaré por el walkie y le diré cuando puede abrir fuego sobre ese nido. ¿Lo ha cogido?
    Fernández asintió y se movió pesadamente hacia la maleza.
    Chen comenzó a subir la sierra, rodeando por detrás el árbol objetivo. Cogerían la cima
del árbol en un fuego cruzado, y si Bond estaba en él, quizá, simplemente quizá, tendrían una oportunidad para ocuparse de él ahora, de manera fácil.

* * * * * *

    Bond bajó sus prismáticos de campo, frunciendo el ceño. "¿Por qué Chen ha entrado en la casa así, tan repentinamente, después de mirar en esta dirección? ¿Coincidencia? Pero se ha llevado aquel centinela con él, y el hombre no ha vuelto a su puesto. ¿Qué pasa?"
    Tiritó, y buscó con una mano para sujetarse al tronco
del árbol tras él; el árbol se ladeaba nuevamente por el viento. Parpadeó, y comprendió que el viento había desgarrado un pedazo de su "tejado" camuflado: la luz del sol estaba bajando, dándole en la cara.
    Le golpeó una preocupación súbita. Quizá el resto
del camuflaje se había dañado. Quizá había quedado expuesto.
    Se movió sobre manos y rodillas a través de los limitados espacios alrededor
del tronco de árbol, inspeccionando la malla. Alrededor de un cuarto de las grandes hojas había sido arrancado. Decidió abandonar el nido antes que intentar repararlo. Además, le estaban dando calambres en sus piernas.
    Se colgó su subfusil ametrallador Ingram sobre su hombro y se movió hacia el agujero en el suelo, a través
del cual podía bajar. Había elegido el subfusil ametrallador porque era más fácil de llevar en los limitados espacios del nido y las hojas del árbol y porque no había planeado nada como francotirador. Lo tenía para el caso de correr hacia una patrulla sobre el terreno. Era bueno para ese tipo de escaramuza.
    Pero no le valió de mucho cuando Fernández abrió fuego sobre el nido.
    El tronco
del árbol justo detrás de él escupió astillas, aparecieron dos agujeros de bala, la amarilla madera bajo la corteza parecía la carne herida de algún animal exótico.
    - ¡Maldición! -soltó Bond, aplastándose.
    Oyó, luego, las detonaciones gemelas y el fuerte estruendo de disparos.
    El aire a su alrededor silbó con una granizada de balas. Astillas de
madera saltaron como chispas de fuegos artificiales. Una bala destrozó su cantimplora y se paró sobre la hebilla metálica en su cinturón. El agua se vertió desde la cantimplora, como una premonición de su sangre.

* * * * * *

    Chen agarró el walkie-talkie de su cinturón cuando oyó los disparos.
    - ¿Fernández? ¡Fernández! ¿Me lees? Maldición, Fernández, ¿qué...?
    - Ya, le oigo.

    - ¿Qué demonios está haciendo? Le dije que no disparara hasta que yo...
    - Sí, pero le vi a través de las hojas. El viento apartó algunas de las hojas grandes en la cima de la palmera y vi el cañón de un rifle, así que yo...
    - ¡Estaba demasiado lejos para estar seguro de acertarle solo! ¡Yo quería que le disparara sólo para enviármelo cuando yo estuviera en posición, maldición! Si sólo le disparamos uno de nosotros, él puede ocultarse detrás
del tronco, usted... Oh, olvídelo. Intente mantenerle sujeto y yo intentaré alcanzar una posición de disparo.
    Desviándose, Chen trepó a una roca, brincó para conseguir apuntar sobre la cima
del árbol desde allí. Había planeado acercarse mucho más, ahora había demasiado trecho. Árboles, y más árboles.
    Saltó a otra piedra, ascendió más alto, y encontró un ángulo de tiro. Levantó su rifle hasta su hombro y apuntó.

* * * * * *

    La cerrada descarga cesó justo lo suficiente para que Bond corriera al otro lado
del tronco. Comenzó a respirar de nuevo.
    Su persona no había sido alcanzada, pero había oído el ominoso sonido seco cuando una bala había golpeado en la Ingram a su espalda. Se descolgó el subfusil ametrallador y juró. Su recámara estaba rota. Le explotaría en su cara si intentaba dispararlo ahora. Lo arrojó a un lado. Por lo menos todavía tenía la 357 Magnum de Maldonado en su cinturón. No podía bajar por el tronco: tendrían un disparo claro de él de esa manera. El cable de la tirolina era la única vía de escape. Encajó la rueda en el cable, luego pateó las mallas y hojas apartándolas, haciendo una apertura más amplia. Tomó las manijas a cada lado de la rueda en sus manos... y dudó.
    "Es una locura -pensó-. Estoy demasiado alto para esto."
    Pero justo entonces el árbol comenzó a escupir astillas de nuevo, las balas gemían pasando junto a su cabeza.
    Tomó un profundo aliento y se lanzó desde el nido colgando bajo el cable. Durante un instante fue un blanco perfecto. Y entonces liberó el freno de la rueda... y el mundo se precipitó hacia él.
    Al principio pensó que se había caído
del cable, que estaba en caída libre hacia el suelo. Pero aquello fue una ilusión por su velocidad a lo largo de la empinada caída. El viento silbaba a su alrededor, las hojas picaron su cara, los árboles parecían arrojar sus copas hacia él como si le tiraran lanzas. Sus muñecas le dolieron, y luego el mistral le estiró, intentando apartar la rueda del cable. Una bala rozó su pecho, pero apenas la notó. Estaba consumido por la brutal velocidad en aquella loca zambullida hacia abajo, oyendo sólo el movimiento de la rueda sobre el cable. Y entonces una pared de verdor chochó contra él, dejándole sin respiración. Cayó, dando volteretas a través de un remolino verde. Y luego negrura.
    - ¿Ha visto eso? -soltó Fernández mientras Chen corría hasta él-. ¡Ha volado desde ese árbol
como si tuviera alas!
    Chen gimió.
    - Eso fue una tirolina. Vamos, creo que quizá yo le dé unas alas ahora que está abajo... o quizá el viento le haya despachado.
    Corrieron
como dos cazadores ávidos de ver su ciervo abatido, culebreando entre piedras y árboles.
    - Creo que cayó en algún lugar de aquella arboleda.
    El cable había pasado sobre el borde de una pequeña elevación y estaba fijado a la base de un árbol sobre un saliente de roca más abajo. Encontraron la rueda tumbada en el extremo de la tirolina. Ninguna señal de Bond. Chen había asumido que Bond estaba malherido, por lo menos. Ahora comenzaba a cuestionárselo. Quizá había caído de pie y ya se había retirado. O quizá les estaba observando desde su cobertura en este mismo momento...
    Había un grupo de cactus y atrofiadas palmeras justo más abajo
del árbol al que el cable estaba apretado. Probablemente él había caído allí.
    Con
las palmas sudorosas, el arma viscosa en sus manos, Chen dirigió a Fernández hasta un sendero que atravesaba la ladera y regresaba, más abajo del extremo inferior del cable. Cuando se hubieron arrastrado por el sendero y llegado a la densa arboleda, Chen susurró:
    - Usted rodeélo, lo pillaremos en medio.
    Fernández asintió y desapareció en la densa maleza.

* * * * * *

    Cuando Bond despertó, algún instinto le dijo: "No te muevas. Túmbate en silencio y escucha primero."
    Abrió sus ojos, y escuchó.
    Oyó un pájaro graznando en algún lugar sobre él. Oyó el viento suspirando. Oyó...
    Cactus que crujían bajo las botas de un hombre.
    Parpadeó, y sus ojos se enfocaron. Yacía entre dos rocas sobre un lecho de cactus y hojas de palmera caídas. Las rocas casi se unían justo enfrente de él, dejando una apertura entre ellas lo suficientemente grande para que un hombre se deslizara entre ellas de costado. Yacía a la sombra debajo de un árbol que no podía ver sin moverse. Su cabeza palpitaba. Se preguntó si tenía roto algún hueso.
    Oyó los cactus crujir de nuevo. Lentamente llevó su brazo a su espalda, buscando la 357.
    No estaba.
    Debía haberse caído cuando golpeó los árboles. El viento le había sacudido fuera
del cable, y él había caído hacia los árboles antes de alcanzar el final del cable. Movió su mano como una araña buscando la presa, sin hacer ningún movimiento rápido, hacia su cinturón. El cuchillo todavía estaba allí, por lo menos. Sacó la larga arma de doble filo de su funda.
    La luz entraba principalmente a través de la apertura entre las rocas. Algo emborronó aquella luz por un momento: un hombre que se erguía en la arboleda al otro lado de la puerta de roca. Un hombre grande que vestía camiseta caqui y uniforme de combate y bíceps comparables a jamones. El hombre se plantó con su espalda medio vuelta hacia Bond.
    Bond empuñó el cuchillo, tratando de reunir su energía en caso de tener que saltar. El hombre portaba un rifle de asalto, quizá un AK-47. Probablemente atravesaría a Bond antes de que pudiera usar el cuchillo en una acción útil.
    Así que Bond fingió ser una serpiente durmiente. Una serpiente durmiente es tan rígida
como una roca. Pero si la despiertas...
    El hombre grande se movió, sin mirar en la dirección de Bond. Pero probablemente Chen estaría cerca. Y si Chen pasaba, con seguridad encontraría a Bond.
    Moviéndose tan silenciosamente
como era posible, Bond consiguió ponerse a cuatro patas. Tuvo que sofocar un gemido. Quizá no había nada roto, pero estaba magullado y lacerado en media docena de lugares, y tenía arañazos de espinas de cactus que comenzaban a amoratarse sobre el lado izquierdo de su cara y cuello. Su cabeza palpitaba; tenía un golpe sobre su sien izquierda.
    Hasta ahora, estaba intacto. Podría pelear.
    Respiró profundamente y se estiró un poco, intentando enviar oxígeno a sus magulladas extremidades.
    Se movió agachado a través de la apertura en la roca, y se detuvo, mirando a su alrededor. No vio nada salvo las atrofiadas palmeras y otro grupo de cactus a la izquierda. Se movió hacia los cactus, desde estaba la mejor cobertura.
    Bond serpenteó con un débil crujido de las espinosas plantas, manteniendo su cabeza por debajo de
los altos tallos. Entonces se petrificó. Había oído hablar a Chen. Desde quizá diez metros.
    A pesar de los dolores, Bond sonrió. Se deslizó fuera de los cactus, moviéndose para poner una enorme roca entre él mismo y la posición desde la que provenía la voz de Chen. Chen asumía que él estaba todavía en la arboleda. Pero estaba en su borde exterior, y moviéndose hacia los árboles.
    Bond se encorvó detrás de una maraña de árboles caídos cuando oyó pisadas retrocediendo.
    Bond no osaría saltar sobre el hombre ahora. El nicaragüense podía dejar escapar un grito y alertar a Chen. Así que Bond le seguiría bajando la colina hacia la casa. Aparentemente, iba a por refuerzos. Le diría a los otros que habían visto a Bond, y aquello pondría en peligro a Lotta. No, eso no sucedería en absoluto.
    Fernández se detuvo justo fuera de la cerca electrificada, ahora dentro
del alcance del walkie-talkie. Descolgó el walkie-talkie de su cinturón...
    Bond se lanzó hacia él desde atrás, golpeando rápidamente hacia abajo con el cuchillo.
    Pero los reflejos de Fernández fueron más rápidos que su mente. Había oído el sonido de Bond irrumpiendo desde la maleza, y se giró para encontrárselo. Dejó caer el walkie-talkie y levantó el rifle
como un bastón largo para bloquear el cuchillo de Bond, atrapando el antebrazo de Bond con el cañón.
    Bond agarró la culata
del rifle con su mano izquierda y la retorció hasta un ángulo que había aprendido en entrenamiento para desarmar. Estaba usando la fuerza de su brazo para volver los dedos de Fernández hacia atrás. Fernández soltó su mano derecha, pero con su izquierda sacudió el rifle liberándolo y brincando atrás. Balanceó el rifle tan cerca que algo de su pelo se pilló en la recámara y fue arrancado de raíz. Fernández perdió el equilibrio por un instante debido a la inercia de su movimiento.
    Bond corrió raudo hacia Fernández y golpeó al hombre grande en sus pesadas tripas con su hombro derecho,
como un jugador de fútbol americano en un bloqueo duro.
    Fernández dijo "Uff" y se tambaleó hacia atrás, intentando mantener el equilibrio. Cayó contra los eslabones de la cerca, dejando caer el rifle.
    La poderosa corriente que recorría la cerca agarró al nicaragüense y le forzó a una postura rígida. Mantuvo una cruel parodia de la postura militar, los brazos en sus costados, el pecho fuera, la barbilla levantada, mientras era electrocutado. Sus ojos, mientras humeaba, con su carne siseando, sus dedos vibrando
como diapasones, parecían estar enfocados en el oficial superior definitivo. La muerte.
    Bond recogió el walkie-talkie y experimentalmente pulsó su transmisor; con su mejor imitación de la voz oriental de Chen dijo;
    - Aquí Chen. Apague la energía en la cerca, voy a pasar.
    El zumbido cesó en la cerca. El cuerpo de Fernández se desplomó, y cayó a tierra. Su cara estaba fijada en un sonriente rictus. Tenía un diseño cruzado donde los eslabones habían quemado su espalda.
    Bond miró hacia la casa. Estaba en un lado que tenía dos ventanas y una puerta pero ningún balcón. Podía ver dos centinelas dándole sus espaldas en el extremo opuesto
del área. Nadie le había visto.
    Avanzó, tomando a Fernández por los tobillos, y le arrastró hacia la maleza. Escondió el AK-47 bajo algunas hojas. El walkie-talkie lo sujetó en su cinturón.
    Arrastró el cuerpo de Fernández a una corta distancia hasta el borde
del acantilado. El mar batía en rompientes muy abajo. Rellenó con piedras del tamaño de puños la camiseta de Fernández y el interior de sus pantalones, luego le pateó sobre el borde. El cuerpo sacudió sus brazos en el viento mientras caía. Golpeó de cabeza contra un afloramiento en forma de colmillo, originando una vívida salpicadura roja sobre la piedra negra. Luego las olas se volvieron a precipitar y lavaron la sangre, arrastrando el cuerpo a las profundidades secretas del mar.
    Bond recuperó el AK-17, lo comprobó, luego se deslizó en el bosque. Dio un amplio circulo, regresando a la colina, esperando emboscar a Chen desde arriba.
    Pero Chen ya había comprendido que Bond ya no estaba en el matorral. Sospechaba que Bond había seguido a Fernández. Suponía el resultado. Si él seguía también ese camino, Bond probablemente le emboscaría. Gruñó y comenzó a trotar hacia el sudeste, dando un círculo para llegar al camino privado que conducía a la entrada principal de la casa.
    Fue deprisa por el camino hasta la puerta principal. El hombre en la garita le miró sorprendido. Era un hombre rechoncho de ojos grandes y, se decía, cierta pericia técnica con los aparatos electrónicos.
    - ¿Qué demonios está haciendo aquí, Chen? -preguntó el hombre, su boca abierta, mientras salía fuera de la garita.
    - No importa. Simplemente apague la energía de la verja y déjeme pasar.
    - Ya la había apagado. Usted no me dijo que lo volviera a conectar.
    - ¿Cuando?
    - Oh... hará diez, veinte minutos. Quizá un poco más.
    - Ah... maldición. Sí... oh, sí, lo olvidé... uh... ¿ha visto a Fernández?
    - No.
    - Entonces abra la maldita puerta, estoy cansado de permanecer aquí.
    - Seguro, seguro...
    La puerta zumbó hacia un lado. Atravesó la puerta en la pared de piedra a través de la cual Fernández supuestamente había entrado. Ninguna señal de él. Ordenó que el hombre de la garita le dejara pasar, luego buscó en el terreno exterior de la cerca. Allí... señales de una refriega. Una mancha de sangre. "Así que eso le ha sucedido a Fernández. Probablemente ni siquiera encuentren su cuerpo."
    Regresó al terreno
del rancho, y pensó: "Será mejor que todos los mensajes en walkie-talkie sean ignorados de ahora en adelante. Lograría que me viera frente a él antes de que él corte esta cerca."
    Doberman esperaba en el "patio" trasero.
    - No debería estar en zona abierta, señor -dijo Chen. Sopesó el hablar a Doberman sobre Bond-. Señor, un francotirador podría...
    Desganadamente Doberman regresó al refugio de la casa. Chen le siguió al interior.
    - ¿Bien? ¡Informe! –vociferó Doberman.
    - Creí ver un nido de observación. Lo verificamos, disparando unos tiros hacia allí. Simplemente la casa en el árbol de un niño. Nadie allí.
    - ¿Dónde está Fernández?
    Chen dudó.
    - Uh... ¿no ha vuelto aquí? Supongo que hizo lo qué estaba diciendo: hablaba de que quería ir al pueblo por un poco de diversión. Le dije que lo olvidara, pero cuando le di la espalda, se escabulló. Probablemente se fue por unas horas, o toda la noche, si conozco a ese tipo.
    - Espero que se lo pase bien -dijo Doberman, apartándose-. Porque pagará por ese buen rato cuando vuelva.
    - Señor... -Chen hizo una mueca-. ¿Qué piensa sobre esos hombres extra?
    - Sí. He hecho los arreglos. Podremos tener dos más mañana. Pero cuantos más sepan que estoy aquí, mayor será el peligro. He decidido dejar el rancho. Dejaremos México mañana por la noche. Tan pronto
como lleguen los nuevos hombres.
    Chen sabía que debía urgir a Doberman para salir hoy.
    Pero eso significaría que no habría confrontación con Bond. No terminar la pelea.
    Chen no dijo nada, pero pensaba: "Mañana será demasiado tarde..."

____________________
 -17-
...Al fuego.

    - Debemos cronometrarlo tan perfectamente como sea humanamente posible -dijo Bond, apretando una tuerca sobre la plataforma que sujetaba la ametralladora a la proa de la Chris-Craft -él y Leiter trabajaban sobre la lancha rápida en un "garaje" de un malecón privado al sur de Puerto Vallarta-. Tendremos que golpear ambos a la vez; sólo el cebo debería comenzar a disparar treinta segundos antes. Qué sea un minuto. Eso les dará tiempo para mover su potencia de fuego desde la parte frontal de la casa hasta el lado que da al mar.
    - Comprendo, James -dijo Leiter solemnemente.
    Bond arrojó la llave inglesa a un lado.
    - ¿Por qué pareces tan condenadamente triste, Felix?
    - ¿Triste? -Leiter sonrió-. ¡En absoluto!
    Pero sus ojos desmentían su sonrisa.
    - Te figuras que me van a volar por los aires en esta misión. Mira, aún cuando tuviera cincuenta hombres a mi lado, cincuenta buenos hombres, todavía podría suceder. Un rebote de mala suerte, y... bien, si la bala lleva tu nombre... -se encogió de hombros-. ¡Infiernos, podría pasar casi tan fácilmente cruzando la calle, de la forma en que los malditos taxis conducen por aquí!
    - ¡Pero las probabilidades, James!
    - Hay formas en las que un buen táctico puede aumentarlas un poco.
    Bond terminó de montar la ametralladora y dio un paso atrás para admirar su trabajo. El arma estaba apuntada hacia arriba en el ángulo más elevado posible, ya que tendría que acertar las ventanas superiores de la casa desde muy abajo.
    - ¿Aseguras que el mecanismo de control remoto de esta cosa va a funcionar? -preguntó Bond dubitativamente.
    Leiter había montado aquello.
    - Eso creo. Lo he aparejado para que cuando yo active el control remoto al máximo, la señal no sólo ponga la lancha a máxima marcha, también será la señal para que el resorte comprimido...
    - Lo sé, pero... -se encogió de hombros-. Según entiendo, has montado un resorte comprimido activado por una pila que -después de liberarse- forzará a este pequeño reborde de metal a presionar el gatillo. ¿Correcto?
    - Sí, esencialmente.
    - Me parece que la espuma desde proa podría interferir con las conexiones eléctricas... quiero decir, la caja de compresión está justo aquí en la maldita cubierta del barco...
    - Sí, sí -contestó Leiter algo abstraido-, ya lo he aislado contra eso. Lo he probado sin balas en el arma. Esto comprime el gatillo. Puede que no dure mucho, James. Todas esas sacudidas... Pero funcionará lo suficiente para concentrar la atención en el barco.
    - ¿Qué pasa, Felix? Parece
como si no estuvieras aquí.
    - Creo que quizás lo mejor que yo podría hacer sería atacar la casa directamente. Personalmente. Podría golpearles desde otro lado, atraer su fuego...
    Bond rió.
    - Perdona la risa, pero realmente no quieres hacerlo. Aunque respeto tu ofrecimiento. Pocos hombres lo harían. Pero, mira, los tiroteos y los asaltos simplemente no son tu especialidad. Eres un especialista de inteligencia, que es donde están tus habilidades. No quiero perderte por alguna bala perdida. De cualquier manera, hay mucho que hacer. Estarás lo suficientemente cerca para mantener contacto de radio conmigo hasta que pase la cerca. Después de eso, dejaré la radio detrás.
    - ¿Usarás sus walkie-talkie para engañarles?
    - No. Conozco a Chen, se habrá preparado contra eso. No, tendré que ocuparme de esa cerca de la manera difícil -Bond miró a su reloj-. Pronto va a anochecer, viejo amigo. Es hora de ponerse a ello... ¿Has puesto ese barco de apoyo en el lugar?
    - Está allí, hace casi una hora, James. Es simplemente un esquife fuera borda, me temo.
    - Eso servirá estupendamente para nuestros propósitos, Felix.
    - En las inmortales palabras de Willie Nelson -Leiter rió con su enunciación de Tejas-: "Apaguen las luces. ¡La fiesta ha terminado!"

* * * * * *

    Algunos le llamaban Castillo y otros le llamaban Whitey . A él no le importaba mucho lo que le llamaran. Era un hombre que no se relacionaba con la gente, que siempre se había sentido aparte. Quizá se sentía diferente porque era un mejicano albino. Quizá porque él no parecía sentir muchas de las emociones que sentía la mayoría de la gente. Nunca había sentido amor por nadie; no desde que era un muchachito y su papá le encerró en ese cobertizo infestado de ratas toda la noche. Esa noche algo había saltado en su
alma.
    Había solamente una cosa que podía derretir a Castillo el Whitey un poco por dentro. El sexo. No el romance, sino el sexo. Podía estar en ello durante horas. Y podía pensar sobre ello durante horas cuando no había nadie con quien hacerlo.
    Así que era irónico que Klaus Doberman hubiera elegido a Whitey para guardar a Lotta. Doberman tenía la impresión de que Whitey era una especie de eunuco. Quizá porque Castillo parecía, la mayor parte
del tiempo, estar hecho de hielo. Nunca mostraba expresión. Pero todo el mundo siente alguna clase de emoción. La de Castillo era la lujuria, y le estaba costando mucho controlarla.
    Castillo estaba fuera de la puerta de la habitación de Lotta, su cara blanca
como una pizarra borrada; la dirección de sus pensamientos se insinuaba sólo por la tensión de sus dedos sobre la recámara de su M16.
    "Ella se lo contaría a Doberman -pensaba él-. Doberman me mataría de forma desagradable."
    Estaba pensando en el tipo de muerte que Doberman arreglaría para él si se lo hacía con Lotta, cuando llegaron los golpes desde la puerta tras él.
    - ¡Mierda! -exclamó, sorprendido. Se dio media vuelta-. Sí, señora, ¿qué desea?
    - ¡Quiero hablar con usted, por favor! -gritó Lotta a través de la puerta.
    Castillo dudó.
    - ¿Sobre qué? ¿Qué necesita? Tiene ahí un cuarto de baño, tiene su cena...
    - Por favor, quiero tener unas palabras con usted. Me he estado preguntando que aspecto tiene... Quiero verle.
    Aquello fue demasiado para Castillo.
    - Está bien, pero mantenga su boca cerrada sobre esto...
    Miró arriba y abajo por el vestíbulo, luego apoyó su rifle contra la jamba de la puerta. Trasteó en su bolsillo con dedos nerviosos y pegajosos, encontró la anticuada llave, y destrabó la puerta. Metió la llave en el bolsillo, abrió la puerta, recogió el rifle, y entró con él. Mirando a Lotta, cerró la puerta tras él.
    Se relamió sus labios.
    Ella vestía un albornoz de hombre, atado a la cintura. Dejaba ver sus largas y doradas piernas desde más abajo de los muslos, y el magnífico
moreno de su escote por las solapas. Ella se había lavado y cepillado su pelo. Incluso las magulladuras sobre su mejilla parecían mejor. Podría estar bien ceder un poco más mientras él...
    - ¡Hey! -saltó Castillo cuando ella intentó pasarle hacia la puerta destrabada.
    - Quiero hablar con Doberman -dijo ella, sonriéndole, pasando sus dedos suavemente a lo largo de su barbilla.
    Ella intentó sobrepasarle furtivamente, y él sintió la calidez de sus pechos contra su hombro derecho. Él dejó caer el rifle a la alfombra y dio unos golpecitos con sus dedos en los antebrazos de ella.
    - ¿Qué quiere decir con Doberman? Pensaba que decía que quería hablar conmigo. Soy yo o nadie. Porque no voy a dejar que hables con Doberman hasta que él pida verte. A él no le gustaría eso.
    Ella se retorció alejándose de él, y él la dejó, porque le gustaba observar su movimiento. Él le miró sus gruesos y dulces labios
como un postre, y quiso saborearlos. Quería saborear mucho cada parte de ella. Tanto que le dolía.
    - Me haces daño -dijo Castillo sin aliento-. Me haces daño con la forma en que miras. Así que ahora es mi turno de hacerte daño. Pero creo que te va a gustar.
    Ella se apartó de él, pero a él no le importó. Le gustaba observar sus piernas moviéndose, el rebote de sus pechos mientras se medio volvía para buscar detrás de ella.
    - ¿Usted sabe lo que yo quiero, "señor"? -ella dijo con voz ronca.
    - Ahora... dime lo que te gustaría, nena. Podría dártelo.
    - Quisiera que presionaras tu cara en mis pechos. Quisiera que tú... los besaras.
    Ella se abrió el albornoz. Sólo tenía una braguita bajo el albornoz, y eso era todo. Sus grandes y redondos pechos estaban desnudos y suplicaban atención. Parecieron crecer, llenar toda la sala para él, en un momento. Él se movió hacia ella, se inclinó sobre ella, alcanzándolos...
    Y entonces él pensó: "¿Qué está buscando detrás de ella?"
    Demasiado tarde. Fuegos artificiales explotaron en su cabeza, y un ardiente dolor. Tuvo tiempo para pensar: "La zorra me ha golpeado con la maldita lámpara." Luego se desmayó.

* * * * * *

    Después de que Bond hubiera instalado y preparado los explosivos plásticos en la proa
del barco, Leiter fue a mover las puertas del embarcadero, abriendo camino a las aguas color peltre  del pequeño estuario. Bond avanzó hacia la ametralladora, todavía obsesionado por los explosivos. Se preguntó si podría instalar blindaje adicional sobre ellos; pero aquello podría interferir con el detonador activable mediante colisión. Aún así, aquello podría estropear las cosas si el tiroteo desde el rancho activaba los explosivos prematuramente. Aunque probablemente él había arreglado el blindaje para protegerlo de eso. "Sí, ellos deberán disparar hacia abajo."
    Bond cubrió la ametralladora con una lona y tensó la lona fuertemente para que el viento no la levantara y les "bajara los pantalones" frente a todos los marinos de fin de semana. Era una tosca arma de fabricación soviética, una pieza de "excedente" confiscada a terroristas dos años antes: una de calibre 7.62mm URSS RDA , operada con gas, con una ristra de cien balas metálicas en un tambor metálico. Habían retirado el depósito y remachado el tambor de munición a la cubierta, además añadieron una sujeción para su boca inusualmente alta por el elevado ángulo de tiro. Era un arma casi obsoleta, principalmente útil
como un cebo. Y quizá confundiera a Doberman sobre quien le atacaba, sería una buena cosa si él pensaba, al ver el arma soviética, que la KGB era el atacante.
    Leiter volvió al barco, caminando sobre el agua por el andador de
madera alrededor de los bordes del garaje, y un minuto después cortaban las olas para seguir la costa norte.
    La cabeza le dolía a Bond, sus arañazos le picaban, y la rozadura de la bala sobre su pectoral izquierdo, donde la bala de Chen le había lamido durante su caída por el cable, ardía como un hierro de marcar.
    Pero había una tétrica sonrisa en los labios de Bond. Les había dejado que lo aplazara demasiado tiempo. Ahora la cólera le daba una cantarina fuerza interior que convertía todos sus dolores en un eco fantasmal, vagamente sentido. Se elevó hasta una inconsciencia de batalla. Ya no era una persona, ya no era un ser humano ordinario con los usuales temores e incontrolables asociaciones mentales. Ahora él era una máquina mortal. Era una computadora táctica. Era un arma automática. Y el único sentimiento humano en él -aparte de la lealtad a la Reina y su País- era la cólera
del vengador. Esa cólera era el combustible para el motor de la máquina mortal.
    La armada lancha rápida Chris-Craft de Bond se lanzó hacia la
fortaleza de Doberman como una palpitante erección.

* * * * * *

    El sol brillaba en el horizonte. Bond se apresuró a ayudar a Leiter a descargar el barco para poder devolverlo al mar, usando esa deslumbrante puesta de sol para su ventaja. Habían tratado las ventanas para que quedaran opacas: nadie sería capaz de ver que el barco no tenía piloto. Pero sería mejor si el fulgor ocultaba detalles
del barco y le hacía mucho más difícil de alcanzar.
    Bond había cambiado la hora de su ataque -de las tres A.M. a las ocho P.M.: parcialmente para aprovechar
del ímpetu de su cólera interior. El ataque al nido de observación le había enfurecido. Años antes, había aprendido que la cólera podía ser dos cosas. Podía ser la cruda energía que te empujaba hacia adelante, o podía ser tu muerte si permitías que nublara tu juicio táctico. La cólera era algo que Bond había aprendido a usar. Como un arma.
    Trasladó la onda corta para campo de batalla, los misiles Ojo-de-Águila, y un par de rifles de apoyo al puesto de control remoto en tierra de Leiter, sobre la sierra que dominaba el rancho.
    - ¿No crees que enviarán centinelas fuera de la cerca, James? -preguntó Leiter cuando hubieron conseguido instalar seguro el dispositivo detrás de la persiana de camuflaje y unas ramitas.
    - No, también cortaré sus fuerzas de atrás. Necesitarán que los supervivientes permanezcan cerca de la casa... Perfecto, voy a salir.
    Estrecharon sus manos solemnemente.
    - Buena suerte y que tengas el viento a tu espalda -murmuró Leiter mientras Bond see movía por la colina.
    Bond necesitaría esa suerte.

* * * * * *

    Chen se había pensado mejor su decisión de guardar silencio sobre la inminente batalla.
Para hacer bien el trabajo, había decidido, tenía que dar los hechos a su comandante. Le dejó mal sabor en la boca, pero lo dijo.
    - Señor, creo que deberíamos trasladarnos esta noche. Lo antes posible -él no podría contar a Doberman en este punto sobre el encuentro con Bond en la casa-árbol. Pero podía contarle lo que presagiaba-: Creo que alguien nos golpeará esta noche.
    - ¿Qué le hace estar tan seguro de eso, Mr Chen? -preguntó Doberman.
    Doberman estaba sentado cenando en el balcón que daba al mar, vistiendo una formal chaqueta blanca. Masticaba golosamente un filete tan crudo que casi gritaba, sangre corría por las comisuras de su boca, todo el tiempo observando a Chen.
    Aquello puso nervioso a Chen.
    - Uh... es difícil de explicar. Simplemente llámelo instinto profesional por una larga experiencia, señor. Simplemente lo sé.
    - ¿De verdad?
    Doberman escupió un hueso sobre la barandilla. Cayó dando tumbos arrastrando gotitas de sangre, hasta el lejano mar muy por debajo.
    - Me pregunto si me está ocultando algo, Mr Chen.
    Chen se tensó. Sabía lo que aquello significaba. Cuando Doberman comenzaba a preguntar sobre ti, probablemente acababas muerto. Con Doberman incluso una sospecha de traición era suficiente para condenarte.
    - Creo que será esta noche -continuó Chen obstinadamente-, va para venir contra nosotros. No puedo explicarlo.
    Doberman vociferó pidiendo vino, luego regresó a Chen.
    - Muy bien. Saldremos en una hora, si podemos tener cargado el yate rápidamente.
    - Le aconsejo ahora, señor... y le aconsejo una vez más contra aparecer en este balcón. Usted es un blanco aquí.
    - ¿Un blanco? Nadie podría conseguir acercarse lo suficiente para...
    La botella de vino que el mayordomo acababa de colocar sobre
la mesa estalló. El mayordomo estalló, también. Agujeros de bala le desgarraron abriéndole por la mitad, salpicando de rojo su chaqueta blanca.
    Chen miró fijamente al espasmódico cuerpo
del hombre en un momentáneo shock. Shock, pero no lamento. El shock de Chen se fundió un segundo después y se lanzó al suelo de losas del balcón mientras otra rociada desde abajo barría el balcón.
    Doberman estaba abajo a cuatro patas. Estaba completamente intacto... físicamente. Pero su orgullo había recibido un desagradable golpe. Chen notó eso con alguna satisfacción. Era bueno ver a Doberman a cuatro patas, anadeando a través de las puertas abiertas hacia la cobertura
del salón.
    Doberman se irguió, quitándose el polvo de sus rodillas.
    Chen se le unió.
    - Parece que tenía usted razón, Mr Chen -dijo Doberman. Su voz era
como un cable tenso a punto de saltar. Sus manos temblaban con una furia apenas controlada-. Es Bond, ¿verdad?
    Chen se movió hasta una ventana y escudriñó desde una esquina inferior. Vio la lancha rápida más abajo, volvía para bombardear el balcón nuevamente. Había una ametralladora montada sobre la cubierta... pero nadie operándola. "Debe tenerla aparejada para poder apretar el gatillo desde la cabina
del piloto. Algún tipo de control remoto. Raro, Bond atacando de esa manera: desde el mar. Tan vulnerable allí abajo. Y ha sido un golpe afortunado, este bombardeo. No puede esperar disparar a todos con precisión; no con esas olas, y sin manera de apuntar la boca de la ametralladora adecuadamente. Raro. Debe haber visto a Doberman aquí afuera, y fue demasiada tentación. Casi lo pilla, además. ¿Pero por qué se ha quedado Bond? ¿Qué puede esperar conseguir desde allí abajo ahora, excepto romper algunas ventanas? Tarde o temprano algún barco pasará y verá la acción y llamará por radio a la policía. Forma loca de trabajar. Pero quizá sea eso... lo inesperado. Pero como puede Bond esperar..."
    El estremecedor rugido de Doberman interrumpió su deliberación.
    - Se lo pregunto, ¿ese es Bond?
    Chen asintió.
    - Eso creo. Ese es el barco que...
    - Entonces vaya a por la chica. ¡Rápido! ¡Tráigala aquí!
    Los pistoleros corrían hacia la sala, farfullando preguntas, bajando los rifles de sus hombros.
    Chen les observó dubitativo. Pero entonces, quizá Bond no estaba allí abajo. Quizá...
    - Chen -bramó Doberman-. ¡Vaya a por la chica! ¡Yo supervisaré nuestra defensa!
    - Si usted lo dice, señor. Pero no creo...
    Sus palabras fueron ahogadas afuera por un tiroteo. Tres centinelas y dos guardaespaldas habían tomado posiciones de disparo en la ventana y estaban lanzando una fuerte lluvia de fuego sobre el barco de más abajo. Lo cortarían en pedazos en minutos, se figuró Chen.
    Doberman gesticuló espasmódicamente, una pistola en cada mano.
    - ¡Vaya!
    Chen se encogió de hombros.
    - Sí, señor.
    Bajó al vestíbulo, saltando los peldaños de tres en tres, zigzagueando tres rellanos más abajo hasta el segundo piso.
    "Extraño... el guardia se ha ido de su puerta. Y está abierta."
    Encontró a Castillo frío sobre el suelo de la habitación de ella.
    Chen abofeteó la mejilla
del hombre, despertándole.
    - ¿Whuh? ¿Dónde demonios...? -se sentó y miró a Chen.. Parpadeó, y entonces sus ojos se enfocaron-. ¿Chen?
    - ¡Sí, brillante observación, capullo, soy Chen! -agarró al hombre por el cuello de la camisa y lo levantó hasta ponerle en pie. Entonces vio el corte sobre el lado de la cabeza de Castillo, mezclado su pelo con la sangre-. ¿Qué sucedió?
    - La zorra. ¡La zorra! -quería salir, dijo que tenía que hablar con Doberman. Le dije que lo olvidara. Ella vino hasta mí con... -señaló.
    Chen miró. Había una lámpara de mesa rota detrás de la puerta. Volvió a mirar a Castillo, y a pesar de los disparos que se lanzaban arriba, sonrió.
    - ¿Ella le abrió la cabeza? ¡Demonios, hombre, ella debe haberse puesto de puntillas! ¡Y ni siquiera fue por detrás!
    Cabeceó para si. La mujer tenía coraje. Admirable.
    - Sí, pero mierda, ella... -él reculó-. Ella se abrió su albornoz. Aquellas grandes tetas...
    Chen rió.
    - ¡Ella le hipnotizó, Castillo! Gilipollas.
    - Mire, no le diga a Doberman lo que sucedió, ¿vale? Yo la encontré.
    - No, uh... olvídelo. Yo la encontraré. Usted vaya afuera e informe a García. Vaya a reforzar al centinela de atrás.
    - ¿Por ese tiroteo que oigo?
    - No, eso es el pequeño tamborilero tocando una marcha. Váyase, y vigile su culo... estamos bajo ataque. Mantenga sus ojos abiertos. Tengo la sensación de que él nos va a golpear por la espalda, no importa lo que parezca ahora.
    Castillo miró a sus pies.
    - ¿Dónde está mi arma?
    - Naturalmente, gilipollas, ella se la llevó. Consiga otra en el sótano, ¡y muévase!
    Castillo se movió, gimiendo, sujetando su atontada cabeza.
    Chen subió desde el vestíbulo por la escalera y se detuvo al lado de la puerta de uno de los dormitorios desocupados. Oyó un ruido desde allí. "Seguro, Lotta está probablemente escondida ahí; habrá estado en el vestíbulo, me oiría venir, estará esperando a que yo llegue."
    Él dudó, luego se encogió de hombros. "No ayudará a nuestra defensa sacarla afuera. Bond no dejará que una rehén le detenga ahora. Al infierno con ella. Déjala ir."
    Sonriendo solo un poco, fue escaleras arriba.
    - Ella no esta allí -comenzó, entrando en el salón-. Castillo... -se interrumpió, mirando a su alrededor-. ¿Qué pasa? ¡García! ¿Qué está haciendo aquí?
    García y los otros centinelas, todos menos el guardia de la garita, estaban en las ventanas, disparando al barco de afuera. Doberman estaba al teléfono. Arrojó el teléfono al suelo y lo pateó contra una pared.
    - ¡Alguien ha cortado las líneas! -bramó.
    - Naturalmente -dijo Chen secamente-. Señor... -esta vez él realmente tenía que salir por fuerza-. ¿Por qué están los centinelas aquí arriba? ¡Necesitamos proteger nuestra retaguardia!
    - ¿Qué? ¡Vinieron porque oyeron disparar, tonto!
    - Pero eso es... -de repente se dio cuenta-. ¡Eso es lo que Bond quiere!
    - ¿Qué? -Doberman fue airado hacia él, agitando las pistolas-. ¿De qué está usted hablando?
    - ¡Alto el fuego! -gritó Chen a los centinelas. Tuvo que repetirlo tres veces.
    Los hombres se apartaron de las ventanas, parpadeando entre una bruma de humo de pólvora azul.
    Chen empujó a García aparte con una maldición, agarrando un par de binoculares de una mesa, y miró a través de la ventana.
    Increíblemente, el barco todavía estaba allí. Parecía apenas arañado y todavía navegaba. La ametralladora había sido derribada, pero el barco seguía zumbando de un lado a otro a través de la pequeña ensenada, siguiendo su camino hacia el muelle...
    - ¡Blindado! -exclamó Chen-. ¡Puedo ver blindaje camuflado! ¡Y miren... no hay nadie conduciendo esa cosa! ¡Está controlado a distancia, un maldito cebo! ¡Idiotas! ¿Qué hace ahora? ¡Se dirige hacia el yate!
    La lancha rápida golpeó el costado del Buenaventura, y la gran carga de explosivo plástico en su proa estalló atronadoramente, consumiendo el barco menor en una bola de llamas rojinegras; pudieron ver la onda de choque hacer una especie de burbuja invertida en el agua alrededor del barco explosivo. Y luego el humo ocultó el naufragio y parte
del yate que se hundía.
    - ¡Ha volado el yate! -gritó García-. Él...
    Una voz crujió desde el walkie-talkie de García.
    - ¿Hay alguien ahí? Soy Castillo... ¡alguien acaba de volar la garita! ¡Parece un obús! Él... La cerca eléctrica ha sido derribada, alguien la está atravesando... ¡Mierda!
    Y luego silencio.

* * * * * *

    Felix Leiter bajó los binoculares, sonriendo. "Este yate no lo usará Doberman para escapar." Ya su cubierta estaba completamente inundada, y estaba inclinada sobre el puerto. "Ahora James debería haber penetrado la cerca. Hora de respaldarle."
    Rápidamente verificó el lanza-misiles Ojo-de-Águila una última vez. Activó las cámaras de televisión. La pequeña pantalla de televisión en la unidad de control mostraba sólo un cielo oscuro, una imagen en blanco y negro, principalmente negro. Afortunadamente había poderosas luches exteriores en el rancho. Luces diseñadas para la defensa
del rancho... que ayudarían a destruirlo.
    Se puso bien detrás de los tubos de lanzamiento y activó el número uno con el interruptor de pulgar. La cola
del misil despidió llamas y humo blanco, y luego salió, lanzado casi hacia arriba. Leiter se inclinó sobre la pantalla, jugueteando con los botones que controlaban la señal hacia el navegador computerizado del proyectil; la imagen sobre la pantalla cambió. Hubo un confuso borrón de la costa, las luces de la casa, el horizonte, luego la cara gris oscura de roca precipitándose hacia él. Tiró del joystick hacia atrás... demasiado tarde. El proyectil se incrustó en el acantilado debajo de la casa, estallando brillante pero inútilmente.
    Leiter se maldijo, deseando haber hecho más investigación sobre el manejo de estos misiles. Disparó el número dos... y perdió este también, dirigiéndolo hacia la copa de un árbol.
    Pero ahora estaba comenzando a dominarlo. Su tercer proyectil salió directamente hacia la casa. La imagen hizo un remolino, y la pequeña pantalla mostró el tejado y los proyectores de luz recorriendo el césped posterior. Lo desvió hacia abajo, luego forzó al misil a un círculo amplio sobre las copas de los árboles hasta que pudo orientarse. Esto no era parecido a un vídeo juego. Una vez que lo dominabas...
    ¡Pero la imagen sobre la pantalla se movía muy rápidamente! ¿Y si llevaba el misil demasiado cerca de Bond? Nunca tendría tiempo para estar seguro de quien estaba en el área objetivo...
    Tomó aliento, manejó los botones, y presionó el joystick hacia adelante. Las luces traseras de la casa brincaron hacia la cámara en el morro
del proyectil. El blanco creció.

* * * * * *

    Bond oyó las explosiones de los dos primeros misiles e hizo una mueca. Los Ojo-de-Águila, parecía, eran más difíciles de manejar de lo que habían supuesto. Estaba agachado en los escombros de la pared de piedra, dentro
del perímetro de la cerca electrificada. Había volado el muro... pero entonces el centinela albino le había clavado allí antes de que pudiera conseguir atravesar la todavía humeante brecha.
    Había unos veinte metros de césped entre Bond y la esquina de la casa donde Castillo estaba agachado, guarecido por un contrafuerte de piedra, disparando la M16 hacia la posición de Bond. Los terrenos trasero y lateral estaban iluminados por zonas de luz de los proyectores giratorios sobre el tejado, y por una lámpara anticrimen que quedaba. Bond había acertado a tres lámparas, para dar una cobertura parcial a su área de ataque. Había dejado las lámparas restantes intactas para orientar a Leiter; pero ahora parecía que Leiter no iba a ser de mucha ayuda.
    Bond llevaba un rifle de asalto semiautomático, una nueva Beretta, un cuchillo, y seis granadas. Liberó dos granadas, manteniendo firmemente sus seguros a presión, una en cada mano. Esperó hasta que terminó la última descarga
del arma de Castillo, entonces saltó hacia arriba y lanzó ambas granadas por encima de la pared, una después de la otra. Estaba demasiado lejos y las arrojó en un ángulo difícil; probablemente no podría volar al centinela con esas granadas. "Pero el hijo-de-puta mantiene su cabeza baja, quizá de masiado..."
    Las granadas explotaron cerca junto a la esquina de la casa; el contrafuerte protegió a Castillo de la explosión, pero Bond estaba arriba y corría, salvando la costra del muro, zigzagueando a través del césped bajo la cobertura del humo de la detonación de las granadas. Pedacitos de césped caían todavía al suelo a su alrededor mientras corría. Escudriñó a través
del humo gris-azulado, vislumbrando al centinela levantándose, elevando la boca de su M16...
    Bond se lanzó al suelo hacia la derecha, girando. Las balas gritaron hacia el césped donde él había estado un segundo antes, desgarrándolo brutalmente. Se mantuvo girando, llegando a una amplia zona sombría. Luego se puso en pie de un salto, y manteniéndose agachado, el rifle escupió llamas en sus manos, corriendo hacia el refugio de las barandillas de piedra
del portal. Castillo se echó atrás para evitar la ráfaga de Bond. Bond llegó al portal, luego saltó por encima de la barandilla al parterre, realizando suavemente el movimiento de vuelta sobre el hombro, voltereta, y ponerse en posición de disparo... mientras la puerta del portal se abría de golpe desde dentro y tres hombres se precipitaban afuera. En el mismo momento, Castillo se precipito hacia Bond desde el lado de la casa, gritando:
    - ¡Está allí, a su izquierda, el cabrón está al otro lado
del portal!
    Los tres hombres -García, y otros dos guardaespaldas- se giraron
como uno para comenzar a dispararle. Él ya estaba abriendo fuego sobre ellos, pero supo que era demasiado tarde.
    La tierra levantó polvo alrededor de Bond mientras le disparaban, al principio sin precisión, en la oscuridad.
    Bond supo que sólo tenía dos o tres segundos de vida.
    El aire se partió con un chillido violento... y el portal entró en erupción con llamas y humo, trozos de calientes cascotes volaron hacia el exterior arrastrando vapor. Leiter había dado en el blanco.
    La onda de choque de la explosión
del misil Ojo-de-Águila alcanzó a Bond en las tripas y le derribó hacia atrás. Se encontró tumbado sobre su espalda, mirando a las estrellas, su cabeza resonando, boqueando buscando aire. Se forzó a tomar aliento, y jurando, se puso de rodillas, buscando su rifle. Lo levantó desde el polvo frente a él, comprobó que el cañón estaba limpio, puso un cargador nuevo, y se puso temblorosamente en pie. Avanzó, moviéndose a través de una extensa nube de humo y polvo. Pequeñas lenguas de fuego -sin encontrar camino en las paredes de piedra- lamían inútilmente la andrajosa brecha de cuatro metros de alto y tres de ancho donde la puerta de entrada y el portal habían estado. Contó tres muertos -o pedazos de hombres que sumaban tres muertos- en los escombros. Había matado a otros dos este día, lo que dejaba seis o siete combatientes contra él. A menos que el centinela albino...
    Una figura fantasmal, una cosa salida de una pesadilla, surgió de la nube de humo a la izquierda de Bond... el guardia albino, con la mitad derecha de su cara arrancada por cascotes voladores, sus dientes y el hueso de su mandíbula surgiendo de la herida, los músculos expuestos y colgando, la cuenca de un ojo como un charco de rojo. Aullando
como un maníaco, cargó contra Bond con una M16. Bond se agachó, y disparó desde la cadera, cosiendo al desfigurado centinela con seis balas a corta distancia. El hombre fue levantado en el aire por el impacto de las balas y arrojado hacia atrás sobre los restos como dientes rotos de la barandilla. Bond se apartó, aplastándose contra la pared junto al agujero del impacto del misil, y arrojó una granada hacia la casa. La pared a su espalda tembló con la explosión, y fragmentos de piedra cayeron desde el borde de la rotura por encima de su cabeza.
    Bond se agachó y giró sobre su tacón para rociar la antesala -ahora sólo una cueva abrasada y en ruinas- con una doble descarga de su semiautomática.
    No hubo fuego de respuesta.
    Desenganchó una linterna eléctrica de su cinturón y la encendió hacia la sala llena de humo. Ni siquiera un cadáver. Pero habría por lo menos media docena más de hombres para ocuparse en algún lugar de la casa.
    El aire vibraba, un largo temblor estremecía las paredes de la casa. Leiter había usado el cuarto proyectil, principalmente
como diversión; probablemente contra el balcón.
    Bond atravesó la puerta rota y caída hacia el salón de la planta baja. A la derecha, una ventana rota mostraba sólo oscuridad; daba al borde del acantilado. Unos peldaños. Adelante, una amplia escalera, retorciéndose hacia arriba. Bond corrió a través del espacio abierto hacia los peldaños, agachándose contra la pared de la escalera, subió medio tramo, buscando al enemigo. Nadie aún. Las luces superiores brillaban como si nada hubiera sucedido, aunque estaban ligeramente apagadas por el humo de las detonaciones; el humo que picaba sus ojos le hizo toser.
    Comenzó a subir los peldaños, y con su mano izquierda comenzó a devolver la linterna eléctrica a su cinturón... cuando las luces se apagaron. Probablemente una complicación por aquel último impacto de misil; debía haber provocado un incendio o roto una tubería de agua, cortocircuitando el sistema. Si era un cortocircuito, ni siquiera las de emergencia funcionarían.
    Bond sonrió fríamente. Él solía trabajar en la oscuridad.
    Mantuvo la linterna eléctrica en su mano izquierda, pero apagada. En su derecha llevaba la Beretta. El rifle colgaba sobre su hombro. La pistola le serviría mejor a esta corta distancia. Lo malo era que no había tenido tiempo suficiente para conseguir otro subfusil ametrallador.
    Con las rodillas dobladas, casi en cuclillas, Bond subió los peldaños. Estaba sobre el humo más denso ahora, y podía respirar casi libremente.
    La oscuridad era profunda en la escalera, aunque rota por parches de gris sobre el rellano donde la luz -luz de la luna, luz de las estrellas, y un parpadeo que sugería fuego, posiblemente de las llamas sobre el tejado de brea- llegaba a través del final del pasillo.
    Bond se mantuvo en los fosos de oscuridad, moviéndose suave como un gato, respirando profundamente, pero tan lentamente que sería difícil de oír.
    Pero los hombres que bajaban del vestíbulo hacia la escalera no eran tan cuidadosos para moverse silenciosamente. De hecho, discutían.
    El más alto y anguloso estaba diciendo:
    - Creo que debemos seguir con Chen. Sabe lo que está haciendo, tíos, y...
    - No, no -dijo el hombre más bajo y robusto con un fuerte acento hispano-. Este Chen está loco para ir a las escaleras de atrás.
    Bond, desde el momento en que había oído sus voces, había saltado sobre la barandilla de la escalera. Estaba colgado sobre la ondulada barandilla bajo el rellano, balanceándose sobre sus talones, oculto detrás de la balaustrada, sujetándose a ella con su mano izquierda, la pistola automática lista en su derecha. Había contado con que los dos hombres mirarían primero hacia abajo en la propia escalera, y no más allá de la barandilla.
    Había supuesto correctamente. Los hombres se detuvieron en el rellano, justo en la parte alta de los peldaños, el más bajo cerca del pasamanos exterior, iluminando con su linterna las escaleras. Llevaba un AK-47; el otro llevaba una escopeta.
    Bond estaba en equilibrio sobre la barandilla del tramo bajo ellos. Si hubieran mirado bajo sus botas, probablemente le habrían visto mirando a través de los barrotes de la barandilla. Casi podría haberles mordido sus tobillos.
    Disparó al primero en la entrepierna porque no podía alcanzar ni el corazón ni la cabeza: la barandilla estaba en medio. El hombre chilló y dejó caer su rifle. Este chocó golpeando las escaleras. Él se agarró la herida a corta distancia donde había estado su ingle, y se dobló, esto hizo fácil terminar con él. Bond metió una bala a través del costado de la cabeza del hombre; esta se abrió como el proverbial melón maduro, sacudiéndose sobre su cuello mientras caía.
    El hombre más alto, confuso -el suelo parecía estar disparándoles- giró sobre si y se le disparó la escopeta. La escopeta de combate de dos cañones rugió, pero estaba demasiado alta, llevándose un pedazo de la barandilla sobre la cabeza de Bond. Bond disparó dos veces entre los postes de la barandilla. Este hombre estaba más lejos de él y pudo verle claramente. Dos balas crujieron a través del cráneo del hombre alto y este cayó hacia atrás con sólo un breve aullido. La linterna eléctrica voló desde sus paralizados dedos, y destellando luz salvajemente, cayó golpeando en los escalones hasta el siguiente descansillo. Se detuvo inclinada contra el peldaño inferior, apuntando hacia arriba, iluminando con su luz las escaleras y el cadáver con la cabeza caída de su compañero.
    Bond saltó sobre la baranda, descendiendo limpiamente sobre la escalera. Recogió la escopeta y con su propia linterna eléctrica la inspeccionó brevemente. Dos cañones, calibre doce, con una bandolera que contenía cuatro postas más fijadas a la culata con la cinta de embalar. Parecían estar en buena forma. Enfundó su Beretta, recargó la escopeta, y la amartilló.
    Llevándose la escopeta, gateó subiendo al rellano. Un gran reloj de pared le miró a través del pasillo, haciendo tictac tétricamente. Oyó pasos que se aproximaban desde su derecha. Alguien llegaba por las escaleras.
    Bond cruzó el pasillo con una única zancada y se volvió para aplastarse contra la pared al lado del reloj. El gran reloj quedó entre él y quienquiera que bajara por las escaleras. Bond mantuvo la escopeta vertical, sintiendo su frío cañón metálico contra su mejilla. Contuvo su respiración.
    Un colombiano de constitución media con largo y hebroso pelo negro pasó sin verle. La atención del hombre estaba fijada en los peldaños; la linterna eléctrica apoyada en el fondo brillaba hacia él, y asumió que, probablemente, alguien yacía allí sujetándola. El fulgor de la gran linterna eléctrica hacía difícil estar seguro de que no había nadie tras ella.
    - ¿Quién está ahí? -gritó, mientras apuntaba su M16 hacia la luz.
    Bond, detrás de él, bajó la escopeta hasta posición de disparo. El movimiento hizo un ligero ruido y el hombre giró para encararle, la M16 escupió llamas y balas.
    Había disparado espasmódicamente, sin apuntar, y las balas destrozaron la cara de cristal del reloj, enviando añicos volando, trozos de resortes y madera saltando afuera.
    Pero con la escopeta a una distancia de dos metros, Bond no podía fallar. La escopeta respingó violentamente en sus manos, vertiendo el fuego del infierno; disparó desde la cadera, la culata contra la carne de su muslo. La coz de la gran arma le golpeó dolorosamente. Pero aquello no fue nada comparado con lo que la escopeta hizo a su enemigo.
    Los cañones dobles partieron al hombre por la mitad, y la sangre salpicó el techo y las paredes. Las entrañas del hombre se hicieron trizas, saltando afuera desde un gran agujero del tamaño de una pelota de baloncesto mientras su cuerpo caía hacia atrás como una muñeca de trapo sobre la barandilla de la escalera, de cabeza, dando una voltereta hasta impactar en los peldaños del tramo inferior.
    Bond asintió para si con la satisfacción de un profesional. Arma efectiva: pero sólo a muy corta distancia. La recargó -sólo quedaban dos postas- y se marchó bajando del vestíbulo hasta el final de los peldaños.
    Pero dudó al pie de las escaleras. "¿Qué dijo aquel guardia que hablaba en español? Algo sobre Chen en las escaleras de atrás. ¿Dónde están esas escaleras de atrás? ¿Y qué estará Chen haciendo allí? Probablemente habrá ido a la planta baja, y estará organizando el apoyo -pensó Bond-. Golpéale por atrás mientras está distraído con la carne de cañón."
    Bond fue hasta al gris rectángulo vertical tras las escaleras; la ventana del pasillo. Miró afuera, pero no pudo ver a nadie moverse sobre el césped.
    Decidió no subir las escaleras por aquí. Salió del vestíbulo hacia el otro extremo, abriendo puertas, disparando una ráfaga dentro, buscando una reacción. Nada. Había colocado su mano sobre un pomo... cuando la puerta tras él se abrió. Se giró de inmediato. Otro guardia, armado con un subfusil ametrallador, estaba recortado contra la luz gris que se filtraba desde una estrecha escalera. "¿La escalera de atrás?"
    Tanto Bond como el guardia se sorprendieron; ninguno había esperado al otro. Pero, al contrario que el guardaespaldas, Bond no permitió que su sorpresa demorara sus reacciones. Levantó veloz la escopeta y disparó una fracción de segundo antes de que el otro hombre apretara su propio gatillo.
    La distancia era incluso menor aquí. La doble descarga pilló al hombre con toda su fuerza en los dientes. Su cabeza se dividió en dos mitades, separadas por las dos mandíbulas, la mitad superior estalló hacia atrás, la inferior castañeteó unas pocas veces antes de que el cadáver, casi sin cabeza, se hundiera y se derrumbara por las escaleras.
    Bond arrojó la exhausta escopeta a un lado y cogió el arma del guardia. Había un cargador completo en el subfusil ametrallador. Miró hacia abajo en las escaleras.
    "¿De dónde viene esa luz difusa?"
    Bajó por las escaleras, con el subfusil ametrallador duro y frío en sus manos. Eran peldaños de piedra, y muy viejos. Esta era la parte más vieja de la casa, a juzgar por las rotas paredes de piedra y la angostura de la escalera. Pasó por encima del cuerpo destrozado del guardaespaldas muerto y continuó hacia abajo, dando los pasos lenta y cuidadosamente, aplastándose contra la pared trasera de la malsana y retorcida escalera.
    Llegó a otra curva; y vio un hombre que permanecía contra la luz de una puerta de entrada cinco pasos más adelante. La puerta de entrada daba a una antesala, esta desnuda de muebles, con solo una sencilla bombilla eléctrica en el techo. Bond sintió una brisa sobre su mejilla, débilmente húmeda y salada. Así que la antesala estaba abierta al exterior, probablemente a la escalera que bajaba por la ladera del acantilado.
    El hombre en la puerta de entrada tenía su espalda vuelta hacia Bond. Era un alto y nervudo mejicano en uniforme de combate y con una cinta para la cabeza. El hombre estaba mirando más allá de la antesala.
    Voces flotaban subiendo las escaleras. Alguien hablaba aparte. Bond supuso que quienquiera que fuera estaba por lo menos a ocho metros de distancia. Quizá más. Así que si disparaba al guardaespaldas ahora, ellos le oirían, y le sujetarían allí abajo... tenía que retirarse por las escaleras.
    Entonces oyó la voz de Chen.
    - ...dice que oyó disparos arriba en las escaleras... Su otro hombre no ha vuelto...
    - Entonces nos moveremos rápidamente... -la voz de Doberman.
    - Usted suba al Scorpion y vuele como el demonio lejos de aquí, y yo me ocuparé de...
    - ¡No! ¡Bond es un gusano y le aplastaré yo mismo!
    - Tome el helicóptero, usted puede...
    - ¡No! ¡Ya he corrido suficiente!
    - Señor, él es...
    Bond bajó silenciosamente las escaleras. Se colgó el subfusil ametrallador sobre un hombro, tomó un cable para estrangular de uno de los saquillos de su cinturón, y enrolló sus extremos alrededor de sus dos manos, luego lo estiró entre ellas. Avanzó hasta detrás del guardaespaldas y con un veloz y fluido movimiento circular enlazó el cable alrededor del cuello del hombre y apretó fuerte, a la vez que le arrastraba hacia atrás a las sombras, así su resistencia no atraería la atención de los hombres del exterior. Desequilibrar al hombre sirvió para incrementar el agarrotamiento, el propio peso del cuerpo de la víctima le estrangulaba. El guardia tuvo tiempo sólo para un sorprendido chillido antes de que el cable se cerrara sobre su gaznate justo por encima de la laringe. Luchó como una pantera atrapada en las garras de Bond; dos veces Bond casi perdió el control del hombre, convulsiones casi le hicieron perder el equilibrio. Pero se mantuvo apoyado contra la pared, pectorales, bíceps, y antebrazos trabajando juntos como las tres partes de un patíbulo.
    Cuatro minutos con los músculos doloridos después, el hombre cesó sus convulsiones. Quedó lánguido en brazos de Bond, con los ojos abultados, mirando al techo, la lengua medio-serrada entre los dientes apretados.
    Bond lo bajó al suelo sin hacer ruido, abandonando el cable, y descolgando su competente ametralladora.
    Avanzó hacia la puerta de entrada a la antesala, y se petrificó.
    Ahora aquello estaba demasiado tranquilo afuera.
    Chen estaba allí. Bond estaba seguro de ello. Podía sentirlo. "El hijo-de-puta probablemente ha convencido a Doberman de que es tiempo de retirarse. El asesino estará tras aquellos peldaños cortando hacia la ladera del acantilado, escapando hacia el hidrocóptero. Y Chen estará a cubierto fuera de la puerta, esperando. Chen comprendió que los guardaespaldas han desaparecido; y eso significa que he encontrado las escaleras de atrás. Chen sabe donde estoy -pensó Bond-: Si me retiró escaleras arriba e intento rodear a Chen por detrás, Doberman escapará. Tengo que sobrepasar a Chen ahora, o la misión estará acabada."
    Se puso en cuclillas, moviéndose a través de las sombras hacia la puerta abierta, escudriñando alrededor del marco.
    La antesala era oscura. Nadie alrededor. Chen estaría justo en el exterior de aquella puerta entreabierta. Bond podía ver una aguada luz lechosa que arrojaba un pálido foco a través de la otra puerta de entrada hacia el suelo de piedra.
    Se deslizó hacia la puerta desde la escalera, moviéndose hacia la puerta exterior. Se aplastó contra la pared al lado de la puerta exterior, tirando de una granada de su cinturón, y arrojándola.
    Un destello de luz. La metralla gimoteó contra la piedra de la pared exterior.
    Bond se lanzó a través de la puerta, el subfusil ametrallador chachareando en sus manos, cortando hacia el bosque, las sombras, cualquier lugar en que un hombre pudiera ocultarse. Entonces se arrojó a la derecha, girando detrás de una roca que señalaba la escalera que bajaba por la ladera del acantilado.
    Respirando fuerte, el arma caliente en sus manos, la boca humeante, Bond revisó el bosque. No hubo fuego de respuesta. "Chen debe estar ahí; pero haciéndose el disimulado, o..." Bond bajó la mirada hacia la escalera. "¿Allí abajo? ¿Cubriendo la retirada de Doberman? Eso debe ser." Volvió a bajar las escaleras.
    Una bota crujió tras él. Se volvió justo a tiempo para ver a Chen, sonriendo, caminar desde el portal de entrada de la casa, con un M16 en sus manos escupiendo fuego.
    Algo golpeó en el hombro izquierdo de Bond, su hermano se hundió hambrientamente en su muslo izquierdo, haciéndole girar. Cayó, maldiciendo con dolor en sus heridas mientras se golpeaba con la escalera de piedra. Cayó rodando cinco peldaños, yendo a descansar a un amplio lugar donde las escaleras invertían su dirección, donde un zig se volvía un zag.
    Le habría gustado yacer allí mirando hacia arriba a las escaleras, a la luna blanquiazul, descansar, caer en el foso de oscuridad que se abría en su mente...
    Pero se maldijo a sí mismo y forzó a su brazo derecho a apuntalarle, a su pierna derecha a trabajar. Invocando la cólera que le permitiría ignorar el dolor, se puso de pie. Su muslo izquierdo estaba atravesado y ensangrentado, pero la bala había fallado el hueso.
    Pensó: "Chen debe haber corrido alrededor del agujero que volé al otro lado, entrado en la casa y llegado detrás de mí."
    Bond disparó una ráfaga hacia arriba la escarpada ladera del acantilado. Las balas saltaron sobre la piedra; vislumbró a Chen corriendo para ocultarse tras una roca.
    Bond sabía que era un blanco fácil.
    Buscó una cobertura. Chen disparó, bombardeando la piedra a los pies de Bond; en un momento él le apuntaría y le acribillaría.
    Pero Chen dejó de disparar, detenido por otra ráfaga. Una ráfaga desde la casa, detrás.
    Bond se forzó a subir los peldaños, escudriñando a través de la oscuridad. ¿Leiter? No... La vio entonces en una ventana del segundo piso, con un rifle en sus manos. Lotta. Había disparado a través de los cristales de la ventana, forzando a Chen a cubrirse.
    Aquello dio tiempo a Bond para subir dos tramos de escalera, rodeando la piedra tras la que Chen estaba; Bond se movió como un cangrejo a través de los afloramientos de roca justo bajo la gran piedra, el acantilado caía vertical bajo él. Pero Chen había desaparecido. Desvanecido en el aire. Bond se maldijo y puso un cargador nuevo en el subfusil ametrallador.
    Repentinamente, por el rabillo del ojo, Bond espió a Doberman en los controles de un hidrocóptero Scorpion monoplaza mientras la aeronave rotatoria comenzaba lentamente a ascender desde el agua. Doberman se giró y miró hacia Bond, luego sonrió triunfalmente.
    A pesar de su pérdida de sangre, Bond corrió hacia la ladera del acantilado.
    El hidrocóptero se elevaba velozmente ahora.
    Bond alcanzó el malecón, los dientes rechinando con furia. Y entonces él vio la amarra de la aeronave arrastrándose a lo largo del malecón, casi en el límite. El extremo estaba deslizándose cerca de él. Bond debía actuar rápido.
    Se lanzó hacia la cuerda, asiéndola... agarrándose con toda la fuerza mientras el hidrocóptero arrastraba a Bond sobre el agua durante por lo menos veinte metros. Y entonces, mientras la aeronave ganaba altura, Bond fue alzado en el aire.
    El hidrocóptero se elevó, Doberman luchaba para mantener el equilibrio.
    Bond colgaba de la amarra mientras el viento azotaba su cara . Sus manos le dolían. El agua llenaba sus ojos, pero podía ver que la aeronave había cambiado de dirección. Todavía ascendía, pero ahora se dirigía sobre el agua, derecho hacia Sierra Madre.
    Mano sobre mano, Bond lenta, dolorosamente, se impulsó hacia arriba por la larga amarra. El hidrocóptero estaba a ocho metros sobre él... luego siete... cinco...
    La aeronave se elevó nuevamente, pero Doberman lo mantuvo estable hacia las grandes montañas.
    Las manos de Bond quedaron en carne viva y ampolladas por la pesada y áspera soga. Pero él siguió impulsándose más y más alto.
    Tres metros... dos... uno y medio.
    Casi estaba allí. En cualquier segundo podría trepar hacia la cabina con Doberman.
    Un metro... medio...
    Bond colgaba sobre uno de los huecos cilindros de flotación. Ya que su peso no estaba equilibrado, el hidrocóptero cabeceó de nuevo. Esto le dio el tiempo suficiente para levantarse, trepando sobre sus pies.
    Doberman sacó su pistola y la apuntó a la cabeza de Bond.
    Pero Bond arremetió a través de la pequeña cabina, agarrando sus muñecas, evitándole disparar. Bond hundió sus dedos en la cara de Doberman, tratando de arrancarle el ojo que le quedaba. Bloqueando un golpe contra su laringe, Bond se agachó y golpeó el brazo del arma de Doberman, su muñeca, el golpe fue tan potente que los dedos de Doberman se abrieron de forma refleja, la pistola fue un borrón mientras caía perdiéndose de vista hacia el agua.
    El Scorpion se elevó de nuevo. Lo siguiente que supo Bond, mientras su corazón palpitaba salvajemente, es que había caído hacia atrás. Se agarró a uno de los pontones, horriblemente suspendido, colgado sobre las agitadas y turbias aguas. Bond sintió una sacudida mientras la aeronave descendía más cerca de Sierra Madre, cayendo en picado, Doberman obviamente intentaba impactarle contra una de las montañas. El viento le arrastraba. Con ambas manos sobre el pontón ahora, Bond se empujó hacia arriba. A pesar de la dificultad, tensándose, sudando, agarró el borde de la puerta. Doberman pegaba sobre sus manos, golpeando sus dedos.
    Bond liberó una mano y dio un porrazo en la parte trasera del cuello de Doberman. Durante un prolongado instante sus ojos hicieron contacto. No parecían pensar en las montañas que rápidamente se aproximaban. Su único interés era destruirse el uno al otro.
    Bond no perdió más tiempo luchando con su enemigo. Se levantó sobre el cilindro de flotación, esquivando los golpes de los puños de Doberman.
    Desesperadamente, Bond agarró un mechón de la blanca melena de Doberman que el viento que soplaba mantenía horizontal tras él. Entonces, con un poderoso esfuerzo, Bond sacó a Doberman fuera de la cabina... y le soltó de su firme presa; Doberman cayó, planeando hacia el agua como una cometa fugitiva, gritando todo el camino hacia su muerte.
    El hidrocóptero estaba fuera de control, desviándose de un lado a otro. Bond se impulsó en la pequeña cabina, retorciéndose en el asiento mientras agarraba los controles. Las aguas daban vueltas, las montañas aparecían cada vez más cerca y elevándose, mientras Bond tiraba hacia atrás de la palanca de mandos, decelerando el Scorpion. Miró hacia abajo. Doberman estaba agarrado desesperadamente a la desgastada soga, que oscilaba al viento como una hélice rota.
    Bond dirigió al hidrocóptero hacia abajo una pizca, incrementando la velocidad. Adelante, la Sierra Madre despertaba como un gigante durmiente.
    Entonces Doberman comenzó a ascender. Agarró una parte podrida, que se fragmentó en dos. Se precipitó tres metros, deteniéndose en el nudo final de la frágil soga, balanceándose precariamente en el espacio.
    Guiando frenéticamente al Scorpion, Bond miró abajo a las montañas que corrían bajo él, una grande aparentemente a centímetros.
    Doberman movió su ojo hacia la izquierda justo cuando su cuerpo golpeó la ladera de la montaña, explotando en pulpa sangrienta.
    El hidrocóptero pudo apenas evitar la cima de la montaña a tiempo, y Bond se desvió bruscamente hacia la izquierda. El helicóptero giró sobre su costado mientras Bond lo guiaba de vuelta hacia el malecón, donde Leiter y Lotta esperaban con el esquife fuera de borda.

____________________
 -18-
Muerte Súbita

    Una semana después, James Bond estaba en el balcón de su "casita" en el Hotel La Brisa de Acapulco, casi hipnotizado por la vista pintoresca de la bahía perpetuamente paradisíaca. Esquiadores acuáticos saltaban sobre las olas, pasaban barcos de vela multicolor y parapentes volaban alto sobre el Océano Pacífico y las escabrosas montañas detrás de raudas lanchas rápidas.
    En algún lugar cercano debajo de Bond, un Mariachi cantaba al amor encontrado, perdido, y encontrado de nuevo. Pensaba amorosamente en Lotta, quien yacía dormida entre las sábanas de satén de su dormitorio, renovando sus fuerzas tras una ronda de actividades nocturnas en Magic, la más famosa discoteca de Acapulco.
    Bond buscó en su bolsillo, sacó un cigarrillo y lo encendió. Inhaló profundamente, saboreando el humo en sus pulmones, mientras recordaba la llamada de M unos minutos antes. Su superior había sonado excepcionalmente alegre y le dijo que se tomara un par de semanas de permiso.
    - No, 007, tómese un mes. Realmente se ha merecido ese tiempo. Desde luego, un espectáculo muy bueno.
    Fuji Chen decidió usar su nunchaku. Era un arma honorable, antigua como el aire: dos duros palos de madera conectados por un cable.
    A Chen le gustaba el cable.
    Era un maestro con el nunchaku, y al mundo caucasiano la extrañeza del arma le daba un aura de temor. "Noonchuck", lo llamaban los blancos.
    Chen forzó silenciosamente la cerradura de la puerta de la "casita" y entró. Sujetaba su nunchaku flojamente, un palo en cada mano, dejando que el áspero cable se curvara como quisiera.
    Chen comenzó a acercarse a la figura del balcón. Quería acelerar su marcha, pero cuando estás silencioso, la velocidad es tu enemigo. Debes ser constante, debes ser lento. De otra forma estaba el riesgo del roce de la tela. Chen estaba a dos metros detrás de James Bond.
    Metro y medio.
    A un metro detrás de Bond ahora.
    Mientras Chen movía el cable alrededor de la garganta de Bond él ya era consciente de que el espía había conseguido levantar su mano. Su mano derecha se había interpuesto entre el cable y la garganta. Cabrón, pensó Chen, pero luego desterró todo de su mente salvo esta cuestión. Estiró su cable a través de la carne, y los huesos de la mano de Bond se rompieron con facilidad.
    Chen puso su cuerpo en perfecto equilibrio y comenzó a matar...
    Así, durante un instante, mientras el cable cortaba más profundo en su garganta, Bond estuvo débil y nublado y dispuesto para agonizar.
    Pero el cerebro de Bond comenzó a aclararse. ¡Haz algo, ahora! Agitó su muñeca, y el cuchillo de la manga saltó libre desde su resorte hasta la empuñadura de su mano herida y ensangrentada.
    Ahora, con toda la energía en su cuerpo, Bond se encorvó hacia adelante, estirando al reacio chino con él, y cuando lo tuvo desequilibrado sobre el suelo, Bond puso toda su fuerza en arrojarle sobre su hombro, enviando a Chen indefensamente sobre él, quien cayó con dureza sobre el suelo del balcón.
    Chen, por supuesto, vio la cuchilla, vio algo, en cualquier caso, y sus musculosos brazos fueron rápidamente a proteger su estómago.
    Pero demasiado tarde. Demasiado tarde. El cuchillo estaba en casa. Aquello entró bajo su ombligo con tal velocidad y fuerza que Chen sólo pudo gruñir y dejar caer sus brazos con débil sorpresa.
    Entonces la cuchilla comenzó su viaje ascendente, separando carne y cartílago hasta que Chen fue presentado a la muerte.
    Bond liberó su cuchilla. Luego se agarró su cuerpo con sus brazos y tropezó hacia la alcoba. El entumecimiento se arrastraba por su cuerpo. Se sentía muy frío.
    "Lotta", Bond sólo pudo susurrar su nombre a través de una garganta llena de sangre. La respiración se volvió difícil. Suspiró a las profundidades de sus pulmones.
    - ¡¡¡LOTTA!!! -gritó Bond mientras se paraba en la puerta del dormitorio, luchando por respirar.
    Sus manos subieron hacia su fría cara. Sintió sus rodillas comenzar a doblarse.
    Lotta saltó literalmente fuera de la cama y corrió hacia él.
    Bond levantó sus brazos hacia ella mientras caía.
    Lotta le cogió antes de que cayera al suelo, acunándole, abrazándole con todo lo que tenía hasta que ambos quedaron bañados en sangre roja como el vino.

____________________
 -19-
Un descanso mucho, mucho mejor

    El comandante James Bond amaba la marina y los catorce meses que había pasado como joven marino estaban entre los más felices de su vida. Por lo tanto, no fue una sorpresa para nadie que su última voluntad estableciera que fuera enterrado en el mar.
    Dos días después del asesinato de Bond en México, el antiguo almirante de la Marina, M, había decretado que los deseos de 007 se respetaran y que su cuerpo sería entregado al Atlántico, a unos kilómetros de la costa de su amada Inglaterra.
    La tripulación del submarino de su majestad Reliant  se reunió, con uniforme de gala a las 0800 horas. El oficial de torpedos ocupó su lugar ante la consola de guía de proyectiles y programó el curso que M había seleccionado.
    La gente que mejor había conocido a James Bond, se había reunido en un pequeño grupo: El mayor Boothroyd, Miss Moneypenny, Felix Leiter y Lotta Head. Todos observaron a M, quien parecía cansado y ojeroso. Él se plantó ante la tripulación del Reliant, mirando fijamente a la cubierta, sin hablar. El sellado ataúd de Bond estaba en medio de la cámara.
    M tomó profundo aliento, se cuadró, frente a ellos.
    - Nos hemos reunido aquí -dijo-, según la tradición de la Marina Real, para presentar nuestros respetos finales a uno de los nuestros. Para honrar a nuestro muerto... -se interrumpió durante largo rato- ...y para llorar por un amado camarada que dio su vida en defensa de la Reina y la Nación. Él no pensaba en su sacrificio como vano o vacío, y yo puedo afirmar inequívocamente que la última misión del Comandante Bond fue desempeñada con sobresaliente bravura y distinción -junto a M, Miss Moneypenny y Lotta Head intentaban evitar quebrarse, pero fracasaron. Miraban hacia adelante, con lágrimas derramándose por sus mejillas-. De mi amigo -dijo M-, sólo puedo decir que de todos los hombres que he mandado él era... -miró cara a cara a la tripulación, a los viejos amigos, los nuevos, los forasteros; vió llorar a Miss Moneypenny- ...como un hijo -la voz de M vaciló. Se interrumpió un momento, luego continuó suavemente-. Uno de los autores favoritos del comandante Bond escribió una vez: "Lo que hago hoy es algo mucho, mucho mejor de cuanto jamás hice; voy a un lugar de descanso mucho, mucho mejor del que jamás conocí."  -M no podía imaginar al aventurero espíritu de Bond finalmente descansando-. Con amor, entregamos su cuerpo a las profundidades del mar, esperando que su cuerpo resucite cuando el mar deba devolver sus muertos.
    M se apartó de la fila.
    - Honores.
    La tripulación del buque saludó. El contramaestre comenzó a tocar las gaitas . Estas llenaron la cámara con un lamento quejumbroso, un canto fúnebre que era demasiado apropiado.
    El oficial de torpedos armó la guía de control con el curso que M había tan cuidadosamente elaborado. Los portadores del féretro levantaron el ataúd negro de Bond hasta la cámara de lanzamiento. Aquello zumbó al cerrarse, y el brazo de la cerradura saltó a su lugar.
    M asintió dando una orden al oficial de torpedos. Este disparó el proyectil. Con el gran rugido del propelente en ignición, la cámara reverberó. Las gaitas cesaron. El silencio, siniestro y completo, se adueñó de la sala. M esperó; luego dijo:
    - Media vuelta.
    La tripulación volvió a la posición de firmes.
    El oscuro torpedo que llevaba el cuerpo del comandante James Bond partió como un rayo contra la negrura del Atlántico, hasta que el ataúd se hundió y se desvaneció.
 

FIN

 



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